youtube pinterest twitter facebook

Las claves del amor: Carlos Pellicer en sus “Horas de junio”

Juan Domingo Argüelles | 01.06.2017
Las claves del amor: Carlos Pellicer en sus “Horas de junio”

Junio es el final de la primavera y el principio del verano. El pórtico de la madurez del año. Y, en el trópico, junio es el cenit: “el sol vertical”, como dice el adolescente Carlos Pellicer (1897-1977) en uno de sus primeros poemas (“Momento marino”, 1914). Para Pellicer, nacido en Villahermosa, Tabasco, junio es luz y calor en el mediodía del año y a mitad del camino de la vida. En su ensayo “La poesía de Carlos Pellicer” (1955), incluido en Las peras del olmo (1957), Octavio Paz afirma: “Cada poeta trae algo nuevo a la poesía. Uno de los grandes regalos que Pellicer nos ha hecho es el sol. El otro es el mar”. Y reitera: “Desde el principio, Pellicer fue un poeta solar: ‘todo lo que yo toque, se llenará de sol’”.

Y, con el sol de Pellicer, están la luz, la transparencia y las cálidas fulguraciones del color: la plena limpidez. Nuevamente Octavio Paz acierta: “Cada vez que leo a Pellicer, veo de verdad. Leerlo limpia los ojos, afila los sentidos, da cuerpo a la realidad. [...] Su poesía es una vena de agua en el desierto; su alegría nos devuelve la fe en la alegría”. Esto lo reafirma Gabriel Zaid en una definición prodigiosa: Pellicer “tiene ojos para ver la hermosura de lo concreto, alegría de estar vivo y humildad para ser natural en la naturaleza, para aceptar los límites como formas gozosas. Ni los fracasos ni las decepciones son capaces de cerrarlo a la gracia. Su obra es ante todo homenaje; fresco, desgarrado, reconciliado, homenaje a la alegría”.

Pero así como hay un Pellicer del ágora, que celebra ecuménicamente los dones de la existencia, los bienes palpables del mundo, existe también un Pellicer íntimo: el del amor sensual y sexual, el que nombra y evoca la ausencia o la presencia del ser amado, el que en el filo del gozo agradece los placeres de “la libertad de estar preso en alguien”, como dijera insuperablemente Luis Cernuda. Este poeta del “amor que es de otro modo” es uno de los más intensos y extraordinarios de México y de nuestra lengua; un poeta cuya obra, en esta vertiente, está entre lo más perdurable de la poesía amorosa.

En el ciento veinte aniversario del nacimiento de Carlos Pellicer, a cuatro décadas de su fallecimiento y al cumplirse ahora ochenta años de la primera edición de Hora de junio, una relectura atenta se impone, siguiendo el ejemplo de la muy reveladora, pero escasamente atendida, que hizo recientemente Carlos Pellicer López (“modelo de sobrino que todo gran poeta debería tener”, como lo definió Gabriel Zaid) en “Otra relectura de Recinto” (número 156 de la Revista de la Universidad de México, febrero de 2017), en la cual explora, con lúcida sutileza, “una experiencia amorosa, tal vez la más honda que vivió el poeta” en 1930, advirtiendo que “una vez más queda claro que la biografía de Pellicer se encuentra en buena medida en la lectura atenta de su obra poética”.

Para el pintor y también escritor, “Recinto no sólo es un extraordinario testimonio de poesía, sino una pieza clave en la vida de su autor”. Por ello, en un agudo ejercicio de arqueología literaria y siguiendo las pistas de los poemas fechados, Pellicer López consigue revelar, a partir de un manuscrito del 31 de julio de 1931 (no publicado en vida del poeta y, por ello, no incluido en Recinto, pero que se encuentra entre los poemas no coleccionados de su Poesía completa), “la identidad del ser amado”, el nombre en clave poética del destinatario de Recinto y tal vez también de Hora de junio. La indubitable clave está en los siguientes versos y, con entera precisión, en el último terceto, para todo aquel que sepa leer en la poesía, en la biografía y en la historia literaria:

 

Salir a verte sin que nadie sepa

que tu belleza sólo me redime.

