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POLÍTICA: Anatomía rápida del populismo

Ernesto Zedillo | 01.11.2017
POLÍTICA: Anatomía rápida del populismo
El presente texto fue dictado en inglés el 21 de abril del 2017 por el expresidente Ernesto Zedillo en el Foro de Política Latinoamericana, organizado por la Escuela Harris de Políticas Públicas de la Universidad de Chicago.

Me complace mucho ser parte de este quinto Foro. Agradezco sinceramente a los organizadores por su amable invitación.

También estoy profundamente agradecido con el presidente Zimmer por varias razones. Por su compromiso con la misión y el éxito de la Escuela Harris de Políticas Públicas, en tiempos en que el valor social del servicio público es injustamente calumniado.

Anoche unos estudiantes me hablaron del gran impulso que esta escuela ha recibido durante el periodo en que el presidente Zimmer ha estado a cargo, en especial con la creación del Instituto Pearson, que sin lugar a dudas está mejorando todavía más la calidad académica de la Escuela.

Asimismo, elogio los esfuerzos del presidente Zimmer para seguir atrayendo a estudiantes de América Latina, incluyendo a mi propio país.

Por último, quiero expresarle a la Universidad de Chicago en general mi amistosa pero sentida envidia por la contratación que se llevó de Harvard al profesor Jim Robinson. ¡Cuán afortunados son, queridos estudiantes!

Siendo éste un foro sobre América Latina en tiempos en los que acontecimientos peculiares están teniendo lugar no sólo en nuestra región, sino también en otras partes del mundo, pensé que podría ser interesante encontrar un tema que pueda hacernos pensar en estas peculiaridades de las que estamos siendo testigos, a través de la experiencia latinoamericana.

Dar con un tema así no fue difícil, ya que, hace unos días, cuando participaba en una mesa redonda, la moderadora me dijo: “Muy bien, profesor Zedillo, ahora hablemos sobre el populismo”.

Puesto que hoy en día esa palabra se usa para discutir algunos panoramas políticos recientes, no tuve problema en entender por qué ella quería tener una conversación sobre el tema. Lo que me pareció difícil de entender de inmediato fue por qué se había dirigido a mí para tratar esa cuestión. “¿Por qué yo?”, la interrogué. Recibí una respuesta muy concreta y esclarecedora: “¡Pues porque usted es latinoamericano!”.

Volviendo momentáneamente a la historia de nuestra región, debo admitir que, incluso por las peores razones, los latinoamericanos deberíamos saber por lo menos algo sobre el populismo.

En no pocos de nuestros países, incluyendo a los grandes y a los pequeños, el populismo ha tenido una presencia recurrente con consecuencias no particularmente gloriosas. Esta desafortunada circunstancia hace que sea muy tentador recuperar de nuestra memoria algunos elementos de la experiencia populista latinoamericana que podrían encontrarse en acontecimientos que estan ocurriendo hoy en varias naciones importantes, no tropicales, del hemisferio norte.

Por supuesto que mis comentarios no deberían ser tomados como un intento de proporcionar un análisis riguroso y exhaustivo de nuestras tribulaciones populistas. Se trata simplemente de una conceptualización apresurada de numerosos episodios de populismo en América Latina. Por esto no daré referencias específicas a casos (países y personajes) que tengo en mente mientras hago estas observaciones.

Una primera observación es que, en contra de las afirmaciones de algunos politólogos, el populismo así como se practica en América Latina no es realmente una ideología. Hemos tenido populismo tanto de la izquierda como de la derecha, lo que hace evidente que el fenómeno no constituye una ideología en particular.

Para hablar sin rodeos, el populismo ha sido esencialmente una táctica política para obtener y/o conservar el poder, democráticamente o no. Esto es importante. A los politólogos les gusta declarar que el populismo es algo así como un hijo malo de la democracia, puesto que no puede surgir ni existir sin ella. En realidad no. El populismo se ha usado en nuestra región para tomar y retener el poder con medios completamente antidemocráticos. Sin embargo, ambas categorías de populistas-buscadores-de-poder (democráticos y no democráticos) tienen en común varias tendencias.

