youtube pinterest twitter facebook

El parto del leviatán

Armando Chaguaceda | 01.08.2015
El parto del leviatán
Esta nota, dedicada como la anterior a la Historia mínima de la Revolución cubana, de Rafael Rojas, destaca cómo el autor sintetiza en doscientas páginas un periodo particularmente complejo y propone, a la vez, una lectura propia y brillante de los hechos.

...que no hay cosa más difícil de abordar,

ni en la que el éxito sea más dudoso,

ni se maneje con tanto peligro, como

el implante de un nuevo orden político.

Nicolás Maquiavelo, El Príncipe

 

Como un nuevo jalón en su ya prolija producción historiográfica, Rafael Rojas acaba de publicar la Historia mínima de la Revolución cubana. Se trata de una de las obras incluidas dentro de la serie afín de El Colegio de México, orientada a poner al alcance del público interesado información esencial, actualizada y abarcadora acerca del devenir de naciones y procesos históricos de relevancia global. En esta línea, el abordaje del caso cubano —como el coreano, previamente analizado en la misma colección— combina los atributos de la relevancia geopolítica y una pasión intelectual que se traslada de los autores y sus obras a los debates de actualidad.

Ampliando —en extensión y profundidad— la mirada que ofreciera hace dos años el también historiador cubano Oscar Zanetti (Historia mínima de Cuba, El Colegio de México, México, 2013), en esta entrega Rojas rescata la noción de historia mínima delineada por Cosío Villegas, para dar cuenta de las líneas maestras del cambio económico, social, cultural y político acaecido en la nación caribeña entre los años cincuenta y setenta del siglo pasado. Un periodo que abarca las luchas para derrotar un régimen autoritario —el batistato— y el conflictivo parto de un nuevo leviatán socialista a escasas 90 millas de Estados Unidos.

Sin embargo, pese a que el autor cumple satisfactoriamente —en forma y fondo— su cometido de ofrecer una narrativa general del cambio histórico, considero que los principales aportes del libro derivan de su capacidad para analizar las fases, coyunturas y actores cimeros de la historia política de la Cuba revolucionaria, tributando, de forma virtuosa, al cúmulo de trabajos que el propio Rojas ha ido atesorando en los últimos 25 años en torno al orden institucional y legal, el pensamiento político y los conflictos históricos y sociales ligados al desarrollo de la nación cubana. Pero también a las contribuciones de otras investigaciones recientes2 que, desde los campos de la historia social y las ciencias políticas, han dado cuenta de la heterogeneidad de proyectos (triunfantes y abortados), el peso de los factores exógenos —hegemonía estadounidense e irrupción de la Unión Soviética como poder global— y la fortaleza de un ideario nacionalista y radical —componente de la cultura política nacional— en cuanto elementos decisivos para la configuración del régimen de partido único emergido en los años sesenta del siglo pasado. Y es desde esa apertura disciplinar —en particular, estableciendo las sintonías del libro con aportes recientes de la politología orientada al estudio de regímenes autoritarios— desde donde quiero señalar algunos de los potenciales explicativos máximos de esta historia mínima.

Un acierto del autor es describir, con precisión y desde el mismo arranque de la obra,3 los acontecimientos y contenidos distintivos de dos etapas comúnmente (con)fundidas dentro del uso corriente del concepto Revolución cubana: una fase germinal (del capítulo uno al nueve), caracterizada por un profundo carácter nacionalista y un reformismo radical, que abarca la lucha contra Batista y llega a la primera mitad de 1960, y otro periodo (del capítulo nueve al final del libro) desplegado a partir de la oleada de nacionalizaciones de la segunda mitad de 1960 y el enfrentamiento con Estados Unidos, que cristaliza en la instauración de un régimen marxista-leninista a partir de los años setenta.

