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La madre de todos los poemas

Juan Domingo Argüelles | 01.05.2017
La madre de todos los poemas

En la gran poesía universal que tiene por motivo la evocación, el homenaje, la celebración y, más exactamente, la veneración a la figura materna, quizá ningún poema alcance la intensidad emotiva y la calidad estética que nos dio el genio de Baudelaire en “El balcón”.

Si hay un poema memorable en perfección formal y con la más honda melancolía al recordar el amor de la madre, y hacia la madre, es éste de Las flores del mal, cuyas primeras tres estrofas parecen insuperables en su recuerdo del gozo infantil, su deleitosa sensualidad y su veneración por la progenitora:

 

Madre de los recuerdos, amantísima amada;

¡tú, todos mis deleites!, ¡tú, todos mis deberes!

Recordaré por siempre las hermosas caricias;

la casa en su dulzura y el gozo de las tardes.

Madre de los recuerdos, amantísima amada.

 

Las tardes alumbradas por tizones ardiendo;

tardes en el balcón entre vahos rojizos,

¡qué dulce era tu pecho!, ¡tu corazón, qué bueno!,

en tanto nos decíamos cosas inolvidables.

Las tardes alumbradas por tizones ardiendo.

 

¡Qué hermosos son los soles en los tibios crepúsculos!,

¡qué profundo el espacio!, ¡qué intenso el corazón!

Estrechándome en ti, reina de las amadas,

sentía yo aspirar de tu sangre el perfume.

¡Qué hermosos son los soles en los tibios crepúsculos!

 

Muchos autores, en los más diversos idiomas, han escrito poemas cuyo destino es la madre o cuyo tema es el recuerdo del amor maternal. Pero es casi imposible alcanzar la intensidad emotiva y la profundidad estética de “El balcón”. En francés también escribieron poemas dirigidos a la madre Lamartine, Victor Hugo, Francis Jammes y Sully Prudhomme, entre otros; en alemán, Heinrich Heine; en italiano, Edmundo de Amicis, y en inglés destaca el soneto “To My Mother”, de Edgar Allan Poe, de muy amplia difusión en su traducción española (“A mi madre”), lo mismo en versiones libres que rimadas. He aquí una de estas últimas:

 

Como en el reino celestial del Padre,

el ángel busca una expresión sagrada

que hable de amor, pero no encuentra nada,

nada tan dulce como el nombre “madre”,

 

con ese nombre mi emoción te nombra,

pues tú cuidaste de mi vida incierta

y reemplazaste a mi Virginia muerta,

con un exceso de bondad que asombra.

 

Mi pobre madre a quien mató el quebranto,

sólo fue madre de mi vida ansiosa;

tú, en cambio, fuiste de quien quise tanto.

 

Y así te quiero con mayor vehemencia,

como yo quise a mi adorada esposa,

aun mucho más que a mi inmortal esencia.

 

La idea de confundir, y fundir, a la madre con la esposa hace las delicias de Freud, porque, independientemente de la calidad del poema y del genio o la mediocridad del poeta, todos desembocan en este mismo y eterno mar edípico: el amor filial que se torna amor erótico, como puede verse en el poema de Poe y como es del todo evidente en “El balcón”, de Baudelaire.

Sin embargo, Baudelaire evade genialmente todo artificio que raye en la cursilería o la afectación, en tanto que Poe no sale muy bien librado o se encuentra en el filo del abismo cursi al reemplazar primero a la madre por la esposa y, luego, cuando ésta muere, al sustituir a la ausente esposa con la madre, quien acaba siendo amada con mayor vehemencia, especialmente por haber dado consuelo al hijo viudo. ¡Menuda confusión de roles maritales, maternales y filiales!

Y si, en el filo del abismo que lleva a la chabacanería, el gran poeta y narrador estadounidense Edgar Allan Poe no pudo evitar el estremecimiento al sentir el escalofrío que produce el confuso sentimiento de culpa del complejo de Edipo, tendríamos que decir que pocos poetas lo han logrado del todo. Por supuesto, en tanto más menores son los poetas, mayor afectación y más cursilería los caracterizan en éste y en otros temas. Cuando se escribe acerca del amor materno y del amor hacia la madre, habría que tener en mente el alto techo que representa la genialidad de Baudelaire, pues en este tema siempre se está a un tris de caer al fondo del estereotipo, el sentimentalismo y la sensiblería.