Los populistas persiguen la popularidad y el poder prometiendo soluciones mágicas a problemas concretos que la población sufre día a día: pobreza, exclusión social, inseguridad y falta de oportunidades económicas.

Todo populista practica el maniqueísmo político. En el discurso populista, cada problema que el país y su gente enfrentan sólo existe porque “los malos” han estado a cargo. Si se diera el poder a “los buenos”, entonces los problemas se resolverían por la simple virtud de la buena voluntad. Simplificaciones excesivas —si no es que deliberadas mentiras que apelan a las emociones y a las frustraciones de la gente— son usadas profusamente por ellos para conseguir apoyo en su búsqueda de poder.

Persuadir pero no con la razón, sino con la pasión, el prejuicio y la ignorancia es un recurso frecuente del típico populista latinoamericano. Todos los populistas aseguran no estar únicamente apelando al pueblo, sino, además, y de hecho, representándolo, como por designación divina. Su fantasía esencial es que no solamente representan al pueblo, sino que, además, lo encarnan. También les gusta asegurar que son sus redentores. Sin embargo, para ellos, “el pueblo” sólo está constituido por quienes los apoyan (o por quienes, al menos, los toleran). Por consiguiente, aquellos ciudadanos que no son simpatizantes, ni activos ni pasivos, no son reconocidos como parte del pueblo; más bien son enemicos de éste. De ahí que se sientan con el derecho de insultar, ridiculizar y reprimir a sus opositores.

No es raro tampoco que los políticos populistas alienten a sus partidarios para que intimiden a sus opositores políticos por todos los medios imaginables, incluso con violencia. En pocas palabras, desprecian el pluralismo.

En nombre de su pretendida encarnación del pueblo, se sienten con el derecho de abusar del poder tan pronto lo obtienen. Después de todo, afirman que todo lo que hacen es en representación y beneficio del pueblo. Se apoderan de las instituciones del Estado, las debilitan bajo el pretexto de eliminar las barreras entre el líder y las masas, y usan lo que haya quedado de esas instituciones como un instrumento para mantener y aumentar su propio poder. Buscan inmediatamente, por medios legales o ilegales, incapacitar precisamente a esas instituciones que controlan y sirven de contrapeso al Poder Ejecutivo. Llegan al extremo de cambiar la Constitución de su país o incluso de reemplazarla completamente para aumentar y ampliar su poder, en especial permitiendo reiteradas reelecciones cuando antes éstas no existían.

Del mismo modo, hacen cualquier cosa dentro de su capacidad legal e ilegal para dominar y, de ser posible, reprimir totalmente a la sociedad civil. La misma actitud reina con respecto a la prensa libre, a la cual se le considera desde un inicio, y mientras sobreviva, como oposición política. Ninguna oposición es legítima dado que supuestamente sólo ellos pueden hablar en nombre del pueblo.

Son, además, sumamente eficaces haciendo creer a sus simpatizantes que forman parte de algo históricamente único, como una revolución social transformadora o una resistencia crucial contra el imperialismo extranjero. No sorprende, por lo mismo, que algunos líderes populistas latinoamericanos, incluso cuando hayan sido electos democráticamente, se conviertan en autócratas o, peor aún, en dictadores hechos y derechos.

Incluso se ha observado que líderes populistas que en un principio se comportaron de forma racional y sensata, al atiborrarse de poder acabaron adoptando ideas mesiánicas sobre sí mismos y concibiendo ideas delirantes. Suelen usar todos los medios a su disposición para fomentar el culto a su personalidad entre la población. No sienten ninguna vergüenza poniéndole su propio nombre a programas de gobierno, avenidas, parques, escuelas, monumentos, edificios, etcétera.

Una débil restricción institucional, una sociedad civil oprimida y una prensa intimidada (o coptada) hacen que sea más fácil abusar del poder, lo cual tiene consecuencias inmediatas en la forma en que se utilizan los recursos públicos. El patrimonialismo —desafortunadamente una constante a lo largo de la historia del ethos político de Latinoamérica— es exacerbado bajo regímenes de este tipo. El enfoque patrimonialista de usar los recursos públicos facilita la corrupción y, lo que es más importante, sirve para pagar el clientelismo. Mientras tengan los recursos, los usan para fortalecer su principal base política de simpatizantes. Los populistas pagan por la lealtad mientras que castigan con severidad a la crítica y a la oposición.

