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#CuerposVigilados: Carta a un intelectual

Alex M. Azpiri | 02.05.2017
#CuerposVigilados: Carta a un intelectual

Estimado Vargas Llosa interior:

 

Esta no es una carta para usted, célebre escritor, que no la necesita porque usted es muy célebre pero, sobretodo, porque no veo ningún motivo personal para patologizarlo, señalarlo y sentenciarlo a muerte. Y ni que pudiera ni quisiera. No veo ningún crimen en sus recientes declaraciones[1] (así, sacadas de contexto y expuestas en notas vagas sobre “su opinión de la lectura, los pobres, etcétera”) más que el crimen que todos cometemos al tomar nuestra prisión en las letras como (única) herramienta de libertad, sabiduría y humanidad (sea lo que esto sea). El crimen de nosotros, los alfabetas, colonizados pero amnésicos de nuestra propia opresión sensorial e histórica sufrida al orillarnos a limitar nuestra potencia animal al ilustrado dispositivo de la lecto-escritura. Para darnos civilidad y entrar, entre otros espectros de sus posibilidades, a la capitalizada, arrogante y opresora carrera de las capacidades y las competencias literarias, ocultas bajo el áurea de una especie de sabiduría natural, universal, ahistórica, cósmica y divina cuyo acceso está mediado (únicamente) por los caracteres de los apóstoles de la cultura.

 

Esta es una carta para mi intelectual interior quien, bajo las recientes declaraciones de un escritor cuya obra desconozco, ve reflejado los mismos supuestos que, siento, subyacen bajo la sentencia del escritor, de que la entrada a la civilidad viene dada por el dispositivo de la lecto-escritura, como herramienta para la libertad y la ciudadanía; cosa que efectivamente sucede porque nuestras leyes son letradas, nuestros contratos son letrados, nuestra Historia es letrada y casi todo lo que atraviesa el reino de lo humano y lo (in)justo es letrado, demasiado letrado. Debo reconocer que, contrario a la sentencia de tener una “cultura general”, no he leído su obra. Con culpa. Con una culpa nacida precisamente de este régimen del conocimiento basado en la acumulación y posesión de bienes y capitales culturales. Un régimen bajo el cual me es imposible socializar para opinar o atravesar y “superar” sus opiniones o su obra o tener la autoridad intelectual requerida por esta insoportable tradición academizante para poder juzgarlo o siquiera hablar de usted con la justicia de “todo su conjunto”:

 

Como carta personal pero pública, debo admitir sin embargo (y precisamente por lo anterior) que seguramente voy a descontextualizar esta frase extraída de notas periodísticas en la cual usted presuntamente afirma que “los pobres no leen porque son ignorantes y los ricos porque le dan poca importancia a la cultura y la literatura, y también son ignorantes”. Y que me voy a servir de ella para ejemplificarme, en mi ignorancia (ni de rico ni de pobre) algo que me viene aquejando desde que tengo recuerdos de “estar interesado por la cultura”. Y que me sirvo de un autor de quien no tengo ninguna opinión, sólo con el fin de utilizar a una figura pública denominada como intelectual (escritor, o cualquiera de esas categorías) puesto que dicho título sigue teniendo peso y autoridad en nuestras aspiraciones por devenir sabios, informados y (más) letrados. Sí, todavía, en pleno 2017.

 

Antes que hablar sobre estos ridículos conjuntos monolíticos de “los pobres” y “los ricos”, cuya realidad se desvanece en muchas más actualizaciones que las de quienes leen y quienes no leen, aunque pueda servir como parámetro temporal que dé cuenta de algo de las desigualdades; quisiera precisar algo sobre la cultura. Uno no puede estar interesado o desinteresado en la cultura porque uno está en la cultura. Se es atravesado por la cultura desde que somos dados a luz, y ya desde antes: por la cultura culinaria mediante la cual nuestro ser-feto se nutre hasta por el condón que se decidió o no utilizar para nuestra procreación; así como por la manera cultural en la que se nos decidió ser concebidos, ya sea mediante las tecnologías de la penetración o mediante la fecundación in-vitro, la inseminación u otras. Sí me parece importante precisar que lo que usted refiere como falta de interés en “los ricos” no es la cultura sino —y por qué no nombrarlo— a la industria cultural de la literatura, es porque seguimos pensando que la literatura o esa cosa que llaman “las letras” es la cultura o el (único) acceso a la cultura y más aún, supone que no es una tecnología histórica a la cual podemos y debemos cuestionar las veces que sean necesarias, y hasta más. Y que, como si estuviera despojada de toda maquinaria, es superior a todo, por lo cual, lo que subyace a las declaraciones de Vargas Llosa es la pregunta: ¿por qué la gente no lee? Asumiendo que debe hacerlo y no ¿por qué asumimos que debe de hacerlo?, ¿por qué lo preguntamos?, ¿qué es leer, qué debe de leerse y para qué? La industria de las letras, como todas las industrias, está atravesada por necesidades empresariales, jurídicas, escolares que, si queremos verlo en su justa realización, también rebasa una cuestión de mero interés personal.

