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Ocios y letras: Alfonso Reyes en 1519. Centenario de Visión de Anáhuac

Miguel Ángel Castro | 01.09.2017
Ocios y letras: Alfonso Reyes en 1519. Centenario de Visión de Anáhuac

 En 1911 un joven ateneísta comparte en conferencias públicas los resultados de sus estudios literarios y una imaginación del pasado enriquecida por las lecturas que, por un lado, su inquieto espíritu ha seleccionado, y que, por otro, le han sugerido y acaso impuesto sus colegas y mentores. Como señala Juan Hernández Luna, el Ateneo de la Juventud “es el primer centro libre de cultura que nace entre el ocaso de la dictadura porfirista y el amanecer de la revolución del 20 de noviembre. Tiene, por tanto, fisonomía propia: es el asilo de una nueva era de pensamiento en México”. De esta manera, Alfonso Reyes contempla a sus veintidós años “El paisaje en la poesía mexicana del siglo XIX”. Contemplación de una naturaleza “rica y viciosa” que sorprende a los europeos, a quienes les resulta admirable y temible. Inspirado por esa admiración que los soldados españoles experimentaron como maravilla, y por la emoción científica del alemán Alexander von Humboldt, Reyes acude a las inscripciones que los griegos grababan en las puertas de sus ciudades para exaltar las bondades de su tierra y clima, al cual consideraban “predilecto de los dioses”, para fijar el célebre anuncio que identifica al valle de México: “Caminante: has llegado a la región más propicia para el vagar libre del espíritu. Caminante: has llegado a la región más transparente del aire”.

Este trabajo de emoción literaria lo transporta a la experiencia del conquistador que admira un paisaje imponente y lo conduce a preguntarse “cómo los poetas mexicanos del siglo XIX han entendido y han interpretado la naturaleza; cómo, según las varias influencias de la cultura europea o las propias vicisitudes, han ido modificando la descripción de nuestro paisaje (que es lo más nuestro que tenemos); cómo, en fin, a semejanza de aquellas criaturas de la fábula que aprendían a hablar tocando el suelo, han soltado nuestros poetas la vena profunda de la inspiración al contacto vivificador de la tierra”.

La respuesta a esa pregunta se extiende a 1915 y da lugar al famoso ensayo cuyo centenario debemos celebrar. Visión de Anáhuac (1519), publicado en 1917, fue escrito por Reyes en 1915 durante una estancia de diez años en el Viejo Continente, donde desempeñó puestos diplomáticos y académicos. Recordemos que el poeta y ensayista llega a Francia en agosto de 1913, que han quedado atrás, muy lejos, los felices días del Ateneo de la Juventud, aquel Pasado inmediato de su formación al lado de Pedro Henríquez Ureña, Antonio Caso, José Vasconcelos y demás ilustres socios, y que ha enfrentado los sucesos de la Decena Trágica de febrero de 1913, que lo lastimaron profundamente y lo llevaron a salir del país meses más tarde.

Los textos de aquellos años en España fueron reunidos casi en su totalidad en los tomos II, III y IV de sus Obras completas, publicadas por el Fondo de Cultura Económica con los criterios fijados por el autor y notables editores. Los textos del tomo I fueron reunidos por Reyes como una síntesis de la que llamó su “primera época mexicana”, de febrero de 1907 a enero de 1913. En octubre de 1914 comienza la década de su “etapa madrileña”. El tomo II de las Obras completas contiene tres libros cuya producción tuvo origen en esos años hispánicos: (1) Visión de Anáhuac (1519), publicado en 1917 en San José, Costa Rica, por Imprenta Alsina como parte de la colección El Convivio, de Joaquín García Monge; (2) Las vísperas de España, libro formado en 1937 con opúsculos (estampas, memorias y viajes escritos entre 1914 y 1917) con el propósito de hacerlos accesibles (pues era un material diverso que circuló en ediciones de escasa difusión) y de completarlos con textos inéditos de aquellos años. Llaman mi atención los Cartones de Madrid, “opúsculo” publicado por Cvltura en México también en 1917 (número 6 del tomo IV); y (3) Calendario, libro que salió a la luz en 1924 en Madrid dentro de la colección Cuadernos literarios, editada por Enrique Díez-Canedo, José Moreno Villa y el propio Reyes. Este último compiló ahí notas, crónicas, críticas, en fin, obra periodística producida “desde los comienzos de la guerra europea hasta los comienzos de la dictadura militar”, de 1914 a 1924. Reyes dio preferencia en el reordenamiento de sus escritos a la fecha de elaboración sobre la fecha de publicación.

