youtube pinterest twitter facebook

Mi amigo Eusebio

Vicente Quirarte | 01.09.2017
Mi amigo Eusebio

Pasará tiempo antes de que nos habituemos a utilizar el pretérito para hablar de Eusebio Ruvalcaba.1 Su presencia, su voz, su risa, sus palabras en vivo y en la página se hallan tan presentes, que siempre están allí, como lo está su mirada inquisitiva y exigente, ésa que nos levantaba del suelo o nos obligaba a reflexionar sobre la vida como un oficio interminable, que exige la integridad y la pasión por él puestas en cada uno de sus actos.

Dos miradas suyas recuerdo para siempre: cuando me hizo el honor de que yo apadrinara a su hijo León Ricardo. De repente di la vuelta y allí estaba, seguro y solidario. En los ojos de Eusebio descubrí que la amistad es, como dice Byron, el amor sin alas, y más duradera que cualquier otra forma de afecto. La segunda mirada suya está para siempre en una fotografía tomada en la cantina La Faena. Eusebio tiene esa mirada implacable de santo joven que desarmaba voluntades femeninas y era puerto de abrigo para el camarada.

La mayor parte de los textos que dediquemos a Eusebio Ruvalcaba harán uso de la primera persona. No para decir Yo y Eusebio, sino porque en pocos casos tiene tanto sentido la frase “Se nos murió Eusebio” y palpita al unísono la primera persona del plural. Por eso quienes merecieron quererlo pueden decir orgullosa y realmente: “Somos el corazón de Eusebio”.

Hoy, 14 de febrero, día en que obligan al pobre San Valentín a ser padrino de amigos y enamorados, hace una semana Eusebio estaba sus últimas horas con nosotros. Sin embargo, siendo reales, hace muchos días había dejado de estar con nosotros, de ser él con nosotros. Paradójicamente, empezó a ser con nosotros de otra forma. Qué bueno haberlo visto ese 23 de diciembre, para desayunar, en una ceremonia que mucho tenía de eucarística. Qué bueno hablarle esa tarde en el hospital, tan tranquilo, tan con la vida, tan en la vida.

Fue uno de los seres más libres que he tenido el privilegio de conocer. En una ocasión presentaba un libro de poemas de un autor joven. Mientras Eusebio leía el texto que había preparado especialmente para la ocasión, el perpetrador de la obra contestó su teléfono celular, ante lo cual Eusebio estrujó su escrito y se retiró de la mesa. Creía en la educación y en las buenas maneras, en los rituales, en la piedad al prójimo, aunque eso significara removerlo para conmoverlo, como demostró en cada una de sus acciones y sus páginas, implacables por verdaderas.

Fuimos hermanos sin saberlo en cuanto nos conocimos. No nos unió la búsqueda de la palabra ni su ejemplar sabiduría musical. Acaso la devoción por el Bacardí Blanco, lo único para lo que alcanzaba. Dedicábamos largas horas a hablar de nuestros respectivos padres: él, del talento de don Higinio; yo, de las pasiones de don Martín, a quien él quiso, respetó y admiró, porque en él encontró un alma paralela. El único reproche que puedo hacerle es que quisiera a mi padre más que a mí. De la pluma de Eusebio salió uno de los mejores y más justos retratos del maestro, como le decía, como le decimos al que en verdad enseña.

En un acto de su generosidad característica, el maestro me brindó trabajo como empleado suyo; un poco para que lo ayudara a ordenar y clasificar su biblioteca, otro tanto porque necesitaba un secretario, alguien que colaborara con él en la revisión de textos, de galeras, de todo eso que compete al teje y maneje editorial, y un bastante menos porque requería de un interlocutor cautivo. Y hago hincapié en que fue un acto de generosidad porque, en primer lugar, yo atravesaba en esa época un momento bastante apurado y, en segundo, porque él era un hombre modesto; recuerdo, por ejemplo, la vez que sacó su cartera y puso en mis manos lo que él consideraba mi aguinaldo, y que con mucho representaba más de lo que yo merecía… Así pues, llegaba yo a las cuatro de la tarde a su casa y muchas veces el maestro me llamaba desde la cocina. Su esposa —esa señora tan cálida, tan dulce y de un sentido del humor tan cáustico— acostumbraba preparar platillos exquisitos, pero a mí se me antojaba especialmente un arroz rojo con pollo frito. Recuerdo que el maestro lo comía vorazmente, acompañado de su Coca-Cola; desde luego él le decía a la señora que me sirviera, pero yo no aceptaba. Aunque no había comido, la cara se me hubiera caído de vergüenza de aceptar.