Tu alegría es minero de palabras

que me ordena las pula y las apile.

 

Toda tu lozanía

es el regalo de las frutas vivas

que en cerámica fuerza da tu vida.

 

Cuando tu mano al saludar me toca,

en la frugalidad dese momento

tengo todo el placer de tu persona.

 

[...]

 

Toda la lozanía

que en octavos de tono —paz intensa—

cifro en sangre poema y poesía.

 

Recinto consta de veinte poemas y se publicó en el volumen Recinto y otras imágenes en 1941 (Tezontle, Fondo de Cultura Económica), pero en particular esos veinte poemas tienen una fecha precisa: “agosto de 1930 a enero de 1931”. Esto quiere decir que su escritura es anterior a la publicación de Hora de Junio (1937). El libro fue “engordado” con la sección “Otras imágenes”, y acerca de ello, el poeta le dijo lo siguiente a Emmanuel Carballo en una entrevista de 1962 (incluida en el ya clásico Protagonistas de la literatura mexicana): “Pudo ser un cuaderno con unidad. Lo agrandé para cobrar más. (El editor, Daniel Cosío Villegas, también tuvo, en esto, parte de culpa.) Allí cuento una historia de amor que se cumplió de cabo a rabo”. Y remata, con su acostumbrado exceso de modestia: “En esos poemas hay algunas cosas apreciables, más apreciables por lo humano que por lo poético. El amor, poéticamente, fuera de la Vita nuova y de algunos sonetos italianos e ingleses (de Shakespeare) no existe”.

En “Otra relectura de Recinto”, Carlos Pellicer López concluye:

 

Me queda claro que el poeta mantuvo aparte esta veintena de poemas, considerándolo un fruto completo, redondo. Aunque en Hora de junio, publicado en 1937, encontramos quince sonetos que tienen como tema muy probablemente la misma experiencia amorosa (no sería extraño que el mes que lo nombra sea exactamente el del encuentro y los primeros frutos poéticos se cosecharan en el siguiente agosto), el tono de las dos colecciones es muy diferente. Si en Recinto el poeta habla con el ser amado, en su presencia o ausencia, en los sonetos de Hora de junio habla al probable lector y confidente, compartiendo sus reflexiones y angustias. En Hora de junio habla del ser amado, mientras que en Recinto habla con el ser amado.

 

De lo anterior se desprende que tanto Recinto (1930-1931) como Hora de junio, los dos trabajos más íntimos de Pellicer, sus libros de poesía amorosa por excelencia, son hermanos gemelos, aunque no idénticos; pueden leerse como vasos comunicantes, como experiencias complementarias, y están, sin duda, entre lo mejor de la lírica mexicana, más allá de la opinión siempre modesta de su autor, quien en la misma línea de humildad le dijo lo siguiente a Carballo, en 1962, cuando éste le comentó “admiro sus sonetos de Hora de junio”: “Esos sonetos son de una ejemplar pobreza”. Y luego insistiría, en 1975, ante el propio Carballo, al retomar el tema: “Los sonetos de Hora de junio tienen tal carga de emoción que impresionan al lector. Están tan mal escritos, pero tan mal escritos, que sólo los sostiene en pie la emoción... Eso sí, le diré que en ellos no hay retórica”. Carballo replica: “¿Y por qué dice que están mal escritos?”. Y Pellicer, con una templanza increíble, le responde: “Porque tengo oídos para oír, y oigo. Comparo estos sonetos con los de Díaz Mirón en Lascas y me avergüenzo”.

