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Sismos y simulacros de género: Nuevos llamados a la aparición de las mujeres

Marisa Belausteguigoitia Rius | 01.10.2017
Sismos y simulacros de género: Nuevos llamados a la aparición de las mujeres

El día del temblor desayunaba con una amiga en la calle de Jalapa esquina con Álvaro Obregón. María acababa de salir hacía unos meses de prisión; habíamos quedado de trabajar juntas en la conclusión de un libro que trataba el tema de las mujeres presas. Comentábamos acerca de la diferencia entre prisiones de hombres y de mujeres. La depresión y pasividad pertenecía a las cárceles femeninas y la violencia activa a las masculinas. Esta diferencia se rompía —concluimos— con proyectos educativos como las carreras universitarias, las presas y los presos trascienden con más facilidad los roles de género —tanto la depresión como los actos violentos— cuanto más estudian. La educación iguala, puede ser un antídoto a las diferencias en desigualdad marcadas por el género.

Mientras María me explicaba cómo transcurre el tiempo fuera de la cárcel, qué significan los olores, el ruido, los sabores, las noches de silencio absoluto sólo interrumpido ocasionalmente por gritos y sollozos, las mañanas sin cerrojos, sonó la alarma del simulacro. Eran las 11 en punto. María se desconcertó más con la inmovilidad general que con la alarma. Nadie se inmutó, era sólo un simulacro, los simulacros imitan una situación, no son la situación. ¿Cómo son los simulacros en la cárcel? Le pregunté. Nada, un simple llamado a la lista en la sala grande, me respondió. Un llamado más, que se une a los tres diarios, por los que la institución garantiza que seguimos allí purgando nuestra pena. Tres veces al día debemos dejar todo lo que hacemos y acudir al llamado que comprueba que no hemos desaparecido. Lo que iba a suceder en la siguiente hora, se convertiría para nosotros, en la Ciudad de México, en un llamado a dejar atrás todo lo que hacíamos.

Terminó el desayuno cerca de la una. Al irme me percaté de que mi coche estaba paralizado por una araña. No había pagado el parquímetro, estaba detenida en la Roma Norte a la una de la tarde del martes 19 de septiembre. Cuando fui al banco a pagar la multa me sorprendió el temblor, casi en la esquina con Álvaro Obregón e Insurgentes. Una enorme sacudida. Increíble, era 19 de septiembre. Como muchas otras cosas en mi vida, viví la realidad como simulacro. Viví de nuevo, como película, las imágenes del sismo de 1985, que también me tocó en la Roma Norte.

Un simulacro es un ensayo sobre cómo se debe actuar en caso de una emergencia provocada por un temblor, incendio, inundación, un huracán. Conectada al acto de ensayar, en esa frontera entre la realidad y la ficción, salí con calma, crucé la calle tambaleándome hacía el camellón de Álvaro Obregón; oí, como si fueran simulados, los gritos de una mujer que lloraba desesperadamente. Vi, como quien mira una película, a dos hombres sujetándose a un árbol, y oí por una boca proyectada las palabras “No para, arrecia”. Vi con ojos de ficción moverse los edificios y chocar con fuerza los postes y los cables de luz. Al terminar, quise regresar al banco a pagar la multa… había concluido el temblor, me quería ir. La simulación perfecta. Poco a poco me di cuenta del desastre, olor a gas, desesperación, la gente no se tranquilizaba, sobre todo las mujeres. Percibí muy rápidamente una división sexual del trabajo y de las emociones: las mujeres llorando, alteradas, encendidas, llamando a sus hijos, intercambiando información y prestándose celulares entre sollozos. Los hombres silencioso con caras largas, pálidos, buscando palas y trebejos para escarbar los escombros, al minuto subiendo a los árboles para amarrar sábanas que crearan sombra a los enfermos desalojados en el camellón de Álvaro Obregón esquina con Jalapa. Todo en minutos. Vi parejas de mujeres abrazándose. No vi a ninguna pareja de hombres abrazados. Un hombre había acompañado a una mujer mayor a bajar las escaleras. “No me pude ir, en mi casa me enseñaron a cuidar a las mujeres”. Más tarde reconocí cómo esta división sexual de la emoción y del trabajo se repetía, pero también se trastocaba. Me pregunté acerca de las formas en que una desgracia, una situación de emergencia, llama a hombres y mujeres a actuar. De qué manera la feminidad y la masculinidad aparecen en una situación de urgencia. Lo primero fue el llanto de ellas, y las palas y picos de ellos. Pero la división del trabajo y de los afectos no se reinstaló de forma tan anticipada: en unas, la emoción; en otros, la acción. El llamado tanto a los hombres como a las mujeres fue cambiando y también fracturándose.

