youtube pinterest twitter facebook

Ocios y letrasLos sucesos palpitantes. Antonio Vanegas Arroyo (1850-1917)

Miguel Ángel Castro | 01.05.2017
Ocios y letras: Los sucesos palpitantes. Antonio Vanegas Arroyo (1850-1917)

Cuando Rafael Reyes Spíndola fundó El Imparcial en la Ciudad de México en los últimos años del siglo xix, declaró que aquella misión “casi divina y doctrinaria” que antes tenían los periódicos confirmaba la existencia de un conjunto de actores que desarrollaban ya nuevas formas de hacer prensa. El empresario oaxaqueño se colocaba al frente de un grupo que producía revistas y periódicos que habían identificado a consumidores de información “triple A”: accesible, amena y atenta a sus necesidades inmediatas y cotidianas. Spíndola contempló entonces un panorama que le permitió afirmar que el periodismo es una especialidad o profesión como otra cualquiera:

 

Si es verdad que [el periodismo] debe tener fines instructivos, lo esencial es saciar esa enorme curiosidad que tenemos de saberlo todo, hasta lo que no nos importa. Pretender llenar el primer requisito, esto es, hacer un periódico doctrinario, sin dar preferencia a la información sensacional, es estrellarse en la indiferencia del público. El reportero es el cazador que recoge y lanza la noticia aún fresca, cuando todavía el suceso es palpitante. Ya no se le pide un estilo de maestro, sino buenos pies, un ojo avisado e investigador.

 

Y para conseguir el mayor impacto, la prensa había dado lugar preferente a las imágenes, a los grabados que atraen, que explican todo a golpe de ojo, que facilitan la comprensión de los hechos y los caricaturizan si la oportunidad lo aconseja.

Circulaban, en efecto, con éxito en la Ciudad de México durante el porfiriato, impresos ilustrados que salían de diversos talleres en los que los artistas encontraban espacio para esa musa popular que acompañaba a Guillermo Prieto. Los grabados de Manuel Manilla y José Guadalupe Posada surtieron al poblano Antonio Vanegas Arroyo, que descubrió a su llegada a la capital en 1880 el negocio de las impresos sueltos como folletos, cuadernos, cancioneros, oraciones, textos de comedias y cuentos para niños, recetarios y otras publicaciones consideradas menores que, en el momento que sumaron el poder del sensacionalismo, dieron lugar a periódicos cuya frecuencia determinó el acontecimiento mismo, el momento del suceso extraordinario, una fecha que se marca por sí misma o por “la calle”, como el propio Vanegas Arroyo intituló uno de sus primeros diarios: Gaceta Callejera.

Francisco Montes de Oca, director de El Gil Blas, ejemplificó el progreso de esa política editorial cuando lo sepultó para dar vida a El Popular en diciembre de 1896. Aguijoneado por la aparición de El Mundo y El Imparcial de Rafael Reyes Spíndola, Montes de Oca actualizó sus procedimientos y se apoyó en las ilustraciones de José Guadalupe Posada y Manuel Manilla, cuyo arte se había extendido a los suplementos La Risa del Popular y El Chisme. El historiador Moisés González Navarro hace referencia a este proceso: “una realidad que cada vez se imponía más brutalmente: conforme se creaba un público más amplio, el lector, creyente o no, buscaba la baratura en primer término y, en segundo, muñecos; lo demás carecía de importancia”. Antonio Vanegas Arroyo es una figura imprescindible en ese proceso de industrialización de la prensa en este país.

El impresor y editor trabajó y se esforzó en prosperar en las décadas de ascenso y caída del gobierno de Porfirio Díaz, y murió en pleno carrancismo, tras haber acumulado una obra sumamente valiosa. Importa recordarlo a cien años de su desaparición. Sobre todo porque su labor ha sido un tanto eclipsada por su colaborador y socio José Guadalupe Posada, de modo que cabe insistir en la relevancia que tiene un editor en el mundo de las letras. Creo que, por fortuna, con más frecuencia se hace referencia al binomio Vanegas-Posada.

 

La calavera Oaxaqueña, con grabados de José Guadalupe Posada, impresa en las imprentas Arroyo, 1903, Wikipedia

 

Nuestro editor conoció desde muy joven el mundo de los medios impresos porque su padre era dueño de un taller de encuadernación, donde aprendió el oficio, pues permaneció en el negocio familiar hasta los treinta años. En 1880 decidió emprender su propio sello editorial en México. Para entonces, la capital recibía los beneficios y los males de cierta expansión del mercado de los impresos que se debía en buena parte a las innovaciones técnicas y de reproducción.

Del mismo modo que aumentaba la producción de la prensa ilustrada, el hábito de su “lectura” se extendía poco a poco hasta las clases populares, donde un alto porcentaje de la gente todavía era analfabeta. El trabajo de Vanegas Arroyo se interesó principalmente, y como lo anotamos antes, en satisfacer a estos nuevos consumidores, sin excluir a los miembros de otros grupos sociales y a la élite letrada que disfrutaban los contenidos y el humor de las imágenes a pesar de considerarlas de mal gusto o contrarias a la educación. Entre los títulos de los periódicos de la casa editora de Vanegas Arroyo que han sido documentados están Gaceta Callejera, El Centavo Perdido, La Casera, El Teatro y El Boletín, El Volador y Don Chepito. La Colección de cartas amorosas, la Nueva colección de canciones para el presente año, la Cría de canarios y otras ediciones que circularon con éxito fueron ilustradas por José Guadalupe Posada, y antes, algunas por Manuel Manilla. La producción de Vanegas es una miscelánea que contiene información de nota roja, corridos, colecciones de versos, sucesos políticos, chismes, horóscopos, consejos de salud, aconteceres cotidianos y sobrenaturales, así como la creación de personajes que retratarían a muchos tipos del ser mexicano, como Chepito Mariguano, Don Simón y Doña Caralampia Mondongo.