Nunca Carballo pudo sacar a Pellicer de esta tenacidad de modestia, ni siquiera cuando le dijo “yo creo, don Carlos, que Hora de junio contiene algunos de los versos más hermosos que sobre el amor se han escrito en lengua española”. Por el contrario, Pellicer volvió a la carga infravalorándolos: “Hora de junio tiene su permanencia asegurada, pero por otro motivo. Silvestre Revueltas le puso música. Hizo un comentario musical, como él me decía, para tres sonetos de Hora de junio... La obra de Revueltas dura catorce minutos, y dos críticos franceses me aseguran que es la mejor de entre todas las suyas. Es de una belleza fabulosa”.

En efecto, Silvestre Revueltas musicalizó, en 1938, tres de los quince sonetos de Hora de junio. El propio compositor los eligió. Y sucedió del siguiente modo, según lo refiere Samuel Gordon en Carlos Pellicer: Breve biografía literaria (ujat, 1992): entre junio y noviembre de 1937, Pellicer “hizo un viaje a Europa junto con Silvestre Revueltas, Juan de la Cabada y Octavio Paz, entre otros, para solidarizarse con la República española”. En España, los escritores y el compositor estuvieron en Valencia, Madrid y Barcelona, en las actividades del Segundo Congreso Internacional de Escritores por la Defensa de la Cultura que concluyó en París, Francia. Al término del congreso, organizado por la Alianza de Intelectuales Antifascistas, Pellicer aprovechó para viajar a Suiza, Alemania, Austria, Hungría y Checoslovaquia. Retornó a Francia y se reunió con sus compañeros para volver a México desde El Havre. Pellicer mismo refiere lo demás:

 

Al regresar a México, en la tercera clase de un barco francés, el maestro Silvestre Revueltas me preguntó si no tenía yo a la mano un libro mío. Sí lo tenía. Era un ejemplar de Hora de junio, de reciente publicación; se lo regalé, y poco después de nuestro regreso me telefoneó un día para decirme que había compuesto una obra para pequeña orquesta inspirada en tres sonetos que mucho le gustaron de este libro. Está considerada, para alegría y honor mío, como una de sus obras más importantes.

 

Fue una de las últimas obras de Silvestre Revueltas, quien murió en 1940. Años después el propio Pellicer leyó los sonetos orquestados, bajo la dirección de José Limantour, en la Sala de Música del Museo de Arte Moderno de Nueva York. A decir de Carlos Pellicer López, “la musicalización de los tres sonetos de Hora de junio por Revueltas es formidable: supo muy bien escoger y, luego, oírlos por dentro para poderlos vestir de esa manera magistral”.

Los tres sonetos de Hora de junio que eligió Revueltas son los dos iniciales de la primera sección, “Horas de junio”, y el segundo de la tercera, que están entre los más conocidos y celebrados de ese libro. He aquí el primero:

 

Vuelvo a ti, soledad, agua vacía,

agua de mis imágenes, tan muerta,

nube de mis palabras, tan desierta,

noche de la indecible poesía.

 

Por ti la misma sangre —tuya y mía—

corre al alma de nadie siempre abierta.

Por ti la angustia es sombra de la puerta

que no se abre de noche ni de día.

 

Sigo la infancia en tu prisión, y el juego

que alterna muertes y resurrecciones

de una imagen a otra vive ciego.

 

Claman el viento, el sol y el mar del viaje.

Yo devoro mis propios corazones

y juego con los ojos del paisaje.

 

El segundo soneto orquestado por Revueltas es también el segundo en el orden de la primera sección “Horas de junio” del libro, y es un poema clave (y en clave) en esta obra de Pellicer (pues refiere justamente la frustración del amor):

 

Junio me dio la voz, la silenciosa

música de callar un sentimiento.

Junio se lleva ahora como el viento

la esperanza más dulce y espaciosa.

 

Yo saqué de mi voz la limpia rosa,

única rosa eterna del momento.

No la tomó el amor, la llevó el viento

y el alma inútilmente fue gozosa.