En la poesía española e hispanoamericana escribieron a la madre y al amor materno, con mayor o menor éxito, los españoles Salvador Rueda, Federico García Lorca, José Zorrilla, Gaspar Núñez de Arce, José María Gabriel y Galán, Concha Espina, Jacinto Benavente y Ramón de Campoamor, entre otros. En casi todos prevalece un afán didáctico o pedagógico, más allá de la calidad poética que raras veces alcanza la cima. Lo mismo ocurre con los poemas de los argentinos Esteban Echeverría y Evaristo Carriego, la chilena Gabriela Mistral; el colombiano Julio Flórez; el peruano José Santos Chocano y los cubanos Julián del Casal, José María Heredia y José Martí.

Por su carácter inefable, la evocación poética de la madre es siempre un paroxismo que puede conducir muy fácilmente a la más chabacana afectación. Es veneración que puede tornar lo sublime en cursilería, y ello lo explica muy bien la teoría freudiana al advertir que todo enamorado es cursi, siendo además evidente el enamoramiento hacia nuestra madre, dadora de la vida, quien nos trajo al mundo.

En el caso del tema de la madre en la poesía, la emoción no tiene que ver tanto con la calidad estética del poema como con el tema mismo que invariablemente nos afecta. Tanto los grandes poetas, ampliamente conocidos, como los anónimos y populares, logran con gran facilidad que se nos cierre la garganta y se nos humedezcan los ojos al leer o escuchar, en ocasiones propicias, las alabanzas a la madre. Tal es el caso de la loa popular que empieza así:

 

Si tienes una madre todavía,

da gracias al Señor que te ama tanto,

que no todo mortal contar podría

dicha tan grande ni placer tan santo.

 

Efectivamente, la madre encarna “santidad” porque representa abnegación, sacrificio, renuncia a todo (incluida la objetividad) a favor de sus hijos, pues hasta los peores tienen para ella virtud. La santidad es sinónimo de maternidad porque la madre no únicamente da la vida al hijo, sino que es capaz, a un tiempo, de dar la vida por él, tal como nos lo revela el poeta cubano Julián del Casal en el siguiente y devoto soneto:

 

No fuiste una mujer, sino una santa

que murió de dar vida a un desdichado,

pues salí de tu seno delicado

como sale una espina de una planta.

 

Hoy que tu dulce imagen se levanta

del fondo de mi lóbrego pasado,

el llanto está a mis ojos asomado,

los sollozos comprimen mi garganta;

 

y aunque yazgas trocada en polvo yerto,

sin ofrecerme bienhechor arrimo,

como quiera que estés, siempre te adoro,

 

porque me dice el corazón que has muerto

por no oírme gemir, como ahora gimo,

por no oírme llorar, como ahora lloro.

 

José Martí no es menos elocuente cuando nombra la ingratitud del hijo y la santidad de la madre:

 

Yo no pensaba en ti: yo me olvidaba

de que eras sólo tú la vida mía.

 

El hijo, arrepentido, se deshace en llanto:

 

Lloro, ¡oh mi santa madre! ¡Yo creía

que por nada del mundo lloraría!

 

Y, en el culmen de la devoción, describe cómo se transfigura ese hijo si la madre lo mira y le habla así sea únicamente con la mirada:

 

La luz alumbra ahora

tus ojos, y me miras.

¡Cuán dulcemente me hablas! Me parece

que todo ríe plácido a mi lado;

¡y es que mi alma, si me miras, crece,

y no hay nada después que me has mirado!

 

Al evocar a la madre muerta, Gabriela Mistral, con su delicada melancolía, nos ofrece esta frágil imagen de los trabajos y los días, la vejez, la enfermedad, el dolor, la agonía y, finalmente, la ausencia:

 

Llenó el hogar su queja

durante muchos días.

