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Colofón

Claudia Benítez | 01.05.2017
Colofón

Jean Bonna, coleccionista y bibliófilo de fama mundial, puso a la venta, a finales de abril, una colección de cartas y diarios de algunas de las figuras literarias más prominentes de Francia. Uno de los materiales es una carta de Gustave Flaubert en la que defiende su novela Madame Bovary, que había sido acusada de obscena, y por la que él y su editor fueron llevados a juicio en 1857. En la misiva, cuya publicación le fue prohibida, el escritor declara no haber escrito para jovencitas, “sino para hombres, para la literatura”. La colección también incluye un diario privado que Victor Hugo escribió durante su exilio en Guernsey. En él, relata las sesiones de espiritismo y de conversaciones con difuntos a las que asistió, lo que sus herederos decidieron ocultar después de la muerte del escritor, por temor a que su reputación se viera dañada. Bonna cree que probablemente Hugo tomó interés en esos asuntos porque estaba aburrido en su exilio y quería distraerse, y ha señalado que el texto “es extraordinariamente interesante y raro, pero no es literario”. Quizá la carta más divertida de la colección sea la que escribió Marcel Proust al hijo de su casero para quejarse del fuerte ruido que hacían sus vecinos cada vez que tenían sexo. Aunque en realidad el ruido parecía no ser el verdadero problema, pues, en la misiva, el autor de En busca del tiempo perdido señala que “los vecinos hacen el amor cada dos días con un furor que me da celos”.1

 

 

Recientemente se ha hablado de unas cartas inéditas en las que Sylvia Plath contó a su antigua psiquiatra que Ted Hughes la golpeaba y le decía que quería que se muriera. Éstas fueron escritas entre el 18 de febrero de 1960 y el 4 de febrero de 1963, una semana antes del suicidio de Plath, y abarcan un periodo de su vida que ha sido siempre impreciso tanto para los lectores como para los investigadores. A pesar de que Plath escribió toda su vida detallados diarios, tras su muerte, Hughes declaró que los de esa época en específico se habían perdido, incluyendo el último volumen, que él había destruido con el fin de proteger a sus hijos Frieda y Nicholas. Las cartas en cuestión son parte de la correspondencia que la escritora mantuvo con la doctora Ruth Barnhouse —quien le sirviera de modelo para el personaje de la doctora Nolan en su novela autobiográfica The Bell Jar (La campana de cristal)—, con quien había estado en tratamiento en Estados Unidos tras su primer intento de suicidio en agosto de 1953. Dichas cartas son parte de un archivo que la investigadora feminista Harriet Rosenstein reunió durante su investigación para escribir una biografía inconclusa. El tratamiento de Plath con Barnhouse terminó cuando la primera se mudó a Inglaterra. Sin embargo, las dos siguieron en contacto y la amistad que compartían ha sido de gran interés para los investigadores. Es muy probable que las cartas permanezcan en la sombra por un buen tiempo, ya que el Smith College, alma mater de Plath, presentó una demanda el 12 de marzo alegando que éstas son parte del patrimonio de Barnhouse que le fue legado a la universidad tras la muerte de la doctora. No obstante, Rosenstein sostiene que Barnhouse le dio las cartas hace cuarenta y siete años. Así que, mientras el asunto de la demanda no se solucione, las cartas no podrán ser publicadas y no podremos citarlas, pero sí estos versos del poema de Plath, “Lady Lazarus”:

 

[...]

 

Morir

es un arte, como todo lo demás.

Yo lo hago excepcionalmente bien.

 

Lo hago para sentir el infierno.

Lo hago para sentir que es real.

Podrían decir que tengo una vocación.

 

Es tan fácil hacerlo en una celda.

Es tan fácil hacerlo y quedarse inmóvil.

Es el teatral

 

retorno en pleno día

en el mismo lugar, la misma cara, el mismo

grito bestial y divertido

 

[...]

 

En representación de Carol Hughes, viuda del poeta, el patrimonio Ted Hughes ha declarado que “las afirmaciones supuestamente hechas por Sylvia Plath en cartas inéditas a su antigua psiquiatra, sugiriendo que fue golpeada por su esposo, Ted Hughes, días antes de sufrir el aborto espontáneo de su segundo hijo, son tan absurdas como ofensivas para cualquiera que haya conocido bien a Ted”.2

 

 

Leonora Carrington es mejor conocida por sus pinturas y esculturas surrealistas, pero la artista inglesa también dejó un importante legado literario que incluye cuentos, novelas y teatro. Su obra más conocida es la novela The Hearing Trumpet (La trompetilla acústica). En ella, la protagonista, Marian Leatherby, descubre evidencia de reuniones misteriosas, desapariciones e indicios de lo sobrenatural en el hogar para ancianos al que fue enviada por su hijo y su nuera. Los personajes sufren enigmáticas transformaciones y se encuentran con figuras mitológicas, pero el tono de la narración se mantiene imperturbable y realista. La despreocupación ante lo extraño es un sello distintivo de la ficción de Carrington. Por otro lado, en Down Below (Memorias de abajo), la escritora habla de la crisis nerviosa que sufrió tras la detención de su amante Max Ernst durante la Segunda Guerra Mundial.3 El hijo de Carrington, Gabriel Weisz, quien es profesor de Literatura Comparada en la Facultad de Filosofía y Letras de la unam, ha señalado que la obra literaria de su madre:

 

Es un fenómeno que está lleno de estas tradiciones inglesas del humor negro o de, incluso, la construcción de personajes internos que creo que es muy única de Leonora, y que pocas personas lo entienden. Muchos se acercan desde un punto de vista convencional de lo que es la literatura, creen que las de ella son historias divertidas o demás, y no se percatan de la explosividad poética que tienen estas obras, y de hasta qué punto pueden reflejar un viaje de autoconocimiento.4

 

 

NOTAS

1.

2.  

3.

4.

 

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