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El narrador ingenuo y el autor ladino de Los pasos de López

Alejandro González Ramírez | 01.09.2017
El narrador ingenuo y el autor ladino de Los pasos de López

Una obra es eterna no porque impone

un sentido único a hombres diferentes;

sino porque sugiere sentidos diferentes

a un hombre único.

Roland Barthes

 

En su última novela, Jorge Ibargüengoitia volvió a ironizar con la historia de México. Inició su carrera narrativa fustigando a la figura del revolucionario, y la terminó —sin él así decidirlo— desmitificando al padre de la Patria en Los pasos de López. Entre ésta y Los relámpagos de agosto, sin embargo, median no sólo casi veinte años, sino un mundo de oficio narrativo. Su debut novelístico es una muy buena caricatura; su última novela, como intentaré demostrar aquí, es una obra mayor que, bajo una aparente sencillez, aborda el discurso histórico de manera mucho más compleja, problemática y sugerente.

Los pasos de López está narrada por Matías Chandón, un teniente del ejército realista que, casi sin quererlo, forma parte de la conspiración anticolonial de Cañada, liderada por el cura Periñón. Como en el caso de Guadalupe Arroyo en Los relámpagos de agosto, el discurso entero de Chandón es ambivalente; es una voz con doble intención. Pero, a diferencia del general revolucionario, cuya necesidad apologética es explícitamente risible, el independentista oculta sus verdaderas intenciones. De hecho, se presenta a sí mismo como un ingenuo casi rayano en la tontería. El teniente Chandón es recomendado a los conspiradores (los capitanes Aldaco y Ontananza, y los corregidores Aquino) por haber defendido, en un consejo de guerra, al capitán Serrano, acusado de independentista por criticar al gobierno. Pero Chandón, al narrar este pasaje, se presenta (¿intencionalmente?) como un ingenuo:

 

—¿Y qué defensa hizo usted de la posición de Serrano? —le preguntó Aldaco.

—Dije que estaba borracho cuando había dicho la frase ofensiva […] Sentí que no había contestado bien, que todos habían estado esperando otra respuesta, pero yo no sabía cuál.1

 

Finalmente y de chiripa, Chandón acaba complaciendo a los conspiradores:

 

[Aldaco:] —Como tú dijiste, Luis, lo que importa no es el resultado, sino que el teniente haya salido en defensa de un oficial independentista.

Hasta entonces comprendí que Serrano y sus opiniones eran “independentistas”. Gracias a esto logré capotear la siguiente pregunta de Ontananza:

—Defendió a Serrano porque estaba de acuerdo con lo que él dijo o porque estaba borracho cuando lo dijo.

—Porque estoy de acuerdo con lo que dijo y porque estaba borracho cuando lo dijo.

Sentí que había acertado (p. 26).

 

¿Quién es ese autor que pinta al Chandón personaje como un ingenuo? ¿Es, acaso, aquel Ibargüengoitia que se dice escritor mexicano que ya se burló de un general revolucionario y que ahora está burlándose de un teniente independentista? ¿O es el propio Chandón escribiendo sus memorias y haciéndose pasar por inocente? A diferencia de Los relámpagos de agosto, aquí la pregunta puede multiplicarse y la respuesta no es clara, por lo que nos referiremos a esa entidad simplemente como “el autor”.

Lo que sí podemos afirmar es que dicho autor se sirve de ese narrador aparentemente ingenuo, cuya voz soporta dos perspectivas contrapuestas. Por un lado, el Chandón personaje es un observador frívolo, cuya atención se concentra, por ejemplo, en el perrito de los Aquino o en el escote de la corregidora. Pero lo que va describiendo al vuelo tiene una segunda lectura no explícita que corresponde a una perspectiva en absoluto inocente.

Desde el principio de la obra aparece esa plurivalencia en el discurso del narrador al visitar por primera vez el hogar de Diego y Carmen Aquino, los corregidores. Cuando Chandón relata el momento en que conoció la casa de éstos, recrea su ignorancia con respecto a la situación económica de sus anfitriones. En el momento en que Chandón narra, sabe, por supuesto, que la casa no era de los Aquino, pero eso no lo sabía cuando entró por primera vez al lugar, que en realidad pertenecía a un marqués; ésa es la perspectiva que adopta para narrar los hechos. Atinadamente, el autor no dice que Diego y Carmen vivían en una casa ajena y que lo ocultaban como buenos criollos aspiracionales, sino que los muestra perdiéndose en lo que supuestamente es su casa y desconociendo los retratos de los “parientes” que adornan las paredes.

