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FLM: Paralelismos entre Luzhin y Torre Repetto

Mariano del Cueto | 01.09.2017
FLM: Paralelismos entre Luzhin y Torre Repetto

Vladimir Nabokov es recordado principalmente por Lolita, novela sobre uno de los personajes más enigmáticos de la literatura del siglo xx. Menos famoso, aunque quizá más enigmático, es Luzhin, protagonista de La defensa, obra del mismo escritor ruso.

Otro personaje difícil de comprender, pero real, a diferencia del engendrado por Nabokov, es Carlos Torre Repetto, ajedrecista yucateco. La vida de éste y la de Luzhin son semejantes en varios aspectos, al punto de que podemos preguntarnos, como lo planteó ya Luis Ignacio Helguera, si el escritor ruso-estadounidense sabía de la existencia del mexicano antes de escribir su novela.

No es la primera vez que se plantean paralelos entre ambos. En nuestro país quien más ha estudiado la figura de Torre Repetto es Helguera. En dos textos se ocupa de él: “Bitácora en busca del enigma Carlos Torre (Breve selección de apuntes críticos)” y “El hombre que confundió a su mujer con un alfil”. En ellos sugiere el parecido entre el ajedrecista yucateco y Luzhin. En el primer trabajo, que se trata más bien de un plan, de un proyecto de investigación trunco, los varios apuntes críticos no se enfocan nada más en la semejanza de ambos personajes, sino en otros asuntos que le interesaban por igual o más al autor, como ciertas hipótesis sobre la asexualidad de Torre Repetto o su sorpresivo y definitivo retiro de las competiciones mundiales. En el segundo texto, como su título sugiere, antes que con Luzhin, el mexicano es comparado con el doctor P., personaje del célebre texto del neurólogo Oliver Sacks que confundió a su mujer con un sombrero.

Carlos Torre Repetto fue, para muchos, el mejor ajedrecista mexicano. A los veintiún años, en el torneo internacional de Moscú, quedó tablas con Capablanca —último campeón de esa competición— y venció a Lasker —campeón mundial tiempo antes que el maestro cubano—, y un año después ganó el torneo de mayor relevancia en México, por mencionar sólo tres de sus logros. Cuando su carrera se encontraba en su apogeo, cuando dejaba de ser una gran promesa y se convertía en figura indiscutible, se retiró del juego, razón por la cual quedó rodeado de cierto misterio probablemente insondable.

Hay muy pocos casos documentados —acaso el mencionado es el único—, no sólo del ajedrez sino también de muchos deportes, en donde alguien que promete mucho se retira prematuramente sin aparente justificación. En la “Bitácora en busca del enigma Carlos Torre…”, Helguera menciona, basándose en varias fuentes, que durante un torneo en Estados Unidos el ajedrecista fue desnudo al zoológico; después de eso, pero no nada más por eso, sino más bien, al igual que Luzhin, por un enajenamiento agudo, el psiquiatra le prohibió volver a jugar ajedrez. Quizá sólo le recomendó alejarse del juego por un tiempo, pero Torre Repetto ya no quiso regresar a los terrenos irregulares de los sesenta y cuatro escaques, y prefirió, como declaró más tarde en una entrevista, ayudarle a su hermano en un negocio farmacéutico. (Para Helguera esa declaración fue una excusa pudorosa insuficiente, ya que seguramente el abandono del yucateco se debió a otra cosa; por eso se propuso descifrar el enigma).

 

 

Aunque Torre Repetto se alejara profesionalmente de los tableros, no pudo dejar el juego por completo, pues en esa entrecomillada separación se dedicó a dar clases de ajedrez, a ir a torneos nacionales como espectador, a leer la prensa, a estar al pendiente del panorama mexicano, entre otras cosas.

En el caso de Luzhin pasó lo mismo: por más que se esforzó en no relacionar su vida con el ajedrez, el deseo de jugar en realidad nunca se apagó y, al no poder regresar a él, optó por suicidarse. El desenlace del mexicano no fue así, pero como dice Helguera, al abandonar el juego para el cual vivía, se volvió un “muerto en vida”, que es otro tipo de suicidio, menos certero pero quizá más terrible.

