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#CuotaDeGénero: Los demonios  

Abril Castillo | 04.09.2017
#CuotaDeGénero: Los demonios  

 “Sólo recuerda que a las armas las carga el diablo”, le dijo Javi a mi hermano, mientras le pasaba el bote de jabón y Tomás llenaba la pistola de burbujas. Lo peor que te puede pasar es un asaltante novato y con miedo. Uno de sangre fría va por lo que quiere y te deja. A los que no, se les suelta un balazo sin querer y luego se van sin siquiera haber tomado aquello por lo que iban.

El miedo hace eso.

Las balas son obra del diablo. Son nuestros demonios.

En un viaje que hice hace cinco años con Sonia, me contó que llevaba meses viajando sola, antes de encontrarnos. Que al principio le gustaba pero que en algún momento extrañó estar con alguien al lado. Que ver cosas que te generan emoción y no poder compartirlas hace parecer que se sienten menos. O que casi no se sienten. Que es como si las emociones quedaran encapsuladas.

Recordé ese libro álbum de Oliver Jeffers, El corazón y la botella, donde un padre y una niña hablan de todo, leen muchos libros sentados en un sillón. Un día el sillón queda vacío. Tras la muerte de su padre, la niña guarda literalmente su corazón en una botella que se cuelga del cuello. Deja de sentir asombro y cuando crece y quiere sacar su corazón, no consigue hacerlo. Entonces la protagonista, que ahora es una mujer adulta, se encuentra con una niña, quien mete la mano a la botella y se lo entrega otra vez. O algo así. En realidad sólo se ve a la niña haciendo algo y luego dándole el corazón de nuevo, ya libre de la botella. La protagonista vuelve a ocupar la silla vacía del padre y su mente se desborda otra vez, como cuando estaba con él.

 

De El corazón y la botella, Oliver Jeffers

 

¿Será que en algunos momentos, para poder estar solos y bien, necesitamos un puente con el exterior? ¿Que una vez que alguien reactiva nuestro corazón, inquietud, ganas de vivir, podemos de nuevo disfrutar de la soledad? ¿O que simplemente desconocemos los mecanismos para no encapsular lo que sentimos y dejar que fluya nomás?

Algo que omití decir de ese viaje es que Sonia estaba triste. Yo preocupada. Y estar juntas hablando durante todos esos trayectos nos ayudó a no encapsularnos, incluso en los momentos de largos silencios sentadas en un tren.

Pienso en Sonia no teniendo nadie a quien contarle las cosas. Pienso en otros momentos donde a pesar de estar rodeados por otros, no sabemos cómo decir lo que sentimos, lo que pensamos. Pienso en todas las veces que no entendemos qué sentimos o sentimos algo tan fuerte que nos sobrepasa y preferimos encapsularlo. Entonces la emoción cobra poder sobre nosotros y decimos otra cosa o actuamos diferente a como querríamos o necesitábamos.

Si no entendemos la emoción, ésta se encapsula.

Y si decidimos no lidiar con ella, puede volverse bala.

¿Cómo acceder al genio de la botella? ¿Cómo esquivar la bala?

Pienso en Tomás cargando de jabón una pistola.

Si sabes jugar con ellos, si los entiendes, si los nombras, si encuentras su nombre verdadero, si todo lo anterior, entonces no todos los sentimientos tienen que convertirse en balas. Es más fácil temerle a lo desconocido. Al nombrar las emociones, nos acercamos a ellas. Sacamos el corazón de la botella. Convertimos en jabón la pólvora.

 

 

Chiroptera, Gala Navarro

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