En minutos supimos que había varios edificios caídos alrededor. Me dirigí al de Álvaro Obregón. Ya se formaban filas enormes para el paso de piedras, cemento, láminas, agua y herramientas. Una escena me cautivó. Una mujer levantaba un gran pedazo de concreto y lo pasaba a otra que ya se había formado en una hilera de jóvenes. Todas cargaban objetos pesados. Al poco tiempo, en ese mismo edificio vi llegar brigadas de jóvenes lideradas por mujeres. Muchas jóvenes, una de ellas con un chaleco improvisado con cartulina fluorescente sostenida con cinta canela, gritaba para pedir ayuda y de forma ordenada. Lo hacía con enorme autoridad. A lo largo del día vi repetidamente a mujeres con actitud de líderes de brigadas. Cuando intentaba dar sombra a uno de las pacientes del camellón de Álvaro Obregón, vi motocicletas circulando, unas de ellas eran manejadas por mujeres, con una mano tomaban el volante, con la otra sostenían paquetes enormes de botellas de agua apretándolas a sus espaldas, en el regazo cobijas y herramientas.

En el edificio caído de la esquina de Medellín y San Luis Potosí —todos lo vimos después por televisión—, escuchamos a una mujer, la hermana de un hombre desaparecido entre los escombros, gritando por un altavoz, hablándole a su hermano allí sepultado. “Hermano, aquí estamos, no nos vamos a mover. Tus hijos intactos y yo queriéndote más que nunca”. Ese acto de voceo, el gritar su dolor y su amor, ¿puede ser una escena más propia de las mujeres? En este escenario representó una Antígona al revés, con su voz como pala, queriendo desenterrar y recuperar a su hermano con el poder de su grito. No es nuevo que las mujeres salgan a buscar y a gritar por sus desaparecidos. Tenemos las madres de la plaza de mayo y en México las de la plaza Pasteur, buscando a sus hijos, hoy nietos, a sus hermanos y padres. Lo que quiero señalar es que esta vez no sólo aparecieron como madres, aparecieron —además de gritando por sus hijos desaparecidos— con otra energía y otro repertorio de discursos, de acciones y prácticas.

En la fábrica de vestidos que cayó, una de mis estudiantes escribió en WhatsApp que habían acordonado la zona. No podían pasar y estaban interesadas en las costureras, en que la ayuda les llegara, en que no las abandonaran. El sismo del 85 nos dejó el recuerdo amargo de las costureras enterradas. La ciudadanía acudió a salvarlas. Los jóvenes, muchos de ellos mujeres, recogieron esa memoria y acudieron a la calle de Bolívar. Las recibieron diciéndoles que si querían hacer algo, que dieran de comer a los hombres que trabajaban. No les gustó. Gis, una de las jóvenes de las brigadas de la unam, no tenía problema en hacerlo, por supuesto que podía dar de comer a un hombre agotado por los martillazos, pero ellas estaban allí para otra cosa. Las jóvenes hoy tienen otra conciencia de lo que significa ser mujeres, hay actos que se resisten a reproducir, y así surgen nuevas formas de ser mujeres, que desean practicar, introducir o inaugurar. La desgracia del 19 de septiembre del 2017 fue —además de un escenario de duelo y de tragedia— una puesta en escena de otras maneras de representar la masculinidad y la feminidad, un simulacro real de la aparición distinta de roles antes definidos por un género binario y reacio al cambio.

Hace unos días, en una marcha en contra de los feminicidios, se armó un debate debido a la enérgica solicitud de algunas mujeres de que Jenaro Villamil, como hombre, no como periodista, y a quien todos respetamos, marchara atrás. No entiendo cómo no se replegó un poco y les cuidó las espaldas; nosotras hemos estado un rato largo detrás de grandes hombres, y de no tan grandes. En este escenario real como llamado a todo lo que debe aparecer en un país como el que queremos construir, vimos que las mujeres —en ocasiones— estaban delante de los hombres, por momentos los hombres detrás y delante de las mujeres. Los lugares de aparición de la feminidad y la masculinidad se modificaron, a veces radicalmente, sobre todo al ver a las jóvenes corriendo a buscar palas y usándolas; también lloraban, pero a la vez liderando brigadas, cargando piedras de concreto, dirigiendo con autoridad el tráfico y manejando motocicletas.

Algunas cosas debemos estar haciendo bien como ciudad, como país y como instituciones educativas para favorecer la aparición de mujeres y hombres tan diversa y abierta en este llamado a actuar. La unam ha actuado como nos gusta, sensible, dinámica, organizada y en contacto con las urgencias sociales, reclutando un enorme número de jóvenes, muchos de ellos mujeres. Además de permanecer en duelo por estas desgracias, estamos orgullosos como ciudadanía de estas apariciones sorpresivas y estimulantes, en particular de cómo nuestros jóvenes hombres y mujeres (y los que transitan a serlo) han respondido al llamado a aparecer —trascendiendo los roles de género— en una ciudad golpeada. EstePaís

 

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MARISA BELAUSTEGUIGOITIA RIUS es profesora de tiempo completo de la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. Doctora por la Universidad de California en Berkeley. Fue directora del PUEG/UNAM (2004-2013) y actualmente dirige el proyecto Mujeres en Espiral. Sistema de justicia, perspectiva de género y pedagogías en resistencia de la UNAM, una propuesta artístico/jurídica en favor de mujeres en reclusión.