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Ciudad herida. Literatura del terremoto  

Juan Domingo Argüelles | 01.10.2017
Ciudad herida. Literatura del terremoto  

novedad de hoy y ruina de pasado mañana,

enterrada y resucitada cada día,

[...]

hablo de la ciudad, pastora de siglos, madre que nos engendra y nos devora, nos inventa y nos olvida.

Octavio Paz, “Hablo de la ciudad”,

Árbol adentro (1987)

 

En la literatura universal, quizá la más famosa narración que tiene como escenario un terrible movimiento de tierra sea “El terremoto en Chile” (1807), de Heinrich von Kleist (1777-1811), uno de los grandes exponentes del Romanticismo alemán, quien sitúa en su obra un drama amoroso, con desenlace fatal, en medio del drama sísmico que se combina con el fanatismo religioso.

En un resumen muy sucinto, éste es el argumento de la célebre narración de Kleist: en la ciudad de Santiago, la joven Josefa, a quien su padre ha confinado en un convento de las Carmelitas para apartarla de su amante (un joven español llamado Jerónimo), se desploma sobre los peldaños de la catedral, aquejada de dolores de parto, durante la ceremonia solemne del día de Corpus Christi. Luego de dar a luz a un niño (Felipe), Josefa es inmediatamente alejada de él y condenada a muerte, en tanto que Jerónimo es encerrado en una prisión. A unos instantes de ser decapitada para pagar su pecado, Josefa salva la vida porque la ciudad es destruida por el terremoto de 1647. Jerónimo, convencido de que nada puede hacer para evitar la muerte de Josefa, decide suicidarse, pero recupera la libertad cuando los muros de la prisión se derrumban, al igual que los de otros muchos edificios. Esquivando las ruinas, Jerónimo busca a Josefa, y milagrosamente la encuentra con el hijo de ambos en brazos, en las afueras boscosas de la ciudad. El reencuentro no puede hacerlos más felices y da la casualidad de que, entre las personas que lo han perdido todo y que también han huido al bosque, están algunas de las más prominentes que antes pedían su cabeza y que ahora, en la desgracia compartida, los acogen gentilmente. Más tarde todos se enteran de que en la única iglesia que ha quedado en pie en Santiago (la de los Dominicos) “iba a celebrarse una misa de acción de gracias que diría el prelado del monasterio para pedir al cielo protección de posibles desgracias”. Josefa y Jerónimo deciden ir a esa misa, acompañando a los demás, para pedir perdón a Dios, pero el sermón, a cargo del monje más antiguo de la comunidad, exalta los ánimos de la multitud reunida en el templo y culpa del terremoto a los pecadores Josefa y Jerónimo, haciendo un paralelismo entre Santiago y las ciudades impías de Sodoma y Gomorra, destruidas por la gracia divina. En medio de esta exaltación, los amantes son descubiertos en la iglesia y son asesinados por la turba fanática.

Esta idea de los terremotos como castigo divino contra los pecados de la humanidad es absolutamente judeocristiana. En la Biblia, Dios siempre se presenta entre terremotos y otras señales de catástrofe (incendios, lluvia de fuego, maremotos, inundaciones, plagas, pestes y epidemias). En Mateo (Nuevo Testamento), en el mismo instante en que Jesús crucificado “entregó el espíritu” luego de clamar por segunda vez y con gran voz “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has desamparado?”, el texto bíblico refiere lo siguiente (versión Reina-Valera): “Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron [...]. El centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera, y dijeron: Verdaderamente éste era Hijo de Dios”.

En el Apocalipsis, el Cordero inmolado (“que tenía siete cuernos y siete ojos, los cuales son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra”) desata los siete sellos “de un libro escrito por dentro y por fuera” y, al desatar el sexto, “hubo un gran terremoto; y el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió toda como sangre; y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera deja caer sus higos cuando es sacudida por un fuerte viento”. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, Dios se manifiesta constantemente con terribles movimientos de tierra, con espantosos temblores. “Y la tierra tembló”, leemos en el primer libro de Samuel.

