youtube pinterest twitter facebook

f,l,m.:  Arte botánica

 Marco Antonio Murillo | 01.07.2017
f,l,m.:  Arte botánica
En la mitología griega, los Campos Asfódelos son uno de los tres sitios adonde van las almas de quienes mueren. El lugar lleva ese nombre por las flores que allí crecen y que son la comida favorita de los muertos. Los asfódelos también se vinculan al olvido gracias al río Leteo, corriente de agua de la que los muertos tienen que beber para olvidar su pasado en este mundo.  MAM

En el jardín de su casa,

William Carlos Williams se preocupó de la poesía,

pensó en el crecimiento y cuidado de algunas flores.

Las procuró diariamente con agua y abono

y ya hinchadas de cierta luz, las vio

y leyó en la enciclopedia que no eran especiales,

                                              se llamaban asfódelos:

planta raramente

aromática, herbácea

de raíces tuberosas,

de tallo erecto y lampiño

y hojas basales.

Flores que no sirven para cantar,

como sí la rosa o el jacinto, flores

para cuando se vaya la primavera.

 

Después de un paro cardíaco,

Williams recordó las flores de ese jardín.

Entonces, le escribió a su mujer:

                                            Del asfódelo

yo vengo, querida

                                   a cantarte.

Quiso decirle

que es justo que en nuestros jardines personales,

también los muertos participen de las labores botánicas de la poesía:

en su quietud de seca orquídea,

en su nada que hacer sombrío,

los muertos cosechan pequeños bulbos ovalados,

falsos frutos que no se pueden comer…

                                                                   por ahora.

 

Mientras anochecía en el jardín,

recordó Williams,

una tras otra las flores iban perdiendo el sol,

se multiplicaban en una leche oscura,

y en sus raíces se guardaba

el tiempo detenido de los muertos

y en el tallo el olvido de los vivos.

 

Tal vez el cansado florecer de un jardín

sea la única forma en que los muertos pueden hablarnos.

Los oímos

                    en el crujir de verdes ramas,

en el viento que dobla

                                        y mueve

las delgadísimas hojas

como una estación en tránsito.

 

Estoy seguro que Williams,

mientras le escribía a su mujer,

pensaba que las líneas de cultivo

en el jardín, irregulares, se parecían

a la duración de algunos versos suyos:

Cuando hablo

de flores

                 es para recordar

que en un tiempo

                                 fuimos jóvenes.

Le debemos tanto a nuestros muertos,

el gusto por algunas especies de plantas

que inútilmente crecen en nuestro jardín,

y la pena de extrañar la vida,

cuando estamos enfermos.  ~

 

_______________

MARCO ANTONIO MURILLO es maestro en Escritura Creativa por la Universidad de Texas. En 2009 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Rosario Castellanos y en 2014 el Premio Estatal de la Juventud en Artes. Es autor de los poemarios Muerte de Catulo y La luz que no se cumple, y coantólogo de Casi una isla: nueve poetas yucatecos nacidos en la década de 1980. Actualmente es becario de la FLM en el área de ensayo.