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Los déjà vu 19-S  

José Ángel Leyva | 01.10.2017
Los déjà vu 19-S  

A Juan Manuel Roca

 

Yo derramé lágrimas por México, mi señor. No conozco su tierra, pero la llevo en el sentimiento como tantos colombianos. Sí, soy paisa, antioqueño de cepa, de un barrio de Medellín. Hace treinta y dos años también lloré por su gente y durante el sismo del 7 de septiembre no pude contener la tristeza porque era como el eco de lo que iba a suceder.

El hombre habla con parsimonia y muestra una gran habilidad para esquivar la prisa de los autos, de los peatones y los ciclistas en la cada vez más tumultuosa Bogotá. Te da las condolencias y comenta las imágenes de solidaridad, de la tragedia, de los jóvenes cubiertos de polvo y esperanza, de la rapiña, del oportunismo político, de la delincuencia moviendo sus largas colas al amparo de la confusión y el miedo, del presidente Peña Nieto y su Gaviota en un video donde se les ve exultantes jugando a cargar un camión de víveres con cajas vacías. Se te vienen los recuerdos y te ves corriendo por tu hijo, pasado el mediodía, entre el desconcierto y el terror de miles de personas que intentan, como tú, comunicarse con sus seres queridos. A las once de la mañana de este 19 de septiembre sonó la alarma sísmica para conmemorar con un simulacro los treinta y dos años del terremoto de 1985. Apenas hacía doce días, casi a la medianoche, que sentimos la fuerza telúrica de 8.2 grados en la escala de Richter. Sus efectos devastadores causaron estragos en Chiapas y Oaxaca.

Los niños salen del colegio y abrazan a sus padres. Mi hijo me dice que no quiso llorar como los otros, pero se le escapan las lágrimas. Caminamos por Miguel Ángel de Quevedo y sentimos el nerviosismo de los automovilistas varados en el tráfico, la gente apretada en las aceras, la ausencia de electricidad, las sirenas de la policía, las ambulancias, los bomberos. Al fin entra una llamada y la voz de mi hijo mayor me informa que están bien él y su madre, que estaban en la Torre II de Humanidades de Ciudad Universitaria... parecía que se venía abajo, agrega y se despide. Me vuelve el alma al cuerpo. Afuera de un centro comercial hay gente desnuda envuelta en toallas a la salida de un gimnasio. Los primeros gritos desgarradores, los desvanecimientos de personas que reciben ya las malas nuevas. En otros puntos de la ciudad hay derrumbe de edificios.

La voz del taxista se hace más intensa y demandante, como si no quisiera que mi pensamiento se distraiga. Observo su cráneo rasurado o de extendida calvicie, la delgada cicatriz que desciende desde la oreja a la comisura de la boca. El musculoso brazo en el que se exhibe sin pudor, bajo la manga corta, la piel hipertrofiada de viejas marcas de guerra. En ese momento descubro que sus ojos azules o verdosos me escudriñan y no puedo evitar que su camiseta negra, su tez blanca y su prominente nariz afilada me hagan sentir lo inverosímil de su voz y su discurso amable. Bueno, pues, jefecito, uno es humano. No es que yo sea la señora lagrimita, pero cierto que lloré cuando supe de ese sismo del verraco que los castigó el 7 de septiembre. Sentí como una puñalada en el pecho, como el anuncio de algo más terrible. Y yo me dije, que hijueputa habrán hecho los manitos para que los castigue mi Papá Dios con tantas desgracias. Mire, yo, como usted, tenemos nuestra experiencia, y con todo respeto, no se ofenda, pero me parece que usted me lleva ventaja. No, mi señor, yo no soy un santo. Vengo de las sombras. Soy un sobreviviente. También salí de los escombros de la vida ese 19 de septiembre de 1985.