En el primer libro de los Reyes leemos que Jehová se le apareció a Elías, que se escondía en una cueva, y éste vio delante de él un poderoso viento que rompía los montes, un terremoto que quebraba las peñas y un terrible fuego. Por ello Job, al enumerar las potencias de la ira de Dios, dice: “Él arranca los montes con su furor, y no saben quién los trastornó; Él remueve la tierra de su lugar, y hace temblar sus columnas”. En su Profecía contra Gog, leemos en Ezequiel que Jehová dice: “Cuando venga Gog contra la tierra de Israel, subirá mi ira y mi enojo... habrá un gran temblor sobre la tierra de Israel... y todos los hombres que están sobre la faz de la tierra temblarán ante mi presencia; y se desmoronarán los montes, y los vallados caerán, y todo muro caerá a tierra”.

Igualmente, en la Profecía sobre Babilonia, Dios revela a Isaías que castigará al mundo por su maldad y a los impíos por su iniquidad, y hará “estremecer los cielos, y la tierra se moverá de su lugar”. Y en los Salmos (en “Las maravillas del éxodo”) se afirma que “a la presencia de Jehová tiembla la tierra”, y con delicado lirismo, casi inapropiado para lo que se relata, leemos que “los montes saltaron como carneros; los collados como corderitos”.

No deja de ser curioso que, de acuerdo con el relato del Génesis, la destrucción de las ciudades de Sodoma y Gomorra, que Dios implacable realiza al no hallar en ellas ni siquiera a diez justos entre su gran población de impíos, sea por medio de una lluvia de azufre y fuego (actividad volcánica) y no mediante un terremoto. En el particular estilo de la redundancia hebrea, leemos: “Entonces Jehová hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de parte de Jehová desde los cielos; y destruyó las ciudades, y toda aquella llanura, con todos los moradores de aquellas ciudades, y el fruto de la tierra”. La destrucción, entonces, fue por erupción volcánica (lluvia de fuego) y no por un gran movimiento de tierra.

En el imaginario popular y en la literatura, más congruentes con el pensamiento bíblico, el terremoto es lo más parecido a la ira de Dios ante el pecado. Sin embargo, esta idea puede tener, en la creación literaria, un acento irónico e incluso humorístico cuando no satírico (y de crítica social), muy lejos de las estrictas creencias religiosas y de la gravedad y grandilocuencia del Romanticismo.

En la literatura mexicana es célebre el cuento de Juan Rulfo (1917-1986), “El día del derrumbe”, incluido en su primer libro, El Llano en llamas (1953). Se trata de un cuento satírico contra el discurso gobernante en época de tragedia. En el relato, ante otros escuchas, dos personajes dialogan y recuerdan el día del derrumbe, es decir, el día del temblor, vinculándolo con la visita del gobernador a Tuxcacuesco, donde la población afectada por el sismo debe atender a la autoridad y a su comitiva (secretarios, ayudantes, guaruras y hasta un geólogo) poniendo en segundo término su propia tragedia. El gobernante les lleva (como “ayuda” y “consuelo”) discursos hinchados y disparatados, altisonantes y ampulosos, y “la cosa es que aquello, en lugar de ser una visita a los dolientes y a los que habían perdido sus casas, se convirtió en una borrachera de las buenas. Y ya no se diga cuando entró al pueblo la música de Tepec, que llegó retrasada por eso de que todos los camiones se habían ocupado en el acarreo de la gente del gobernador”.

El viejo (y nuevo) estilo priista queda retratado fielmente por Rulfo en su magistral cuento. El gobernador y sus acompañantes comen y beben a costa del pueblo que ha sufrido el derrumbe, y que a la tragedia del sismo ha de sumar el gasto de cuatro mil pesos para atenderlos. Un personaje memorioso, Melitón, recuerda con exactitud el discurso político ante el desastre. Parodia y retrato fiel, el discurso cantinflesco que repite Melitón es el que escuchó el pueblo de Tuxcacuesco el día del sismo, en la voz del gobernador:

 

Conciudadanos... Hoy estamos aquí presentes, en este caso paradojal de la naturaleza, no previsto dentro de mi programa de gobierno... En este caso, digo, cuando la naturaleza nos ha castigado, nuestra presencia receptiva en el centro del epicentro telúrico que ha devastado hogares que podían haber sido los nuestros, que son los nuestros; concurrimos en el auxilio, no con el deseo neroriano de gozarnos en la desgracia ajena, más aún, inminentemente dispuestos a utilizar muníficamente nuestro esfuerzo en la reconstrucción de los hogares destruidos, hermanalmente dispuestos en los consuelos de los hogares menoscabados por la muerte. Este lugar que yo visité hace años, lejano entonces a toda ambición de poder, antaño feliz, hogaño enlutecido, me duele. Sí, conciudadanos, me laceran las heridas de los vivos por sus bienes perdidos y la clamante dolencia de los seres por sus muertos insepultos bajo estos escombros que estamos presenciando.

