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Voces de la migración: Los olvidados

Fernando Sepúlveda Amor | 01.07.2017
Voces de la migración: Los olvidados

Al igual que en Los olvidados, la película de Luis Buñuel, existe en Estados Unidos (EU) una clase social que siente que el “sueño americano” se ha venido escapando a partir de la década de los ochenta debido a los cambios en la economía mundial. Dicha clase social ha visto disminuir su nivel de vida por la desaparición de los empleos en la industria manufacturera y extractiva, que se han reducido por la globalización de la producción y la automatización, arrojando al desempleo a vastos sectores de la población que antes contaban con un ingreso estable y suficiente para mantenerse en una creciente clase media.

Este sector tuvo un crecimiento notable a partir de la segunda mitad del siglo xx, después de la terminación de la Segunda Guerra Mundial. Esto se dio gracias a la instrumentación de una serie de medidas adoptadas en las administraciones de los presidentes Roosevelt, Truman y Eisenhower, que establecieron grandes programas en materia de vivienda, empleo, seguridad en el trabajo, capacitación laboral, aseguramiento médico, seguridad social y educación superior para los miembros de las fuerzas armadas que regresaban de combatir en los frentes de Europa y el Pacífico, así como un amplio programa de construcción de infraestructura, lo que proyectó a un grupo demográfico importante a alcanzar niveles económicos sin precedente.

Esta época vio un impresionante auge manufacturero y ubicó a EU como la primera potencia mundial. Por más de 40 años, los niveles de vida de un amplio sector de la población se incrementaron, y personas con un nivel de educación secundaria pudieron acceder a empleos estables y bien remunerados, lo que les permitió ascender en la escala económica y social. Sin embargo, esta situación empezó a cambiar con las crisis económicas de finales de los años setenta y la consiguiente adopción de las políticas económicas impulsadas por Margaret Thatcher en Inglaterra y, consecuentemente, por Ronald Reagan en EU. Estas políticas favorecieron al capital sobre el sector laboral mediante el debilitamiento de los sindicatos, la flexibilidad del mercado de trabajo y la liberación de las regulaciones para la contratación de personal, entre otras medidas antilaborales que debilitaron de forma importante la seguridad en el trabajo y el ingreso de las familias trabajadoras.

Las teorías económicas adoptadas por Reagan y los republicanos en los años ochenta —emanadas de las tesis sostenidas por Milton Friedman de la Universidad de Chicago y conocidas como la “economía de la oferta” (supply-side economics)—, que propugnan el mercado libre mediante la inversión en capital y la reducción de barreras para la producción de bienes y servicios, al igual que la aplicación de políticas monetarias, la disminución de impuestos, la privatización de las empresas públicas y la desregulación, tuvieron un efecto positivo a corto plazo. Sin embargo, esto obligó, en 1989, a la siguiente administración republicana encabezada por George H. W. Bush al aumento de impuestos para compensar el déficit presupuestal, a pesar de haber sostenido en su campaña que no habría nuevos impuestos en su administración, lo que le costó la reelección ante Bill Clinton en 1992. Es interesante recordar que durante los debates en las elecciones primarias republicanas en 1980, George H. W. Bush calificó las propuestas económicas de Ronald Reagan como “voodoo economics”.

El éxito temporal de estas políticas durante la administración de Reagan ha impulsado su adopción en las posteriores administraciones republicanas; por George W. Bush, en 2001, y por Donald Trump, en 2017, por lo que es importante revisar sus resultados para entender las razones de la declinación del nivel de ingresos de las clases media y baja en EU. Si bien las políticas neoliberales de Reagan produjeron en el corto plazo una mejoría económica en EU al aumentar el ingreso medio, reducir la inflación y disminuir el desempleo, es poco conocido que estos logros se alcanzaron mediante la casi triplicación de la deuda externa, la que pasó de representar el 26% del pib, en 1980, al 41%, al final de su administración —convirtiendo a EU en un país deudor por primera vez—, endeudamiento que compensó la reducción fiscal debida a la eliminación de impuestos, no compensado por una simultánea disminución del gasto público.

La administración del presidente Clinton logró alcanzar un presupuesto equilibrado y dejó un remanente fiscal considerable en 2000, gracias a un acuerdo bipartidista que permitió aumentar los impuestos y reducir el déficit. No obstante, la administración de George W. Bush volvió a reducir los impuestos al año siguiente y emprendió las invasiones de Afganistán y de Irak sin el financiamiento impositivo correspondiente, lo que naturalmente incrementó el déficit fiscal y condujo más tarde a la Gran Recesión de 2007-2008.