Y entonces él guarda silencio cuando te pide que le cuentes cómo viviste ese lejano día. El cielo de Bogotá escampa y el sol reverbera en los charcos y los vidrios húmedos, se despeja la niebla, emergen portentosas las montañas. Hacía poco más de un año que habías venido al Distrito Federal a estudiar psiquiatría. Apenas habías puesto un pie fuera de la cama cuando te sorprendieron las primeras sacudidas. Quisiste salir corriendo, pero te ganó el miedo al ridículo y te asomaste a la calle para ver si otros salían despavoridos. Los autos chocaban sus defensas, los postes y los cables se mecían desatando chispazos y explosiones eléctricas. Te costaba tenerte en pie y volviste a la cama para mirar cómo caían pedazos de yeso de las paredes y del techo, para ver cómo la estructura del edificio se resistía a caer a pesar del corcoveo del suelo y los giros brutales de los muros. Dos minutos interminables en los que te preguntabas qué diablos hacías en esta megaurbe azotada por las inundaciones y la contaminación, en este monstruo donde todos somos extranjeros y migrantes. Y te vuelves a ver una tarde bajo la tormenta, con el imperativo de regresarte a tu ciudad de origen donde piensas que no pasa nada, y ese pensamiento de inmovilidad te quita el aire. Hundes el cuerpo en aguas negras con la mochila en alto para entrar a una estación del metro y llegar a tiempo a la terminal de autobuses. Qué pestilencia en los vagones. Los pasajeros nos lanzamos miradas cómplices y hasta hay chilangos que bromean unos con otros sin conocerse. Entras a la Central de Autobuses del Norte y te aseas y te cambias de ropa, te sientas a esperar a que parta el último autobús a tu provincia. Cuando llegas de vuelta al metro Ermita las aguas han vuelto a su cauce. Quizás el monstruo comenzaba a habitar tu corazón. ¿Cómo se puede huir cuando tienes el tumulto adentro, cuando has amado y esperas impaciente los días transparentes que te aproximan los volcanes, cuando la vida se te viene encima cargada de sorpresas y regalos?

Dos minutos de aterradores ruidos. Luego una calma que sintetizaba la muerte. Tras la pausa el aire se pobló de alaridos y estridencias. Vino Rubén hasta tu casa con el semblante descompuesto. Eras el compañero de oficina más cercano al lugar donde lo había pillado el terremoto. El transporte urbano estaba paralizado. Desayunaron y decidieron intentar llegar a las oficinas del Conacyt donde estaban las instalaciones de la revista de divulgación de la ciencia ICyT en la que ambos laboraban. Luego de mucho esperar se detuvo un taxi. Un vochito en el que ya se veían cinco o seis personas. Aceptaron la tarifa. En estos casos siempre hay quienes ven en la desgracia un buen negocio. Aún te preguntas cómo fueron capaces de entrar en ese maldito escarabajo. De inmediato y entre esa masa de cuerpos hacinados viste las primeras escenas del espanto: hoteles, escuelas, edificios diversos colapsados. Gente que iba y venía de los escombros. “Son imbéciles o qué”, les gritaba el director de Comunicación cuando entraron apurados intentando justificar su retraso. “¿No se dan cuenta de la dimensión de la tragedia? No los quiero ver un segundo más aquí. Lárguense a ver en qué ayudan. Son divulgadores, vayan a registrar esta catástrofe”. Caminaron por avenida Insurgentes hasta que un camión los recogió con mucha gente que se apretaba en las redilas. Llegaron hasta donde el vehículo no pudo avanzar más. Era el panorama de una ciudad bombardeada.

Cuando vino la réplica del sismo al día siguiente, por la noche, habías aprendido algo que te hizo apretar los dientes y controlar el temblor de las rodillas: la solidaridad había vencido el miedo y la apatía. El dolor hace reconocer cuánto se ama.

Doctor, yo sólo fui hasta tercero de primaria, pero me gradué en la universidad del infierno. Empecé a comer calle desde niño. Mi padre era un man que no supo ni quiso orientar a sus hijos por el buen camino. Era un auténtico hijueputa resentido que nos cascaba a la primera y llegó a ponernos varias veces la pistola en la cabeza. Él nos enseñaba que la vida no vale nada en este país y que los pobres no tienen más patria que su hambre. Yo estaba ya en manos de la delincuencia y de las drogas. Cuánto odiaba yo a ese man, cuánto deseaba su muerte. Yo era todavía un peladito cuando me dio por sentirme un hombre y le puse cara al destino. No iba a permitir que me apuntara una vez más con la pistola y medí mis fuerzas con el cucho. Me mandó al hospital de la golpiza.

