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#CuerposVigilados: 13 adultos why

Alex M. Azpiri | 22.06.2017
#CuerposVigilados: 13 adultos why

 A veces vivo los años dorados de la adolescencia ajena como un arrebato de la propia. Por momentos, casi siempre, y desde el resentimiento, no puedo evitar pensar que mi exilio de esos momentos mágicos de juventud son la condición de posibilidad para la producción de la nostalgia de los otros, que el recuerdo ajeno de la felicidad adolescente no se cimbra sino sobre la imposibilidad del acceso propio a esa “magia juvenil”. Entendiendo la nostalgia, momentáneamente, como un tesoro limitado y por ende accesible únicamente a unos cuantos, y ante cuya naturalidad de enunciación ajena (¡qué bellos momentos!) no me queda otra opción más que cruzarme de brazos y pensar:

 

1) que en algún lugar de su regocijo selectivo se manifiesta el cinismo de su olvido generalizado;

2) que en algún lugar de mi memoria selectiva se manifiesta el resentimiento de mi escepticismo generalizado;

3) que misteriosos son los caminos del señor y de las operaciones psicosociales de la nostalgia y el resentimiento.

 

Seguramente la opción correcta sea la del profundo misterio y no deba, en consecuencia, sino optar por cruzarme de brazos en solitario para aceptar que cada quien construye su memoria adolescente como se le da a querer y a poder. Seguramente la adolescencia ni siquiera existe sino que son los papás, son los médicos, son los psicólogos, son los profesores, son las escuelas, es el marketing, es el capitalismo, y, quizá, si sigue vivo, es Dios castigador. Probablemente la producción de nostalgia por la “dorada” adolescencia acontezca en los momentos más difíciles de la vida “gris” adulta, esa otra dolorosa ficción trazada por líneas paralelas que descienden de los mismos estratos y dispositivos sociales del género, la raza, la clase y la especie. Otros lineamientos, bajo la misma tierra infértil, desde los cuales construimos, yo mi resentimiento y otros su nostalgia.

Recuerdo los pasillos de la secundaria como un túnel sin fondo al cual sobreviví, más por gracia de la sensatez adolescente que por el auxilio y, si existía, la comprensión adulta. Recuerdo los espacios recreativos como una enorme cancha militar para que los más fuertes se desempeñaran en el deporte masculino y los más débiles, la mayoría, en las áreas propias de los perdedores; una arquitectura que reproducía y exacerbaba, a nivel micropanóptico, todas las dinámicas externas del campo de batalla social. Una excelente preparación para la vida adulta donde se empezaba a reconstruir y a afianzar “nuestro papel” dentro de “la sociedad”. Los callados contra los capaces y los fuertes; las mayorías minoritarias contra las minorías mayoritarias.

Unas clases gratis de civismo arquitectónico que se expandían al campo “recreativo” para (re)empezar a jugar las cartas del heteropatriarcado y la lucha de clases. Una arquitectura acompañada de tutores muy bien preparados para vigilar las “pequeñas e inocentes travesuras” que acontecían en ese espacio formativo: para aplaudir a los más fuertes en el patio y premiar a los mejores estudiantes en las aulas. Donde el mejor deportista es el mejor golpeador y el mejor estudiante es el más hetero-alienado a los dispositivos escolares de la competencia y el clasismo naturalizado: desde los mejores tenis, por medio de los cuales todo intento de uniformidad vestimentaria no podía escapar a la lucha de poder económico; hasta los mejores padres: los más cultivados y los más célebres, para cuya intervención parecía imposible, por glamour o negligencia, acceder.

Me es imposible intervenir en el recuerdo de los otros y, ante el riesgo de juzgarlos desde mi (hostil) resentimiento, no me queda sino ceñirme a la materialidad de las sonrisas cuando mis ex compañeros recuerdan ese mismo espacio compartido con una nostalgia prestada de los shows cinematográficos. Cuando se regocijan por el aprendizaje de aquel profesor con el cual pasaron los mejores momentos en el aula. El mismo que, desde su aura revolucionaria y juvenil, guardó silencio cuando te llamaron puto (una, dos, tres…veces) pero levantó la voz, con severa preocupación hacia tus padres, ante tu falta de interés por la escuela (“Señores, estoy muy preocupado por su hijo”). O el tutor que te dijo que necesitabas ayuda profesional por tu actitud apática y tu comportamiento hostil con ese maestro (“No es normal”). O la psicóloga que te dijo que levantaras la voz frente al grupo (“¡Anímate!”), cosa imposible si tu voz había sido silenciada desde la primera vez que hablaste y ni siquiera los (¿nulos?) intentos empáticos de la psicóloga escolar eran suficientes para poder enunciar lo que me (nos) pasaba.