 

El interlocutor de Melitón confía en la memoria de éste y ambos fijan la fecha del temblor entre el 18 y el 21 de septiembre. Refiere: “Hasta vi cuando se derrumbaban las casas como si estuvieran hechas de melcocha, nomás se retorcían así, haciendo muecas y se venían las paredes enteras contra el suelo. Y la gente salía de los escombros toda aterrorizada. [...] Entonces fue allí ni más ni menos donde me agarró el temblor ese que les digo y cuando la tierra se pandeaba todita como si por dentro la estuvieran rebullendo”.

La sátira de Rulfo es magistral. “El día del derrumbe” es uno de los cuentos que mejor retratan la realidad mexicana del oportunismo político y la vacuidad moral frente a las tragedias nacionales. (Caso muy parecido al de un gobernador y su esposa que, hace unos días, en el lugar del desastre, ante las cámaras de televisión, condescendientes ambos y enfatizando ella su desarreglo cosmético, exhiben su protagonismo, vanidad, frivolidad y banalidad para mostrar que son tan “solidarios” que han abandonado sus asuntos personales más importantes, y los de su mayor interés, para “acompañar” a los damnificados.)

Otros momentos memorables de la narrativa mexicana que aborda el tema de un temblor de tierra están en las páginas de La feria (1963), de Juan José Arreola (1918-2001). En esta novela donde el personaje central es el pueblo mismo de Zapotlán, Jalisco, o un microuniverso parecido que puede existir en cualquier lugar con su variopinta población, hay una suerte de coro que, con maestría coloquial no exenta de ironía, lirismo y parodia de profecía bíblica, narra la sorpresa y la angustia que produce un sismo:

 

¿Quién empuja la puerta? ¿Quién golpea en todos los vidrios como una lluvia seca? Tengo vértigo... ¡Santo Dios! Está temblando, está temblando... ¡Está temblando! Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal... ¡Me lleva la chingada, está temblando! La campana mayor está de aquí para allá, ¡ya va a dar el golpe, ya va a dar el golpe! ¡Si la campana mayor se toca sola se acaba el mundo! Urbano se agarra de la cuerda y se levanta del suelo todavía borracho y atarantado, se cuelga del badajo vuelto loco del susto, allá arriba del campanario, y piensa que va volando por encima del pueblo, colgado de la cola del diablo... Glorifica mi alma al Señor y mi espíritu se llena de gozo... Las macetas de los patios bailan en sus columnas de barro y caen que no caen [...]. Ya está pasando, ya está pasando... ¡Qué pasando ni qué pasando! Ahora tiembla más fuerte, de aquí para allá, de allá para acá... Tocan las trompetas, apréstase todo y las rodillas flaquean, en todos los rostros se ve la confusión porque he desencadenado mi ira contra la muchedumbre... ¡Jesucristo aplaca tu ira, tu justicia y tu rigor! [...] ¡Arrodíllense, herejes! ¡Arrodíllense, malvados! Piensa en tu muerte, pecador, Zapotlán se hunde, Zapotlán se acaba... ¡Sálvanos, Señor San José, tú que todo lo puedes!

