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#LoboConCaperuza: La inventada [y pretendida] inocencia

Luis Téllez-Tejeda | 01.08.2017
#LoboConCaperuza: La inventada [y pretendida] inocencia

El siglo XXI arrastra de su antecesor formas de educar y concebir a la infancia como un espacio temporal durante el que los individuos se mantienen —y es deber del adulto conservarlos— libres de cualquier pensamiento e intención de malicia y corrupción. Priva en amplios sectores de la población una idea de que los niños son seres a quienes debe mantenerse en una realidad aparte, en la cual no existan los problemas a los que, tarde o temprano, se enfrentará toda persona, comenzando con la muerte, por ejemplo.

Basta echar un vistazo a la producción editorial que se dirige a los niños para esbozar el modelo de infancia que prevalece en la actualidad, al menos entre quienes tienen la posibilidad económica de comprar libros. Salvo excepciones, a los niños se les entregan manuales de conducta, tratados de moral y versiones de libros de superación personal disfrazados de novelas, cuentos, álbumes y ¡hasta de poesía!

Personajes que actúan según el deber ser de una clase media discreta, silenciosa y gris, le muestran a los lectores de la llamada “literatura infantil y juvenil” un mundo en el que los problemas se resuelven con cierta facilidad y en el que los individuos no se cuestionan nada más allá de lo anecdótico.

Sí, cada vez hay más ejemplos que me llevarían a borrar los dos párrafos anteriores, sin embargo, dada la forma en que los libros llegan a los niños, al menos en México, es difícil que las obras que se salen del corsé de la prescripción escolar o la gran campaña comercial alcancen los ojos de la mayoría de los lectores. Así que los niños han de conformarse, y en el camino desencantarse, con libros en los que se les explica el divorcio a través del diario de la hija de unos divorciados; o se intenta que reflexionen sobre las consecuencias del bullying por medio de un cuento que a las primeras líneas devela no sólo su intención, sino el final de la historia.

Y así, tenemos que los libros para niños, más que hacerlos imaginar y lograr que se diviertan —en el más amplio sentido del término— mostrándoles la variedad de la experiencia humana, buscan moldear su pensamiento conforme al deseo del adulto, de tener niños bien portados, acríticos, pero tolerantes, multiculturales y solidarios. Porque, ¡claro!, los valores se prescriben, no se adquieren en la reflexión y en la práctica.

Vale la pena echar un vistazo a la historia de los libros para niños y ver que no todo está perdido, que hay una tradición de autores que se alejan de la lección para brindar a los lectores la posibilidad de contemplar lo estético del lenguaje y descubrir su propia ética en la confrontación a sí mismos.

El siglo XIX dejó una impronta de ironía, sarcasmo e incorrección política —me permito utilizar anacrónicamente el término— en la literatura infantil que parecía difícil superar: un muñeco de madera que cobra vida y prefiere enrolarse en las divertidas aventuras de los pandilleros que escuchar el consejo certero de un grillo que hace las veces de su conciencia; una serie de personajes que encuentran un fin trágico al retar al peligro en sus juegos; dos niños que se enredan en las más absurdas travesuras, hacen rabiar a los adultos y siempre salen airosos; una niña que, una vez que sobrevivió a las fauces y el aparato digestivo de un lobo, es capaz de tenderle trampas a las bestias que la rondan; un niño que tras ser echado del orfanato en el que vive se enrola con una red de hampones y limosneros; un renacuajo que en medio de la fiesta —a la que su madre le había advertido que no asisitiera— encuentra un infeliz fin; o un huérfano, otro, que comanda los más divertidos desmanes siempre en pos de la diversión, sin comprender porqué a los adultos les causa conflicto que los niños sean felices.

Carlo Collodi, con su Pinocho; Heinrich Hoffmann, y Pedro Melenas; Wilhelm Busch, con Max y Moritz; los hermanos Grimm, con su Caperucita Roja; Oliver Twist, de Charles Dickens; Rafael Pombo, con El renacuajo paseador; y Mark Twain, con Tom Sawyer, mostraron modelos de infancia que contrastaban con las ideas pedagógicas que a lo largo del siglo XIX se formularon y que dieron paso a las instituciones educativas que prevalecen, en distintos grados, hasta nuestros días.

Estos autores, con sus obras, contribuyeron a construir un concepto de infancia menos proteccionista y más comprensivo del momento del desarrollo que se vive antes de alcanzar la edad adulta.

