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La Revolución cubana, a discusión

Haroldo Dilla Alfonso | 01.08.2015
La Revolución cubana, a discusión
Proponemos aquí dos estudios sobre el libro más reciente de Rafael Rojas, su Historia mínima de la Revolución cubana, un clásico instantáneo para la comprensión de este movimiento, sus luces y largas sombras. En este primer texto, Dilla pondera la capacidad de Rojas de entender ese levantamiento en función de uno de sus mayores protagonistas, Fidel Castro.

Rafael Rojas nos regala otro libro que habla de su posicionamiento como uno de los pensadores más relevantes de la sociedad transnacional cubana. Se trata de Historia mínima de la Revolución cubana,1 donde despliega, en 200 páginas y 19 capítulos, lo que denomina “las líneas maestras del cambio económico, social, político y cultural que vivió la isla entre los años cincuenta y setenta del pasado siglo”. Beneficiado por la erudición y la soltura estilística que caracteriza al autor, el libro constituye un texto incisivo pero apto para ser leído en viajes y esperas. Es una sucesión de análisis de coyunturas y, al mismo tiempo, una pieza de reflexiones mayores pues, aunque dice no aspirar a ello, consigue introducirnos en esas “aplicaciones óptimas de enfoques analíticos e historiográficos” que visten de largo a los libros de historia. Sea esto último una trampa del autor o de la obra —los libros, como los niños traviesos, suelen escapar del control de sus autores—, lo cierto es que Historia mínima pasa por derecho propio a ocupar un lugar en la historiografía cubana.

Historia mínima no es el primer buen estudio, ni será el último, que se escribe bajo la animación de ese hecho que indudablemente marca un antes y un después de toda la historia continental. “Sin esa Revolución y sin sus líderes —anota Rojas— el último medio siglo, en América Latina y el Caribe, habría sido distinto”. Solo mirando mi librero —siempre erosionado por mis sucesivas migraciones— veo una decena de obras que han alimentado nuestras reflexiones sobre el tema. Todas ellas son aportes significativos, pero la que ahora nos compete tiene a su favor un don: la pertinencia coyuntural.

El libro se escribe en un momento de inflexión histórica en que el orden posrevolucionario “socialista —explica Rojas— comienza a ser removido” y, en consecuencia, en una coyuntura en que la época desnuda su pasado y genera un discurso estructurante de la restauración. Por esta razón, la obra logra colocarse cómodamente por encima de los estereotipos ideológicos que han acompañado la discusión sobre la Revolución cubana. Rojas, con la maestría que lo caracteriza, aprovecha la ventaja y construye una invitación epistemológica que los estudios cubanos no deben desaprovechar, y que trata de superar los discursos intelectuales trascendentalistas, componentes de aquella “política de la pasión” que discutiera Damián Fernández. Si me preguntaran cuál es el perfil más novedoso del libro, diría que la manera en que Rojas se mueve discutiendo en cada momento los procesos y las personas, y entre estas últimas, a Fidel Castro.

Aunque la Revolución cubana no se agota en la biografía de Fidel Castro, es indudable que no puede explicarse sin ella. Rojas logra conjugar ambas dimensiones —el individuo y la historia— en lo que resulta uno de los aspectos más interesantes del libro. A pesar de la alta sensibilidad política e ideológica del asunto, ofrece un recuento desprejuiciado que levantará más de una inconformidad entre lectores entrenados en la visión binaria de la política: los amigos y los enemigos.

En particular, resulta muy interesante la manera como se explican las sucesivas reacciones de Castro frente a los diferentes pactos que coaligaban a la oposición. Recurriendo al utillaje teórico de Laclau (2005), diría que hasta 1956 Fulgencio Batista había logrado gerenciar el conflicto político en la misma medida en que éste —sean conatos armados, frentes electorales o movimientos reivindicativos— se mantuvo dentro de una lógica diferencial. El cambio que se produce desde 1956 —con la emergencia del proyecto insurreccional y la erosión de los esfuerzos concertacionistas— fue la traslación de la lógica política a una dimensión equivalencial que, al mismo tiempo que condensó en la dictadura batistiana todos los males de la nación y la animadversión de la mayoría del espectro político, consagró al grupo revolucionario comandado por Fidel Castro como el legítimo propietario del nuevo proyecto de regeneración nacional.

La Revolución cubana fue un hecho latinoamericano en el que nacionalismo, populismo, iliberalismo y jacobinismo se conjugaron en una particular coyuntura de imaginar la democracia y la justicia

Obviamente, esto no fue un resultado teleológico de la marcha de la historia, tal y como aparece en la mitología revolucionaria. Fue simplemente un itinerario en el que abundaron compromisos y rupturas, acercamientos y distanciamientos, miserias y altos principios, lealtades y traiciones, y en todos los casos el resultado de acciones y maniobras típicos del quehacer político de Fidel Castro, comprometiéndose solo con aquellas situaciones que podía controlar sin sobresaltos.