La primera etapa tiene su impronta —desde el consenso de diversas organizaciones e ideologías nacionalistas y radicales— en la lucha para derrocar la dictadura y emprender un proceso de reformas democráticas y redistributivas contempladas en la Constitución del 40. Acuerdos políticos y manifiestos programáticos como “La historia me absolverá” (1953), el “Pacto por México” (1955) y la “Carta de la Sierra” (1957) son ejemplos del espíritu antidictatorial y latinoamericanista que caracterizó el discurso y las agendas del liderazgo y movimiento revolucionarios durante aquellos años. Se trata de una etapa donde los cambios se produjeron en sintonía con lo teóricamente expuesto por los politólogos Aníbal Pérez-Liñán y Scott Mainwaring en su más reciente estudio sobre los cambios de regímenes políticos en la Latinoamérica contemporánea.4 De modo que, a partir de una combinación del accionar de los revolucionarios —opuestos al régimen— y de la colaboración, neutralidad o defección de otros actores —ligados al orden republicano, interrumpido por el golpe del 10 de marzo, o a las fuerzas de la propia dictadura— cambia la correlación de fuerzas y la distribución de los recursos políticos en favor de la oposición.

Situación que, pese a habilitar en la sociedad cubana una acogida abrumadoramente favorable a un cambio de tipo revolucionario (estructural, modernizador, cultural) como el identificado por Mainwaring y Pérez-Liñán, no se tradujo —al menos públicamente— en un temprano abrazo del proyecto comunista por el liderazgo revolucionario. Ejemplo de lo cual son, como identifica Rafael en su narración de 1959, la gira primaveral de Fidel por Estados Unidos, Canadá y Latinoamérica —donde reitera su rechazo al comunismo como ideología de su Revolución “humanista” y promete la celebración “en dos años” de elecciones para renovar el Gobierno de la isla— y la aprobación de una (primera) Ley de Reforma Agraria (mayo de 1959) afín al modelo cepalino.

Una lectura atenta de la obra del Colmex revela, ya desde ese momento germinal, la creciente fuerza del radicalismo político —en cuanto discurso y accionar— dentro del movimiento antibatistiano. Si bien no puede confundirse radicalismo con tendencia totalitaria,5 resulta evidente (cfr. los capítulos tres al siete) que tanto el saboteo y represión dispensados por el Gobierno de Batista a las iniciativas de la oposición pacífica orientadas al cambio electoral, como el rechazo de los revolucionarios —y en especial de Fidel Castro— a aquellas, proyectaron la solución radical como única salida a la dictadura. En ese sentido, no deja de llamar la atención la persistencia de elementos distintivos de la política radical —como la apelación al pueblo, el léxico refundacional y la reticencia frente a las instituciones representativas—, tanto bajo el régimen batistiano (Estatutos Constitucionales del 4 de abril de 1952) como en las primeras iniciativas del Gobierno revolucionario (Ley Fundamental del 7 de febrero de 1959).6

En el capítulo 10 —y hasta el final de la obra— Rojas aborda cómo, a partir de la segunda mitad de 1960, se produce la transición a un régimen de tipo soviético. Así, los acontecimientos del verano y otoño de 1960 (neutralización de prensa independiente, nacionalización de la industria grande y mediana, comercio y servicios, viajes de dirigentes cubanos a la Europa y Asia socialistas) llevan la marca de lo que neoinstitucionalistas como Paul Pierson llaman una coyuntura crítica. Es decir, momentos históricos donde, en el marco de una disputa política, ciertos actores clave toman decisiones fundamentales que aíslan/derrotan a sus rivales; tras las cuales los procesos de cambio y desarrollo político-institucionales entran en una inercia que dificulta cualquier potencial reversión.7

Semejante transición es destacada por el autor al describir la forja de un partido único, el control ideológico de la cultura, la educación y los medios masivos, la neutralización de la oposición —compuesta, en gran parte, por protagonistas de la gesta antibatistiana—, así como la suplantación de la sociedad civil republicana por otra revolucionaria, moldeada según el canon leninista. Procesos todos descritos, de forma prístina, por Guerra y Farber en los libros antes mencionados. Desde entonces, la Cuba revolucionaria será terreno fértil para la confluencia y consolidación de los procesos —y conflictos— identificables (desde la fecunda conceptualización de M. W. Svolik) con el ejercicio de la política autoritaria, relacionado con el control de los gobernantes sobre los gobernados y derivado del reparto y ejercicio (colectivo o personalista) del poder dentro del grupo gobernante.8

