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De la sátira a la ironía. Cómo Ibargüengoitia noveló la historia

Alejandro González Ramírez | 01.08.2017
De la sátira a la ironía. Cómo Ibargüengoitia noveló la historia

Al inicio de La marcha Radetzky, de Joseph Roth, se nos cuenta la heroica acción con la que Joseph Trotta le salvó la vida al emperador Francisco José I durante la batalla de Solferino. El teniente esloveno notó que el joven emperador resultaba un blanco fácil mientras observaba a través de unos binoculares la retaguardia del enemigo. Trotta actuó de inmediato y derribó al monarca. Éste cayó al suelo mientras aquél era alcanzado en el hombro por la bala que iba dirigida al corazón de Francisco José.

Por supuesto, esta acción llenó de condecoraciones al esloveno, haciendo que pasara de teniente a capitán y otorgándole un título nobiliario. De estirpe campesina, el ahora así llamado Joseph Trotta von Sipolje nunca se sintió a gusto con su nuevo rango y su nueva calidad, pero los soportó. Al menos hasta que en un libro escolar de su hijo encontró la narración de su hazaña:

En la batalla de Solferino, se encontró nuestro rey y emperador Francisco José I en grave peligro. El monarca, en el ardor de la lucha, había avanzado tanto hacia el frente que de repente se halló rodeado de jinetes enemigos. Y en tan apurada situación, un joven teniente corrió al galope en ayuda del emperador, montado en un sudoroso alazán blandiendo el sable. ¡Ah! ¡La de golpes que asestó sobre las cabezas y los pescuezos del enemigo! […] Una lanza atravesó el pecho del joven héroe, pero la mayor parte de los enemigos ya habían sido puestos fuera de combate. Empuñando la daga, el joven e impávido monarca pudo hacer frente fácilmente a los ataques, cada vez más débiles, del enemigo. En aquella ocasión cayó prisionera toda la caballería enemiga. Al joven teniente, cuyo nombre era Joseph, señor de Trotta, le fue concedida la más alta condecoración que nuestra patria otorga a sus héroes: la Orden de María Teresa.

El relato enfureció al héroe de Solferino. Él jamás había servido en caballería, ni mucho menos había montado un “sudoroso alazán”. Pero, además, lo realmente ocurrido estaba totalmente falseado. Semejante mentira tenía que ser desenmascarada. Mandó cartas al Ministerio de Educación e, incluso, pidió audiencia con el mismo emperador. La respuesta fue siempre similar: a los niños hay que contarles la historia de esa manera para estimular la imaginación e incitar “sentimientos patrióticos”.

Es connatural a los grupos humanos crear y difundir una versión épica de su pasado. Es, incluso, necesario. Pero cuando esos relatos se transforman en la única verdad posible impuesta por un gobierno autoritario, se hace imprescindible la aparición de relatos alternos y antidogmáticos. Hay muchas formas de desmontar los mitos nacionales —no siempre son los mismos protagonistas quienes pueden hacerlo—. El estudio historiográfico serio es la principal. Otra es la ficción, la cual además permite emplear herramientas como la sátira y la ironía, que amplían las posibilidades de significado del relato histórico.

La imagen de los niños austrohúngaros leyendo una historia mistificada de sus gobernantes es muy parecida a la de los niños cubanos expuestos a la epopeya del Granma y su barbuda tripulación, o a la de los niños mexicanos durante el priismo absorbiendo las hazañas de los héroes independentistas y revolucionarios. En el caso de Cuba, Reinaldo Arenas fustigó en varias novelas la figura de Fidel Castro. Sus libros, por supuesto, están prohibidos en la isla porque “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”. En el México del siglo XX, Jorge Ibargüengoitia fue tal vez el primer escritor que se atrevió a quitarle el esmalte al mito de nuestra Revolución con su primera novela, Los relámpagos de agosto. Esta obra temprana marcó el cariz crítico de una carrera literaria y periodística que, creo no exagerar, fue importante en el proceso de democratización del país.