Lo que distingue este proceso de otros similares en América Latina, como la Revolución mexicana, es que el liderazgo insurreccional tuvo la oportunidad de administrar la bancarrota del bloque histórico, incorporando o desgajando sus retazos según las conveniencias coyunturales. Los revolucionarios mexicanos tuvieron que negociar en todas direcciones —regiones, clases, etnias— para llegar a madurar el régimen corporativo de pluralismo acotado que perduró por más de seis décadas. La élite castrista no tuvo que hacerlo, sino que fue subordinando a unos y sacando del juego a otros. En el plano social, liquidó no solo a la burguesía, sino también a la clase media. En el ámbito político no solo aniquiló a la derecha y al centro, sino también a la izquierda moderada. En el terreno espacial consiguió doblegar al occidente habanero —el desiderátum de las revoluciones cubanas del siglo XIX— sometiendo a la capital a un sitio ideológico, financiero y demográfico que terminó disolviendo su arrogancia metropolitana en la mediocridad del ruralismo virtuoso.

Obviamente, un libro de esta naturaleza podría ser discutido punto por punto, para provecho, ante todo, del pensamiento social latinoamericano, y por eso es deseable que ello ocurra. Aquí no puedo hacerlo, limitado por el espacio y por mi propia experiencia sobre el tema. Por ello, además de expresar mi admiración, quiero comentar un par de cuestiones que me parecen sugestivamente polémicas, tanto por lo que dice Rojas como por lo que no dice.

 

 

La palabra de los actores: ¿comunismo?

Entre las aristas del ensayo de Rojas que merecen una atención detenida está la referida a la caracterización de la Revolución, para desde esta discutir su grado de excepcionalidad no solo en el contexto latinoamericano, sino en el contexto histórico cubano.

A diferencia de ciertas parcelas historiográficas que se han dedicado a clasificar el carácter de los primeros años revolucionarios —nacionalista, democrático, populista o combinaciones de etiquetas— Rojas se limita a discutir la naturaleza de las diferentes tendencias en juego, que denomina indistintamente revolucionarios liberales, socialdemócratas, comunistas guevaristas y pro soviéticos, etcétera. Y desde la observación del escenario va analizando las distintas correlaciones de fuerzas, siempre monitoreadas por la figura de Fidel Castro. Esta interacción política interna, aguijoneada por la coyuntura internacional, va conduciendo a una radicalización discursiva y práctica que desembocó —es perfectamente conocido— en la alianza con el bloque soviético y la adopción formal de su institucionalidad y de su cuerpo ideológico.

Este fenómeno ha sido extensamente tratado en los estudios latinoamericanos como un dato que marca una supuesta excepcionalidad cubana que, como anota Rojas, también fue parte de la construcción ideológica sistémica y del debate académico subsidiario. Un historiador del calibre de Alan Knight, por ejemplo, no ha dudado en llamarla una “Revolución socialista a cabalidad”, y con ello colocarla aparte en sus vigorosos estudios sobre los movimientos políticos continentales. Aunque Rojas discute con admirable maestría todo el proceso de corrimiento ideológico que este desarrollo implicó, y en particular la manera como engarzaron los viejos dogmas soviéticos con el neodogmatismo castrista, al final asume que la radicalización revolucionaria se acredita como un proceso al que a veces llama comunista, otras socialista y otras más marxista-leninista. No se trata de un problema terminológico sino de un déficit conceptual que contrasta con la riqueza argumental de la totalidad del libro.

Digamos, por ejemplo, que llamar comunista a la realidad cubana desde 1961, pensando en el comunismo como propuesta histórica sintetizada en el marxismo revolucionario (no discuto ahora su viabilidad), es a todas luces un ejercicio que hubiera provocado en Marx una sonrisa sarcástica. Aun cuando la Revolución cubana enarboló un discurso duramente anticapitalista que se tradujo en una práctica de igual signo, y que haya reclamado al comunismo/socialismo como metas, ello no implica que esa práctica haya sido comunista. El mundo no se rige por esas opciones binarias, y no puede calificarse a las épocas por lo que de ellas dicen sus compromisarios. La Revolución cubana no fue comunista sino estatalista, en la misma medida en que el Estado fue percibido como el medio para conseguir una serie de objetivos que habían sido pospuestos en el orden liberal precedente. Y no creo que su signo definitorio haya sido la socialización del poder, sino su concentración en estructuras autoritarias inapelables. Como recordaba Sam Farber con respecto a la prensa, si bien es cierto que la Revolución destruyó la prensa monopolizada por unos pocos grupos empresariales, generó una estructura menos democrática y menos socializada que la precedente, para lo cual tuvo que destruir los conatos de poderes de base que habían generado los propios trabajadores de la información. Y en este sentido fue tan frontalmente anticapitalista como previsoramente anticomunista.

