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#CuotaDeGénero: No controles

Abril Castillo | 18.09.2017
#CuotaDeGénero: No controles

Crecí tratando de complacer a todo el mundo. De sacar diez en la escuela, quedarme en la zona de la unidad que podía verse desde mi ventana y jamás decir mentiras. Porque lo más importante era no preocupar a nadie. Entonces crecí preocupada por todo. Sintiendo culpa de acciones que en el fondo no eran mías. Heredé pesadillas que yo ni había soñado y me portaba bien porque realmente creía en las consecuencias.

Pero en mi casa no se practica ninguna religión, así que no es que le temiera a Dios, sino a mis papás, que de una u otra forma me convencieron de que todo lo que hiciera tendría secuelas terribles y de que todo lo que pensara, bueno o malo, de algún modo ellos lo sabrían.

Un maestro en la carrera de artes nos contaba de ese momento en la infancia en que los hijos comienzan a separarse de los padres, que cuando comienzan a adquirir la consciencia. Nos explicaba cómo al nacer somos uno con nuestra madre, que es así porque lo hemos sido físicamente durante todo el periodo de gestación hasta que nos da a luz. Y cómo, cuando nacemos, es como si siguiéramos un tiempo siendo parte de ella. Finalmente, ella nos alimenta y nos tiene pegados todo el tiempo.

Mentalmente pasa algo como con el cuerpo. Esa unidad que conformamos con nuestros padres se refleja también en la consciencia. Cuando un niño descubre que todo lo que ocurre dentro de su mente sólo puede saberse por lo que él pueda decir o mostrar, comienza a habitar su mundo interior. La mentira es una manera de volverse dueño de este nuevo lugar.

Mi maestro encontraba sumamente enternecedor cuando sus hijos comenzaron a mentir. Sabía que había llegado el momento en que se dieron cuenta de ese mundo interior inaccesible a los demás. Lo que pasa es que las primeras mentiras son bastante obvias. Pero cuando deja de ser fácil distinguirlas, los papás pasan de la ternura al pánico.

Para evitar este tipo de sinsabores, mi mamá desarrolló un sistema que le permitía saber si mentía o no. Como su método no consistía en confrontarme y era más bien mágico, yo lo consideraba un súperpoder.

¿Ya te lavaste los dientes, las manos, te acabaste la sopa, hiciste la tarea?, me preguntaba.

Sí o No, le respondía.

Entonces mi mamá me acercaba a ella, me miraba directo a los ojos un momento con completa seriedad y aseguraba:

No es cierto o Sí es cierto.

¿Cómo sabes?

Porque tienes los ojos rojos.

Yo corría al baño a verme al espejo y no entendía rojos de dónde.

¿Rojos de dónde, mamá? ¿De la parte blanca? ¿De la parte de colores? ¿De los párpados? ¿Rojos como sangre?

Es algo que sólo las mamás podemos ver.

Yo a veces mentía, otras decía la verdad. Y de alguna manera inexplicable, mi mamá siempre sabía cuál de las dos, con sólo verme a los ojos. Hasta que dejaron de ser obvias mis mentiras. Hasta que con el tiempo, empecé a dudar de ella. A ponerla a prueba. Y ella empezó a fallar a veces.

Dicen que para ganar una serie de volados, lo mejor es apostar siempre por la misma cara. Yo no era inocente hasta demostrar lo contrario. Y empecé a ser siempre culpable. En la mente de mi mamá si yo ya había aprendido a mentir, ahora era una mentirosa siempre. Era más fácil ser siempre culpable y confesar, que inocente y salirme con la mía.

Todos mentimos. Hasta mi mamá. E irónicamente su súperpoder fue lo que la delató. Porque al enterarme de esto, también supe que yo no era la única mentirosa. Y que mi mamá no era mágica. Que con su mentira necesitaba ejercer control sobre mí. Y no necesariamente para dañarme.

Entonces se me revelaron también las siguientes verdades:

 

1. Que en el fondo ella no tenía un control absoluto sobre mí.

2. Que los adultos también mienten.

3. Que hay muchos tipos de mentiras y cada una tiene una función.

4. Que las mentiras no son necesariamente malas.

5. O no todas, por lo menos.

6. Que hay mentiras que te hacen libre.

7. Y otras que funcionan para ejercer control sobre ti.

 

Cuando tenía veinte años, fui de viaje con mis primas. Emilia, de cuatro años, seguía divertida jugando, aunque ya era noche y su mamá le había pedido varias veces que se lavara los dientes. Sin hacer caso a nadie, siguió tirada en la alfombra narrándose historias con animales miniatura.

¿Ya te lavaste los dientes?, le preguntó su papá.

Y ella sin quitar la vista de su juego, le contestó con total seguridad que sí. Entonces mi tío se fue satisfecho al otro cuarto por un rato. Pero volvió a los pocos minutos, molesto, y la regañó:

Tu cepillo de dientes está seco, Emilia, ¿por qué me mentiste?

No era una mentira, era una bromita, le contestó.

Emilia estaba en esa frontera entre ser parte de los padres y encontrar ese mundo interior, en el que además estaba tan embebida que no quería interrupciones. Además, había entendido la esencia de lo que es una mentira y todas sus posibilidades.

Porque la mentira no sólo es separación y encuentro con el mundo interior, también es invención. Emilia sabía que las bromas son mentiras permitidas socialmente, pero el engaño no. En el fondo, estaba consciente de haber engañado a su papá, pero sabía que si se manejaba en esa área gris de la mentira que son los cuentos, las bromas y las hipótesis, podría salir ganar minutos extra para seguir jugando y no dormir.

La mentira es ese lugar donde estamos a salvo del mundo exterior para tomar nuestras propias decisiones sin que nadie nos invada. Inventar y mentir también es protegernos. Es el derecho a tener un mundo interior separado de otros.

El nacimiento de la consciencia del hijo puede ser dura para los papás. Y ese tipo de mentira es al mismo tiempo el hijo separándose y el padre tratando de retenerlo. Para que estas fuerzas en conflicto no terminen dañando (que el hijo mienta compulsivamente o el padre sobreproteja) se hace las paces con la separación.

Una vez estaba con mi amiga Valeria y su hija Camila en el parque.

Desde aquí te veo, le decía Valeria a Camila.

Camila lo aceptaba y seguía jugando.

¡No me estás viendo!, le gritaba a su mamá hasta que ella volteaba para echarle más porras.

Camila se subió a la resbaladilla.

A los changueros.

A los columpios.

Camila tenía cuatro años.

En un descuido, se soltó del columpio y casi se cae.

¡Cuidado, Camila!, le dijo Vale, preocupada.

Es que no me estabas viendo, le reclamó llorando.

Pero tú ya sabes que te tienes que agarrar bien del columpio.

Camila se calmó. Se volvió a subir y por el resto de la tarde, hubo saldo blanco.

En esa frase, Desde aquí te veo, una mamá acepta la separación de su hija, recobra su vida personal y también le da su espacio. La hija confía en que estará bien y al introyectar a su mamá se cuida a sí misma.

Porque sin importar si están frente a frente o no, el amor está presente. Y éste nace y se hace recíproco cuando como niños aceptamos que los ojos de nuestros padres son algo que llevamos puesto para cuidarnos, cuando aceptan que hemos aprendido a cuidarnos sin ellos, nos dan una brújula gracias a la cual el hijo mismo gana confianza en sí mismo.

Y de este modo, ambos son libres.

 

 

 

Por si acaso, Flavia Zorrilla

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