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Testimonios de protagonistas de la Revolución mexicana

Gustavo Velázquez | 01.08.2017
Testimonios de protagonistas de la Revolución mexicana

El texto del genial Jorge Ibargüengoitia, Los relámpagos de agosto, es un verdadero —aunque en el fondo macabro— divertimento sobre las disputas por el poder durante los aciagos años de la Revolución mexicana, en el momento en que ya los combates en toda forma, tanto en las poblaciones como en los campos de batalla, empezaban a menguar. Al releerlo se antoja echar un vistazo a ojo de pájaro a algunos de los testimonios de protagonistas centrales y testigos presenciales de la gran tragedia que nos recuerden lo que ese periodo significó en nuestra historia reciente y ayuden a dimensionar lo que nos ha estado sucediendo como nación desde finales del siglo pasado.

Entre las memorias escritas por hombres que estuvieron activos en los combates, vienen a la mente, a bote pronto y quizá por estar entre las más divulgadas, las de los generales Francisco L. Urquizo (Memorias de campaña), Álvaro Obregón (Ocho mil kilómetros en campaña) y Gonzalo N. Santos (Memorias).

Francisco L. Urquizo fue testigo presencial, entre otros episodios de la Revolución, de la llamada Decena Trágica y del intento de fuga de la Ciudad de México hacia Veracruz del presidente Carranza, que terminó con su asesinato en Tlaxcalantongo, Puebla, en 1920. Aparte de sus textos testimoniales, Memorias de campaña, ¡Viva Madero!, Páginas de la Revolución, México-Tlaxcalantongo, etcétera, escribió la que para muchos lectores y críticos es la mejor novela de la Revolución mexicana: Tropa vieja. Esta obra, magnífico y realista testimonio de lo que fue este convulso episodio de nuestra historia, llegó a ser un best seller cuando fue editada por Populibros La Prensa en 1955. Tropa vieja es la memoria de su personaje principal, Espiridión Sifuentes, simple peón de hacienda en la comarca lagunera incorporado por la fuerza al Ejército federal, que va describiendo magistralmente y con profusión de detalles tanto el entorno de las regiones que recorre como soldado, como el ambiente de la tropa a la que pertenece, de los cuarteles, de las relaciones entre los soldados y con los mandos castrenses, su percepción de lo que pasaba en el país y, en general, en el mundo que le tocó vivir. Todo con una enorme sencillez y agilidad literaria que captura la atención del lector y lo introduce a fondo en ese mundo, el de los soldados de tropa, al que no es frecuente asomarse.

De la obra del general Obregón, Ocho mil kilómetros en campaña, que se editó todavía en vida del autor, baste decir que es una reseña detallada de las distintas campañas que tuvieron lugar bajo su mando, desde su primera acción, cuando salió de Sonora hacia Chihuahua en 1912 (para atacar a Pascual Orozco, levantado en armas contra el gobierno de Madero), y en la que fue nombrado teniente coronel comandante del Cuarto Batallón Irregular de Sonora, hasta sus últimas acciones en el mismo estado de Sonora, en Sinaloa y en Tepic, ya en el verano de 1915.

Las Memorias de Gonzalo N. Santos se editaron después de la muerte del autor, en 1986. Desde entonces han sido consideradas por muchos como una ilustración de lo que realmente sucedió a lo largo del conflicto revolucionario. La Revolución había sido (y sigue siendo) idealizada y empleada como una fuente inagotable de argumentos para la legitimación del sistema político a partir de la consolidación de los gobiernos posrevolucionarios hacia mediados del siglo pasado. Pero el libro de Santos no es más que una cruda y descarnada sucesión de actos criminales de toda índole, desde asesinatos, matanzas, atropellos, violaciones a la ley cometidas desde el poder (incluso por presidentes de la República), hasta la descripción detallada de operativos para burlar la voluntad popular en las elecciones de 1940, que podían ser literalmente bélicos, echando mano no sólo de grupos de hombres armados, sino incluso de elementos del Ejército.

En poco más de novecientas páginas, las Memorias de Santos abarcan desde el inicio de la gesta maderista hasta el gobierno de Luis Echeverría y la llegada a la presidencia de José López Portillo. Tan sólo un vistazo a algunos de los títulos de los capítulos puede darnos una idea de la tónica del libro: “El primer quebrado”, “El primer chanchullo”, “Indio, gachupín o gringo, al que se atraviese lo chingo”, “Elecciones sangrientas en la capital”, etcétera. Santos tiene, además, el dudoso mérito de haber acuñado algunos dichos referentes al sistema político mexicano que se han ido integrando al habla popular, como aquél que dice “la moral es un árbol que da moras… y no sirve para una chingada”, o el de “darle tormento a la Constitución”.

Quizá valga la pena por lo menos mencionar algunos otros testimonios de la Revolución, como las memorias de los generales Alfredo Breceda (México revolucionario 1913-1917), Juan Barragán (Historia del Ejército y de la Revolución constitucionalista), Amado Aguirre (Mis memorias de campaña) y Juan Gualberto Amaya (Los gobiernos de Obregón, Calles y regímenes “peleles” derivados del callismo), al parecer de gran importancia para la elaboración de Los relámpagos de agosto).

También se escribieron testimonios de militares de menor rango, como el de Porfirio del Castillo (Puebla y Tlaxcala en los días de la Revolución).

Aún habría que añadir otros testimonios ya no de militares, sino de intelectuales o periodistas relevantes de la época, algunos de los cuales participaron activamente en la contienda o simplemente presenciaron los acontecimientos de la Revolución. Tal es el caso de los conocidísimos Mariano Azuela (Los de abajo y Andrés Pérez, maderista), Martín Luis Guzmán (El águila y la serpiente y La sombra del caudillo), José Vasconcelos (La tormenta, La flama, El desastre y El proconsulado), Juan de Dios Bojórquez (Crónica del Constituyente) y, por supuesto, el muy extenso de Alfonso Taracena (La verdadera Revolución mexicana).

La lectura de estos textos históricos contribuirá a explicarnos nuestra situación presente.  ~

 

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GUSTAVO VELÁZQUEZ es ingeniero químico por la Universidad Iberoamericana y estudió una maestría en Historia en la misma institución. Fue presidente del Consejo de Información Pública del Distrito Federal. Ha publicado artículos en Reforma y en la revista Zócalo sobre el tema del derecho a la verdad en la información (que incluye, por supuesto, el derecho de acceso a la verdad en la historia).