 

Al año de morir todos los días

los frutos de mi voz dijeron tanto

y tan calladamente, que unos días

 

vivieron a la sombra de aquel canto.

(Aquí la voz se quiebra y el espanto

de tanta soledad llena los días).

 

El tercer soneto que escogió Revueltas, y con el cual da remate a su obra, no pudo ser mejor elegido, porque en la concepción musical resulta un desenlace lógico y natural de los anteriores, acentuando la frustración del amor y evidenciando la herida permanente:

 

Era mi corazón piedra de río

que sin saber por qué daba el remanso,

era el niño del agua, era el descanso

de hojas y nubes y brillante frío.

 

Alguien algo movió, y se alzó el río.

¡Lástima de aquel hondo siempre manso!

Y la piedra lavada y el remanso

liáronse en sombras de esplendor sombrío.

 

Para mirar el cielo, qué trabajos

ruedan los ojos turbios, siempre bajos.

¿Serán estrellas o huellas de estrellas?

 

Era mi corazón piedra de río,

una piedra de río, una de aquellas

cosas de un imposible tuyo y mío.

 

Libro del mediodía poético de Pellicer (el autor tenía cuarenta años de edad cuando se publicó), Hora de junio “relata un desastre amoroso”, como el propio autor declaró en 1962. Cuando Emmanuel Carballo le dice “precíseme ese desastre, don Carlos”, el poeta responde: “Sólo puedo decirle que son consecuencias de un fracaso sentimental. Un fracaso más que le importa a un poeta. Les tengo cariño porque son una herida abierta permanentemente. Han pasado muchos años y la herida no se cierra”.

En efecto, la herida no cerró nunca si tomamos en cuenta que a los quince sonetos alojados en cuatro partes bajo el título general “Horas de junio”, en el libro Hora de junio, hay que sumar otros de sus demás libros que, ya sea que lleven o no este título, poseen la misma intención y son hermanos del “desastre amoroso”. En la sección “Otras imágenes”, de Recinto y otras imágenes, hay otros tres sonetos amparados con el título “Horas de junio”. En el segundo de ellos leemos:

 

Yo quisiera decirte, yo quisiera

ser tu propio silencio. Estar contigo,

seguirte sin que sepas que te sigo;

el alma te esperó, siempre te espera.

 

En Subordinaciones (1949) hay otros dos sonetos de la misma familia de “Horas de junio”, aunque no lleven este título (los que así empiezan: “Junio, voz de la luz, mitad sonora...” y “Labró junio otra vez en carne viva...”), además de un “Madrigal de junio” y referencias varias al mes y al amor en otros poemas. En el madrigal son especialmente reveladores los siguientes cuatro versos, con los que concluye:

 

Junio te lleva y te trae

con idéntica delicia.

Pensando en ti, se me va,

de junio a junio, la vida.

 

En el póstumo Reincidencias (1978) hay varios poemas que aluden a junio y específicamente “Dos sonetos de junio” (dedicados a Elías Nandino). Y hay otro más, sin título (el que inicia la cuarta y última sección del libro), fechado el 18 de junio de 1969. En él leemos:

 

Lo mismo que una fuente en una plaza

nuestro amor está a todos ofrecido.

No moriremos por haber nacido

sino por no vivir siempre en la hornaza.

 

También en Reincidencias hay un poema sin título que no es soneto, aunque tenga catorce versos, en el cual leemos:

 

Junio está en el camino de tus ojos

y yo siento en la yema de mis dedos

la de los tuyos como algo muy poco.

 

Luego, en los “Poemas no coleccionados” (1922-1975), hay un “Junio” que no es soneto, pero hay otros tres que sí lo son (de la misma familia de “Horas de junio”): “Junio otra vez nos junta y nos separa...” y “Oigo que hablas de amor y se corona...” (ambos fechados en Budapest, 1937), y “El tiempo que nos une y nos divide...”, de 1956. En total son veintiséis sonetos hermanos de las “Horas de junio” que a lo largo de su obra incrustó aquí y allá. (Excepción hecha, entre los poemas no coleccionados, del soneto que inicia así: “Junio, Gabriel, anunciación florida”, el cual posee un tono y una intención diferentes y que “fue escrito para celebrar el ingreso de mi primo Gabriel Cámara a la Compañía de Jesús”, según me lo precisa en un correo Carlos Pellicer López.