Las políticas neoliberales implantadas por las administraciones republicanas en EU derivaron en una progresiva desigualdad en la distribución de la riqueza, en donde el 1% de la población —160 mil familias— concentran el 90% de la riqueza total, y el 10% restante se distribuye entre el 90% de los habitantes a nivel nacional. El sector de menores recursos tuvo, entre 1979 y 2013, una disminución de sus ingresos de -5% a valor constante, y una reducción de -28% en su patrimonio (considerado como sus propiedades menos sus adeudos), particularmente después de la crisis económica de 2008, ubicando a cerca de 47 millones (14.3%) de estadounidenses por debajo de la línea de la pobreza, lo que representa un incremento del 11% con relación a la cifra registrada en 2000.

El aumento de la población en situación de pobreza y el descenso en el nivel de vida de amplios sectores de la población de clase media puede atribuirse también a la evolución de la economía de ese país, al pasar de una economía industrial a una de servicios, así como a los cambios tecnológicos en la industria manufacturera por la automatización y a los efectos de la globalización, la cual desplazó los empleos industriales al exterior por el menor costo de la mano de obra, de las prestaciones sociales y de la protección ambiental.

De esta manera, regiones enteras, anteriormente pujantes centros industriales y prósperas áreas de la industria extractiva, vieron desaparecer en un relativo corto tiempo los empleos que sostenían a sus habitantes, produciendo una espiral descendente no sólo en el ingreso familiar, sino en los servicios públicos que atendían a estas comunidades en materia de educación, salud, y desarrollo social que impactó muy negativamente la calidad de vida en estas regiones, sin que se visualizara una respuesta de las autoridades y una solución a estos problemas.

Es así como el llamado Rust Belt (el cinturón del óxido) integrado principalmente por los estados de Wisconsin, Michigan, Indiana y Pensilvania se vio devastado, especialmente después de la crisis del 2008, en donde la incapacidad de acceder a un empleo que cubriera las necesidades básicas, motivó a que millones de individuos que tenían una vida digna se vieran impotentes para mantener la cabeza fuera del agua. Ciudades como Detroit, antes la capital del automóvil, entraron en bancarrota por el exilio de sus habitantes y la pérdida del ingreso fiscal asociado, dejando edificios y vecindades enteras abandonadas al deterioro de los elementos.

Este sector, comprendido en su mayoría por población blanca y que tradicionalmente votaba por el Partido Demócrata, en la elección de 2016 votó por Donald Trump, quien alcanzó el triunfo en el Colegio Electoral gracias al apoyo de estos electores. En este caso, Trump con un agudo instinto político entendió los agravios de un grupo social que había quedado en el abandono por las políticas neoliberales adoptadas a lo largo de 40 años y por la globalización, y canalizó el enojo y la frustración en una energía negativa apelando a los más bajos sentimientos de este sector, prometiéndoles al mismo tiempo solucionar sus problemas mediante demagógicas y populistas soluciones mágicas.

Lamentablemente, Trump los utilizó cínicamente para llegar a la presidencia y las medidas gubernamentales adoptadas al inicio de su administración apuntan en dirección contraria a sus promesas de campaña. Prometió “drenar el pantano” en Washington y llenó su gabinete con los millonarios de Wall Street y ejecutivos corporativos que ofreció combatir en la campaña. A seis meses del inicio de su administración no se ha concretado ninguno de los compromisos en los primeros 100 días contenidos en el Contract with the American Voter (Contrato con el Votante Estadounidense), a excepción del nombramiento de Neil Gorsush en la Suprema Corte. El desmantelamiento de Obamacare dejará a 23 millones de personas sin seguro médico en 2026, de acuerdo a las estimaciones de la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO, por sus siglas en inglés), y los más 800 billones de dólares eliminados del programa servirán para compensar el recorte de los impuestos dirigidos principalmente a las clases más pudientes. Las cuantiosas reducciones al presupuesto o la eliminación de los programas sociales considerados en la propuesta de Trump al Congreso, que forman la red de protección a las familias más pobres en materia de vivienda, alimentación, transporte, capacitación para el trabajo, seguro de desempleo, por mencionar los más notables, tendrán un efecto cataclísmico precisamente entre este grupo demográfico.

Trump los engañó. Mal paga el diablo a quien bien le sirve.

 

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Fernando Sepúlveda Amor es director del Observatorio Ciudadano de la Migración México-Estados Unidos.

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