Cogí calle de tiempo completo. Sentí en verdad que me habían sacado de la tierra, que mi vida no era mía. Con otros gamines aprendí el oficio de robar. Nos drogábamos y emborrachábamos hasta no saber de nosotros. Pero no del todo, uno intentaba estar alerta porque los otros más fuertes esperaban a que te descuidaras para violarte y convertirte en su esclava. Es que, doctor, si a uno lo violan varias veces se convierte en gay, o sea marica, mi jefe. Yo fui un apartamentero y distribuidor de perico y pronto dejé de aspirar boxer, porque esa vaina le hace a uno mierda el cerebro. Para robar casas tienes que poner en orden tu cabeza. Me hice fuerte en la cárcel y entrar o salir me daba lo mismo. Pero siempre hay alguien que te ama para quitarte la vida. Al combo llegó un man muy verraco que se hizo de la voz de mando y me dio por encargo darle baja a un parcero y me negué. Mi vida no valía nada, pero sí la de mis amigos. Ese güevón me amaba para quebrarme y yo lo quebré primero. Usted sabe, detrás del muerto vienen otros a vengarse. Me rajaron el pellejo. No era la primera vez, cierto, pero sí fue cuando vi de frente al Enemigo. La Huesuda no estaba de su parte.

En un semáforo el taxista se levanta la manga de la camiseta y me muestra el hombro cuajado de cicatrices, luego las del costado. No doctor, yo me cansé de hacer daño. Busqué una religión que me ayudara. La Biblia es mi guía y mi tabla de salvación. No es que yo sea muy creyente, pero me aparté del Enemigo, usted sabe, Calidá, del demonio. Yo, como millones de cristianos, somos víctimas del engaño. También oré con todas mis fuerzas por la vida de Frida Sofía y viví esa historia falsa sin pegar el ojo. Pobres manitos, pensé, como si no tuvieran suficiente.

Comento que la historia se repite, como dijera Carlos Marx, unas veces como tragedia y otras como farsa, pero en México se repite como tragicomedia. Le recuerdo al fantasma de Monchito hace treinta y dos años. Pero le insisto en la movilización de los jóvenes, en la ciudadanía volcada en la compra de víveres para los damnificados, en la rebelión de las conciencias contra la manipulación de los medios y de los políticos, en la caída de los malos gobiernos, en la aparición de nuevos líderes populares. En la reconstrucción del país, en el futuro de paz de Colombia y en la recuperación de nuestro porvenir, de nuestras ciudadanías.

Entonces el hombre alza la voz y adquiere un tono apocalíptico. ¿No se da cuenta de que en México hay signos de los últimos tiempos?, ¿no ve que el Enemigo los tiene cogidos por el cuello? Como acá, les ha enseñado que la vida no vale nada y nada va a cambiar. El Enemigo está cobrando facturas, como dijo el papa Francisco. ¿En qué país desaparecen a cuarenta y tres muchachos sin que pase nada, y el crimen se mueve libremente bajo el amparo de las leyes? El miedo y la pereza pueden más que la memoria.

Inquieto le pido que me baje. Se da cuenta de mi recelo y baja el volumen, cambia el tono de su discurso. Me aclara que me faltan unas cuantas cuadras para llegar a mi destino.

La mañana del 19 de septiembre de 1985 mi padre me molió a golpes. Continúa sin detener el coche. Ese día en el hospital supe que en el Distrito Federal había temblado y que murieron miles de personas. Lloré, lloré por mí, por los que estaban atrapados en las ruinas. Veintidós años después me rajaron el cuero también un 19 de septiembre, y aquí estoy para contarla. Sólo entonces vi la luz, el precio de la vida. Yo digo que el olvido nos ama con la muerte. No, no creo en todo lo que me dicen en mi Iglesia, pero ¿cómo explica usted que ocurran dos sucesos semejantes en la misma fecha? Es una señal de justicia, se lo dice un sobreviviente de la oscuridad. Es hora de ponerle cara al Enemigo.  ~

 

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JOSÉ ÁNGEL LEYVA es poeta, narrador, periodista, editor y promotor cultural. Ha publicado varios libros de poesía, entre ellos Duranguraños (2007) y En el doblez del verbo (2013). También ha publicado novela, ensayo, periodismo cultural, crítica literaria y de artes visuales. Su obra más reciente es Lectura y futuro (2015). Algunos de sus libros han sido traducidos a otros idiomas.

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