Como si la voz fuera algo que saliera desde el corazón y desde la voluntad adolescente y no desde una serie de entramados sociales que la posibiliten y, además, la escuchen. A quién le puedes decir algo si todo el aparato escolar funciona de modo que las voces forjadas desde el privilegio de género, raza, clase y especie son las voces premiadas y la “apatía” e “incapacidad” de los otros son, para las mentes de los adultos y profesionistas necios, la causa de:

 

 1) su educación “en casa”;

2) “el país en que vivimos”;

3) “la ineptitud del adolescente”;

4) todas las anteriores “menos mi responsabilidad como docente; no me pagan para eso (¿odio a los niños?), etcétera.”

 

Los adultos “profesionistas” somos muy buenos para callar o para hablar en demasía ante las injusticias ajenas y el performance de los “adolescentes tontos y violentos”; jamás para escuchar a quienes las padecen frente a nuestros ojos. Muy buenos para voltear la mirada ante las agresiones de modo que podamos cubrir el programa social o escolar requerido, y para asumir que quienes no se desempeñan adecuadamente en las tareas escolares o sociales, es porque padecen de sus facultades o de violencia familiar y deben ser reprendidos o, en el mejor/peor de los casos, orientados y hasta medicados.

Pero ¿quién no padece de sus facultades sociales y escolares en un lugar donde se premian la competencia y la competitividad? Un lugar que de suyo jerarquiza el espacio de respetabilidad en función de las competencias socio-escolares; desde el mejor estudiante hasta el mejor deportista y, por supuesto, que para eso sirven las mujeres en las mentes más docentes, la niña más guapa y comprensiva y, si se puede, la más ruda, “la que no se deja”; o el estudiante más rebelde pero cuya rebeldía no interfiera con su género, color de piel y tamaño de su hombría bromista e ingeniosa; o el gay más masculino y cuyo performance, mientras esté atravesado por los imaginarios en boga del momento, no padecerá las dolencias de quienes no tenemos o tuvimos esa red de apoyo económico o político de popularidad. Y el resto de la población escolar, que no existe, sirve para ser olvidada o, mejor aún, visibilizada como la lacra de las aulas y desde cuya anormalidad se construye la subjetividad del “estudiante promedio”: el genio, el erudito, el elocuente, el comprensivo, el hormo-normal.

Pero mis recuerdos de la adolescencia a veces se ven truncados por la amnesia selectiva de mis agresiones infringidas a otras personas. A los golpes y a los gritos de puto a los que yo y muchos otros fuimos sometidos, a las burlas grupales, a la risa silenciosa de tus amigos, a la camaradería y complicidad frente a los insultos por parte de “tus mejores profesores”, al silencio de tu psicóloga escolar y a la incapacidad y al odio hacia los adolescentes por parte de tu directora; se le oculta y se le suma el recuerdo vago de cuando tú mismo, antes o después, le dijiste puta a una niña, le sacaste sus toallas sanitarias para exhibirlas en público, nombraste al gordo con el apodo “más ingenioso” y callaste, a tu vez, las agresiones infringidas a alguien más y, de hecho, es posible, que hasta las hayas celebrado con tu indiferencia o te hayas servido de ellas para ganar terreno y salvarte del suicidio. Y es mediante hacer presente esta amnesia (por la cual discernir mi complicidad adolescente de mi infantil inocencia parece imposible) que puedo llegar a entender el regocijo nostálgico de la adolescencia dorada ajena: es más fácil añorar épocas dorados si no padeciste las agresiones que a muchos de nosotros nos sentenciaron, si no al suicidio (aunque también), sí a la sobrevivencia gris y a la incapacidad social y laboral que ninguna terapia normalizadora podrá exorcizar de nuestros cuerpos.

Queda el resentimiento y, desde ahí, pensar al otro que, como antes tú lo hiciste, está obligado a cantar a una bandera de un país o de una escuela cuyos valores educativos y nacionales ya conoces: sólo algunos (tú no) tienen voz y merecen respeto. Es desde el recuerdo de tus golpes que te queda pensar en los que siguen atravesando los pasillos, como tú antes, como tú ahora, con el miedo de que alguien más te azote contra la pared, te espíe en el baño y, si no te suicidas, te siga arrinconando en los pasillos para untarte el pene “porque eso te gusta, porque eres putito” mientras tus mejores profesores celebran el noviazgo de la más guapa y de tu golpeador, su performance tan desinhibido, su participación correcta en clase, sus voces imperiales, su elocuencia nata, sus cabellos al aire, sus conocimientos literarios o futbolísticos, su raza aria y revolucionaria interior. Tú no.

