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El soft power y el desafío de la política exterior mexicana

Pablo Valdés | 01.06.2017
El soft power y el desafío de la política exterior mexicana

La nueva administración de Estados Unidos ha preocupado seriamente a la sociedad mexicana. Sus embates en torno al muro fronterizo (y quién debe pagarlo, dando por sentada su inminente construcción), el narcotráfico (amenazando con el despliegue de tropas estadounidenses en nuestro país), el TLCAN (anunciando su cancelación o, en dado caso, su renegociación) y la industria (amenazando a las empresas automotrices con plantas en nuestro país), entre otros temas, han mantenido en jaque al gobierno mexicano y a nuestro (inexperto) canciller durante los cinco meses de existencia de la nueva administración estadounidense. Frente a esto, una política únicamente reactiva y desarticulada sería catastrófica para los intereses nacionales.

Las preguntas que surgen de esta situación son demandantes: ¿Cómo pudo llegar al poder alguien con una postura tan claramente hostil hacia México? ¿Por qué continúa la imagen desfavorable de nuestro país en Estados Unidos? Y ¿cuál es el camino que podemos seguir para revertir esta situación, mejorando en el camino nuestra posición en el escenario internacional? Leonardo Curzio, en su libro Orgullo y prejuicios: reputación e imagen de México, nos ofrece un metódico examen de la situación, y propone un camino general para poder lograrlo.

El origen del problema de la imagen de nuestro país en Estados Unidos (y en el mundo) es profundo, con raíces en las diferencias culturales, étnicas, históricas, religiosas entre nuestros países, avivadas aún más por prejuicios étnicos e intereses particulares. Curzio las enumera:

 

El protestantismo anglosajón contra el catolicismo mestizo mexicano.

Las diferencias religiosas siempre han abonado a los conflictos entre sociedades.

La guerra perdida en contra del Ejército estadounidense, que reflejó una imagen (todavía existente) de un México caótico e incapaz de defender su soberanía.

El racismo y los prejuicios rampantes (en ambos lados de la frontera).

La prensa y el entretenimiento anglosajón, que nos representan como pintorescos y grotescos, y a nuestro país como un refugio de prófugos de la justicia.

 

México no ha sido aliado ni amigo de Estados Unidos. En el mejor de los casos, un socio minoritario. Y siempre ha existido una fuerte veta antimexicana en dicho país. Los 20 años del TLCAN no han servido para unir a nuestros pueblos culturalmente, abrazando nuestras diferencias para mayor provecho de ambas sociedades. La problemática es crucial, dado el gran poder económico, político y militar de Estados Unidos, y el consecuente desequilibrio en nuestra relación con nuestro país vecino. México no puede competir en igualdad de condiciones en estos ámbitos, por lo que depende forzosamente de otros rubros: la diplomacia, la opinión y la prensa internacionales, los foros económicos, etcétera. Es decir, del poder blando, o soft power, en contraposición con el poder duro de la mayor potencia nuclear del mundo. El gran reto de nuestra política exterior radica en el uso estratégico del poder blando a su disposición para equilibrar la relación de fuerzas.

El poder blando se trata básicamente de “seducir a otros pueblos para influir en ellos”. Transforma preferencias y crea escenarios más favorables para la política exterior de los países. Y dado que “en una democracia deliberativa el peso de la opinión pública es enorme” y los gobernantes “no pueden evadir su juicio o ir directamente en contra de su sentir”, la imagen y la reputación de un país se convierten necesariamente en un elemento nodal del poder blando para cualquier política exterior seria. “La construcción de imágenes influye contundentemente en la formulación de políticas y en la creación de ambientes para desplegar nuevos proyectos”, como, en nuestro caso más cercano, la renegociación del TLCAN y la participación o no del país en el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés).

Aquí cabe indagar sobre el título sugerente del libro, el cual invoca inequívocamente la obra cumbre de Jane Austen. La protagonista de Orgullo y prejuicio, Elizabeth Bennet, se encuentra en una relación asimétrica con el orgulloso Fitzwilliam Darcy, el cual es acaudalado y aristocrático. En este juego de representaciones, el punto clave en el cambio de acción por parte del Sr. Darcy es cuando Elizabeth interpela el motivo de sus acciones, poniendo en juego su reputación. Al final, los protagonistas logran vencer sus prejuicios de clase y de género para resolver el conflicto. El peso de la imagen externa de cada uno de ellos fuerza a los protagonistas a actuar en contra de sus intereses particulares, para bien de todos.