La literatura infantil, novísima en aquel momento, daba pasos agigantados cada que un niño rebelde prefería la travesura a la obediencia, pese a que dicha elección pudiera implicar algún peligro, la muerte, incluso. La diversión que a través de la experiencia estética de la lectura se lograba en el texto alejaba a esta literatura de lo utilitario, de la obligación de transmitir un mensaje moral, educativo y edificante que hiciera del niño lector un ciudadano ejemplar en el futuro.

Aparecían ya en esos libros temas, escenas, personajes, palabras e ideas que parecen muy innovadores en los libros editorialmente dirigidos a los niños que hoy se publican. La rebeldía, el cuestionamiento al estado de las cosas, el robo, la desobediencia, el abandono infantil, la mentira, los desórdenes alimenticios, el maltrato, la pobreza, la guerra, son algunos de los temas que se tocan en los libros, se asoman entre la crueldad, la ironía y la ternura de las peripecias que los personajes protagonizan.

Lejos del mensaje unívoco y la utilidad pedagógica, estos autores hacen literatura, le ofrecen al lector participar de la dialéctica de la obra en tanto que es éste quien construye en parte el significado desde su propia experiencia y desde sus propias nociones, no importando cuán absurdo, descabellado o feroz sea lo que encuentre en la página, mientras sea honesto, verdadero, literario, pues.

Por fortuna, los niños despojados del capelo de inocencia que los adultos les hemos puesto no se quedaron en los libros del siglo XIX, dos ejemplos de autores del siglo pasado basten para tomar aire y pensar lo mucho que se puede lograr si dejamos que los libros para niños traten de enseñar menos y hagan reír más.

Edward Gorey y Roald Dahl representan, como pocos, una continuidad con los autores que en el siglo XIX publicaron obras provocativas en más de un sentido, dirigidas a los niños más volcadas a la literatura que a la didáctica de la moral. Los pequeños macabros y Cuentos en verso para niños perversos ejemplifican las poéticas de los autores analizados y pueden ser la puerta para revisar sus ideas sobre los libros para niños y sobre la infancia misma.

Aparecido en 1963 —sin ningún azar, el mismo año en que se publicó Donde viven los monstruos de Maurice Sendak—, The Gashlycrumb Tinies como se tituló en inglés, Los pequeños macabros es un libro de pequeño formato que no narra ninguna historia, presenta a una serie de personajes ordenados alfabéticamente según su nombre y enuncia una acción desventurada que protagonizada por éstos. La ilustración de cada oración muestra al lector —espectador el momento inmediatamente previo o posterior a la acción dicha en el texto. Así, el lector completa la historia con lo que ambos elementos del dispositivo le sugieren, resultando la muerte del personaje en cada caso.

 

 

 Un libro álbum en el que los niños protagonistas son arrojados desde un trineo, atacados por osos, consumidos por la tristeza, que se atragantan, toman lejía por error, caen por las escaleras, desaparecen entre las paredes. Aunque la presencia de la muerte es evidente desde la portada del libro, sólo se menciona la palabra “murió” en una ocasión, el resto de las historias deben ser completadas por los lectores con las sugerencias que los textos y las ilustraciones hacen.

 Sin embargo, Los niños macabros no es un libro de terror, se inserta de mejor manera en el nonsense ese juego de ruptura con lo real, lo lógico y lo debido. Aunque la mayoría de las acciones que aparecen en el libro son verosímiles, el recuento hiperbólico de las formas de perder la vida vuelve a la obra al espacio del juego infantil, ¿no acaso cuando se pregunta al lobo si está ahí en el corro se está retando a la muerte?, ¿no son los arrullos maternos una constante advertencia de la muerte? (Por algo arrullar a los bebés con nanas tradicionales es una costumbre en franco desuso.) 

Gorey continúa una tradición de respeto al lector, de crear una obra que no sólo no le da una lección, sino que despierta los placeres de reír de lo siniestro. Son muchos quienes se han preguntado si Los pequeños macabros es un libro para niños, puesto que no encaja en la idea de mostrar finales felices, personajes alegres y, sobre todo, modelos adecuados de conducta. Los protagonistas llegan a su destino trágico se hayan portado bien o hayan sido los más despiadados con sus semejantes.

Estamos ante un libro que brinda al lector la posibilidad de pensar absolutamente lo que quiera, que lo lleva a experimentar el escalofrío de reír de la muerte y de señalar los errores de los personajes. Sin duda, un reto para las educación por competencias y el formación en valores tan en boga hoy en día.