 

Dice la sabiduría popular que primero es comer que ser cristiano. Desde sus años verdes, el joven Eusebio desafiaba esa verdad, y por eso ya era lo que siempre fue: un ser digno, orgulloso y humilde, que hizo el bien sin proponérselo, amó la belleza en todas sus manifestaciones y exigió cuentas diarias al hombre que le tocó ser.

Nos dejó un vacío tan grande como su ejemplo para merecer la vida. Por eso hay que darle las gracias. Gracias por transitar este océano en su compañía. Por haberme permitido el supremo lujo de llamarme su amigo, como estoy seguro de que sucede con la mayor parte de sus cofrades. Gracias por hacerme parte de su familia. A las ocho de una mañana sonó el teléfono. Era Eusebio. Aunque sabía que me levanto temprano, no acostumbraba llamar a esas horas. Luego de las inevitables y siempre ambiguas introducciones en las que uno se obliga a decir que está bien, me suelta: “Se murió Chipote”. Tal era el nombre del dachshund de pelo inverosímil, patas fuertes y ojos brillantes, admiración de la familia. Chipote era mi amigo, y cada vez que me encontraba con Eusebio, antes de preguntar por su esposa o sus hijos, mi preocupación inicial era Chipote, perro salchicha que se creía dóberman, como cuando brincó por la ventana del coche para entrar “en fiera y desigual batalla” contra lo que se le pusiera enfrente. Por valiente y entrón lo atropellaron y murió a los pocos días. Un Ruvalcaba de pura cepa.

No puedo compartir todas las dedicatorias de sus libros, como estoy seguro de que individuales y pensadas fueron las de otros. Entre las palabras y lágrimas cruzadas con su familia de elección durante su último adiós, unos alumnos suyos me dijeron algo que me llenó de orgullo y de alegría: que les había compartido la dedicatoria que hice en el libro en progreso que escribo sobre mi madre, y que al frente dice: “A la memoria de donna Carmela Castillo Betancourt, que llevó en su vientre y trajo al mundo a Eusebio Ruvalcaba”.

Las dedicatorias de los libros no se explican, pero en este caso estoy obligado a hacerlo. La estructura, el impulso y la arquitectura de mis páginas no hubieran sido posibles sin la lectura del libro Amigos casi sólo de Brahms, de Eusebio Ruvalcaba.

Gracias por decirme quién es la mujer de mi vida. Pendientes quedaron las razones que me iba a verter sobre el asunto. Pero la mujer de la vida es aquella por la que uno apuesta todo, aquella que nos hace perder la razón y montarnos en su ola como si fuera la última y la primera. Aquella que vuelve reales las palabras del clásico de nuestro tiempo: “Yo te amaré mientras respire”.

Gracias por las cantinas que nos vieron. La Jalisciense, Los Portales, heroicamente extintas. Evoco, entre todas, a La Faena, donde se encuentra la que es para mí la mejor metáfora del escritor que quiso ser y fue Eusebio: la pintura de un joven, solitario y a medianoche, a punto de enfrentar al toro de la muerte o de la gloria. Por eso son tan de Eusebio los versos de Miguel Hernández:

 

Como el toro he nacido para el luto

y el dolor, como el toro estoy marcado

por un hierro infernal en el costado

y por varón en la ingle con un fruto.