Después quedó en silencio,

fatigada o dormida.

 

La evocación poética a la madre entraña casi siempre esta noción de sacrificio, a grado tal de confundir su muerte con la fatiga y el sueño. La madre de todos los poemas representa invariablemente el amor, la generosidad, la abnegación, el sacrificio, la paciencia, la renuncia, incluso la inmolación, todas ellas virtudes de santidad y beatitud; de ahí su carácter venerable, bendito, divino, sagrado. Estrictamente, la madre es el sanctasanctórum de todos los afectos. La madre es divina, aunque el padre sea terreno, o, mejor dicho, el padre es mortal, en tanto que la madre es imperecedera.

Pero esto mismo, en la poesía, la hace casi inasible, aunque no inaccesible. En la tradición de la poesía española, desde las célebres Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, la lírica y la épica glorifican la figura paterna con más equilibrio emocional, lo cual les da pauta, y hasta pretexto, a los poetas, para filosofar. Invariablemente, el recuerdo de la madre produce llanto; el del padre, en cambio, suele motivar reflexiones. Se llora la ausencia del padre, pero con un llanto mudo o con un esfuerzo de contención viril por el dolor que casi nunca se resuelve en lágrimas.

En nuestra cultura patriarcal, el poema al padre se intelectualiza, más allá de la emoción:

 

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en el mar

que es el morir.

 

El padre no es santo; el padre es guerrero y puede ser incluso despiadado con los adversarios, porque representa la fuerza (en oposición a la abnegación materna). No hay duda de esto en el poema de Manrique:

 

Amigo de sus amigos,

¡qué señor para criados

y parientes!

¡Qué enemigo de enemigos!

¡Qué maestro de esforzados

y valientes!

 

En la poesía mexicana, y en la literatura mexicana en general, aunque no son pocos los autores que han nombrado en sus obras el fervor hacia la figura materna, si partimos de la trascendencia cultural y el valor estético de los escritos podríamos decir que somos, antes que nada, huérfanos de Pedro Páramo y del mayor Sabines. La gran novela de Juan Rulfo (Pedro Páramo, 1955) inicia con la mención lo mismo del padre que de la madre (“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo”), pero la figura materna (en la agonía y en la muerte) representa el abandono. Sus últimas palabras, en el lecho de muerte, nos dan la clave del drama: “No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro”.

Igualmente, en Algo sobre la muerte del mayor Sabines (1973), aunque su autor nombre también al complemento del padre (“Mi madre sola, en su vejez hundida, / sin olor y sin lástima, / herida de tu muerte y de tu vida”), es éste (al igual que en el caso de Jorge Manrique) el que lo lleva a reflexionar sobre el carácter efímero de la existencia y a mostrar cuán terrible es la herida, por la muerte del padre, y qué difícil es continuar sin él, paralizados todos por el miedo:

 

Tú eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas,

por eso es que este hachazo nos sacude.

[...]

Y he aquí que temblamos de miedo,

que nos ahoga el llanto contenido,

que nos aprieta la garganta el miedo.

 

Jaime Sabines escribió también un memorable poema a su madre (“Doña Luz”, 1972), y pese a que está inundado de límpida belleza, en él no alcanza el tono más alto de la intensidad poética que logra en Algo sobre la muerte del mayor Sabines. La madre, en “Doña Luz”, es una “viejecita sin años” o una niña ante el hijo maduro (“Si tú me lo permites, doña Luz, te llevo a mi espalda, te paseo en hombros para volver a ver el mundo”). Todo en “Doña Luz” es fina claridad desde el principio: “Acabo de desenterrar a mi madre, muerta hace tiempo. Y lo que desenterré fue una caja de rosas: frescas, fragantes, como si hubiesen estado en un invernadero”. La madre es santa y hace milagros; en particular el milagro de no morir. El padre, en cambio es un árbol frondoso o una fortaleza que, al desplomarse, arrasa todo en su caída y convierte a los hijos en parte de la ruina.

