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Lo que sí podemos hacer: Trabajadoras del hogar: invisibles e indispensables a la vez

Marcelina Bautista | 01.06.2017
Lo que sí podemos hacer: Trabajadoras del hogar: invisibles e indispensables a la vez

No sé si a los 14 años uno tiene claro lo que busca o a lo que ha de dedicarse en la vida, pero en mi caso, justo a esa edad, las circunstancias me llevaron a trabajar en una casa en donde, al vivir lo que viví y sentir lo que sentí, supe que algo no estaba bien y que no descansaría hasta poner las cosas en su lugar.

Soy de Nochixtlán, Oaxaca. La tercera de 12 hermanos. Estudié hasta la primaria, grado máximo de estudios en mi pueblo, y al terminar llegó el momento de ayudar a mis padres con los gastos, por lo que tuve que ir a trabajar a la ciudad, siendo el mixteco mi única lengua. Por medio de unos tíos encontré mi primer empleo en casa de una familia. Fue entonces cuando, por primera vez, nos encontramos el trabajo “doméstico” y yo.

Empleada “doméstica” era mi título. (Por cierto, ¿saben lo que significa la palabra doméstico?). Desde el principio supe que algo andaba mal. Me incomodaba la forma en que se referían a mí, la manera de tratarme bajo el constante recordatorio de la diferencia entre ellos y yo. Era como si yo fuera de su propiedad: había que complacer a todo integrante de la familia en jornadas infinitas de trabajo y por un sueldo muy bajo. Esto no era recíproco, y eso sí que lo tenía yo muy claro.

Esta inquietud y las experiencias que compartía con otras compañeras del “gremio” con quienes me juntaba en los parques para platicar ayudaron a formarme una idea clara de lo que era y significaba nuestro trabajo como empleadas del hogar. No había razón para desvalorizarse.

Conforme crecí, tomé conciencia y adquirí confianza en mí misma, me relacioné con más gente y fue en esta etapa cuando encontré mi oportunidad (mi papá siempre dice que hay que tomarla, pues nunca sabes si regresará). Me acerqué a una parroquia en busca de algún estudio, y fue ahí donde conocí a quien fue mi impulsor: el párroco francés de la iglesia.

Después de largas tardes y fines de semana con los grupos de encuentro que él promovía, conocí conceptos que dieron respuesta a mis inquietudes. Me di cuenta, escuchando hablar a otros de sus condiciones de trabajo, de que mi empleo era el único que no era visto como tal, y de que mi trabajo sólo se ve el día en que no se hace. Me di cuenta también de que las jornadas eran de mucho más de ocho horas diarias y sin pago de tiempo extra, ni prestaciones garantizadas, bonos o seguridad social, y de que no tenía derecho alguno, pero sí un cúmulo de tareas y obligaciones que no estaban a la par.

Aprendí que existían conceptos como legislación, derechos humanos, derechos laborales y, sobre todo, la fuerza del poder colectivo como suma de voluntades. ¡Eso era justo lo que yo necesitaba aprender y el entusiasmo al descubrirlo fue inmenso!

Reuní a otras compañeras en las mismas condiciones y empezó mi labor de concientización sobre quiénes éramos y el valor que aportaba nuestro trabajo. Tuvimos que darnos nuestro lugar como mujeres y como seres humanos para después exigirlo. El concepto del trabajo de casa debía de cambiar, y por ambas partes: empleado y empleador.

Con la ayuda del párroco, quien jamás dudó de mi causa y me ayudó a afianzarla (nada como creer en uno mismo), seguí organizándome para ponerle nombre y forma a lo que buscaba. En 1988 representé a México en el Primer Encuentro Latinoamericano y del Caribe de Trabajadoras del Hogar, en donde descubrí que sin lugar a dudas este trabajo es digno y puede colocarse dentro de un marco legal. Me di cuenta de que debía llevar esta iniciativa de vuelta a mi país para hacerla realidad, aun sabiendo que implicaba todo un cambio cultural.

Crecieron los espacios y las oportunidades. Gané varias becas para seguir estudiando y apoyando proyectos. En 2000 fundé el Centro de Ayuda y Capacitación para Empleadas del Hogar (CACEH), donde trabajábamos con compañeras, capacitándolas en temas de desarrollo, derechos humanos y asesorías laborales. Al mismo tiempo, iniciamos un programa de concientización para los empleadores, pues sin ellos no sería posible establecer mejores acuerdos.

En 2015 nació el primer Sindicato Nacional de Trabajadores y Trabajadoras del Hogar, respaldado por muchas instituciones, incluso de empleadores, que reconocían ya este trabajo como un empleo de carácter formal estableciendo derechos y obligaciones por ambas partes, y contando con un respaldo legal.

Durante 22 años he trabajado para familias. No soy la única, evidentemente. Hoy existen 2.4 millones de empleadas del hogar en nuestro país, quienes también tienen mucho que contar. Historias hermosas de familias que acogen y ayudan, y muchas otras que muestran que aún existen hogares en donde somos invisibles y, al mismo tiempo, indispensables. Pero así es la vida, llena de contrastes.

La niña creció —hoy tengo las bases y una voz—, el párroco volvió a Francia y la creación de una legislación laboral en este tema es casi una realidad.

Cuando encontramos que algo está mal y no nos gusta, debemos intentar cambiarlo desde nuestro lugar, y así contribuiremos juntos a la justicia social.

Tengo esperanza en las acciones individuales y por eso los invito a empezar hoy a construir ya y desde hoy el México justo que todos queremos. EstePaís

 

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MARCELINA BAUTISTA es trabajadora del hogar, activista y fundadora del Centro de Apoyo y Capacitación para Empleadas del Hogar (CACEH), la primera organización sindical en México que agrupa a personas trabajadoras del hogar.