“Junio” fue la clave poética que Pellicer utilizó para referirse al amor carnal, al enamoramiento y a la pasión sensual. “Junio a fuego es mi atmósfera”, escribe en un soneto de Reincidencias. Del mismo modo que Recinto es un libro unitario al que se le agregaron “Otras imágenes” para darle más volumen, las “Horas de junio” constituirían otro libro específico, no sólo con los quince sonetos esparcidos en medio de otros poemas, en el volumen Hora de junio, sino también con los demás sonetos del mismo tema y similar emoción que fue sembrando en sus demás libros o que quedaron finalmente entre los poemas no coleccionados.

Dionicio Morales ha analizado con mucha agudeza el porqué de la disposición de las “Horas de junio” en medio de otros poemas no precisamente amorosos. En el prólogo a Era mi corazón piedra de río: Poesía amorosa reunida (1997), Morales explica:

 

Carlos Pellicer no se atrevió a publicar su libro Recinto sino hasta diez años después de haberlo escrito, quizá porque no quería distraer la atención de sus lectores con su poesía amorosa; o será que llevado por un egoísmo natural de no hacer público algo tan privado que sólo a él pertenecía, en todos los sentidos, decidió conservarlo para sí mismo —aunque al final haya cambiado de opinión—. Este detalle tiene mucho que ver con el orden de los poemas en Hora de junio ya que los sonetos están colocados por aquí y por allá, o como quien no quiere la cosa dejados al azar, o “escondidos” entre los poemas navales y marinos; entre los grupos de palmeras, de nubes, de figuras; entre los esquemas para una oda tropical, y la poética-retórica-invitación al paisaje. El poeta en una jugada maestra los colocó en las entrañas del paisaje.

 

Morales también arroja luz sobre el sentido y el simbolismo de “Junio” en la obra del autor de Recinto y Hora de junio. Advierte que “Pellicer resume en un sólo mes del año, Junio —escrito con mayúscula para traducir mejor el verdadero sentido pelliceriano—, su plenitud creadora y sus anímicos enigmas”. Agrega que “se apropia de Junio cuando ya ha abandonado su abrasadora desnudez. Como un largo flagelo elige su tiempo y espacio para que los recuerdos no cicatricen las heridas: el viento las roza y un dolorcillo placentero despierta de nuevo los sentidos”. Es indudable, como bien señala Morales, que “para el poeta, Junio es más que un mes del año, más que el nacimiento del verano cuando hornea el mediodía sus calores, más que los jóvenes aceites derramados sobre los jóvenes cuerpos tropicales. Junio es y no es el nombre de la adorada persona. Junio es y no es el ser amado”. Tal es la clave que “Pellicer cifra en Junio”, pues “Junio es su asidero, la bendita expresión que confirma el gramatical modo de descifrar la parte por el todo”. Concluye Dionicio Morales (y es difícil decirlo de mejor modo) que “para Carlos Pellicer, Junio es, en un desdoblamiento de sentidos afines, el nacimiento, la cumbre, el descenso del amor”.

Esto es del todo exacto. En “Nocturno del mar amor”, poema de Subordinaciones, el poeta se lapida pero también se solaza:

 

¡Ay de mi vida!

Puesta a lo largo del mar

sólo le queda mirar

un paisaje con herida.

 

[...]

 

Junio trajo tu recuerdo,

sin querer.

Así gano lo que pierdo

moviendo mi oscurecer.

 

Junio y el mar tropical

descendido a oscuridades,

soledad de soledades

todo el olvido naval.