El primero —el control autoritario— se evidencia en el desarrollo paralelo de una política de masas y una guerra civil (capítulo 11) que consolida el control político sobre la población cubana. Mediante la primera, el Gobierno crea nuevas organizaciones, como los Comités de Defensa de la Revolución, o reinstaura añejas tradiciones y formas asociativas de los trabajadores, como los sindicatos y las movilizaciones afines —control sindical—, con el propósito de fortalecer su control espacial y poblacional mediante una mezcla de represión y cooptación. Las campañas de alfabetización y saneamiento, así como la militarización de la ciudadanía —vía la creación de milicias obreras y estudiantiles— serán expresiones de ese afán masificador y hegemonizante. Por su parte, el desarrollo (desde 1960 y hasta fines de esa década) de una guerra civil —con cientos de miles de implicados y millares de muertos y prisioneros— enfrentó a demócratas y comunistas, católicos y ateos, partidarios de un nacionalismo amistoso con Estados Unidos —afinidades analizadas, entre otros autores, por Pettinà en su formidable libro—, opuestos a defensores de otro nacionalismo, alineado con la urss y la causa del socialismo mundial.

Por su parte, la puesta en marcha de un proceso de creciente concentración y ejercicio personalistas del poder, tuvo, durante los años sesenta, varios hitos fundamentales. La paulatina incorporación (desde 1960) de comunistas procedentes del prosoviético Partido Socialista Popular (PSP) a diversas funciones del aparato estatal —desde la economía hasta la esfera cultural— fue contrapesado con las purgas realizadas, de 1962 a 1964 (capítulos 12 y 14), a viejos dirigentes de aquel partido. Iniciativas estas que reafirmaron el liderazgo de Fidel, quien simultáneamente satisfacía demandas del Directorio Estudiantil —fuerza excluida en el reacomodo al interior del campo revolucionario— y dejaba en claro a los viejos leninistas que su creciente presencia en cargos públicos (derivada del hambre de cuadros y la impronta de acercamiento con la urss) dependería, como ultima ratio, de la venia del comandante. No obstante, Rojas subraya cómo, en la integración en 1965 del Secretariado del nuevo Partido Comunista de Cuba, el máximo liderazgo de la Revolución —los hermanos Castro— invitó a cuadros destacados del PSP —Carlos Rafael Rodríguez y Blas Roca—, reconociéndolos como actores imprescindibles para el proceso de construcción institucional y adoctrinamiento ideológico afines al modelo soviético.

Resulta valioso el modo en que, sin incurrir en la retórica apologética o satanizadora que caracteriza a buena parte de la producción bibliográfica en torno al rol histórico de Fidel Castro,9 la obra ofrece ejemplos que revelan, simultáneamente y desde etapas tempranas de la lucha, la capacidad de liderazgo y el personalismo autoritario del dirigente cubano; tanto en testimonios documentales del tipo de la conocida carta a la dirigente urbana del M-26-7 —donde le aconseja seducir a todo posible aliado para, llegado el momento, “aplastar a todas las cucarachas juntas”— como en la paulatina hegemonización del liderazgo revolucionario —dentro y fuera del M-26-7, en la sierra y en el llano— por el futuro Comandante en Jefe de la Revolución. Este proceso —mediante el cual el liderazgo de Fidel dentro de las fuerzas revolucionarias va mutando de preponderante a único— es factor clave para comprender lo que M. W. Svolik ha descrito como la consolidación de un régimen personalista, caracterizado por su durabilidad, por la paulatina eliminación de los rivales y por la salida del poder del autócrata, producida por causas ajenas a las disputas palaciegas. Así, el orden político posrevolucionario irá adquiriendo, cada vez más, los rasgos de una autocracia establecida.

Con particular pertinencia, en el libro se dedican dos capítulos (13 y 14) a analizar la inserción internacional de la joven Revolución. Rojas explica la reorientación geopolítica de Cuba —hacia el campo socialista y el Tercer Mundo afroasiático— como una respuesta a la exclusión de que era víctima en su zona de natural inserción —hemisferio occidental—, y no deja de mencionar la existencia de consideraciones y expresiones ideológicas (asunción del internacionalismo proletario y el marxismo-leninismo, Segunda Declaración de la Habana) que ubican el accionar de la dirigencia cubana dentro de un movimiento revolucionario mundial.