 

Cuando lo visité en el que Eusebio llamaba su estudio del Zapote, en los linderos de Tlalpan, me estremecí. La razón principal es que en esa misma calle se encontraba la última vivienda ocupada por mi hermano Ignacio, que finalmente fue vencido por el miedo, la sombra y el desaliento. Eusebio estaba armado contra esos enemigos del ser sensible y pararrayos. Vivía en una modestia excesiva pero no era pobre. Tenía una riqueza interior y verdadera que lo volvía inexpugnable a las diarias necesidades que nos inventamos. Un lujo mayor había en su casa: su majestad la música, y Eusebio se sentía justamente orgulloso de vivir a su servicio.

Allí me prestó la traducción y las imprescindibles notas que José Emilio Pacheco hizo a De profundis, de Oscar Wilde. Es un libro varias veces apasionadamente subrayado por Eusebio. Lo fotocopié y armé caballeros ambos ejemplares con el arte del encuadernador Félix Ocampo. Al leerlo, vuelvo a conversar con Eusebio. Puedo citar alguna de las frases, como la del prólogo de Pacheco, donde recuerda: “[…] la aceptación de la fatalidad, el sentimiento de que la mayor grandeza es el fracaso”. Eusebio fue grande porque a todos nos hizo grandes y nos enseñó que no hay mayor victoria y honor que ser vencido.

El 5 de noviembre de 2015 recordamos un aniversario más de la muerte de Luis Cernuda y fuimos a su tumba en el cementerio Jardín, para brindar por él y leer algunos de sus poemas. Previa parada obligatoria en la cantina La Invencible, Eusebio entró al cementerio con unas botellas para agua que en realidad contenían tequila de la más exigente transparencia. Hubo un tiempo en que los cementerios eran refugio de solitarios y enamorados que deambulaban acompañados de sus propios fantasmas. Ahora los custodian guardianes aliados del Gran Hermano y enemigos del solitario. Gracias a la sabia picardía y genial travesura de Eusebio, a los centinelas del Panteón Jardín no les llamó la atención esa tropa de inocentes bebedores de agua que leían poemas, acto que constituía la trasgresión mayúscula. Eusebio leyó, naturalmente, “Mozart”, que transcribo en homenaje suyo:

 

En cualquier urbe oscura, donde amortaja el humo

al sueño de un vivir urdido en la costumbre

y el trabajo no da libertad ni esperanza,

aún queda la sala del concierto, aún puede el hombre

dejar que su mente humillada se ennoblezca

con la armonía sin par, el arte inmaculado

de esta voz de la música que es Mozart.

 

Alguna vez le reproché que escribiera tanto. Pero su cantidad era semejante a su intensidad. No le importaba la pureza ni la originalidad, sino la fuerza del golpe auténtico. Escribía como respiraba. Como amaba. Como bebía. Sus libros constituyen la bitácora de un melómano, la geografía etílica de un santo bebedor, la norma de vida de un trabajador incansable que parecía no trabajar. Aquí está uno de los secretos de la escritura —no digo literatura porque a él le hubiera disgustado—. La inevitable Wikipedia afirma sobre Eusebio Ruvalcaba, entre otros datos prescindibles, que es muy seguido por los jóvenes. Eusebio siempre fue joven no porque persiguiera desesperadamente serlo, sino porque se mantuvo fiel al muchacho que nunca murió en él: se asombraba y desgañitaba como lo hacía al jugar frontón con su padre en la pared de su cuarto, ante la invencible y tórrida belleza de una mujer, ante la lección permanente de sus hijos.

Estas palabras son escritas en San Luis Potosí. Es la madrugada y suena el tren que cruza el alma y el cuerpo de la ciudad. Pienso en todas las imposibles, pienso en los ojos alucinados de sulfato de cobre de Magda Nevares, que vivía, de acuerdo con el poeta Ramón López Velarde, “contigua a la estación de los ferrocarriles”. Cuando Eusebio supo que venía a esta ciudad, me dijo: “Diles que te lleven al Tampico”. Naturalmente le obedecí, e hice del bar un sitio de obligada peregrinación. Es un retrato suyo: tiene una escalera que conduce a las profundidades y una planta alta donde todo es decadente, accesible y abundante. Eusebio era así: capaz de hacernos subir al cielo o descender a los infiernos, como lo demuestran la que para mí es su mejor y más dura novela, Todos tenemos pensamientos asesinos, y su más alto libro de poemas, Pensemos en Beethoven.

