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#InventarioDeGestos: Trolliferación

Javier Raya | 27.06.2017
#InventarioDeGestos: Trolliferación

Pero si todos se sienten culpables, ¿quién destrozó las ventanas?

Ruth Andreas-Friedrich sobre la Kristalnacht (Noche de los Cristales Rotos, en español).

 

Los pro-vida (pro-fetos), los antiabortistas, los panistas, los que atacan el trabajo sexual, los que criminalizan las drogas, los que buscan exponer la hipocresía e ingenuidad del otro, los que se agencian como intérpretes directos de ciertas virtudes democráticas para impedir precisamente la expresión de la diferencia, esa cohorte furiosa de empleados del mes, hombres y mujeres, los stalkers, los fans que nunca recibieron respuesta del ídolo juvenil del momento, los que denuncian las agendas ocultas detrás de los “defensores de la justicia”, de las feministas, de los activistas, de aquellos que se atrevan a destacar apenas un poco del horizonte de medianía que —como consumidores— debe prevalecer, los que no odian en el fondo, sólo se están divirtiendo, los que publican direcciones de email y fotos de ti en forma de meme, los fiscalizadores de selfies, los policías del discurso público en redes sociales, tu amigo de la prepa que comulga con el polo opuesto de tu visión de mundo y no deja de repetírtelo, los depredadores anónimos, los comentadores de podcasts, los que tienen mucho sentido del humor para llamarles gordas a las gordas, para decir la verdad cuando todos callan, los priístas asumidos, los héroes sin capa detrás de un personaje anónimo, los críticos del sistema cuya vía es la única, los que creen que hacemos demasiado —los que creen que no hacemos suficiente—, los embajadores del statu quo, sus campeones, los que van al estadio a divertirse imprecando a deportistas profesionales, los que celebran las victorias, los que “lloran” las derrotas, los perredistas a secas, los que creen que sus “víctimas” se victimizan para granjearse simpatías políticas, los que saben ver segundas intenciones en todo, los desconfiados profesionales, los que perciben el discurso liberal como una treta de la era digital, como un peligroso exceso de permisividad que debe ser contenido lo antes posible, si no fuera por Díaz Ordaz ya seríamos comunistas, no sea que la libertad de expresión se vuelva intolerable: lo que está en juego es la democracia, los desempleados, los insomnes, los que piensan que las ONGs explotan sus propias causas para darse credibilidad, los que piensan que es “muy triste que el feminismo haya convertido a mujeres exitosas en víctimas profesionales”, los que tienen amigos golpeadores de mujeres y lo saben, los que difunden conversaciones, fotografías o videos sexuales de sus ex parejas, confiados a una supuesta complicidad hace mucho destruida, los que dan por sentada la impunidad de este país y la presupuestan, los que dependen de la corrupción para el ejercicio del poder, los que creen que están haciendo lo correcto y lo hacen, los que creen que no habría que tomarse tan en serio una broma, los desclasados de toda clase, los que creen que el escrutinio público de la personalidad es algo que todo usuario de redes sociales debería saber soportar, so pena de mejor irse de aquí, los sheriffs de la frontera “pública” del mundo virtual, los guardianes a las puertas de la pantalla, los que norman cómo deben verse las axilas de una verdadera mujer, así como sus prácticas sexuales, decisiones de vida, maternidades y paternidades, los que también se sienten muy indignados con la violencia, con los bajos salarios, con la delincuencia en cifras récord, pero quienes no creen que decirlo sirva para otra cosa que para hacerse “autopromoción”, los que no envidian a quienes atacan, simplemente tienen tiempo libre y una conexión a Internet, ni que estuvieras tan chida, ni que fueras tan guapo, cómo te atreves a andar por ahí creyéndote la gran cosa, los lectores de Nietzsche que prefieren romper cualquier indicio de ala para enseñarles a todos que aquí no se viene a volar sino a arrastrarse, los que no “creen” en el racismo pero tienen una empleada doméstica sin seguro social ni prestación alguna, los que aprendieron a la mala que “como te ven te tratan” y lo reproducen, los que se ofenden cuando sus halagos no hayan eco en el otro, es decir, en la otra, los que se sienten compelidos irremisiblemente a acosar en la calle, en Internet también, so pena de que se les caiga el pito si no le chiflan a la muchacha, los que investigan los datos de tu empleador para poner quejas falsas porque no les gustó tu último estado de Facebook, los árbitros de la competencia en la crianza que no tienen hijos ni planean tenerlos, pero que opinan igual, los que no van a corridas de toros ni comen carne pero difaman a sus conocidos con el canibalismo atávico de las revistas más consumidas en este país: la nota rosa, los espectáculos y deportes, los que no compran la nota roja pero creen que es violento escrachar y exponer a acosadores, violadores, golpeadores, los padres que secuestran legalmente a sus hijos pero se aparecen en la marcha de Ayotzinapa cada 26 de septiembre para exigir justicia, el que no es homófobo porque tiene un amigo gay, cosas de blancos, cosas de heteros, cosas de la razón patriarcal y heteronormada, del sujeto del goce culpígeno judeocristiano, los que descubren un nuevo peligro en AMLO en cada entrega de sus columnas, los que se sienten un poco mejor con sus miserables vidas haciendo un poco más miserables las de los demás, los que tienen derecho a su opinión, los que dejan comentarios violentos en videos de celebridades, los enojados, los deprimidos, los intratables, los inclasificables, las “incasables”, las lenchas, los putos, los que se emputan y no responden de sí, no siempre ni sistemáticamente, pero a veces, que ya es bastante, unos y otras, otros y unas, tus compas, tu pareja, tus amigos: tú y yo.

 

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