En ese sentido, la narrativa del autor coincide con la conceptualización que Pérez-Liñán y Mainwaring hacen de la Revolución cubana como un proceso político con apreciables capacidades de demostración y difusión, entendiendo la primera como la demostración de factibilidad de una revolución socialista en Occidente y la segunda como un proceso que diseminó, en fuerzas radicales de la periferia global —y algunas vanguardias culturales del Primer Mundo—, ideas y preferencias políticas alternativas a la democracia liberal. Rojas da tributo a ello con un conjunto de mecanismos que van desde la formación de líderes revolucionarios en la isla y la interacción de aquellos en diversos foros internacionales a la diseminación de ideas y propaganda afines a través del sistema de medios del Estado cubano.

Fenómenos geopolíticos e ideológicos que —en acontecimientos como la gesta guerrillera del Che en Congo y en Bolivia y el cónclave y los discursos de la Tricontinental— todavía explican —junto a las alianzas con gobiernos antiimperialistas de fines del siglo pasado— la trascendencia de la Revolución cubana para buena parte de los intelectuales y movimientos radicales del mundo, lo que recibe un abordaje sugerente en la obra de Rojas. Así, este nuevo libro deviene, pese a su novedad, una bitácora valiosa para los interesados en comprender las dinámicas de cambio y resiliencia que marcan la existencia, por más de medio siglo, de ese leviatán tropical que es el régimen posrevolucionario cubano.

 

1 Rafael Rojas, Historia mínima de la Revolución cubana, El Colegio de México, México, 2015.

2 Destaco, entre estas obras, los trabajos de Lillian Guerra (Visions of Power in Cuba: Revolution, Redemption, and Resistance, 1959-1971, University of North Carolina Press, Chapell Hill, 2012), Vanni Pettinà (Cuba y Estados Unidos, 1933-1959. Del compromiso nacionalista al conflicto, Los libros de la catarata, Madrid, 2011) y Sam Farber (Cuba Since the Revolution of 1959: A Critical Assessment, Haymarket Books, Chicago, 2011). 

3 A partir de aquí, para facilitar las referencias y aligerar la redacción, identificaremos los acápites del libro como “capítulos”; procediendo a su numeración del 1 (correspondiente a la “Introducción”) al 18 (donde se pasa balance del periodo posterior a la conversión de la Revolución en Régimen). Cabe señalar que es un recurso que empleamos en esta reseña pero que no corresponde con la estructura de la obra, cuyos capítulos se identifican con títulos y no con números.

4 Ver Scott Mainwaring y Aníbal Pérez-Liñán, Democracies and Dictatorships in Latin America: Emergence, Survival and Fall, Cambridge University Press, New York, 2013.

5 De hecho, Rojas destaca en su libro, de forma precisa, las diferencias existentes al interior del liderazgo revolucionario, entre un minoritario grupo de dirigentes (Che Guevara y Raúl Castro) que abrazaron temprana y públicamente el marxismo, y la tendencia mayoritaria, nacionalista y democrática, representada por revolucionarios como René Ramos Latour y Armando Hart Dávalos.

6 Esta preservó la codificación de “emergencia” implantada por la dictadura de Batista siete años antes, al tiempo que alteró la fisonomía clásica de la división de poderes republicana al atribuir al Consejo de ministros potestad legislativa y desactivar la autonomía de poder judicial.

7 Ver Paul Pierson, Politics in Time: History, Institutions and Social Analysis, Princeton University Press, New Jersey, 2004.

8 Ver Milan W. Svolik, The Politics of Authoritarian Rule, Cambridge University Press, New York, 2012.

9 Posturas que, en la isla o el exilio, desde la coincidencia o el disenso, siguen consagrando a la trinidad Castro-Revolución-Historia (contemporánea) de Cuba; desde posturas teleológicas que remiten, en lo ideológico, a humores y marcos interpretativos de la Guerra Fría y, en lo historiográfico, a la factura de una “historia de bronce” superada desde mediados del siglo pasado.

____________

Armando Chaguaceda es politólogo e historiador de la Universidad de Guanajuato.