En Pasado en claro (1974), Octavio Paz evoca a la madre y al padre. A aquélla la define como “niña de mil años” con los siguientes atributos:

 

madre del mundo, huérfana de mí,

abnegada, feroz, obtusa, providente,

jilguera, perra, hormiga, jabalina,

carta de amor con faltas de lenguaje,

mi madre: pan que yo cortaba

con su propio cuchillo cada día.

 

Y, respecto del padre, casi siempre ausente, el huérfano nos da la siguiente noticia de su muerte y del hundimiento de la casa:

 

Del vómito a la sed,

atado al potro del alcohol,

mi padre iba y venía entre las llamas.

Por los durmientes y los rieles

de una estación de moscas y de polvo

una tarde juntamos sus pedazos.

Yo nunca pude hablar con él.

Lo encuentro ahora en sueños,

esa borrosa patria de los muertos.

Hablamos siempre de otras cosas.

Mientras la casa se desmoronaba

yo crecía. Fui (soy) yerba, maleza

entre escombros anónimos.

 

En la lírica mexicana del siglo xx, junto con “Doña Luz”, de Sabines, hay que mencionar también “Oscura palabra”, de José Carlos Becerra, un poema en siete estancias que el autor escribió entre el 11 de septiembre de 1964 y el 22 de mayo de 1965, que inicia en Villahermosa (cinco días después de la muerte de su madre Mélida Ramos de Becerra) y concluye ocho meses después en la Ciudad de México. Es otro de los grandes textos de la poesía mexicana entre los destinados al amor materno por vía del amor filial. Desde su inicio, esta elegía nos conmueve:

 

Hoy llueve, es tu primera lluvia, [...]

Hoy llueve, y la lluvia nos ha hecho entrar en casa a todos,

[menos a ti.

[...]

Hoy llueve por primera vez, ¡tan pronto!

Hoy todo tiene tus cinco días, y yo nada sé mirando la lluvia.

 

En la tercera estancia del poema, escrita ya en la Ciudad de México, el autor expresa:

 

En el fondo de la tarde está mi madre muerta.

La lluvia canta en la ventana como una extranjera que piensa

[con tristeza en su país lejano.

En el fondo de mi cuarto, en el sabor de la comida,

en el ruido lejano de la calle, tengo a mi muerta.

 

Y la última estancia es, especialmente, la más intensa de todas:

 

madre, madre,

nada nos une ahora, más que tu muerte,

tu inmensa fotografía como una noche en el pecho,

el único retrato tuyo que tengo ahora es esta oscuridad,

tu única voz es el silencio de tantas voces juntas,

es preciso que ahora tu blancura acompañe a las flores cortadas,

ningún otro corazón de dormir hay en mí que tus ojos ausentes.

 

Y he aquí el cierre del poema, que es particularmente memorable:

 

ahora un poco de flores para mí

de las que te llevan,

también en mí hay algo tuyo

a lo que deberían llevarle flores,

ese algo es el niño que fui,

ya nada nos une a los tres,

a ti, a mí, a ese niño.

 

En “Nocturno a mi madre” (1942), Carlos Pellicer evoca a doña Deifilia Cámara de Pellicer, a quien describe “tan ingeniosa y enérgica y alegre como la tierra tropical”. Y hasta nos ofrece la etimología de su nombre en el poema:

 

Mi madre se llama Deifilia,

que quiere decir hija de Dios, flor de toda verdad.

 

Añade:

 

Estoy pensando en ella con tal fuerza

que siento el oleaje de su sangre en mi sangre

y en mis ojos su luminosidad.

 

El final del poema es de una delicadeza exquisita:

El ángel de la noche también sueña.

¡Sólo yo, madre mía, no duermo sin tu sueño!