Queda el resentimiento y, contra ti, la psico-explicación ajena sobre La Adolescencia y el silencio selectivo de los otros adultos ante tus preocupaciones, porque “no vivieron nada de eso”, y porque evidentemente de todo lo que puedes hablar tú, no es sino desde el dolor y desde el dolor sólo hablan (tú sí) los miserables. Porque pasaste la otra mitad de tu adolescencia pensando en suicidarte, antes de someterte a terapia, después de someterte a pastillas y durante toda la inspección y los silencios incómodos de todas las personas que te rodeaban. Pues, evidentemente, del suicidio no se habla y, si se hace, es para construir al monstruo suicida, ese ser a veces egoísta, a veces cobarde, que no tuvo o tiene la capacidad para “enfrentar los problemas del día a día”, para “sobrepasar las barreras” y pensar, en su adolescencia impuesta y sobre-relatada, que “un día todo va a mejorar”, que “todo esto es pasajero”, que “los niños son crueles”, que “están aprendiendo a socializar” y que “es normal que en esa edad busquen aprobación” y “prueben no sólo con sustancias sino con sujetos y animales”.

Como si la guerra, construcción y subyugación de identidades fuera algo propio de las hormonas adolescentes y no todo una plataforma, de suyo violenta, que empieza desde el acomodo social de las cartas de la raza, el género, la clase, la especie, la bandera nacional, la familia y la escuela. Como si nacer no fuera ser arrojado a un mundo sobre-poblado de significados y consignas que son las que posibilitan que ese “desarrollo hormonal” constituya una etapa particularmente violenta y extendida a seis/ocho horas de encierro, disciplina, normalización, inspección y silencio escolar. Tal vez ocho horas de contención de la violencia hormonal mediante otro tipo de violencia sistematizada e institucionalizada en toda la arquitectura social de los espacios de “recreación” y “formación” educativa.

Un espacio pensado para (re)producir conocimiento innecesario y cuya explosión de violencia autorizada por el heteropatriarcado da licencia a los adultos profesionales a guardar silencio o, en el mejor/peor de los casos actuales: a castigar y patologizar al “bully” y patologizar y victimizar al “bulleado”. Un castigo, una inspección ajena, un lavado de manos y a dormir. Y después, la complicidad de todos los días, el silencio de todos los días.

Recuerdo el relato adulto —narrado a veces en voz de algunos de mis compañeros adolescentes más “comprensivos”— de buscar la seguridad y la fuerza en “uno mismo” para sobrellevar los problemas; es decir, cargar con todo el peso de la responsabilidad por ser agredido. Si no había un paternal e individualista “todo mejora”, sí había en cambio un asistencial e individualista “tienes que darte voz; no te dejes”, y un violento heteronormativo “date a respetar”. Y, aunado a esto, un orgullo escolar esperado. Porque ¿cómo te puedes quejar cuando estudias en una de las escuelas más prestigiadas y de izquierda progresista de tu país, hijos del exilio, hijos de la revolución?

La seguridad en “uno mismo” no fue para mí sino la mentira que oculta la opresión individualista sobre los demás y, el orgullo, la incapacidad de cuestionarse las prácticas dentro de la identidad a la que orgullosa y ciegamente uno se subyuga. Así que si usted se preocupa sobre la seguridad en sí mismos y el orgullo de los adolescentes, no se preocupe: ahí está su sistema de opresión-orgullo-seguridad latente, entre los mejores y los peores estudiantes, los más y menos capaces, y los más y menos fuertes. Y lo mejor de todo, no es su culpa: es responsabilidad de todos nosotros; porque para eso sirve nuestra vida adulta: para callar, adoctrinar, premiar y para re-producir nuestros sistemas de clase, raza, género y especie; para odiar a los adolescentes y a los niños, y para olvidar, mediante la secreción de nostalgia cegadora, que un día nos adolecieron gente como nosotros. El orgullo, la seguridad y la nostalgia re-presentan para mí las etapas más horribles de mi vida; por eso sueño cada vez más, no con levantar la voz, sino con distorsionarla desde el resentimiento.

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