A pesar de las muchas fortalezas de nuestro país, existen diversos elementos (como la corrupción y el tráfico de influencias, las acusaciones de tortura y el saldo rojo por la guerra contra el narcotráfico) que influyen negativamente en su imagen ante el mundo. Sabiendo que una reputación no se construye de la noche a la mañana, es necesario plantearse una política de Estado en torno a la forma en que nuestro país es visto desde el exterior. Entre las propuestas para forjar una reputación sólida a largo plazo, Curzio propone:

 

Implementar la marca México como una política de Estado, apartidista y a largo plazo, que represente los intereses nacionales. Ésta incluye el turismo, las playas, y un México tradicional y arqueológico, que es lo que se ha promocionado hasta el momento a lo largo de diversas administraciones, pero también otros elementos de mayor actualidad, como museos y espacios arquitectónicos.

Generar múltiples contenidos sobre México en la escena internacional (tal vez siguiendo el ejemplo de Hollywood en Estados Unidos o el K-pop en Corea del Sur). Aquí, el autor señala un necesario matiz: “muchas de ellas [expresiones culturales] no dependen de la acción gubernamental y en múltiples casos son críticas de la misma, como ha ocurrido con los directores de cine galardonados con los premios Óscar, pero todas contribuyen a ofrecer más registros para interpretar a México. Un país con más registros para ser interpretado es un país que tiene mayor poder blando”. Así, hay que tener cuidado de no propiciar la censura de las voces críticas (que constituyen una parte fundamental de la vida democrática), sino de desplegar un esfuerzo equilibrador con “contraejemplos que equilibren el mensaje adverso”, y que “refuercen la imagen de que se trata de un país serio y confiable, no solamente uno soleado y pintoresco”.

Plantear la narrativa nacional no con una perspectiva lineal, centrada en el turismo, “porque circunscribe la proyección nacional a un empobrecedor reduccionismo […] México debe buscar ser polisémico en su narrativa externa y una pluralidad de canales para transmitir esos contenidos. Ésa es [...] la esencia del poder blando o soft power”. La estrategia debe incluir necesariamente elementos arqueológicos, turísticos, deportivos, artísticos, tecnológicos, arquitectónicos y gastronómicos, entre muchos otros.

Encontrar los canales apropiados para la difusión de la narrativa, en inglés cuando sea posible, necesariamente diversificados para una gran variedad de públicos.

Cimentar la imagen del país en una política interior sólida: “Para ganarla [buena reputación] hace falta que la realidad sea sólida y no un espejismo”. Así, si la reputación depende de algo más profundo, es decir, desdeña las apariencias del espejo y necesita forzosamente una base de realidad, se impone una necesidad de contrarrestar las realidades de corrupción, impunidad y violencia en nuestras instituciones, ya no solamente como una demanda popular, sino como un mecanismo de supervivencia. En la medida en la que la comunidad internacional observe esfuerzos institucionales coordinados y serios para combatir estas realidades, y no solamente apariencias maquilladas, nuestra reputación crecerá en consecuencia.

Por otro lado, también es importante la colaboración entre sociedad e instituciones: la mayor fuente de prestigio que puede tener un país emana de una democracia activa y vibrante.

 

 

Hoy más que nunca es necesario trascender los partidismos (con un mayor pluralismo que el generado por el Pacto por México) y los intereses particulares para enfrentar el desafío de la política exterior. Para aquellos que busquen esfuerzos serios para lograr una política de Estado que trascienda las coyunturas, Orgullo y prejuicios se vuelve una lectura indispensable y alentadora. EstePaís

 

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Pablo Valdés es antropólogo por la Universidad Veracruzana y maestro en Antropología por la East Carolina University. Ha trabajado en temas de migración, violencia, género y literatura. También es poeta y narrador.