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Modernidad y retorno: los zombis

Luis Enrique Escobar Nieto de Pascual | 16.10.2017
Modernidad y retorno: los zombis

Nuestro horizonte y el malestar

Actualmente, los Estados Unidos dirigen el cuadro de valores y de referencias cultas y populares en todos lados mediante los recursos invasivos de la academia, los negocios y el entretenimiento. Esto se puede ver particularmente en la clase media global, cada vez más parecida entre sí en los países donde se encuentra. Dicha dirección cultural termina influyendo en las formas en que imaginamos el presente, el porvenir, lo previsible y lo desconocido.

Un elemento central de este mundo liberal y americanizado es una criatura fantástica: el ciudadano-consumidor, que fue descrito por un cenáculo de personalidades llamado Sociedad Mont Pelerin, bastante responsable de muchas de las ideas compartidas globalmente que sostienen a todo el edificio,[1] pues fundamentó un sentido común, un horizonte. Estas ideas incluyen que la competencia es deseable, que el “éxito” monetario es la realización más completa de la persona, que el individuo puede cambiar radicalmente su condición personal y, con suficiente determinación, la del mundo entero. Como figurones de ello están Warren Buffett y Nelson Mandela. En este tipo de relato poco o nada importa que el más arduo trabajo no sea particularmente remunerado o que el mundo no cambie mayor cosa y que las injusticias se reproduzcan. Cuando algo no cuadra, generalmente se culpa al individuo y no a las condiciones concretas en áreas problemáticas que son identificables.

De ahí la loca carrera a la profesionalización, con las extenuantes y alienantes jornadas laborales con las que se espera tener como recompensa ascender, eventualmente, gracias a la regularidad total de trabajar bajo el signo del tropo cultural del sacrificio personal, del martirio cristiano. Se inmola la personalidad para ganar posición y estima. Se trabaja por años fatigantes en asuntos que no interesan al trabajador a cambio de dinero y, acaso, posición social.

Tal forma de vida supone mecanicidad antes que racionalidad, pues obliga a la reproducción de patrones establecidos si se desean los satisfactores a los que nos predispone la sociedad del espectáculo. Se actúa por encargo, se piensa para vender.

 

Se agitan los panteones

Hay una sospecha de haber alcanzado, en nuestro horizonte liberal, el modelo definitivo de organización humana, y tal como pareciera ser fútil limitar al mercado, resulta imposible un gobierno recto. Esto es lo que yace en el fondo de la idea compartida sobre la imperturbabilidad del mundo, lo cual permite imaginar que el único camino abierto a la radical transformación de lo establecido pasa por el colapso sistémico, biológico. No incluyo en lo anterior los llamados más o menos razonables y conocidos a ajustar las respectivas coordenadas sistémicas generales.

En el debate público no hay sino discusiones descafeinadas de esos temas, cuando mucho, y se les atiende durante el mismo tiempo que dura la emoción por la película más reciente de Woody Allen. La población abierta de la clase media global ignora felizmente a los Chomskys, Villoros, Atkinsons y demás, pero no lo hace con los productos del entretenimiento de consumo que acuden al leitmotiv del desastre. La popularidad de películas, series de televisión, novelas, cómics y videojuegos es prueba de ello. Y no se trata de desastres localizados, sino generales, terminantes o refundacionales.

Las fantasías apocalípticas han estado en la imaginación de la gente desde hace siglos: el retorno del imán escondido, el Juicio Final, Gog y Magog, la muerte del sol. La sospecha compartida es la de que, sin duda, habrá un fin definitivo, una destrucción tan general que todo lo que se da por sentado se descubrirá vano e irrelevante. Esto importa porque muestra que las normas vigentes son quebradizas y que su observancia es una decisión. Una diferencia entre las fantasías apocalípticas tradicionales y las contemporáneas es que estas últimas no tienen una dimensión mítica sobresaliente. Quizás haya lecciones (la solidaridad importa, la codicia es mala), pero la divinidad siempre está ausente.

Aunque hay seres y fuerzas fantásticas que rondan el espacio simbólico de muchas culturas, éstos sólo gozan de un éxito relativo y ganan presencia e influencia entre grupos amplios gracias a procesos críticos, a lapsos de cambio veloz en la sociedad y a elementos que la ordenan. Su éxito depende del paso de una época a otra. Hoy, las consecuencias de una cuarta revolución industrial empiezan a sentirse: automatización, digitalización e interconexión, lo que coincide con el notable grado de desigualdad económica.

Nuestras fantasías actuales sobre el colapso civilizatorio revelan una ansiedad por el orden social de forma tan sugerente como poco inteligentes son las causas hipotéticas del desastre. Se verifica una proporcionalidad inversa entre la magnitud del colapso y la minucia inicial o lo cotidiano del agente causal: un microbio termina destruyendo Manhattan, o algo similar. Se trata de un guiño a la fragilidad de las cosas. Puede tratarse de una epidemia exótica que se mueve por el aire, de un insecto o de cualquier otro vector ingobernable. En otras versiones se trata del arrasamiento nuclear, del cambio climático fuera de control o, mucho más entretenido, del despertar zombi.

La actual fascinación por los muertos vivientes, esa masiva e irresistible venganza de ultratumba, advierte —motivo que no es aparente— una renuncia al cambio político, lo que coincide perfectamente con la noción popular que se tiene del poder y, por extensión, del poderoso como inevitablemente corrupto. En las alternativas anteriores al desastre hay elementos definitorios de un conflicto esencialmente ordinario. Aquí los hombres tienen algo que hacer, algo pueden hacer. En la plaga cadavérica es imposible cualquier solución que impida el colapso; no se puede intervenir en su contra.