La afirmación de que durante la época soviética el sistema cubano se acercó a un orden legal/racional/burocrático es solo parcialmente cierta. La táctica fidelista en épocas en que las cosas tenían que ser, por fuerza, diferentes a como él las pensaba era supervisar a la distancia y dedicarse a otros juegos políticos. Entre 1975 y 1985 dedicó sus energías a la esfera internacional, y cuando el sistema se llenó de agujeros en 1990 adoptó una filosofía de espera hasta que en 1996 la economía volvió a crecer, y sobre todo hasta que llegaron los subsidios venezolanos con el advenimiento del nuevo siglo. Pero las injerencias caudillistas en las decisiones siguieron siendo fundamentales, y un ejemplo de ello fue la parálisis en la implementación del Sistema de Dirección y Planificación de la Economía —la pieza sistémica clave de la economía soviética—, que apenas pudo avanzar a partir de su primera fase.

 

¿La continuidad y la ruptura?

Fuera del ámbito de los especialistas, pocas personas saben que la Revolución cubana de 1959 fue precedida por otra ocurrida en la década del 30, lo que se debe, en buena medida, a que la historiografía de la Revolución barrió con saña todos los precedentes. Creo que es un acierto absoluto de Rojas haber comenzado su historia explicando la vigencia práctica y discursiva de aquel suceso, por lo menos para llamar la atención sobre la inserción de la Revolución cubana en una historia nacional que sus ideólogos han construido caprichosamente, torciéndola, ocultando sus pedazos incongruentes con la interpretación oficial y, finalmente, reduciéndola al nivel de los antecedentes.

Desde cierta óptica, la Revolución del 30 fue el reencuentro de la historia de Cuba con la historia continental. Como en el resto de América, aquí se expresó una crisis del modelo agroexportador —y por tanto de inserción en el sistema capitalista mundial— que condujo a la bancarrota de la república elitista originada en el pacto de 1902. En cada país de América Latina, este proceso tuvo alguna forma de expresión: revoluciones radicales, disrupciones populistas, reformas mesocráticas institucionalistas o dictaduras de derecha. La sociedad cubana dio cuenta del cambio mediante esta Revolución. Estuvo marcada por la irrupción en el campo político de una nueva generación de clase media que remitió el proyecto nacional a la democracia, la justicia social y el nacionalismo. Aunque su eclosión ocurrió entre 1927 y 1934, sus productos más elaborados fueron la Constitución de 1940 y los gobiernos reformistas del Autenticismo (1944-1952).

Rojas resalta la trascendencia de esa revolución —la única básicamente urbana y habanera que ha habido en la isla—, al punto de que todos los actores políticos de los años cincuenta (aliados y rivales) se declaraban sus deudores y prometían su rehabilitación. Lo hacían argumentando sobre aquellos factores que animaban la frustración colectiva ante el incremento de la corrupción, el deterioro de la seguridad pública y la insuficiente inclusión social. Pero curiosamente una buena parte de ellos —ya fuera conspirando en los cuarteles, amasando lealtades populistas o imaginando la reivindicación revolucionaria— fijaban su atención en soluciones disruptivas.

Este último rasgo está ligado a un hecho que Rojas no trata en su libro con la relevancia que tuvo el asunto (y sigue teniendo), probablemente porque centró su atención en los cursos políticos esenciales para una historia mínima. Me refiero a las dificultades que afrontaba el sistema para conseguir su reproducción económica desde una inserción en la economía capitalista mundial que seguía dependiendo del azúcar.

En este sentido, habría que ver el golpe de Batista relacionado con el reacomodo del capitalismo cubano para salir del círculo vicioso que en 1951 había vaticinado el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (ibrd, por sus siglas en inglés) en su exhaustivo Report on Cuba (1951), y que ahora implicaba no solamente la crisis de acumulación tendencial producto del deterioro del mercado azucarero, sino también la angustia fiscal generada por los gastos sociales expandidos como resultado del pacto posrevolucionario. En ese contexto, una experiencia populista como la predicada por el Partido Ortodoxo, liderado hasta 1951 por el carismático Eduardo Chibás, e incluso la continuación del reformismo auténtico, hubieran resultado expedientes políticos calamitosos.