 

La gente se encomienda a Dios y repasa en su memoria sus pecados más grandes, y hasta los insignificantes. Promete no volverlos a cometer. Está dispuesta a prometer todo, pero, por el amor de Dios, que ya deje de temblar. Segundos que se hacen minutos, minutos que se hacen horas, instantes que se hacen eternidad. “El señor Cura se arrodilló al pie del altar y allí está pasando el temblor y no vio a la mujer desnuda que se escondió en el confesionario para decirse sola sus pecados”. Tres temblores seguidos, uno tras otro, de siete grados, “acompañados de ruidos subterráneos, que nos tuvieron en pánico durante más de siete minutos”. Pero la burla, el escarnio, relajan ese ambiente de angustia y pánico posterior al temblor:

 

—Estaba el Padre Jesuita en el Santuario diciéndoles a las gentes después de la bendición que se fueran a dormir a sus casas tranquilamente, confiados en la Divina Providencia, y que ya no se quedaran frente al templo y a la intemperie, cuando a una beata que estaba dormitando se le cayó la llave de las manos. Una llave de esas así de grandes, que rebotó sobre el piso de mosaico con gran ruido. No lo pasan ustedes a creer, pero al Padre nomás le voló la sotana y se salió corriendo del templo. Todas las gentes se asustaron, porque el Padre había estado hablando del temor de Dios y del castigo que espera a los pecadores, pero no se movieron de su lugar. Luego volvió el Padre muy apenado.

—¿Ya ven cómo son todos ustedes? Hasta a mí me pusieron nervioso...

 

Entre todos los terremotos de la época moderna en México, anteriores al destructivo y mortífero del 19 de septiembre de 2017, con magnitud de 7.1 en la escala de Richter (escala de magnitud local cuyo límite es el 9), tres de ellos han marcado la historia de la capital mexicana no sólo por sus estragos, sino también por su simbolismo: el del 28 de julio de 1957 (7.6 grados), que dejó alrededor de un centenar de muertos y daños en varios edificios y casas, pero que, además, derrumbó de su altísimo pedestal el monumento del “Ángel de la Independencia”: por ello es conocido como “el sismo del Ángel”; el del 14 de marzo de 1979 (7.6 grados), que ocasionó una decena de muertes, produjo algunos daños en edificaciones e hizo que se derrumbara la Universidad Iberoamericana: de ahí que se le conozca como “el sismo de la Ibero”; y el del 19 de septiembre de 1985, el más intenso, destructivo y mortífero de todos (8.1 grados), un macrosismo que devastó gran parte de la Ciudad de México y produjo, oficialmente, alrededor de diez mil muertes, y extraoficialmente más de cuarenta mil tan sólo en la capital del país: es conocido como el terremoto que despertó la solidaridad espontánea “de la sociedad que se organiza”, para decirlo con palabras de Carlos Monsiváis.

Al referirse al sismo de 1957, Carlos Martínez Assad (1946), autor del libro La patria en el Paseo de la Reforma (2005), asegura que “la imagen del Ángel por los suelos fue realmente traumática, mucho más que los muertos y la destrucción de aquel sismo”. Por su parte, en el primer volumen de su Tragicomedia mexicana (1990), José Agustín (1944) escribe: “Para colmo de males [en 1957], un terrible temblor sacudió la Ciudad de México, derribó el Ángel de la Columna de la Independencia, y causó daños materiales, además del susto mayúsculo de los chilangos”.

Por sus dimensiones, por su poder destructivo y por la espontaneidad de solidaridad social que despertó la tragedia, el sismo de 1985 es el que más muestras de periodismo y literatura ha generado. En la poesía, indudablemente, las más altas páginas las escribió José Emilio Pacheco (1939-2014) en su libro Miro la tierra (1986), cuya primera parte lleva por título “Las ruinas de México (Elegía del retorno)”: un largo poema dividido en cinco cantos y sesenta estancias. En el primer canto leemos:

 

Llega el sismo y ante él no valen

las oraciones ni las súplicas.

Nace de adentro para destruir

todo lo que pusimos a su alcance.

Sube, se hace visible en su obra atroz.

El estrago es su única lengua.

Quiere ser venerado entre las ruinas.

 

En el tercer canto, Pacheco nos deja esta imagen de la destrucción y la pérdida del reino íntimo:

 

El lugar de lo que fue casa lo ocupa ahora

un hoyo negro (y representa al país entero).

Al fondo de ese precario abismo yacen                                    [pudriéndose

escombros y basura y algo brillante.

Me acerco a ver qué arde amargamente                                  [en la noche

y descubro mi propia calavera.