 

Muchos otros poetas mexicanos de los siglos xix y xx han evocado también la figura materna o se han referido a la maternidad o al amor filial en sus poemas: Ignacio Manuel Altamirano, Vicente Riva Palacio, Francisco Sosa, Manuel Acuña, Manuel M. Flores, Manuel Gutiérrez Nájera, Juan de Dios Peza, Guillermo Aguirre y Fierro, Salvador Díaz Mirón, Amado Nervo y Enrique González Martínez, entre otros. Hay casos patéticos, como el de Acuña que, en el famoso “Nocturno” (1873) dedicado a su musa esquiva Rosario de la Peña, lleva su complejo de Edipo a tales extremos ripiosos y sensibleros que incitan a la burla y la parodia:

 

Camino mucho, mucho,

y al fin de la jornada

las formas de mi madre

se pierden en la nada

y tú de nuevo vuelves

en mi alma a aparecer.

 

¡Qué hermoso hubiera sido

vivir bajo aquel techo,

los dos unidos siempre

y amándonos los dos;

tú siempre enamorada,

yo siempre satisfecho,

los dos una sola alma,

los dos un solo pecho,

y en medio de nosotros

mi madre como un Dios!

 

Éste es sin duda uno de los momentos más fallidos (que rayan en la comicidad involuntaria) de la poesía mexicana amorosa, más allá de que el poema goce de popularidad. Gabriel Zaid lo ha definido como “la promiscuidad de un sentimiento confuso”, que es algo peor que el edípico “sentimiento de culpa por traición a la madre”. La madre, como un dios, en medio de la pareja de amantes, sólo puede prestarse a la chacota.

Popular es también (o lo fue) “El brindis del bohemio” (1915), de Guillermo Aguirre y Fierro, poema lírico-narrativo cuyo final es apoteósico en el mejor y en el peor sentido. Se trata, como lo ha visto Zaid, de un poema popular mucho mejor que el “Nocturno” de Acuña y que ha sido infravalorado, estéticamente, en muchos casos.

Sin embargo, cabe decir que este poema también ha sido sobrevalorado en cuanto a su eficacia emotiva, especialmente por los lectores que suelen confundir sentimentalismo con sentimiento y sensibilidad con sensiblería. No en vano, Carlos Monsiváis, ávido de la parodia, publicó por muchos años una columna periodística en la que desgranaba asombros y hallazgos de insólita candidez o ridiculez, intitulada “¡Por mi madre, bohemios!”, en la cual satirizó, con comentarios al margen, lo sublime fallido, es decir lo que pretende ser sublime pero yerra, se desploma y se torna cursilería.

“El brindis del bohemio” supera con mucho al “Nocturno” de Acuña, pero encalla, también, en una zona oscura de sensiblería casi inexplicable en su clímax y desenlace. He aquí las últimas ocho estrofas de este poema en el que seis amigos (“seis alegres bohemios”), “en torno de una mesa de cantina”, charlan, beben, fuman, hacen bromas, cuentan chistes, recitan versos, ríen, “departen”, diría el cursi, y al dar las doce de la noche, en la despedida del año viejo y en la bienvenida del nuevo año, levantan sus copas (“pletóricas de ron, whisky o ajenjo”) y van pronunciando, uno a uno, sus brindis. El último es el de Arturo (“el del bohemio puro, / de noble corazón y gran cabeza”). Helo aquí:

 

Brindo por la mujer, mas no por ésa

en la que halláis consuelo en la tristeza,

rescoldo del placer ¡desventurados!;

no por esa que os brinda sus hechizos

cuando besáis sus rizos

artificiosamente perfumados.

 

Yo no brindo por ella, compañeros,

siento por esta vez no complaceros.

Brindo por la mujer, pero por una,

por la que me brindó sus embelesos

y me envolvió en sus besos:

por la mujer que me arrulló en la cuna.

 

Por la mujer que me enseñó de niño

lo que vale el cariño

exquisito, profundo y verdadero;

por la mujer que me arrulló en sus brazos

y que me dio en pedazos,

uno por uno, el corazón entero.

 

¡Por mi madre, bohemios!, por la anciana

que piensa en el mañana

como en algo muy dulce y muy deseado,

porque sueña tal vez que mi destino

me señala el camino

por el que volveré pronto a su lado.

