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#InventarioDeGestos: Darse a entender

Javier Raya | 22.05.2017
#InventarioDeGestos: Darse a entender

Las primeras frases que se intercambian con alguien que no conocemos rondan de una u otra manera el tema del trabajo. Además del clima, el status laboral de los demás es una cuestión en la que todos parecen interesados de antemano. El cuestionario cambia o se organiza según la persona, la situación, incluso el lugar donde ocurra el encuentro. Son unas preguntas simples que algunos son muy buenos para improvisar; otros se sienten más bien agredidos, cuestionados, amedrentados incluso con algo que podríamos llamar, “ventana de pertinencia”. Hablar de dinero es un gran tabú, lo que produce en la práctica un lenguaje codificado para hablar de él; finalmente se trata del significante maestro de nuestra época.

 

Entre hablantes existen contextos implícitos y explícitos en los que ciertas frases son pertinentes y otras no. Aprendemos desde la infancia las bases del delicado arte de evaluar nuestro entorno. ¿Es tiempo de hablar o de callar? Contextos donde la frase ni siquiera figura: desfigurada en el chiste común, en el reconocimiento, en la aprobación recíproca, en la inclusión. Hay momentos para decir gracias y hay momentos para decir groserías; hay cosas que está bien preguntarle a tu tía gorda y otras que no; lo más recomendable es no preguntarle a los vagabundos a qué se dedican, aunque nadie sabe muy bien por qué, etcétera.

 

Las políticas del diálogo entre hablantes, así, se conforman de una red de sobreentendidos que preceden e incluso originan el contexto del intercambio verbal. Un inmigrante haitiano trata de hacerse entender frente a un grupo de hombres en una tienda a través de una palabra que ofrece como si fuera una joya extraña, un juguete sin pilas: trabajo, work, travailler. Asumimos, pues, que el otro puede entendernos, y que para llamar su atención es necesario hablar un lenguaje que éste pueda comprender; lo que parece una obviedad —que dos hablantes del mismo idioma comparten siempre el mismo contexto lingüístico— en realidad es una exageración y una confusión que puede aproximarnos a una de las explicaciones posibles a la serie de malentendidos en el trato cotidiano con el otro —con el otro incluso en nosotros mismos, que no siente que pueda darse a entender, que lucha por traducirse a sí mismo, de interpretarse de manera que el otro lo entienda.

 

A veces, mientras paseo a mi perro por la calle, lo llamo a través de una serie de chiflidos muy simple, de tres notas. Él comprende mi mensaje y viene hacia mí, o bien, sabe a dónde quiero que vaya. Es un perro muy obediente, pero no nos desviemos. Lo que quiero decir va por otro lado. Aunque aparentemente los signos de mi chiflido sean breves e inofensivos, hice un esfuerzo consciente porque su sonido no recordara en absoluto a la melodía característica del chiflido como cat calling, de un sonido que a mí puede parecerme arbitrario e inofensivo, pero que muchas mujeres escuchan tras de sí al caminar por la calle. En ese momento no se trata de un simple sonido, sino de un llamado bien reconocible para el oído, sin importar la diferencia entre idiomas, como signo internacional con que la mirada —y el acoso— masculino traspasa el espacio o contexto personal de la mujer que recibe el “piropo”, contexto que no necesariamente comparte con el chiflante.

 

Las mujeres se asustan tan poco de las palabras como los hombres, al grado en que hombres y mujeres utilizamos indistintamente palabras que todos podemos reconocer, sin importar nuestro género. Pero lo que yo escucho cuando alguien grita “puta” en la calle no es lo mismo que escuchan las mujeres alrededor.

 

No siempre damos a entender claramente nuestras intenciones —las cuales, sin embargo, pueden quedar expresadas de manera equívoca o incluso contraria a como cada uno las sentimos. Esto no supone un óbice para culpar una vez más al receptor del mensaje, a los que “entienden mal” lo que quisimos decir; al contrario, se trata de reconocer que las personas, en tanto emisores de mensajes hacia otros, tienen capacidad de agenciamiento sobre el mensaje que tratan de articular —y que en este proceso, para bien o para mal, cada quien se da a entender como puede.

 

Hablar, dirigirse al otro, es hacer drag.

 

Los mensajes no “se sudan”, no salen involuntariamente, inevitablemente, de nuestro cuerpo, sino que requieren nuestro concurso para articularse y dirigirse hacia su receptor, buscando su atención y su respuesta. Este agenciamiento, sin embargo, se encuentra limitado por las condiciones del hablante, por su situación de vulnerabilidad o privilegio, por su identidad racial y de género, por su situación laboral incluso; reconocer que existe una violencia muy particular que comienza en las palabras que nos dirigimos unxs a otrxs, podría ser un primer paso para reconocer que a unxs y a otrxs —sin que nadie se lo buscara, aunque nadie quiera hacerse responsable del mensajenos están matando.

 

Nos estamos matando.

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