El miércoles 8 de febrero, para ir a la funeraria donde estaba el cuerpo de Eusebio, que muy pronto sería polvo enamorado —pocas veces fue tan real la metáfora quevediana—, me puse una corbata negra, hermosa y casi nueva. Hubiera querido no usarla para Eusebio, pero hacerlo era un signo de respeto, una forma de ser fiel a lo que él llamaba espíritu de fineza. En una entrevista dice que su padre, oriundo de Yahualica como mi cerril y admirada abuela paterna, nunca pidió las cosas por favor ni dio las gracias. Atribuye a tal carácter la circunstancia de que se hizo solo. Lo que más me gustó es algo que no sabía o no recordaba. Si la inventó Eusebio, es una de sus más perdurables ficciones: su abuelo reparaba colchones y amaestraba ratones. Alguien de ese calibre sólo podía procrear idiotas o genios. Resultó lo segundo. Cuando le daban los buenos días a don Higinio, él respondía: “Qué tienen de buenos”. Pero ese ser arisco era capaz de comunicarse y, mejor todavía, de comunicarnos con los dioses.

Euxebio. Así le decía mamá, no porque cometiera un error de dicción. Simplemente porque pensaba que era la manera de pronunciarlo. Leo la lista de artículos necesarios en la casa, y encuentro escrito “pan vinvo”. Lo primero que se me ocurre es buscar a Eusebio, la única persona de este mundo con la cual podría comentar el asunto sin que fuera motivo de burla. Al contrario. Hubiera dicho: “Mi vida, la quiero de llavero”.

“Está lluviendo”, dice el jardinero que ayuda a Felipe Garrido. “Ayer estuvimos en las escarbaciones”, añade un ayudante de Eduardo Matos Moctezuma. Ambos atropellos contra la filología están asistidos por la razón nacida de la lógica y la precisión. Como la ayudante de la casa cuando escribe “pan vinvo”, que se ve, suena y sabe mejor con esa ortografía. Pero Eusebio ya no está para escucharme. Tampoco mamá para decir Euxebio.

Ese 8 de febrero de 2017 que todos llevamos en el alma, en la bolsa del saco llevaba doblada una fotocopia de la elegía de Miguel Hernández a Ramón Sijé. La leí en voz alta por la mañana de ese miércoles, y escuché el Réquiem de Mozart. Ante el cuerpo de Eusebio no me atreví a leer el poema. Me pareció indiscreto y protagónico hacerlo. Eusebio hubiera hecho lo mismo. Por fortuna, su hijo León Ricardo llegó con dos bocinas y lo primero que sonó fueron las notas del concierto de Beethoven para violín y orquesta. La gloria en la Tierra. Eusebio y don Higinio cabalgando juntos de nuevo y para siempre.

“Es imposible vivir en un mundo sin mi padre”, envía en un mensaje su hija Flor. Le contesto cualquier tontería tierna, pero en honor a la verdad tiene razón. No esperaba que esto pudiera doler tanto, aunque una parte de la razón nos convenza de que la de Eusebio es una presencia ausente, una ausencia presente. El día de su funeral hice bolita el poema de Hernández, en homenaje involuntario a mi amigo y su respuesta a la interminable grosería del mundo. Ahora sí, y para terminar estas palabras que ya van siendo muchas, mi hermano, las remato con el terceto del bardo de Orihuela:

 

No perdono a la muerte enamorada.

No perdono a la vida desatenta.

No perdono a la tierra ni a la nada.  ~

 

1. El 4 de septiembre estaría cumpliendo sesenta y seis años Eusebio Ruvalcaba, quien falleció el pasado 7 de febrero.

 

________________

VICENTE QUIRARTE es profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM e investigador titular del Instituto de Investigaciones Bibliográficas. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua e integrante del Colegio Nacional. Su obra incluye libros de poesía, narrativa, teatro, crítica literaria y ensayo histórico. Ha recibido el Premio Xavier Villaurrutia y el Premio Universidad Nacional. Su libro más reciente lleva por título Poética del héroe.

Más de este autor