 

Abro el cielo y cuelgo estrellas.

Y aguas con luces remotas

esclarecen mis derrotas

moradas sobre sus huellas.

 

En la primera edición de Hora de junio se precisa que este libro agrupa poemas escritos entre 1929 y 1936. Cabe señalar que antes de este título no hay en la poesía de Pellicer ninguna referencia al mes de junio asociada al amor sensual. En su libro Hora y 20 (1927) hay una “Oda de junio” (1924), dedicada a Antonio Caso, pero este poema, con un epígrafe de Píndaro, tiene por tema la gloria de los juegos olímpicos. El poema más temprano en el que habla de junio es uno de 1922 que lleva precisamente este título, pero se trata de un poema estival y bucólico. Nada que ver con Eros. A partir de Hora de junio, la mención de este mes en su poesía estará asociada, casi invariablemente, al estío del amor.

El libro está dedicado a “A mi hermano” (Juan Pellicer, padre de Carlos Pellicer López), e inmediatamente sigue un poema, a manera de epígrafe o presentación: aviso más bien de lo que sigue y de cómo se mira en ese momento el poeta al abandonar la juventud:

 

Hora de Junio:

espiga verde aún, fuerza de abril, ligera.

¡Ya de un golpe de remo y a la orilla

de alta mar!

El cuerpo hermoso quiere el infinito

y ya no la belleza. ¡La belleza

sin nombre, oh infinito!

 

Carlos Pellicer López me precisa lo siguiente en un intercambio de correos en el que responde a mis dudas:

 

En la primera edición de Hora de junio (Ediciones Hipocampo, México, 1937) la dedicatoria ocupa una página completa y en la siguiente aparecen los siete versos que arrancan con el título y parecen ser una portada, una estampa del libro. (A mí me recuerdan a los “exágonos”, que vienen desde sus días en Colombia y guardan un aire de Tablada y sus haikús). Mi padre nació en 1910. Era trece años menor que mi tío Carlos. Releo la dedicatoria y en sus siete versos vuelvo a encontrar las claves del libro. El poeta deja la primera juventud y, todavía verde la espiga, llega a la orilla, pero de la alta mar, es decir, con un golpe de remo alcanza la madurez. Ha conocido el amor y por eso ya no quiere más belleza, sino el infinito... y nada más.

 

A lo anterior, añade:

 

Juan fue su único hermano y, aunque trece años menor, mantuvo una relación de igual a igual, en todo sentido, con el poeta. Mi papá era su primer lector (generalmente llevaba los manuscritos a su oficina para que la secretaria los mecanografiara), pero también era su primer crítico. (Si algo se me ocurre ahora, cuando pienso en ellos, es en un dúo perfecto interpretando una sonata para violín y piano. Cada uno llevando una parte de la obra, oponiéndose a ratos y concertando siempre). La hora de la madurez le llegó a Carlos Pellicer en junio. Él vio claramente que entonces había experimentado las vivencias definitivas. Y, probablemente, estas experiencias comenzaron un mes de junio, mes que marca la mitad del año y que el poeta quiso asociar a la mitad de su vida, al inicio de su plenitud. En cuanto al título del libro, creo que el singular (Hora de junio) viene justo de ahí, de la hora meridiana que Pellicer quiere señalar. Luego, en los quince sonetos, amparados bajo el plural “Horas de junio”, se refiere a la experiencia amorosa, con sus encuentros y desencuentros, con su felicidad fugaz y la soledad que lo acompaña, finalmente. Esos sonetos son las horas que trajo aquel junio inicial.  ~

 

_______________

JUAN DOMINGO ARGÜELLES es autor de la Antología general de la poesía mexicana (Océano, 2012-2014) y de la Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015). Sus más recientes libros de poesía son El último strike (Laberinto Ediciones/UJAT, 2016) y En la boca del lobo (Fondo Editorial Estado de México, 2016).

Más de este autor