Hay una suerte de insatisfacción cultural ante la imaginada imposibilidad de una acción común para conseguir la transformación social. No estamos contentos con que la sociedad siempre será gobernada del mismo modo, por las mismas fuerzas. Sospechamos que la transformación sólo puede ocurrir por una potencia sobrehumana, primitiva e ilógica. Dado que el orden vigente parece inmortal, solamente su negación categórica puede terminar con él. Sólo una catástrofe radical e incomprensible podría refundar al mundo.

La razón de este decurso lógico de la posibilidad del cambio es que tenemos tan interiorizada la imperturbabilidad del orden social, político, económico y simbólico vigente que una alternativa cercana y hacedera en nuestro tiempo se antoja imposible. Un ejemplo de esta noción de imposibilidad: la absoluta necesidad del dinero como mecanismo de intercambio, instrumento relacional y valor aproximado de la materia física que nos rodea. Es tan importante que lo usamos incluso como medida de nuestro tiempo.

Esto es un reflejo del “organicismo social” propuesto por Herbert Spencer, en el que las instituciones sociales operan como los órganos biológicos de un cuerpo, y el orden social sencillamente no puede ser distinto porque es natural. Pero si la sociedad es tal y como debe serlo, sólo una disposición que niegue los procesos naturales puede cambiar las cosas definitivamente. Porque sólo si los hombres devienen en otra cosa de lo que son, el mundo puede cambiar. ¿Qué mayor negación de lo natural que volver de la muerte?

El zombi es propio de la tradición popular del golfo de Guinea y se originó gracias al tráfico de esclavos en las Antillas; es parte de la tradición afrocaribeña por culpa del comercio de esclavos africanos en esas islas. Es, por principio, inseparable de sus mitos y prácticas esotéricas, pero la apropiación estadounidense del muerto viviente como algo entretenido, su domesticación en disfraz de Halloween, es lo que explica la difusión de este modelo específico de desastre, suceso que se corresponde con la dirección cultural estadounidense en el planeta. La posición que ocupa hoy el zombi no reviste las mismas características del arquetipo tradicional porque no se delimita a un brujo en particular ni a una comunidad atacada. Es una épica en sí, con otros alcances, con significados bien distintos. Los zombis son inseparables de Hollywood.

Un estudio genial sobre brotes de zombis en la Sudáfrica democrática —la gente aseguraba haberles visto— señala que detrás de algo tan pintoresco está la atmósfera de nuestra etapa específica de capitalismo, y demuestra los vínculos entre el automatismo de los modos de producción y la inconsciencia que caracteriza por igual al zombi y al consumidor.[2] Lo excepcional es que la fascinación por los zombis no se manifiesta exclusivamente en artículos de entretenimiento (también populares), sino, además, en la cotidianidad de quien vivió la liberación racial en tiempos neoliberales. Algo dice esto de la potencia del tópico.

Es importante indicar por qué seres así fascinan a tal grado y a tanta gente, y cuál es el mecanismo detrás del contexto ya mencionado. La idea supone una reedición de uno de los viejos temas de la humanidad: la trascendencia. Aunque es bastante original que el puente entre vida y muerte ―uno de los misterios básicos para toda cultura y práctica religiosa― implique una infestación y un automatismo.

La muerte se asocia fácilmente a lo infinito, a lo que no tiene término. Todos y cada uno de nosotros hemos de morir, como hicieron ya las incontables generaciones que nos anteceden. Las osamentas duran milenios y las momias nos recuerdan los siglos que puede perdurar un cadáver con su forma original. Las hay en los Andes, el Himalaya, Egipto, Guanajuato… De esa posibilidad innúmera surge el terror de ver a los muertos andando por las calles.

El despertar zombi, con su automatismo de acción (devorar cerebros) y su infestación, resulta perfectamente compatible con el horizonte civilizatorio de nuestra época, de un liberalismo capitalista que exalta y exige individuos en lucha perpetua con sus semejantes. Los zombis mimetizan tal exigencia, pues ni siquiera muertos actuamos de forma muy distinta a lo que hacemos en vida. El zombi escenifica entonces una hipérbole de la realidad: estamos muertos en vida.

El uso habitual de los conceptos del mercado neoclásico, para explicarnos las comunidades políticas y sus sociedades contemporáneas, es una cuestión de supervivencia sistémica. Dejar de pensar en la República como en un mercado con opciones electorales (oferentes) y ciudadanos-votantes (compradores) obliga a cambiar mucho más. Si el horizonte vital prescindiera parcialmente del dinero, las lógicas vigentes de producción y consumo estallarían. Como no hay alternativas ideológicas robustas para tales planteamientos, imaginación institucional o credibilidad entre el personal político, añoramos el fin del mundo, al menos de éste. Como vivimos en un mundo cada vez más empapado de lo estadounidense, y en una asimilación global creciente, la versión del desastre que nos ilusiona son los zombis. Pero hay una obscenidad en ello, en su circularidad, en la salida imposible. No podemos librarnos del sinsentido.

 

NOTAS

[1] Al respecto puede consultarse Fernando Escalante Gonzalbo, Historia mínima del neoliberalismo, El Colegio de México, 2015.

[2] Jean y John Comaroff, “Alien-Nation: Zombies, Immigrants, and Millennial Capitalism”, The South Atlantic Quarterly, vol. 101, núm. 4, Duke University Press, 2002, pp. 779-805.

 

Crédito de la fotografía: U.S. Air Force photo/ Terry Wasson

 

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LUIS ENRIQUE ESCOBAR NIETO DE PASCUAL es politólogo por El Colegio de México. Actualmente trabaja como consultor.