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FLM: La higuera en el centro  

Olivia Teroba | 01.10.2017
FLM: La higuera en el centro  

Odio que me digan nini. Digo, finalmente, es más su culpa que nuestra, ¿no? Puedo contar una por una las veces que he buscado trabajo y me han rechazado. Y me faltan los dedos. Título requerido. Experiencia. Pero, ¿de dónde voy a sacar la experiencia si nadie quiere darme trabajo? Y ¿a qué hora terminaré la tesis para conseguir el mentadísimo título si debo cuidar a la tía todo el tiempo?

Ah, si tuviera trabajo sería otra cosa. Mi padre pagaría una enfermera para la tía, y yo me iría de esta casa aburrida a un lugar más bonito, espacioso, ideal para trabajar. En una ciudad lejana, donde todo estuviera por conocerse, y también donde tuviera más ganas de escribir.

Aquí no puedo hacer nada. Me levanto en la mañana a estar con la tía, señorona detestable de más de ciento veinte kilos que apenas y puede moverse y siempre se está inventando una nueva enfermedad. Yo sé que no tiene nada, ni siquiera voluntad de vivir. Hoy, en un arranque de sinceridad —eso tarde o temprano pasa cuando estás nueve horas al día compartiendo la casa con alguien— levantó el brazo y, mirando su mano, suspiró y dijo: “Yo nomás vine a esta tierra a sufrir y a morirme”. Me dieron ganas de contestarle “y a joder la vida ajena”, pero callé y seguí leyendo. Callé tanto, tanto, que terminé con dolor de estómago toda la noche, como si las palabras se hubieran quedado allí y me hicieran daño.

Creo que me estoy volviendo igual de hipocondríaca que la tía. De pronto me dan dolores por todas partes y busco en internet síntomas que coincidan con los míos. Anoche encontré algo que sonaba muy bien: disautonomía, un asunto sobre estrés y el sistema parasimpático.

Quisiera estar enferma para justificar que no hago nada.

¿Se supone que éstos son los mejores años de mi vida?

 

 

No puedo escribir nada. Abro el archivo de la tesis, me pongo a navegar en internet, me entero de miles de cosas que la verdad no me importan, y juego videojuegos estúpidos que lo único que hacen es alejarme de pensar. Después veo el muro de Alejandro.

¿Por qué le dicen muro? Creo que tiene que ver con una muralla, porque estas estupideces nos alejan más y más unos de los otros. Por ejemplo, gracias a esta cosa puedo saciar mi sed de Alejandro sin hablarle. Veo sus fotos, sus pensamientos, las canciones que pasan por su cabeza. Y me siento casi feliz. ¿Qué pasaría si le escribo y le pido que salga conmigo a dar una vuelta en el Centro? Me gusta, pero no quiero verlo. No quiero ver a nadie de la universidad. No quiero que nadie se entere de que soy una fracasada, que no puedo encontrar un empleo fijo, que paso el día limpiando la casa y entrando cada hora en el cuarto de una tía enferma, esperando a que de una vez decida morirse.

Ni siquiera puedo terminar de leer el libro que llevo a su habitación cada vez que mi padre me dice “ve a pasar tiempo con tu tía”. Empiezo con algún párrafo y me detengo a pensar. Es sobre una escritora que se la pasa sufriendo porque no puede hacer todo lo que quiere. Cada una de sus páginas parece hablar de mi situación. Sólo que yo no soy brillante, ni inteligente, ni nada. Digo, me gusta escribir. Pero no soy un genio.

 

 

¿La gente que nace mediocre, muere mediocre? Yo estoy ansiosa por conocer el mundo, pero no me imagino cómo salir de aquí. Hace tiempo pensaba que casarme era una buena idea. Hasta que mi hermana vino acá a vivir con su marido y su hijo en lo que les construyen la casa. Un infierno.

Estamos todos sentados a la mesa del comedor, menos la tía. Cuando termine tendré que subir a darle de comer en la boca. Nadie dice nada. Desde que mi madre murió todo es silencio. Al menos ella buscaba de qué hablar, aunque fueran puros chismes vecinales. El niño, de unos meses, está sentado en la periquera mientras mi hermana le da de comer. Es curioso, las dos hacemos lo mismo, pero ella se ve tierna. Yo me siento una idiota cada vez que le doy de comer a la tía.

 

 

Un día de éstos la mataré. Disolveré todos sus somníferos en algún puré, o la asfixiaré con la almohada y saldré caminando por la puerta, como si nada.

Un día de éstos escaparé de casa. Me iré a la ciudad a trabajar en un 7-Eleven o en un McDonald’s. Rentaré una habitación para mí sola y escribiré todas las noches.

Un día de éstos le hablaré a Alejandro. Para que nos hagamos novios y me saque de aquí.

 

 

La tía tiene una campana para llamarme. A veces hace grandes escándalos a mitad de la noche. Llego y me dice que se le subió el muerto. Yo voy y le acaricio la cabeza y levanto como puedo su cuerpo gordísimo, le estiro los brazos y las piernas mientras le digo que no pasa nada, que descanse, que todo fue un sueño.

A veces pasa semanas enteras despertándome. Noche tras noche.

 

 

No sé si de verdad está enferma. Sólo está ahí, tirada, sintiendo la brisa que entra por la ventana.

—Léeme.

¿Cuántos años tiene la tía? Nunca he preguntado. La recuerdo vieja desde siempre. Y enferma. Desde que yo era niña, ella usaba un bastón. Y todos se burlaban. “¿Para qué quieres envejecer antes de tiempo?”, le decía mi padre constantemente.

—Tía, no vas a entender de qué se trata. Ya voy a la mitad del libro.

—No importa, léeme por favor.

Leo: “Me veía sentada en la horquilla de la higuera, muriéndome de hambre, sólo porque no podía decidir qué higo quería elegir. Los quería todos y cada uno, pero elegir uno significaba perder…”.

No me estaba escuchando. Sólo sonreía como una tonta. ¿Se me habrían pasado los medicamentos?

—Eres una chica muy dulce.

Cuando habla la tía, pide. O lanza insultos mientras manotea hacia los lados o hacia enfrente. Como espantando moscas. O algo más. El resto del tiempo mira al vacío. Esta vez no. Ladea su cabeza y me mira, como si quisiera fijarse bien en mí. Me da un escalofrío. ¿Se estará acordando de ella misma de joven?

—Alguna vez quise ser pianista. De chica aprendí, en la iglesia. Tocaba muy bien. Pero preferí dedicarme, tú sabes, a la vida en familia. Cuidé de mi madre. También quise casarme. Pero…

—Tía, deberías descansar. Voy por un vaso de agua a la cocina.

No me gusta escuchar historias familiares. Me asustan, me hacen sentir aún más atrapada en este microuniverso que es nuestra casa.

—No, hija, quédate, por favor.

Me le acerco y me da la mano.

—Deberías salir de aquí mientras puedes.

No sé si escuché bien. Me le acerco.

—¿Qué dijo, tía?

Pero no dice nada. ¿Está muerta?

No, sólo dormida. Ronca.

 

 

En esta casa no puedo concentrarme. Todo el tiempo hay ruido. Si no es el hijo de mi hermana que llora, es mi tía que toca la campana. Paso el día limpiando, y a veces mi padre me llama para hacer encargos.

Todos dicen que éstos son los mejores años de mi vida.  ~

 

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OLIVIA TEROBA estudió Comunicación y Lengua y Literaturas Hispánicas. Obtuvo el XLV Premio Latinoamericano de Cuento “Edmundo Valadés” en 2016. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de narrativa de 2015 a 2017.

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