El personaje creado por Nabokov da muestras, desde niño, de ser un prodigio para el ajedrez y de tener grandes dificultades para las relaciones sociales, por no decir que es prácticamente incapaz para ellas. Se aleja paulatinamente de su familia mientras que su carrera ajedrecística va en ascenso. Antes del torneo de Moscú, en el cual se convierte en finalista, es ya una figura consolidada que en su camino ha derrotado a varios maestros.

Un momento crucial en la novela es cuando Luzhin conoce a quien más tarde será su esposa, a pesar de lo complicado que es el panorama para ella, no sólo por la personalidad esquiva y enajenada de él, sino también por las trabas finalmente fallidas por parte de sus padres (“el matrimonio con un demente sin un céntimo es una tontería”, dice su madre). Al tiempo que ocurre todo esto, Luzhin disputa un torneo de ajedrez de gran importancia. Conforme se relaciona con la mujer, a la que no logra ver y reconocer como un ser humano —en una escena, ella entra a la habitación y él, consternado, le pregunta si es real—, va perfilándose rumbo al fin de la contienda contra Turati, su acérrimo rival. Sin embargo, la final, jugada en distintos momentos, es interrumpida; Luzhin acaba en el hospital y el psiquiatra le recomienda, como sucedió a Torre Repetto, alejarse por un tiempo del ajedrez. Años después, como prueba de una memoria obsesiva, Luzhin recuerda cómo había quedado la partida contra Turati.

Muchas de las acciones y confusiones de Luzhin, además de tener semejanza con las de Torre Repetto, corresponden a ciertos síntomas de ajedrecistas, disidentes del universo, como los descritos por Luigi Amara en su ensayo “Los impasibles del tablero”. Uno de ellos: el ajedrez no es un símbolo de la vida, sino que la vida, para estos seres, se circunscribe nada más al tablero de ajedrez; es decir, la vida de ajedrecistas como Luzhin, Torre Repetto o Bobby Fischer difícilmente escapa del juego. Como ejemplo, al comenzar el torneo, el último que Luzhin jugaría, éste comienza a no distinguir entre el mundo real y el mundo abstracto de los escaques. No descansa, en sueños piensa en combinaciones, partidas pasadas o rivales a enfrentar, y ver el piso lo lleva a desarrollar mentalmente una jugada.

El día de la final contra Turati, Luzhin se despierta tarde después de haber dormido con la ropa que traía puesta el día anterior. Como fumador compulsivo que es, prende un cerillo para encender su cigarro, pero se olvida de dos cosas: de encender su cigarro y de que tiene un cerillo ardiendo en la mano. Vuelve en sí al momento de quemarse. Ésta es una más de sus distracciones o, mejor dicho, una muestra de cómo su mente maquina juegos de ajedrez todo el tiempo, ignorando el mundo real.

Otro día se sube a un taxi y cuando el conductor le pregunta a dónde va, Luzhin no sabe qué responder porque ya lo ha olvidado. Y después de la primera interrupción en la final contra Turati, intenta regresar a su casa pero se pierde en el bosque, donde siente que está en una persecución que él interpreta como una “trampa sutil tendida por los dioses del ajedrez”.

Antes de que la final se cancele por estar Luzhin en el hospital, antes de que el psiquiatra le ordene renunciar por una larga temporada a su profesión, el personaje reconoce que, fuera del ajedrez, no hay otra cosa que le importe. Torre Repetto no declaró algo así, pero pudo haberlo pensado; al menos coincide con la descripción de “muerto en vida” que hizo Helguera al referirse al semblante que adoptó tras su retiro.