En el último canto, Pacheco profetiza y acierta:

 

Era tan bella (nos parece ahora)

esa ciudad que odiábamos y nunca

volverá a su lugar.

 

Hoy una cicatriz parte su cuerpo.

Jamás podrá borrarse. Siempre estará

dividiéndolo todo el terremoto.

 

Otro poeta mexicano contemporáneo, David Huerta (1949), en su “Elegía del Ajusco” (1986) escribe: “Una elegía, sí, ahora, en septiembre, por los muertos de hace un año. Viste, montaña altiva, cómo se quebró la tierra bajo los pies, bajo las camas; y cómo todo quedó al borde mismo de una sombría eternidad: la eternidad de la muerte / Emblema de nuestra condición; símbolo atroz y realidad avasalladora, el terremoto nos hizo, increíblemente, abrir los ojos, descubrir al vecino; saber cuánto importan las vidas de los demás en esta ciudad desfigurada —y más desfigurada aún por el desastre”.

Al recordar el terremoto del 19 de septiembre de 1985 y “en memoria de aquellos días amargos”, en la sección “La luz quebrada” de la nueva edición de su libro Ciudad bajo el relámpago (2010), Efraín Bartolomé (1950) nos ofrece esta “Visión desde el Ajusco”:

 

Contra los terremotos y su furia sin freno ni mesura

esta palabra humana   medida   condensada:

escribo en México   bajo la luz espesa de septiembre

en días de polvo   junto a edificios como árboles tronchados.

 

A decir del poeta, ensayista, traductor y narrador Marco Antonio Campos (1949), “después del movimiento estudiantil de 1968, el acontecimiento que conmocionó más a los habitantes de la ciudad de México ha sido el terremoto del 19 de septiembre de 1985”. Sobre este último suceso, a manera de diario, crónica, reflexión y lamento, en 1987 publicó el libro Hemos perdido el reino, en el que se refiere a lo ocurrido durante la semana del 19 al 26 de septiembre, evadiendo, como él mismo advierte, todo el color amarillo de las historias y el bajo y alto sensacionalismo. Escribe, por ejemplo: “En avenida Insurgentes oía el insistente ronroneo de los helicópteros, las resonantes campanadas de los carros de bomberos, el lamento de las sirenas que llenaba el aire, los hirientes balbuceos de las alarmas de las patrullas. El aire parecía llorar”.

En El libro de los desastres (1988), Fernando Benítez (1912-2000) diagnostica, desde la historia y la literatura, lo que no diagnosticaron las ciencias exactas:

 

El temblor del 19 de septiembre de 1985 demostró con su temible elocuencia que la Cuenca de México ha sido destruida. Esta tierra cercada de montañas, vista desde hace 12 mil años como una verdadera tierra de promisión a la que han llegado y llegan oleadas de emigrantes, se ha convertido en un infierno. El temblor golpeó el centro de la ciudad y golpeó precisamente a los rascacielos (a la pretensión de mostrar un skyline propio de algunas concentraciones urbanas de los Estados Unidos), cuando todo indicaba que eran totalmente inadecuados y peligrosos en un subsuelo semejante. Bastaron dos minutos para que se derrumbaran los rascacielos y se rompieran los conductos de agua, de energía eléctrica y de comunicaciones, dañándose así servicios fundamentales. El número de muertos tal vez nunca se conozca, pero fue terrible.

 

Además de los edificios fracturados y derruidos, el temblor del 85 en México y, en menor medida, los del 2017, demostraron crudamente, como señala Benítez, “las debilidades de las estructuras políticas, sociales y económicas”, aunque, paralelamente, también la fortaleza y la solidaridad de la gente. El Estado, el gobierno y sus instituciones, que debieran estar al servicio de los gobernados, siempre están muchos pasos atrás de la reacción espontánea popular; rebasados a causa de su inacción o su incapacidad. De esto y de la corrupción institucional, que también es exhibida por los terremotos y otros desastres naturales, habla el libro Nada, nadie: Las voces del temblor (1988), de la periodista y escritora Elena Poniatowska (1932). A decir de la autora, “el 19 de septiembre de 1985, la ciudad de México se vino abajo vencida por el peso de la corrupción”. El mayor descubrimiento que se hizo bajo los escombros de la capital del país fue que “los desastres naturales pueden impulsar a la gente a la acción política”. Así, afirma Poniatowska, en 1985 bajo los escombros “yacían los fracasos del pri, el abismo entre las clases sociales, la desigualdad y la injusticia, la inconsciencia de los jefazos que ignoran el peligro o pretenden ignorarlo”. Se derrumbó una gran parte de la ciudad, pero ese derrumbe ocasionó también “el levantamiento de una sociedad civil”.

