youtube pinterest twitter facebook

CornucopiasHambre de ser

Antonio Calera-Grobet | 01.05.2017
Cornucopias: Hambre de ser

Cuando los humanistas voltean a su alrededor, a las maneras de nuestra cultura, a nuestra civilización, se dan cuenta de que la suya es una visión, por decirlo de alguna manera, de los vencidos. No hay casi cabida de las ciencias sociales en el orden mundial, y no hay manera de insertarse de forma profunda en el ritmo de nuestras federaciones sin sentirse uno abandonado, en un lodazal: alienado, derrotado, expulsado. Por si fuera poco, tal humanismo atisba que lo urgente para cambiar tal estado de cosas es de la altura de un cambio epistemológico, un cambio radical de la realidad. Repara asimismo en que resistir ya no lo es todo o es muy poco, casi nada, apenas una reacción débil, casi una sumisión, porque solamente hay una peor lucha que la que no se hace: encarnar, ad vitam aeternam, el castigo infrahumano actual, en un escenario global del capitalismo más duro, en donde los intereses se inoculan dentro de todas las conductas, mal creando relaciones humanas de una competencia descarnada, mera supervivencia animal.

En pocas palabras: no queda mucha parcela de felicidad para el ciudadano real y habrá por supervivencia que abonar en dos consignas. Primero, que habría que darnos fuerza entre nosotros porque los oprimidos por el orden económico actual, los que abominamos tal programa de administración de las almas, somos legión. Segundo, menos optimista quizá pero no menos importante, que hay que ver con apremio y angustia que los dirigentes de tal desorientación ética en el mundo han dejado a su alcance, de manera sorprendente, casi irónica, pareciera mentira, sólo unas pocas islas-migajas para pasar la vida más o menos felizmente, para apenas una triste redención en busca del sentido original.

¿Cómo? Si bien ya no como se quisiera, sí como se pueda y a toda costa. Reagrupándose uno en el ocio y la frivolidad, por ejemplo, asumiendo como felicidad la llegada de los paraísos terrenales o artificiales a nuestro cuerpo, en donde el comer y el beber son placeres que nacieron de la mano.

Resulta necesario restaurar un espacio vital en el que se ha dado cuenta de lo que somos desde tiempos antiguos: el acto de comer (es decir todo aquello relacionado con el fogón y la mesa), como el espacio idóneo y crucial para levantar el relato. Porque si nos robamos el fuego de los dioses fue para darnos luz de muchas maneras, y no solamente en un sentido de la capacidad humana para lo meramente lúdico, técnico o fabril. Reunidos en torno al fuego y a lo de que él emana, en matriz, útero, cueva húmeda y caliente que es una cocina, es que las familias se cohesionan o descoyuntan como un conjunto de iguales, se dice lo que es y lo que no es, lo que debiera ser para continuar su más digna manera de reproducción: la que no deja fuera su lado hedonista.

Porque aquellas comidas formativas de la infancia, con toda y su pesadez ético-política (que se manejaron tan bien entre silencios, miradas, movimientos corporales en el tablero), fueron también, aunque no lo parezca, zonas de transmisión de ese aprendizaje mayor: saber comer como placer, como arte del cuerpo para el goce estético. En este espacio de sentido cultural que es la cocina, en ese líquido amniótico de un profuso intercambio de informaciones, uno aprende a quererse, a deleitarse. A darse placer uno mismo. Aquí el buen comer. No como comer fino o raro o caro. No. El buen comer como una suerte de escuela para elegidos, independientemente del estrato socio-económico de sus alumnos. Ahí, todos los tocados por el placer irán explorando y descubriendo a lo largo de su vida nuevos sabores para iluminar el amplio espectro de poesía de la que es capaz el arte de la lengua. ¿La búsqueda? Dar con los destellos de los frutos prohibidos en el amplio sentido, que abran las tonalidades de su paleta, su hambre de ser. Tal como una ostra: abrirse.

Así pues las cosas, habrá que poner en el escenario una tarea básica. Se requiere en ese cambio epistemológico, algo así como una revolución copernicana, de un nuevo contrato social que, contrario a la República platónica, permita menos tecnócratas y más poetas, entendiendo a éstos no como algo propio del que escribe versos, sino del que está en capacidad de sentirlos como algo vivencial, constitutivo, nutricio, encarnado y no textual. Es urgente que los ciudadanos afectados por esa realidad de los vencidos deseen conocerse de nuevo, den la espalda a la sumisión y se abran a la recreación de su propio ser a partir de los alimentos y sus sabores.

