youtube pinterest twitter facebook

#InventarioDeGestos: Perder el hilo

Javier Raya | 09.10.2017
#InventarioDeGestos: Perder el hilo

1.

Escribir, de pronto, a mano. Con una pluma Bic, corriente, sin historia y sin prestigio, olvidable pluma de plástico y repuesto de tinta negra. Correr lo corriente sobre la hoja y ensayar, ¿qué? Caligrafías, antes que cualquier otro procedimiento: lo primero es el cuerpo, transmitir la modulación de un cuerpo –respiración, por decir algo—en transparencias rebordeantes: puro borde, puro margen creado al subrayarse.

Disfruto superficial, cutánea y epitelialmente las tareas manuales de los estudiantes y letrados: trabajar con libros, con cuadernos y utensilios de escritura. Pero hablar con otros –amigos o no—, sostener conversaciones (sostener un análisis durante algunos años, que es precisamente lo opuesto a una conversación), estar presente. Disfruto las operaciones del mundo análogo, del 1.0 opuesto a las actividades digitales, que exacerban mi paranoia o mi ocio. Al menos me gusta la idea de jugar con una frontera imaginaria, convencional, caprichosa entre lo análogo y lo digital, como para respetar y romper el pacto de ficción que nos hace creer que el Internet es un “adentro” del mundo físico o fenoménico, ubicado en un “afuera” relativo al anterior.

Me gusta la idea, la llevo como un talismán, sin ninguna prueba de su efectividad, por pura superstición. Como un libro que no interrumpe la lectura con publicidad molesta.

¿Qué disfruto exactamente, dónde se origina mi goce, qué tan lejos soy capaz de apreciar esta falsa oposición entre lo físico y lo virtual, entre lo material y lo digital, antes de derrumbar la frontera imaginaria que coloqué ahí previamente y notar que la conciencia tiene una experiencia paralela e ininterrumpida a través de “ambos” dominios; las comillas importan: están ahí para recordarnos que las operaciones humanas simbolizadas y narradas a través de las palabras forman la historia y los eventos del mundo. La palabra, a pesar del ecosistema publicitario en el que vivimos, tiene sentido; no a todas las meras palabras se las lleva el viento con la misma velocidad.

 

2.

Cauce, reborde, extravío: el hilo de la escritura no lo sostiene ninguna Ariadna en el umbral. La página es una estructura que, como el laberinto, está hecha para perderse; para pasar una y otra vez por la misma puerta, quicio, vano y seguir virando. Seguir, el laberinto está hecho de un seguimiento, de un merodeo: verbos referidos a la caza, la vigilancia, el asesinato.

Estacionarse en el laberinto es asumir el lugar del habitante, es decir, del monstruo.

El monstruo, ¿qué mostrará?

Dice Tania que al fondo del laberinto vive un único monstruo: el espejo.

Espejo: monstruo que muestra. Bestia irreal, hijo sin sexo, producto carnal de ayuntamientos divinos cuya función –máquina paralela al ojo—es mostrar, sin más, las curvaturas de la luz sobre los objetos.

Seguir, seguir hasta que el hilo se pierde, se enrede y Ariadna-Aracné quede atrapada en medio de la casa que construyó el merodear en torno suyo. Seguir y seguir el hilo largo de las escrituras, rastro caudal, sin cabo ni recabo, sin recaudo, hilo que nada recauda en el laberinto; salvo que de pronto pensemos la página como un mar, y el hilo como la cauda submarina que extrae monstruos del fondo del ser. ¿Qué mostrarán esos espejos que viven al fondo de nosotros, cuya función es reflejarse unos a otros?

 

3.

El cabo y el rabo de la bestia. Lo cabal, lo raudal, lo primero y último, lo que sigue por un único hilo conductor. No dejar cabo sin atar, cabo suelto por donde la cuerda que sostiene al marino se destrenza. Perder el hilo es extraviarse en lo que no es lógico, o participar de una lógica que no parece tal.

Perdemos el hilo al enamorarnos, al soñar, al salir de nosotros durante los segundos del orgasmo. Lo extraño no es tanto perder el hilo como suponer que podemos recaudarlo, recomponerlo, reanudar el nudo que nos hicimos con el hilo conductor. El tropezón, el lapsus, el pedazo de verdad involuntaria que revelan nuestros errores más honestos.

 

Theseus and the Minotaur in the Labyrinth, Edward Burne

Más de este autor