Los títulos sensacionalistas eran realzados por una tipografía que en hojas de color fue estableciendo una identidad entre impresor y lector. Algunos ejemplos: Horrible suceso fraguado por el demonio y destruido por el admirable y portentoso milagro de Nuestra señora de Guadalupe, entre los esposos María Juliana Delgado y Pedro García; ¡Extraño y nunca antes visto acontecimiento! Un cerdo con cara de hombre, ojos de pescado y un cuerno en la frente; Muy interesante noticia. De los cuatro asesinatos por el desgraciado Antonio Sánchez en el pueblo de San José Iturbide, estado de Guanajuato, quien después del horrible crimen se comió los restos de su propio hijo; ¡Sensacional y terrible noticia! Una señorita que se arroja desde la torre de Catedral, y la famosa hoja de Los 41 maricones encontrados en un baile en la calle de La Paz el 20 de noviembre de 1901.

Parte del éxito de la fórmula de Vanegas Arroyo resultaba de la intención moralizante con que revestía sus notas, sabía escandalizar a las buenas o ingenuas conciencias, de suerte que el morbo de un espantoso crimen ocurrido en el barrio del vecino, o el infortunio de un amante castigado justamente, el suicidio del día, el temblor, la inundación o el incendio, trágicos todos, podían propiciar la charla de una o dos semanas. El emblema, cúspide del humor que produjo la asociación del editor Vanegas con el artista Posada es, sin duda, el universo de sus Calaveras, pero no debe restarse importancia a los versos populares que las acompañan, o a tantos otros, como los del Dialoguito de Mamá Tierra con D. Cometa Halley: “¡Ay, don Halley, por favor, / tenga piedad de mis hijos, / que aunque ingratos los canijos / los adoro con amor!”; o las Tristísimas lamentaciones de un enganchado para el Valle Nacional: “¡Ay!, ónde me la iba a espantar / lo que era ser enganchado /- creí que todo era Jauja; / llegar y besar al santo. / Pero, mano, ¡qué esperanzas! / Yo que pensé mejorar. / Pos ha salido el remedio, / más pior que la enfermedá”.

Asimismo, el editor desarrolló una técnica muy específica para despertar las supersticiones que tanto atacaron José Joaquín Fernández de Lizardi y múltiples personajes ilustrados a lo largo del siglo porque sabían el perjuicio que causaban. El gusto por estas historias, no obstante, procedía en buena medida de la vigencia del gusto que tenían los lectores por las leyendas y las tradiciones. Resultaba sumamente entretenido el ¡¡Ejemplar acontecimiento!! Un espíritu maligno en figura de mujer bonita, que cuenta la desventura de Miguel Gómez cuando se le presentó espantosísimo cuadro por acosar a una hermosa mujer: “Llamas, azufre, diablos. ¿Qué es esto? El Infierno. Ella se transformó en Lucifer y le dijo: ‘Tú has deshonrado a muchas jóvenes y has sido vicioso en mujeres por lo cual me gustaste. Ya estás aquí eternamente’, y a remolque se lo llevaron un montón de condenados para darle tormentos”. Por este sendero salieron La gitana del siglo xx, Magia blanca y magia prieta y El hechicero rojo. Igualmente despertaban curiosidad la Colección de cartas amorosas que aconsejaban a las mujeres elegir a sus parejas con cautela y desapasionadamente y que refieren los términos que intercambiaban en sus correspondencias los jóvenes para establecer un noviazgo. Imprescindibles son para el historiador de la música popular los cancioneros que publicó Vanegas como tantas otras compilaciones de saberes de la calle y el taller, de la tienda y la pulquería, de los espectáculos y de las diversiones de los pobres y los niños. Para ellos editó las versiones de Posada de juegos como La Oca, El nuevo coyote, La Lotería y Los charros contrabandistas.

 

 

Contamos con muchos estudios sobre Posada y su obra, y en ellos suele darse cabida a Vanegas Arroyo; no puede ser de otra manera. Sin embargo, me parece necesario insistir en el papel que jugó el editor para fijar un imaginario de la identidad tan arraigado como la Catrina y calaveras que lo acompañan. Todavía no tenemos el gran inventario de la producción de Vanegas Arroyo que tanta falta hace; tengo noticia de que hay quienes se empeñan en el intento. Les deseo suerte.  ~

____________

MIGUEL ÁNGEL CASTRO ha sido profesor de literatura en diversas instituciones y es profesor de español como lengua extranjera. Especialista en cultura escrita, forma parte del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM. Investiga la prensa decimonónica y rescata la obra de Ángel de Campo, Micrós, y Luis G. Urbina. El viajero y la ciudad, libro coordinado y editado por Castro este 2017, reúne 23 ensayos sobre la literatura de viajes.

Más de este autor