 

Por la anciana adorada y bendecida,

por la que con su sangre me dio vida,

y ternura y cariño;

por la que fue la luz del alma mía,

y lloró de alegría,

sintiendo mi cabeza en su corpiño.

 

Por esa brindo yo, dejad que llore,

que en lágrimas desflore

esta pena letal que me asesina;

dejad que brinde por mi madre ausente,

por la que llora y siente

que mi ausencia es un fuego que calcina.

 

Por la anciana infeliz que sufre y llora

y que del cielo implora

que vuelva yo muy pronto a estar con ella;

por mi madre, bohemios, que es dulzura

vertida en mi amargura

y en esta noche de mi vida, estrella...

 

El bohemio calló; ningún acento

profanó el sentimiento

nacido del dolor y la ternura,

y pareció que sobre aquel ambiente

flotaba inmensamente

un poema de amor y de amargura.

 

Resulta al menos previsible que, con tal discurso, hoy el tal Arturo no se la acabaría con la carrilla y el bullying que le harían en la cantina, ya que si muy bien sabe que su madre (“la anciana infeliz que sufre y llora”) implora para que regrese a su lado, ¿qué hace de borrachote en una cantina, y además chillando y echando rollo de aguafiestas en lugar de ir a su encuentro? A menos, claro, que, para ir a su encuentro, tenga antes que petatearse. Luego de leer varias veces el poema, una pregunta lógica que surge es la siguiente: ¿La madre, “ausente”, está viva, está muerta?

En el poema esto es algo confuso, aunque todo parece indicar que esa ausencia es la muerte, puesto que “del cielo implora”. Sin embargo, más de una vez se le nombra en el presente (“la anciana que piensa en el mañana”, la que sueña que el hijo pronto volverá a su lado), y este desfase de sentido raya en lo abominable: ¿Qué madre muerta, ya en el cielo (¡pero, además, en el cielo e infeliz!), desearía que su hijo vuelva muy pronto a estar con ella? ¡Sólo una madre que desea que su hijo pronto estire la pata!

Pero, ya sea en la realidad o en la poesía (justamente por los valores del amor maternal), ¡ninguna madre desea la muerte de su hijo! El amor maternal caería en una monstruosa contradicción si la progenitora, ya muerta y en olor de santidad, sigue sufriendo y llorando en el cielo y desea que el hijo chupe faros pronto, ipso facto, nada más para volverlo a tener con ella, ahora en la esfera celeste, y apapacharlo otra vez.

Si la lectura del poema admite esta conclusión tan pacheca ello se debe a su falta de lógica y a su escabrosidad, más allá de que sea un texto que acabe gustándole a uno tan “desvergonzadamente”, como bien dice Gabriel Zaid.

En general, los poemas a la figura materna o a lo maternal son sentimentales cuando no sensibleros; casi nunca excelsos en sus valores estéticos, y los que más recordamos son aquellos que con sencillez y con un sentido didáctico leímos en el ámbito escolar, como el infaltable de Amado Nervo (“Amor filial”), que a un tiempo declara su amor a la madre y al padre y que dice así en su primera estrofa:

 

Yo adoro a mi madre querida,

yo adoro a mi padre también;

ninguno me quiere en la vida

como ellos me saben querer.

 

¿Y cómo olvidar el famoso estribillo de “Paquito”, de Salvador Díaz Mirón?:

 

Mamá: soy Paquito;

no haré travesuras.

 

Ello a pesar de que los versos realmente excelsos en este poema declamable por excelencia estén en otro estribillo:

 

Y un cielo impasible

despliega su curva.

 

Menos memorable es el poema “A mi madre”, de Manuel Gutiérrez Nájera, que así concluye, con algo de ripio:

 

Nada tengo yo que darte;

hasta el pecho se me salta

de pasión:

Sólo, madre, para amarte

ya me falta, ya me falta

corazón.

 

No está por supuesto entre lo mejor de Gutiérrez Nájera.