Luzhin no vuelve a jugar; su psiquiatra sabe que “una pasión ciega por el ajedrez le resultaría fatal”. Después de esa partida interrumpida contra Turati, no sólo la voluntad de Luzhin para alejarse del tablero es importante, sino sobre todo que su mujer —a la que no ve como un ser humano, sino como un alfil, en el sentido de “consejero”, diría Helguera— esté siempre al pendiente de que nada le recuerde el juego. Ella no hace preguntas relacionadas con el tema y evita recordar su pasado dada la alta probabilidad de que esté ligado al ajedrez. Otros ejemplos de esta vigilancia recelosa: cuando se mudan a una nueva casa manda quitar una mesa que tenía incrustado un ajedrez de nácar. Asimismo, ella no quiere pasar mucho rato en Berlín por la relación que la ciudad tiene con el juego, y por lo mismo tampoco quiere visitar Rusia.

Tiempo después de haberlo abandonado, entre los objetos que conserva de su vida de soltero, Luzhin encuentra un ajedrez miniatura en una gabardina cubierta de polvo. Lo esconde y decide guardar el secreto. Su mujer se suscribe a varias revistas y periódicos que, sin saberlo, contienen problemas de ajedrez por resolver en la sección final. Con astucia, Luzhin finge no interesarse demasiado en dichas publicaciones y pasa rápido las páginas para no levantar sospechas; sin embargo, memoriza los problemas ajedrecísticos para después, por la noche, mientras simula dormir, resolverlos. Es aquí que recuerda con fidelidad la posición de las piezas durante su partida final contra Turati. Estos hechos desencadenan una serie de acciones donde el juego no desaparece de la vida de Luzhin. Presa de la desesperación ante la imposibilidad de volver a jugar, pero también por la fatalidad que supone no poder olvidarlo, termina tirándose por la ventana.

En el 2000, John Turturro interpretó a este personaje en una película basada en la novela cuyo título es homónimo a la versión rusa: The Luzhin Defense. Es una obra bien lograda en varios aspectos pero que no respetó uno principal: la asexualidad del protagonista que, si la hipótesis de Helguera es acertada, comparte con Torre Repetto. En su noche de bodas Luzhin no muestra interés por el acto sexual (ni tampoco más adelante) y se queda dormido. Su nueva esposa comprende que éste no será parte de su matrimonio. Rigiéndose por la regla de la industria del cine de que una historia sin sexo no vende, a la directora y al guionista no les importó tergiversar un rasgo hasta cierto punto sustancial del personaje de Nabokov.

Además de Luzhin o Torre Repetto son comunes los casos de otros ajedrecistas que renuncian al mundo fuera del tablero. Algunos fueron número uno en su época, como Bobby Fischer. En este sentido, sorprende una declaración del noruego Magnus Carlsen, líder en el ranking mundial de fechas recientes, cuando tenía diecinueve años: “El ajedrez no puede convertirse en una obsesión, pues de otro modo se corre el peligro de caer en un mundo paralelo, de perder el contacto con la realidad, extraviarse en el universo infinito del juego. Uno se vuelve loco. Entre torneo y torneo procuro tener tiempo suficiente para volver a casa, ocuparme de otras cosas. Salgo a caminar, a esquiar, a jugar al futbol en el club”.

Probablemente Carlsen conoce la historia de Fischer, y quizá también las de Luzhin y Torre Repetto, y a diferencia de ellos, él teme “caer en un mundo paralelo”. Sorprende la declaración porque su postura, a diferencia de los otros, es de rechazo a cualquier posibilidad de enajenación. El joven noruego intenta ser ajedrecista, mas no víctima del ajedrez.

La figura de Luzhin es una presencia constante para los escritores interesados en el juego. Para Helguera, de la misma manera en que Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, es referencia literaria del alcohol, La defensa es la gran novela sobre el ajedrez, y Luzhin es el personaje, no estereotipado, del ajedrecista profesional, genio incomprendido al borde de la locura.  ~

 

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MARIANO DEL CUETO estudió Comunicación Política en la UNAM. Ha publicado en Cultura Urbana, Punto en línea, Cuadrivio, Pliego 16 y Travesías. Actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de narrativa.