 

Uno puede estar o no interesado en la lectura, dirían, y aun así, nos rebasa: quienes fuimos alfabetizados leeremos sin pensarlo, más allá de nuestro interés, una publicidad, los subtítulos de una película o el número de una casa. Uno puede, quizá, estar o no interesado en leer poesía, novelas, noticias o todos (o algunos de) esos aparatos del dispositivo de la lecto-escritura, cuyas clasificaciones responden, no a causes naturales de las letras, sino a procesos históricos de normalización y jerarquización de los procesos creativos, económicos, políticos, etcétera. Y para cuyo acceso es necesaria una serie de plataformas psicosocioeconómicas para así poder determinar si hay algo así como una falta de interés o, simplemente, una formación y un tipo de sociabilidad en el que no pueda acontecer siquiera las posibilidades de un interés por la lectura.

 

¿Cómo determinar el interés en la lectura, cómo trazarlo? ¿Desde dónde podríamos hablar de que quienes leen más es porque tienen más interés en la lectura (acotando momentánea y arbitrariamente a quienes tienen acceso económico a bienes culturales literarios)? Me parece que, más allá de una cuestión de interés, hay una cuestión de capacidades correctamente alienadas al dispositivo de la lecto-escritura, donde un “buen lector será aquel cuyo performance literario no sea interrumpido por otros estímulos psicoculturales y que disponga, durante el tiempo que se expanda en torno al acto de leer, de un sin fin de condiciones que rebasan toda voluntad individual de leer. A mí me interesa mucho la lectura y tengo acceso a bibliotecas e internet, incluso tengo libros no leídos y, sin embargo, soy un “mal lector” o no tengo las “competencias”, “salud”, “condiciones” (y otras) necesarias de posibilidad para ser un ávido lector y que van más allá de mi nivel de alfabetismo o mis posibilidades económicas. Difícilmente podría acotar mi falta de lectura a una falta de interés y, si quisiera dar cuenta de por qué no leo “tanto”, no sólo no acabaría sino que terminaría justificando que un estímulo psicocultural me “lo impide” e inmediatamente me patologizaría y acabaría en terapias correctivas para normalizar mi productividad lectora.

 

¿Por qué? Porque explicar por qué no leo se(gui)ría entrar en la lógica de que estoy en falta de algo, incluso desde mi posición como estudiante adscrito y subsumido al régimen académico y que, puesto que dispongo de las herramientas mínimas de lecto-escritura y de acceso a “la lectura”, no leer tanta gran y sabia literatura se debe únicamente a mi bajeza espiritual que prefiere leer los tuits de sus amigos que a Proust. Sería decirme: claro, estoy deprimido y falto de interés (inserte foto de niño triste por ignorante) y por eso no puedo acceder al conocimiento, porque ¡oh tristeza y soledad!, “ese es el único medio” y el conocimiento es dado “por los grandes”. Sería, y lo soy, un ignorante, sólo en la medida en que entendamos que estoy en falta de algo sustancial por no leer “tanto”, igual que quien está leyendo “demasiado” está en falta de ver una película, de correr, de caminar, de deprimirse o de ver al cielo o al techo, que puede ser igual de enriquecedor y que da acceso a otro tipo de conocimiento del que el gran lector estaría, a su vez, en falta. Ad infinitum. O, simple y sencillamente, en el caso de los más alfabetizados, porque no tienen tiempo y tienen que preocuparse por cosas menos superiores como sobrevivir a sus trabajos, a sus familias o a sus vidas. Y en el caso de “los pobres”, querido celebre escritor, no porque sean ignorantes sino porque simplemente no tienen los medios para procurarse no sólo los libros que usted escribe sino ni siquiera las herramientas para leer. Y cuya ignorancia no es más que el supuesto de usted, intelectual exterior/interior, de que no conocen lo que usted conoce o lo que piensa usted que deben de conocer.

 

El acceso a los productos culturales, así se trate de un shampoo o de un libro, no dependen de una cuestión de interés y me parece preocupante que se siga hablando en esos términos. El aura cósmica que rodea el ámbito de la literatura no hace sino justificar una opresión de clase y reproducir una serie de prácticas que, ya sabemos, está desplegada en las academias, en las editoriales, en la amistad, ¡en todas partes!, y en la licencia para que un intelectual pueda llamar ignorantes a “los pobres” o a todo aquel que “no lea”. La pregunta que interroga por el número de horas dedicadas a la lectura y los slogans publicitarios pro-lectura no hacen sino reproducir y justificar un sistema de desigualdades en el cual el más letrado puede opinar y coercer al menos letrado porque “sabe” (a secas). No hay un interés por que el otro posea las herramientas de las que uno dispone y a partir de las cuales, efectivamente, tenemos más derechos que otros (y sobre otros) sino más un interés por justificar nuestra posición económica y social.

 

La sentencia de que los pobres no leen por ignorantes y que los ricos no leen porque no les interesa la cultura me parece una magnífica frase que encierra todo nuestro pensamiento sobre la lectura de quienes leemos. De quienes olvidamos que los procesos civilizatorios no están exentos de opresiones ni de injusticias y que, bajo el aura de la sabiduría, oprimimos pero más bonito y más intelectual. Usted, intelectual interior y exterior, que tiene acceso a todo ese “alto conocimiento” puede preguntarse, tan siquiera, qué tanto de lo que ha aprendido o a lo que se ha subyugado en esta sofisticada crema literaria le ha quitado lo ruin, lo miserable y lo elitista. O qué tanto se lo ha incrementado.

 

Saludos cordiales.

 

 

[1] “Los pobres no leen porque son ignorantes y los ricos (no leen) porque le dan poca importancia a la cultura y la literatura, y también son ignorantes”.   http://www.eluniversal.com.mx/articulo/cultura/letras/2017/04/25/los-pobres-no-leen-porque-son-ignorantes-vargas-llosa

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