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#InventarioDeGestos: El acto de besar

Javier Raya | 17.08.2017
#InventarioDeGestos: El acto de besar

Amar puramente es consentir en la distancia, es adorar la distancia entre uno y lo que se ama.

 

Simone Weil

 

 

¿Cuál podría ser el verbo apropiado para describir el acto de besar? ¿“Dar un beso, robar un beso, sacar un beso?” ¿Como si el beso fuera algo que se encuentra en la posición inexacta, ajena, y nos diéramos a la tarea de restituirlo a su legítimo poseedor? Inevitable pensar en un dedal. Una cosa perdida, un objeto que no pertenece a nadie salvo a quienes lo intercambian, entre quienes por un momento simulan no disputar su legítima posesión.

Oscurecemos el rostro del otro con nuestro rostro.

Y nos dejamos iluminar por esa oscuridad.

Juego de transparencias y opacidades, el beso.

De rondar un umbral: de trazar las fronteras donde las bocas desaparecen.

Donde no hay palabra pero hay sentido. Una dirección del sentir.

Nos sentimos como en casa al constatar que, al menos hasta nuevo aviso, hemos escapado de la vigilancia del otro. Del afuera, del mundo social, colapsando la individualidad provisoriamente por un roce sostenido de nuestra boca con la boca del otro. Podemos estar solos con ese amor que podemos dar. O con ese deseo. No es que de otro modo no existiera: es que podemos olvidarnos de que existe. Ese amor. O ese deseo. Por eso hablamos de raptos y lances amorosos. Y crímenes pasionales. Perdemos y nos perdemos al darnos.

La determinación del consenso es el río congelado, la mejilla de agua que se agrieta bajo el peso de nuestros pasos en dirección al otro. Nada nos separa de él, de ella, salvo la distancia irremontable del largo de un sillón, de un pasillo, de una puerta, de una cama, de una pantalla, de un bloque de papel frente a sus ojos. Ese velo que no existe, pero que echamos de todas formas sobre las cosas y lo llamamos sentido y lo llamamos verdad. El otro nos ama precisamente por la insoportable verdad que ve de él, de ella, en nosotros mismos, y de la cual puede curarse provisionalmente al cerrar los ojos, al ser completamente cuerpo, calor, sentido: de sentir.

La distancia no es el olvido: es el paréntesis, la pausa, el hiato, el parpadeo que nos permite mostrarnos al otro, a la vez que percibir al otro en su particularidad. El problema suele ser que el reflejo que vemos de nosotros en el otro nos impide ver; narciso ahogado de claridad, el cuerpo deseante camina ciego en el sentido de su deseo. Corre el riesgo de verse reflejado en la verdad del otro. Esto, demasiado a menudo, destruye a los contendientes. Acercarnos al otro es liberarlo de su propia presencia, al menos provisionalmente, a la vez que dejarnos liberar por ella. Por ella, por la forma en que los ritos asociados al amor siguen configurando las formas de socialización de las colectividades: el deseo y cómo acceder a él. La escenificación constante, soporífera, en la que estamos impregnados de sucedáneos que nos recetan como amor. El velo de novia es algo así como la coronación absoluta —como si quien sea que está detrás de ese velo pudiera cambiar si no lo vigilamos con suficiente celo.

Ver al otro ser quien es, es cierto, puede ser aterrador. El otro tiene la costumbre de ser distinto a nosotros, lo que ya en sí mismo es más que demasiado. No más que suficiente, sino más que demasiado: es el desborde, a su vez, de lo que el otro no sabe que dirige en nuestra dirección sin ser incluso consciente de la forma en que nos lastima, nos condena, o nos da esperanza. Amar al otro es de alguna forma amar al otro a pesar de sí mismo. Amo tu reflejo en mí, seas quien seas. Mi boca es tocada por tu cuerpo, tu carne donde esa desconocida que eres se revela ocultándose.

 

Pair IV, John Stezaker

 

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