Al principio, pues, Chandón queda deslumbrado por la aparente opulencia de los corregidores: “Comimos, según el corregidor, en confianza; es decir, los tres y el perrito en una mesa en la que hubieran cabido catorce. Gracias a la corregidora supe que aquel techo era de artesonado, que el mantel había venido de Flandes, las copas de Aranjuez y los platos de Talavera. ¡Parecía tan enterada! Nunca se me hubiera ocurrido que aquellos ojos verdes que me miraban con insistencia nunca habían visto el mar” (pp. 16-17).

En esas palabras hay varios sentidos explícitos e implícitos. En ese momento el narrador no nos dice que dicha riqueza no pertenece a los corregidores, aunque sabe que el lugar en donde habitaban —la casa de La Loma— pertenecía a un noble (de esto, el lector se entera capítulos después). Prefiere fingir como ellos e, incluso, se distrae al final con un comentario más bien erótico sobre Carmen. Chandón, en ese momento, es ingenuo, poco sabe de la situación política y económica de los criollos. El autor, por otra parte, pone en escena —mediante la misma voz narrativa— lo que ocurría con la economía colonial. Los personajes cenan en una mesa en la que pueden sentarse catorce personas, pero tanto la mesa, como la propiedad entera, son de un noble español que, además, casi nunca las usa. Así, veladamente, el autor nos habla de la situación colonial: grandes propiedades en manos de una pequeña clase española dominante. La ironía se completa con el contraste de sentidos en el mismo signo: la opulencia de aquella casa hace más significativa la pobreza de los criollos que la habitan.

La ironía no acaba ahí. La casa en la que viven los Aquino es de un tal marqués de la Hedionda. Si bien ni el narrador ni el autor implícito explican nada sobre este personaje, el simple hecho de que exista un “marquesado de la Hedionda” ya tiene connotaciones significativas sobre la jerarquía social y el poder político coloniales. Dicho marqués muy probablemente era un español de dudosa procedencia que había hecho dinero en las Indias y se había comprado un título nobiliario. El autor hace alusión a esa nueva nobleza novohispana que a principios del siglo xix constituía una afrenta ya insoportable para el estrato criollo del virreinato.

Así pues, la voz de Matías Chandón le sirve al autor para recrear la situación política y económica de finales de la Colonia. Esto es una constante en la primera mitad de la obra. Lo vemos también cuando Periñón visita al teniente en la corregiduría o “casa del aguacate” para informarle que será su padrino en su introducción a La Junta, el grupo conspirador. Chandón narra así esa primera visita del cura de Ajetreo al lugar donde se aloja: “Quise enseñarle mi casa nueva y él aceptó de buen grado. Me siguió por los cuartos muy dócilmente pero sin poner mucha atención. Se apoyó en una mesa que temblaba, jaló una silla a la que se le desprendía el respaldo y cuando fuimos a la ventana para que yo le enseñara el valle él recogió la polilla con el dedo y se quedó mirando la yema” (p. 52).

La casa del aguacate —propiedad del gobierno— es su lugar de residencia temporal, por lo que a Chandón no parece importarle su estado ruinoso, y hasta se lo presume a Periñón. Sin embargo, es claro que para el autor es muy significativa esa dejadez: la corregiduría, al igual que el gobierno al que representa, está en franca decadencia. La descripción más o menos cómica de una casa contiene también el comentario histórico que implica una tragedia a gran escala: el estatismo económico que generó niveles de desigualdad enormes. Más adelante, mientras Periñón y Chandón intercambian puntos de vista sobre lo que será la revuelta que les dará la independencia, el narrador cuenta:

 

Estábamos dando vueltas por el patio de mi casa. Periñón se agachó y recogió un aguacate.

—¿Tú crees —le pregunté— que la proclamación de la independencia va a ser tan fácil como la pinta Diego?

