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#CuerposVigilados: cuerpos emo-rrágicos

Alex M. Azpiri  | 31.07.2017
#CuerposVigilados: cuerpos emo-rrágicos

A veces quisiera sólo estar triste y no poner mi tristeza a circular dentro de una red causalista de eventos lógicamente acomodados por dispositivos narrativos, ajenos al devenir de la carne y a los tejidos de la materia obscura del mundo.

A veces quisiera sólo llorar por nada y no llenar de órganos falocratizados tubos de ensayos psicoanalíticos. Estar-ahí, en un nódulo nauseabundo ilimitado y no en una red cuadriculada e historiográfica de co-vínculos sanguíneos y co-sentimientos mensurables. Devenir-ahí, donde no hay galaxias conquistables sino puros agujeros de gusanos multiplicados sobre sí mismos.

Y que lo absorban todo sin preguntar.

A veces quisiera no escuchar, detrás del ruido, una melodía; ni detrás de las vibraciones guturales una canción, una oda o un estúpido poema.

A veces quisiera no firmar, con mi rostro la carne y con mis manos diestras la velocidad torpe de la tinta; no aprender jamás a caracterizar el vómito ilegible de todas las tintas del mundo.

A veces quisiera que la náusea no vomitara ningún producto sino que el ácido regurgitara intermitentemente en el esófago del mundo. En un eterno reflujo cósmico de circulación autista, sin cuerpo propio, pasivo y sin lugar.

A veces quisiera que el llanto fuera del universo y no de este cuerpo sobre-estimulado para “sentir en carne propia” la industria de las cosas: esa tecnocracia ruin que secciona los objetos según la geometría y los límites de un ojo razonable, óptico, ilustrado, y que despoja despóticamente al cuerpo del tacto y de la sinestesia infantil.

A veces quisiera devenir lobo en lugar de parecerlo; huir en manada según la mentira de estar vivos en lugar de co-existir individualmente de acuerdo a la “verdad” del nacimiento. A veces quisiera no estar fechado ni trazado por el canto gregoriano de ningún Rey David.

A veces quisiera no tener un nombre o que al articular las palabras no saliera más que viento y saliva. A veces quisiera que el nombre propio no importara. O que importara lo mismo que importa el aullido de una cucaracha y el estruendo de una pelusa voladora.

A veces quisiera que el sexo no existiera y que la pedagogización de las sensaciones se desvaneciera al ritmo esquizofrénico de la piel del universo. Desgenitalizar cualquier orgasmo consumable y des-sexuar cualquier identidad consumible.

A veces quisiera no tener ninguna opinión ni atender la llamada de ningún banco de causas. A veces quisiera solamente des-habitar todo territorio y ver arder las banderas de las cosas, el cauce de las cosas y las causas de las cosas.

A veces quisiera no leer el horizonte de la ortografía sino tropezar en el abismo de los typos. Devenir el espacio entre las letras en lugar de la palabra entre el vacío.

A veces quisiera que Fújur bajara del cielo de las ideas hacia el pantano de la tristeza, se sumergiera cuesta adentro hasta el interminable caldo primigenio. Devenir Artax, El Dragón, y Fújur, El Caballo.

A veces quisiera la auto-abducción extraterrestre sin alertas; el abismo del sobre-ensimismamiento alienígena en lugar de las montañas del auto-desbordamiento humano.

A veces quisiera incumplir las tres leyes del movimiento para devenir robot, devenir pixel.

A veces quisiera que las telarañas del afecto las tejieran sanguijuelas. Y que los océanos de tiempo que separan al hombre del murciélago no se conquistaran sino que se trans-fundieran.

A veces quisiera devenir el fantasma de los mensajes de texto y asistir, imperceptible, a la muerte prematura de la comunicación. Devenir el glitch de la amistad informatizada y el vínculo imposible del inbox del amor.

A veces quisiera no hablar mi propia lengua y que mi campo visual olfatee los límites sonoros de la textura de las cosas, sin otro órgano que la carne del mundo y el cuerpo de Dios.

A veces quisiera extraviar las llaves de otras casas para quedarme encerrado siempre afuera y que este cuerpo, que no me pertenece, no le pertenezca a nadie más.

A veces quisiera tomar los comprimidos de la hipocondría ajena y padecer los efectos secundarios de los gusanos de otra Tierra.

A veces quisiera meta-abducirme extraterrestremente; abismarme alienígenamente en lugar de desbordarme en las fosas políticas de cadáveres humanos.

A veces quisiera descorporativizar los afectos y poner a la industria de la felicidad a remojar en las lágrimas de su hipocresía.

A veces, casi siempre, quisiera devenir animal y que el espejo refractara, para sí, todo lo que me sobra de humano.

A veces quisiera que llorar (o escribir) fuera emo-rragia.

Y no catarsis.