El erudito crítico José Luis Martínez, en su “Introducción” a Textos: Una antología general, de Alfonso Reyes, que preparó por encargo de la Secretaría de Educación Pública en 1982, advierte:

 

Las obras que [el escritor regiomontano] publica en esos años dan testimonios de un espíritu singularmente ágil, abierto y sensible a todas las incitaciones y que se expresa en un estilo cuya riqueza y flexibilidad son las de un sabio y un artista. Y si uno de sus primeros libros madrileños, Visión de Anáhuac, es la evocación nostálgica de la patria lejana a la que se interroga por el sentido de la existencia, su postrer libro de esta época, Ifigenia cruel, será, en palabras del autor, “mitología del presente y descarga del sufrimiento personal”.

 

Asimismo, considera que Visión de Anáhuac (1519) es un ensayo de creación literaria por excelencia, ya que posee la forma más noble e ilustre del género, la que concita invención, teoría y poesía. Es uno de los escritos más felices de Reyes, una síntesis de “perfecta hermosura sobre el origen, el destino y la misión de México”, y reflexión que continúa en “Palinodia del polvo” (1949), en cierta manera complemento y respuesta de Visión de Anáhuac, y en Por mayo era, por mayo (1940) en lo que toca al eterno tema de la flor.

Algunos de los lectores reyistas, como Eugenia Revueltas, han considerado a Visión de Anáhuac (1519) como un ensayo poetizado, una prosa poética o un escrito histórico lírico. En este sentido, mucho aclara una cita del autor: “De todo poema, a la fuerza, resulta un testimonio histórico, en el sentido más amplio de la palabra, a causa de lo que alguna vez se ha llamado ‘el mínimo de realidad’, el residuo de realidad que ocurre necesariamente”.

El asunto de las razas para Reyes encontró su comunión en el esfuerzo por conocer a la naturaleza y dominarla, “esfuerzo que es la base bruta de la historia”. El concepto de comunidad americana se ha formado por la necesidad de sobrevivir y gozar la existencia en aquel paisaje que tanto asombro causa a los viajeros y poetas:

 

Finalmente, las estampas describen la vegetación de Anáhuac. Deténganse aquí nuestros ojos: he aquí un nuevo arte de naturaleza. La mazorca de Ceres y el plátano paradisíaco, las pulpas frutales llenas de una miel desconocida; pero, sobre todo, las plantas típicas: la biznaga mexicana —imagen del tímido puerco espín—, el maguey (del cual se nos dice que sorbe sus jugos a la roca), el maguey que se abre a flor de tierra, lanzando a los aires su plumero; los “órganos” paralelos, unidos como las cañas de la flauta y útiles para señalar la linde; los discos del nopal —semejanza del candelabro—, conjugados en una superposición necesaria, grata a los ojos: todo ello nos aparece como una flora emblemática, y todo como concebido para blasonar un escudo.

 

En 1922, Reyes le escribe a Antonio Mediz Bolio con motivo de la aparición de su libro La tierra del faisán y del venado, y le refiere su interés por encontrar por medio de las letras la esencia de la mexicanidad:

 

Yo sueño en emprender una serie de ensayos que habían de desarrollarse bajo esta divisa: en busca del alma nacional. La Visión de Anáhuac puede considerarse como un primer capítulo de esta obra, en la que yo procuraría extraer e interpretar la moraleja de nuestra terrible fábula histórica: buscar el pulso de la patria en todos los momentos y en todos los hombres en que parece haberse intensificado; pedir a la brutalidad de los hechos un sentido espiritual; descubrir la misión del hombre mexicano en la tierra, interrogando pertinazmente a todos los fantasmas y las piedras de nuestras tumbas y nuestros monumentos. Un pueblo se salva cuando logra vislumbrar el mensaje que ha traído al mundo, cuando logra electrizarse a un polo, bien sea real o imaginario, porque de lo uno y lo otro está tramada la vida. La creación no es un juego ocioso.

 

El filósofo y poeta Ramón Xirau, que apenas hace unas semanas se separó de nosotros, consideró, en un homenaje que la Facultad de Filosofía y Letras de la unam le rindió al polígrafo en 1981, que entre los tópicos que marcan la obra de Reyes se encuentra su terruño, la conexión telúrica con México, que es el tema principal de Visión de Anáhuac: “todos los asuntos se le ofrecen a Reyes imágenes sensibles capaces de convertir en un comentario, un análisis, un verso, una ficción. Y, sin embargo, dentro de esta diversidad existen líneas de unidad permanente. Por de pronto es significativo, si bien es también externo, el hecho de que algunas aficiones de Alfonso Reyes sean permanentes. Podrían tal vez resumirse en los nombres siguientes: Grecia, Góngora, Goethe; México, Hispanoamérica, España, trinidad entrañable”.  ~

 

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MIGUEL ÁNGEL CASTRO ha sido profesor de literatura en diversas instituciones y es profesor de español como lengua extranjera. Especialista en cultura escrita, forma parte del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM. Investiga la prensa decimonónica y rescata la obra de Ángel de Campo, Micrós, y Luis G. Urbina. El viajero y la ciudad, libro coordinado y editado por Castro este 2017, reúne 23 ensayos sobre la literatura de viajes.

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