Obviamente el batistato no dio una respuesta efectiva a este problema —sea por los costos que acarreaba o por los acomodos temporales que tuvo a disposición, dados los vaivenes favorables cortoplacistas del mercado—, pero tampoco pudo darla el régimen emanado de la insurrección, cuyo performance económico —marcado por estrategias y políticas cambiantes y al mismo tiempo no coherentes entre sí— fue casi siempre discreto. La zafra de los 10 millones de toneladas de azúcar de 1970 fue un ejercicio desesperado de voluntarismo político y fundamentalismo ideológico que llevó el asunto a un punto crítico sin precedentes. El problema no se solucionó, pero fue pospuesto cuando la élite posrevolucionaria logró un acuerdo de inserción muy favorable al bloque soviético que implicó accesos a tecnologías deficientes, mercados protegidos y financiamientos solo realizables en esos espacios económicos. El costo fue transferido a los años noventa, cuando la sociedad conoció cotidianamente lo que significaba una inserción deficitaria en el mercado mundial.

 

¿Cuándo terminó la Revolución?

Otro tema polémico se refiere a la delimitación cronológica de la Revolución y, en consecuencia, a cuándo comienza la era posrevolucionaria. Es decir, cuándo comienza si no su termidor, al menos su brumario.

En este sentido, Rojas es leal a su definición laxa de Revolución (creo que excesivamente laxa) como periodo que transcurre entre la destrucción de un viejo régimen y el anudamiento del nuevo. Y si es así, habría razones para creer que, efectivamente, la Revolución cubana concluye en 1976 —para usar una fecha exacta—, cuando se institucionaliza el sistema político siguiendo el patrón soviético. Como sugiere Rojas, aun cuando los principales logros de movilidad social maduraron desde esa fecha —al calor de la expansión económica en el marco del bloque soviético—, en realidad fueron cambios cuantitativos, pues las transformaciones estructurales se habían producido desde los primeros años de la década de los sesenta. 

En cambio, si, como yo prefiero, usáramos una definición más estricta de Revolución, y la remito, como planteaba Hannah Arendt, “a un nuevo inicio […] donde la liberación de la opresión apunta al menos a la instauración de la libertad”, entonces la Revolución cubana debió concluir en torno a 1965.

Fue en los primeros años de los sesenta cuando se produjeron los cambios fundamentales en las estructuras de poder —destrucción del Estado capitalista, irrupción de las masas en la política, redistribución del excedente económico, estatización y nacionalización de los medios de producción, ampliación y garantía de acceso universal a los servicios públicos, etcétera— que pueden ser señalados como partes de un cambio revolucionario. Fue también la etapa en que se intentó un nuevo modelo de desarrollo basado en la industrialización, cuando al calor de la ampliación del mercado interno y la inversión pública, la economía creció a niveles sorprendentes, cuando la cultura experimentó una reactivación que se extendería a toda la década (excelente el recuento de Rojas al respecto) y cuando el país vivió su momento de mayor independencia internacional. Fue finalmente, un momento en que la clase política discutió las estrategias económicas de cara a lo que percibía un mundo nuevo que necesitaba un hombre nuevo.

Es cierto que fue un periodo autoritario, en el que se cometieron numerosos crímenes y excesos, una parte de los cuales fueron el resultado de los severos enfrentamientos políticos entre las fuerzas partidarias y las adversas a la Revolución, y otros, de las luchas internas por el poder en la élite emergente, todos injustificables. Pero son partes ineludibles de las revoluciones que, como decía un revolucionario profesional como Engels, figuran entre las cosas más autoritarias de las que existen en la faz de la Tierra.

A diferencia de esta primera etapa, entre 1965 y 1975 no hubo cambios estructurales significativos que indicaran algún paso hacia la liberación de la opresión. Los principales cambios que ocurrieron en la estructura de la propiedad, por ejemplo, fueron destinados a eliminar los magros espacios de autonomía social en la economía, como lo fue la paulatina eliminación de la propiedad campesina independiente y la erradicación de los pequeños negocios urbanos en el marco de lo que eufemísticamente se llamó la ofensiva revolucionaria (1968). Fueron, en consecuencia, acciones expropiatorias contra el propio sujeto popular y parte de un proceso de saqueo de las energías sociales. Fue un periodo en que Cuba alcanzó una alta proyección internacional en su intento por edificarse un entorno más seguro, y en que su actividad cultural consiguió su clímax “vanguardista y libertario”, según lo define Rojas, como un eco de los cambios precedentes que aún cautivaban a buena parte de la intelectualidad izquierdista occidental, a pesar de que no se compadecía de una brutal acumulación originaria de moral que cargó contra homosexuales, disidentes o simplemente diferentes. Fue una etapa en que se cerraron las discusiones sobre la economía para comenzar una espiral aventurera que llevó al país a la bancarrota. Pero nada de esto fue la Revolución; solo fueron sus convulsiones agónicas. 

 

1 Rafael Rojas, Historia mínima de la Revolución cubana, El Colegio de México, México, 2015.

HAROLDO DILLA ALFONSO es sociólogo e historiador. Nació en Cuba y actualmente reside en Chile.

 

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