“En México siempre tiembla —escribió hace apenas unos días Poniatowska—. El libro Nada, nadie: Las voces del temblor es el recuento de voces, vivas y desaparecidas, conocidas y anónimas. Es la constancia de la valentía, el coraje de una ciudad que cayó y volvió a levantarse”.

Éstos son también los temas que Carlos Monsiváis (1938-2010) desarrolla en su libro Entrada libre: Crónicas de la sociedad que se organiza (1987), en cuyas páginas aborda, entre otros sucesos, el sismo de 1985. También, y muy particularmente, en “No sin nosotros”: Los días del terremoto 1985-2005 (2005). A decir de Monsiváis, en 1985 al gobierno priista lo sacudió otro terremoto de mayor magnitud que el de 8.1 en la escala de Richter: uno mucho más intenso y destructivo que derrumbó su apotegma presidencialista: “En el país de un solo partido y un solo dirigente no caben los voluntarios”. El voluntariado, la ciudadanía que “espontáneamente se organizó” es también uno de los saldos del temblor del 19 de septiembre de 1985 que treinta y dos años después sigue teniendo fuertes réplicas.

Acerca del temblor de la sociedad que se organiza, uno de los primeros y mejores reportajes de investigación que se publicaron en forma de libro fue Ciudad quebrada (1985), del periodista y editor Humberto Musacchio (1943), al cual siguió Zona de desastre (1986), de Cristina Pacheco (1941). En 1990, Estela Leñero (1960) publicó y estrenó su obra de teatro Las máquinas de coser (acerca de las costureras muertas en un taller prácticamente esclavista que se derrumbó sobre ellas). Veinticinco años después del sismo del 19 de septiembre de 1985, Ignacio Padilla (1968-2016) publicó Arte y olvido del terremoto (2010). Justamente en 1985 el escritor y periodista mexicano Mario Huacuja Rountree (1950) publicó su novela Temblores, pero en ella no se refiere al macrosismo de 1985 en México, sino al terremoto que devastó la capital de Nicaragua en 1972. En 2011, en su libro Tránsito (merecedor del Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada 2012), que es un recorrido lírico por la Ciudad de México, Claudina Domingo (1982) dedica un poema (“Trepidaciones”) a una de las voces supervivientes del sismo de 1985, una voz que nos entrega un trozo de aquella historia: “el destino tiene esta cara / la cara que puse cuando vi que donde hubo casa la ruina se mecía sobre sus garfios de gárgola”.

Específicamente sobre el terremoto del 19 de septiembre de 1985 en México se escribieron varios libros de carácter periodístico-literario, algunos de investigación y otros de coyuntura editorial (es decir, para aprovechar de forma oportunista el tema “vendible”). Menos (pero más imperecederos) son, por supuesto, los libros estrictamente de creación literaria (poesía, narrativa, crónica, teatro). Resulta claro que los sismos del 7 de septiembre de 2017 en Oaxaca y Chiapas, y del 19 de septiembre de 2017 en Puebla, Morelos y la Ciudad de México, han motivado y seguirán motivando la escritura periodística y literaria, más aún cuando el último terremoto en la capital del país no sólo removió los edificios sino también los recuerdos y experiencias de angustia, dolor, rabia y solidaridad de hace 32 años... cuando la televisión comercial no fue peor que ahora que, en los altares del rating, transformó la tragedia en un vergonzoso y ultrajante reality show.  ~

 

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JUAN DOMINGO ARGÜELLES es autor de la Antología general de la poesía mexicana (Océano, 2012-2014) y de la Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015). Sus más recientes libros de poesía son El último strike (Laberinto Ediciones/UJAT, 2016) y En la boca del lobo (Fondo Editorial Estado de México, 2016).

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