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#CuotaDeGénero: Amor de verano

Abril Castillo | 12.10.2017
#CuotaDeGénero: Amor de verano

Penri está a la orilla de la playa. Nosotros tres adentro del mar. El mar es casi una alberca. Los tres somos Tomás, Lilian y yo. Penri es la perra de Tomás, mi hermano. Su nombre completo es Penriqueta. Él quería darle un nombre que fuera mitad perro mitad humano. Así que Penri es un híbrido también: aunque tenga forma de perra es un poco humana.

Hay olas, pero no arrastran ni se llevan nada. El suelo está tapizado de piedras. Es necesario entrar mucho al mar para no rasparse los pies, para quedar flotando en ese espacio sideral que es el océano. Eso hicimos y todo lo que dejamos atrás es ahora diminuto a nuestros ojos.

Penri le tiene miedo a la playa. A la playa no. Le tiene miedo al mar. Así que corre a todo lo largo buscando un punto que conecte directamente la arena seca con el fragmento de agua donde estamos nadando. Pero no hay ninguno. Se necesitaría un puente y Penri es perra, no ingeniera.

Penri se detiene a mi altura y deja de dibujar ese medio círculo abierto que acariciaba al mar como la playa misma y empieza a cavar un trayecto hacia mí en el agua. Como un topo. Hace un túnel virtual con su cuerpo y veo que no se necesita de ninguna ingeniería, sino sólo dejar de pensar.

Penri traza una línea recta que la conecta con nosotros. Pronto dejará atrás la gravedad. Le pregunto a Tomás si Penri sabe nadar.

Nunca había nadando, me dice emocionado.

Es un instinto, explica Lilian, como los bebés recién nacidos.

El tiempo nos borra los instintos, pienso. Crecemos y olvidamos que sabemos nadar. ¿Qué otras cosas olvidaremos? ¿Qué más sabremos hacer sin recordarlo?

Noto que Penri ya flota como nosotros.

Las miradas de los tres están puestas en ella que con los ojos cerrados se nos acerca como un tiburón amigable y muy asustado. Hace varios segundos que ya no pisa la arena mojada. Ahora se desplaza con la sola fuerza de sus patas y la certeza de que no hay marcha atrás. No le queda más que seguir avanzando.

Cuando nos siente suficientemente cerca, se me abalanza. Me abraza, me lame la cara. Me duele cuando entierra sus gordas uñas en mi espalda desnuda, pero la ternura me puede más.

Penri empieza a calmarse ahora que ha tocado esa tierra firme en que me he convertido de momento.

A mi hermano pocas veces lo he visto tan contento. Quiere ser él quien la abrace, pero Penri no me suelta.

Lilian y Tomás están juntos. Se tienen el uno al otro. Penri y yo no tenemos a nadie.

Hace unos minutos Penri corría sin sentido ni dirección en la playa, anhelándonos. Y yo flotaba con la vista puesta en el cielo extrañando cualquier cosa del pasado, con la certeza de tener machacado el corazón. Y aunque el miedo y la tristeza no son lo mismo, siento que compartimos cierta nostalgia. Y que por eso vino directo a mí.

¿Viste cómo justo vino directo a mí?, le pregunto retóricamente a Tomás, orgullosa o feliz o incrédula. Esperando que me afirme que, en efecto, hay algo especial en mí. Que yo misma soy especial. Que Penri me eligió, incluso por encima de él.

Fue hacia ti porque eras la más cercana, me explica sin mirarme y luego me la quita y la abraza él.

Muy bien, amiga, muy bien, la felicita, incapaz de ver a nadie más.

Penri sonríe fuera de sí.

Y yo sonrío dentro de mí.

Porque qué otra cosa es el amor que abrazar en medio del miedo aquello que tienes más cerca y que te necesita tanto como tú a él. Qué otra cosa es el amor que un tropiezo fortuito en el momento indicado.

Ése será recordado no como el día que Penri aprendió a nadar, porque eso ya lo sabía aunque no lo supiera. Sino como el día en que por primera vez se metió al mar.

Qué otra cosa es el amor que esos encuentros temporales, en lo que llega el verdadero para siempre.

Aunque sólo sea para alguno de los dos.

Bien por Penri.

 

Denver vive en el Usumacinta, Jimena Estíbaliz

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