Ahora bien, es verdad que su primera novela no es, estrictamente, un intento desmitificador de la Historia, ni siquiera de la Revolución mexicana como un todo. Se trata, más bien, de una obra burlona cuyo blanco es algunos de sus relatos. Así pues, la crítica de Ibargüengoitia es, en un inicio, una crítica a los discursos históricos, no a los protagonistas de la historia. Por eso, una lectura correcta de la obra, me parece, debe empezar por los recursos textuales, literarios.

De entrada hay que señalar que en Los relámpagos de agosto, el texto entero, desde la primera palabra hasta el punto final, está ironizado. Ya en el “Prólogo”, el narrador, Guadalupe Arroyo, un general que escribe sus memorias como respuesta a las injurias vertidas sobre su persona, nos dice que no es muy bueno para escribir, por lo que “un individuo que se dice escritor mexicano”, llamado Jorge Ibargüengoitia, es el responsable del libro. Curiosamente, a pesar de presentarse como un hombre más de acción que de intelecto, Arroyo intenta representarse como alguien refinado. De ahí que el título del libro le parezca soez —proviene de una frase del mundo rural del bajío que a la letra dice: “viene como los relámpagos de agosto, pendejeando por el sur”.

Más adelante, el narrador vuelve a ostentar su buen gusto cuando, culpando de su fracaso a Vidal Sánchez (el gran villano de su libro y en quien podemos reconocer a Plutarco Elías Calles), dice: “Mi campaña más brillante se fue, como se dice muy vulgarmente, a las heces fecales”. Todas y cada una de las palabras del general, pues, son irónicas, pero Arroyo no es el ironista, por supuesto, sino ese socarrón escritor mexicano que le está ayudando a redactar un libro apologético en el que, también, lo está haciendo quedar como un personaje ridículo. Pero, si bien toda la narración es irónica porque está fondeada por una segunda intención, dicha ironía está siempre al servicio de la sátira.

Formalmente, Los relámpagos de agosto es una parodia de los libros de generales revolucionarios como Ocho mil kilómetros en campaña, de Álvaro Obregón, o como su principal referente, Los gobiernos de Obregón, Calles y regímenes “peleles” derivados del callismo, del general Juan Gualberto Amaya, cuyas iniciales resuenan en el general ibargüengoitiano. Mediante el recurso paródico, Ibargüengoitia logra una sátira diversa: hacia la ignorancia y deshonestidad de algunos revolucionarios, hacia el discurso apologético con el que éstos quisieron maquillar sus falencias, y hacia el discurso oficial con el que el régimen que se instauró al institucionalizarse la Revolución buscaba legitimarse.

La novela logra, entonces, una sátira múltiple y sofisticada.1 Una crítica burlona a los generales de la Rebelión escobarista y también a los hombres que terminaron la Revolución y fundaron el PNR. Sin embargo, como lo ha señalado Ana Rosa Domenella,2 hay una caricaturización del narrador y, yo añado, de los demás personajes y del periodo histórico novelado, lo cual resulta conveniente para la presentación satírica, pero no se presta para la representación compleja de personajes y acontecimientos propia de lo mejor de la novela como género. En esta obra primeriza, el interesante juego entre autor-narrador está al servicio de una postura unidimensional. De ahí que, años después de publicada, el propio autor hablara de ella en estos términos: “es una novela escrita por un señor que se sentía dramaturgo. La escribí a los 36 años, pero técnicamente es muy rudimentaria”.3

Más allá de sus aciertos o desaciertos literarios, la satirización de una etapa revolucionaria provocó que el debut novelístico de Ibargüengoitia fuera recibido con rechazo por importantes críticos como Eugenia Revueltas y Emmanuel Carballo. Para este último no era más que una “novela reaccionaria y una novela reaccionaria es una pésima novela”. Esto por tratarse “de una burla de los procesos sociales de nuestro país”.4 No puede obviarse el dogmatismo desde donde se hace la crítica. Como escribió Gustavo Santillán, Carballo “descalificaba la obra desde un criterio político”.5 Haciendo una lectura muy ideologizada, creía ver en la sátira ibargüengoitiana un panfleto conservador, errando por completo la interpretación del libro. Sin embargo, a pesar de lo tendencioso de su juicio, no se equivocaba del todo. Atinaba al señalar que Los relámpagos de agosto —como toda sátira— es una burla. Se equivocaba simplemente al señalar el blanco preciso.