—Va a ser tan fácil —dijo Periñón abriendo el aguacate y viendo que estaba podrido— como quitarle una tortilla a un perro (p. 57).

 

Además de lo ambigua que es la respuesta de Periñón (¿qué tan fácil es quitarle una tortilla a un perro?), hay que notar lo significativo del estado de descomposición del aguacate y de todos los que da ese árbol. Con respecto a esto, es pertinente recordar que los miembros de La Junta tienen pensado firmar el acta de independencia en esa casa de muebles rotos, ventanas apolilladas y aguacates podridos. Pero ¿qué significa esto? ¿Se establece una relación entre la podredumbre de los aguacates y el movimiento armado que emprendería La Junta? No lo creo, pero es cierto que esa interpretación es, al menos, posible.

El autor hace patente que un mismo hecho puede ser interpretado de las formas más diversas y contradictorias, pero que eso no le quita su verdad histórica. Es decir, el fin de la Colonia es un hecho, el descontento social es un hecho, la falta de funcionalidad de la economía colonial es un hecho.2 Que sea bueno o malo, que sea un símbolo de progreso histórico o de atraso reaccionario, ya no son hechos, sino interpretaciones, y es esto con lo que ironiza el autor. Mediante la ironía le quita adjetivos a los hechos y los presenta como vírgenes de interpretación, hechos desnudos que tienen que volver a ser interpretados por el lector.

Digno de un estudio aparte es la caracterización que el autor hace de Periñón. Baste aquí mencionar que esa figura —trasunto ficticio del cura Hidalgo— recibe el mismo trato irónico que hemos analizado, y que no desemboca en una crítica feroz, ni en una caricaturización ni en una burla; crea, más bien, un personaje ambivalente.

Cuando Chandón rememora el influjo que Periñón ejercía sobre quienes después serían sus comandados, por ejemplo, dice: “Fue la primera vez que vi a Periñón tratar con gente pobre: los conocía, los comprendía y los dominaba” (p. 33). En esa frase, por un lado, el narrador pone en conflicto ese aspecto paternal de Periñón con un talante autoritario; es decir, hay en Periñón una figura paternal, amorosa, que convive con un individuo que es capaz de llevar a un buen número de gente al matadero a luchar por sus ideales. Hacia el final de la novela, cuando inicia la revuelta, Chandón nos cuenta: “—¡Viva el señor cura Periñón! —gritaron los presos. Lo siguieron lealmente en su aventura. Todos murieron” (p. 118). Así, el autor pone en juego esta caracterización de Periñón y las posibles consecuencias no sólo de lo que pasó con el Hidalgo histórico, sino con cualquier otro caudillo mesiánico. Una de las cuestiones más polémicas de esta obra radica en la “desmitificación” del padre de la Patria,3 que en este pasaje se presenta como una sugerencia de su mesianismo autoritario. Sin embargo, la ironía de la voz narrativa, a mi modo de ver, nos permite muchas posibilidades de interpretar al personaje de Periñón (que también es López y también es Hidalgo), pero no da pie, me parece, a afirmar categóricamente que la novela es un ataque, una sátira o una burla ni al libertador ni a su movimiento.

Además, estamos en septiembre, compatriotas, y nos toca brindar por la libertad. Al menos por la libertad interpretativa que los buenos novelistas saben dar a sus lectores.

 

NOTAS

1. Jorge Ibargüengoitia, Los pasos de López, Joaquín Mortiz, México, 1990, p. 25. Todas las citas de la novela corresponden a esta edición.

2. Ver, por ejemplo, el estudio sobre la desigualdad histórica en México de John Scott citado por Carlos Elizondo Mayer-Serra en Por eso estamos como estamos. La economía política de un crecimiento mediocre, Debate, México, 2011, p. 62.

3. Ver Evodio Escalante, “La ironía en Jorge Ibargüengoitia”, en Jorge Ibargüengoitia, El atentado. Los relámpagos de agosto, edición crítica de Juan Villoro y Víctor García Arciniega, Conaculta / FCE, México, 2002 (Colección Archivos, núm. 53).

 

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ALEJANDRO GONZÁLEZ RAMÍREZ  es maestro en Letras Latinoamericanas por la Universidad Nacional Autónoma de México.

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