La virtud de la santidad está presente desde el primer verso (“¡Oh santa madre mía!”) del poema “Mi madre”, de Manuel M. Flores, quien en otra composición (“El ángel del hogar”) presenta la ingratitud del hijo que busca la dicha lejos del amor maternal y que luego regresa, obtiene el perdón y declama:

 

En pago de mis errores,

en pago de mis agravios,

¡bendiciones y consuelo

sólo me dieron tus labios!

Y desde entonces, madre,

tú lo sabes: un altar

levanté dentro mi alma

para el ángel de mi hogar.

 

El llanto, que es consustancial del niño pequeño, retorna siempre a los ojos del viejo con el recuerdo del amor materno. Así, en “Recuerdos a mi madre”, Ignacio Manuel Altamirano escribe:

 

Se oprime el corazón al recordarte,

madre, mi único bien, mi dulce encanto;

se oprime el corazón y se me parte,

y me abrasa los párpados el llanto.

 

Con parecida melancolía, Vicente Riva Palacio, ya anciano (“mi barba se desata en blanco armiño”) hace un viaje a la semilla, como lo hiciera Baudelaire en “El balcón”, y agradece el amor materno que recibió en su infancia:

 

Al recordar tu celestial cariño,

de mis cansados ojos brota el llanto,

porque, pensando en ti, me siento niño.

 

Dos de los poetas mexicanos contemporáneos que han escrito memorables elegías a la madre son Homero Aridjis (1940) y Efraín Bartolomé (1950). Aridjis, en “Asombro del tiempo (Estela para la muerte de mi madre Josefina Fuentes de Aridjis)” dice:

 

Yo labro con palabras tu estela.

Escribo mi amor con tinta.

Tú me diste la voz, yo sólo la abro al viento.

Tú duermes y yo sueño. Sueño que estás allí,

detrás de las palabras.

 

Por su parte, Efraín Bartolomé, en La casa sola (1999), va del estremecimiento a la conmoción lírica. En este extenso poema (todo un libro), leemos:

 

Madre de las cosas vivas:

te encargo a mi madre:

la blanca Celina

que tanto te honró

 

Tómala en tus manos

Guárdala en tu vientre

Arrópala Acúnala

Cántale canciones

Hazla tierra o flor

Hazla rosas frescas

Dale un poco de aire

Dale a beber sol.

 

Por último, en el relato autobiográfico, tal vez debemos a Andrés Henestrosa la evocación más intensa y perfecta de la madre que se haya escrito jamás en la prosa mexicana. Las ceñidas nueve páginas de Retrato de mi madre (1937) poseen, a decir de Octavio Paz, “la juventud sin edad de las obras que se acercan a la perfección”, y añadió: “Pocas veces la prosa de nuestra lengua ha logrado tal fluidez de agua corriente”.

Retrato de mi madre tiene forma epistolar y autobiográfica, pero estrictamente es un extenso poema en prosa, “sin una sola arruga”, como dijera Paz, sin una sola caída en la afectación. Es una prosa poética victoriosa donde la madre y el hijo se funden en la comunión del dolor y el amor, al separarse. He aquí uno de sus momentos más altos (el de su desenlace):

Llegó el tren y salí para Juchitán. Allí en la estación se quedaba mi madre para volver sola, a caballo, al pueblo. Al finalizar aquel año de 22, salí para la capital de México. Vino con ese motivo a Juchitán y todos, mis hermanos que ya todos vivían en la ciudad, mis primos, mis tíos y alguno que otro amigo estuvieron a despedirme. Mientras llegaba el tren, aconsejaba y acariciaba mis cabellos rebeldes, que por primera vez peinaba y se empeñaba en domesticarlos con un pequeño peine. Silbó el tren. Me monté a él y estoy seguro que lloró aquella noche todas las lágrimas que ante mí contuvo. Estoy seguro, porque yo me siento anclado, igual que una pequeña embarcación, a un río de llanto. ~

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JUAN DOMINGO ARGÜELLES es autor de la Antología general de la poesía mexicana (Océano, 2012-2014) y de la Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015). Sus más recientes libros de poesía son El último strike (Laberinto Ediciones/UJAT, 2016) y En la boca del lobo (Fondo Editorial Estado de México, 2016).

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