Casi veinte años después de la aparición de esta obra de Gorey, en 1982 se publicó en Londres Revolting Rhymes, traducido al español como Cuentos en verso para niños perversos, libro de Roald Dahl, quien para la época era ya un veterano de la literatura infantil y, especialmente, de lo políticamente incorrecto.

Aviador durante la Segunda Guerra Mundial, Dahl, había dado muestra hasta entonces de su hartazgo del mundo adulto y su entusiasmo por los niños, por su inteligencia, su humor y su capacidad de transgresión. Baste recordar Charlie y la fábrica de chocolates, El fantástico señor zorro, Los cretinos y Las brujas, para dimensionar el lugar que en su imaginario tenían los adultos y la simpatía que los niños pensantes le despertaban.

 En Cuentos en verso para niños perversos Dahl juega con los cuentos clásicos que los lectores conocen, ya porque los leyeron, ya porque los escucharon en voz de alguna abuela, de su madre o de algún adulto bienintencionado. Quizá sea una de las obras más rebeldes de su autoría, la carnavalesca inversión de valores y la forma en que se trastoca la realidad dada de los cuentos de hadas inscriben este título en irreverencia, la ironía y el sarcasmo.

 

 

 Una serie de siete textos, dados en verso y rimados, traviste las historias clásicas para imponer una nueva ideología a las historias que recogieron Perrault y los hermanos Grimm. Al cambiar la forma de reaccionar de los personajes que tradicionalmente aparecen como víctimas en dichas narraciones, los cuentos cambian su fondo.

 Es importante destacar que se trate de versiones de cuentos de otra época, pues ahí radica mucho del valor de la transgresión. Es decir, sólo en la medida en que se cambia y trastocan los hechos de los originales, se cuestiona la ideología de la época en que fueron plasmadas aquellas versiones y se resalta la ideología de Dahl, se hace evidente lo que él quiere que los lectores vean y se burla, con ellos, de los valores de los distintos momentos, puesto que su actualidad queda también en entredicho.

 Caperucita, Cenicienta y Blancanieves dejan de lado su papel de mujeres indefensas que han de ser salvadas para acabar ellas mismas con sus verdugos. Ricitos de Oro, por el contrario, es juzgada por entrar a la casa de los osos y encuentra un final nada feliz que pone de manifiesto el antropocentrismo. 

Así, el escritor juega con los referentes del lector y lo hace partícipe de la obra al pedirle que resuelva la intertextualidad para poder comprender a cabalidad el texto y dimensionar el humor. Tarea difícil, pero Dahl apela al lector que no quiere tomar una lección, sino construir el significado de lo que lee.

La parodia de Dahl llega a los mensajes explícitos, a las moralejas acostumbradas en los siglos XVIII y XIX, cada uno de los cuentos del libro es epilogado enfatizando la enseñanza que el cuento ha de dejar. Por supuesto, las lecciones de Dahl son una burla, haciendo que el lector cuestione la idea misma del cuento para niños.

Tanto Edward Gorey como Roald Dahl odiarían dar cualquier lección a cualquier persona, sus obras son la lección misma, lecciones que habríamos de repasar en esta segunda década del siglo XXI en la que el furor por hablar a los niños de temas “difíciles” y “perturbadores” enturbia lo literario en los libros infantiles pues cada vez más lo estético cede a lo utilitario.

Muy a su modo, Los pequeños macabros y Cuentos en verso para niños perversos llevan a los lectores de cualquier edad a colocarse en un espacio crítico y reflexivo respecto al libro y a la realidad que rodea al lector.

Fábulas sobre el sobrepeso y la buena alimentación, las familias monoparentales, las familias homoparentales, los niños refugiados, el racismo, la violencia escolar, la violencia intrafamiliar, el abuso sexual, la identidad de género y demás fenómenos que cada día se descubre existen en el mundo actual, pueblan las librerías y los programas de lectura con los que las editoriales llenan las escuelas.

Se corre el peligro de mostrar a los niños un sólo modelo de infancia, uno en el que no es posible no ser inocente, bien pensado y bien portado. Se corre el peligro de acostumbrar a los lectores al mensaje unívoco, al libro utilitario, como si no fueran de una enorme utilidad la risa, el sinsentido y la no utilidad de algo, especialmente de los libros.

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