Habrá que proponer, pues, que esa lucha entre lo que apenas nos es posible y lo que realmente necesitamos, es decir la lucha de hacer lo que queramos en este “milagro” que es vivir, se dé en un terreno más cercano a los sentidos. A saber: encontrar pues la liberación mediante una nueva práctica social del cuerpo, mediante el placer a tope y a todos los sentidos, en todos los sentidos que se quiera entender esto, seguido, obligatoriamente, de una experiencia igualmente social, de alta ensoñación poética: la experiencia de la libertad. El objetivo: lograr una nueva redención. Por tratarse de sensibilidades abiertas a meterse en lo excéntrico, a lo distinto, a lo peculiar, a lo raro. De manera que habría que distinguir al abierto a la comida como un espíritu, una sensibilidad entregada al placer no sólo de comer sino de levantar el relato con los demás. Hacer la escultura social entre almas hedonistas, poetas epicúreos que ven en el complejo sistema de la comida grupal una especie de servicio religioso pero secular, por supuesto, para comer, relatar lo comido, conocerse a través de conocer al otro en el mismo estado de gracia, de carga estética. Hambre de ser humano.

Concebir de esta manera al que se entrega a la comida es un acto de justicia elemental. La tragazón, la comedera, siempre y cuando se trate de un ejercicio voluntario de provocar placer, esa hambre de ser humano, viene de lo más adentro de nosotros y se trata de uno de los deseos mejor encarnados por ahora en la raza humana. Comer para ser feliz, con los otros: uno de los pocos placeres que nos quedan a los hombres, sin demonios que ahuyentar. Comer como un ejercicio de comprensión absoluta de lo que significa nuestra relación con nuestro cuerpo, en el que se acomete el hecho de dotarlo de placer como un acto libertario en el que se invite a responder a la fiesta desde la experiencia amatoria, desde la más absoluta libertad, y todos sus integrantes abiertos voluntariamente a una sensación de emborrachamiento, de embriaguez. Comer siempre, por cierto, con gratuidad. Comer, que no comercio. Comer porque se hizo un acopio para tal comida entre los miembros de un grupo dado, y se come en casa y con todos, es decir, ecuménicamente. Porque no podemos pensar en que saber comer, comer bien, comer como medio para el placer del cuerpo y el espíritu, deba relacionarse siempre con la alta cocina. No. Nunca.

En otras palabras, si es que estamos ya en un momento histórico de apocalipsis, declive casi imparable del viejo humanismo, habrá que entender este lapso, época, era, ya se verá, como una especie de salvoconducto histórico para lograr una epifanía de lo oculto y real, el desvelamiento ante nuestros ojos de eso que somos y no habíamos querido ver del todo, de eso que somos y no nos dijeron, de esa bestia que late en el fondo de nuestro proceder, una bestia con los ojos abiertos, jadeante, bufando por salir. Porque la verdad sea dicha, nos hemos dormido o nos han hecho dormir en algunos laureles, nos han secado las pulsiones naturales de la vida, y en términos generales ya no existe ni siquiera el humor, tampoco el cinismo vitalista. Pero eso sí: nos metieron a la velocidad, nos hicieron más rápidos, más altos y más fuertes, y en ese juego nos perdimos. Y habrá que parar. Transgredir el orden establecido por el tiempo de la flecha, el vértigo terrible de lo que llamamos “vida cotidiana” y su rapidísima modernidad. A un costado de las fábricas, a unos metros de todo el frío metal, yacen todavía el verdín y la herrumbre de lo que fuimos, están ahí todavía vivos los ríos de sangre, la cosa que prende aún de nosotros.

No nos debería resultar difícil. Sabemos lo que queremos. Vivir libremente y gozar de la vida en colectivo, en casas, clubes, sociedades, tabernas, restaurantes, hoteles, plazas que nos cuiden el sueño. Y no hay tiempo que perder. Queremos hacer amor, queremos comer y beber con los amigos, queremos sentirnos vivos a un costado de los mares, de los ríos. Ese derecho lo queremos de regreso ya: poder ver, tocar, gustar, sentir. ¿Acaso es mucho pedir? Queremos de vuelta eso que nos fue arrancado y nos pertenece. Nos queremos de nuevo a nosotros mismos ahí, en torno al fuego, los platos calientes, los caldos y las carnes, las selvas de vegetales. Ahí entre los aceites y las aguas, el azúcar y la sal. Ahí, para hablar orientalmente no de lo que hacemos para ganar el pan, sino de lo que somos como seres de sangre caliente, arrojados a la tierra también a cantar. Ahí, en la cocina, comer para apretarnos los unos contra los otros, como si en ello se nos fuera la vida porque de verdad se nos va. Comer siempre, cada vez que se quiera, con amigos y familiares, sin temores, lejos de cualquier tipo de calamidades, sinsabores. Ése es el templo que era nuestro y nos quitaron los genios del capitalismo, éso lo que éramos y olvidamos: seres de un amor más resplandeciente. Queremos calor de nuevo en nuestras vidas y vamos a ir por él. Por eso lucharemos. De nuevo tenemos hambre de ser.  ~

________________

ANTONIO CALERA-GROBET es escritor y promotor cultural. También es director de La Chula. Foro Móvil, un proyecto para el tráfico de ideas por la ciudad, editor de Mantarraya Ediciones y propietario del Centro Cultural Hostería La Bota.

Más de este autor