Es innegable que Los relámpagos de agosto sí contiene una crítica moral clara y muy poco disuelta por el elemento que suele problematizar y relativizar el comentario moral en las obras literarias: la ironía. Y, para ir terminando, tal vez valdría la pena citar a un par de teóricos de ésta para aclarar un poco la no siempre fácil distinción entre sátira e ironía.

En términos muy generales, la diferencia fundamental entre lo satírico y lo irónico se puede sintetizar con esta frase de Zoja Pavlovskis-Petit: “La ironía trabaja a través de la ambigüedad, mientras que la sátira tiene que ser sencilla y clara (y, no obstante, graciosa) para cumplir su cometido”. Y con respecto a la función de la ironía en las obras satíricas, la profesora escribe: “la sátira a menudo hace de la ironía su instrumento o incluso su sustancia”.6 La intención del satirista, entonces, es diáfana. La del ironista, por su parte, es mucho más difícil de aprehender: “El enunciado irónico es el único que, por su decir oblicuo, no puede tomarse como base para una discusión: quien se crea censurado por él y aspire a refutarlo no tiene la menor abrazadera dialéctica para hacerlo… La resuelta indefinición irónica tiene, sobre todo en el dominio del arte, la misión de preservar la obra de cualquier ideología en la convicción de que la menor concesión en ese sentido la haría de inmediato rechazable y tendenciosa para más de un lector”.7

Así pues, en la primera novela de Ibargüengoitia no encontramos todavía un aprovechamiento pleno de la ironía. Sus siguientes libros muestran cómo fue perfeccionando este recurso hasta conseguir, con Los pasos de López, su empleo más rico y significativo. Como veremos en una siguiente entrega, es en la novelización de la revuelta del cura Hidalgo donde la ironía aparece en todo su poder, pero también de forma mucho más fina y sutil.  ~

 

NOTAS

1. No me extiendo en este punto porque su análisis no es el objetivo de este artículo; sólo me interesa subrayar que, a pesar de la ironía desplegada, la primera novela de Ibargüengoitia es, sobre todo, una sátira, según su definición: ‘ataque burlesco a un conjunto de vicios que el autor desaprueba’.

2. Ana Rosa Domenella, “Jorge Ibargüengoitia y la historia de México. Entre la fascinación y la farsa”, Signos literarios y lingüísticos, vol. VI, núm. 11, UAM-Iztapalapa, México, 2004, p. 24.

3. Jorge Ibargüengoitia, El atentado. Los relámpagos de agosto, Juan Villoro y Víctor Díaz Arciniega (coords.), Conaculta / FCE (Colección Archivos, vol. 53), México, 2002, p. 417.

4. Gustavo Santillán, “La crítica literaria en torno a Los relámpagos de agosto”, en Jorge Ibargüengoitia, El atentado. Los relámpagos de agosto, op. cit., p. 249.

5. Idem.

6. Zoja Pavlovskis-Petit, “Irony and Satire”, en A Companion to Satire. Ancient and Modern, Blackwell Publishing, Oxford, 2007, p. 510. Traducción del autor.

7. Pere Ballart, Eironeia: La figuración irónica en el discurso literario moderno, Quaderns Crema, Barcelona, 1994, p. 414.

 

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ALEJANDRO GONZÁLEZ RAMÍREZ es maestro en Letras Latinoamericanas por la Universidad Nacional Autónoma de México.

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