Utilizan esa lealtad para promover el conflicto contra la oposición democrática, fomentando con fervor la polarización en la sociedad. Para esto hacen un uso patente y profuso de los conflictos entre las clases sociales.

Resulta interesante, sin embargo, que su relación con la llamada élite pasa normalmente por un ciclo de odio-amor-odio. Se instauran en el poder encontrando apoyo de ciudadanos con resentimientos, frustración y enojo contra las élites políticas y económicas. Sin embargo, apenas llegan al poder, los líderes populistas y las élites —o al menos con una parte de ellas— buscan un acuerdo mutuo. Por un periodo de tiempo, juegan entonces el juego del “idiota útil”: miembros de la élite apuestan a manipular al líder populista mimando sus tendencias narcisistas y mesiánicas, incluso disponiéndose a apoyar algunas políticas a las que se oponen tradicionalmente y que podrían ir en contra de algunos de sus intereses, pero que avalan con el objetivo de preservar en equilibrio su “captura” del sistema.

A su vez, al líder populista le gusta creer que ha alcanzado una temprana rendición de la élite y utiliza a este grupo para seguir adelante con su programa. El acuerdo tácito dura mientras que la economía se mantenga alejada de problemas graves. Pero cuando ésta se “viene abajo”, la mutua acritud y desconfianza entre ambos reaparecen con gran fuerza.

Con frecuencia el “paquete completo” del populismo incluye una economía antimercado, un nacionalismo xenófobo y autárquico, y políticas autoritarias. Tienen una marcada tendencia a culpar a otros por los problemas y fracasos de sus países. Promueven y difunden teorías de la conspiración según las cuales personas “malas”, organizaciones y naciones enteras ocasionan todos los problemas imaginables. Culpan a compatriotas que se oponen al gobierno y, con igual o mayor vehemencia, a extranjeros que invierten en o exportan hacia su país. Restricciones en comercio exterior e inversión extranjera, incluyendo algunas verdaderamente draconianas, son parte esencial de su juego de herramientas.

Los populistas elogian el aislacionismo y evitan el compromiso internacional, excepto con sus compinches extranjeros. Se ponen especialmente a la defensiva con las instituciones y organizaciones que podrían denunciar su abuso de poder. De hecho, intentan descalificar a esas entidades como agresores extranjeros tratando de violar la soberanía nacional.

Ostentan su proteccionismo y xenofobia como prueba de su “auténtico patriotismo”, y son sumamente hábiles manipulando los sentimientos nacionalistas de la gente con el fin de imponer su retrógrada agenda política y económica. En relación con las medidas económicas, el derroche fiscal y monetario es la característica más distintiva del populismo.

Cuando era estudiante de posgrado me topé, en un libro de la Biblioteca Sterling de Yale, con una cita de una carta escrita en 1952 por el presidente Perón de Argentina, dirigida al general Carlos Ibáñez del Campo, que acababa de ser electo como presidente de Chile. Dicha cita dejó en mí una impresión duradera y casi traumática de lo que realmente significa el populismo. Por años me arrepentí de no haberla copiado para poder repetirla textualmente más tarde. Por eso me dio mucha alegría encontrarla de nuevo en un libro del 2010 del admirable investigador chileno Sebastián Edwards (egresado, por cierto, de la Universidad de Chicago). Y no puedo resistir la tentación de repetirles lo que el general Perón escribió al general Ibáñez: “Mi querido amigo: Dale a la gente, en especial a los trabajadores, todo lo que sea posible. Cuando te parezca que ya les estás dando demasiado, dales más. Verás los resultados. Todos intentarán asustarte con el espectro de un colapso económico. Pero todo eso es una mentira. No hay nada más elástico que la economía, a la que todos le tienen mucho miedo porque nadie la entiende”.

La afirmación de que nadie entiende la economía puede ser cierta, pero creo que debemos coincidir en que el resto del consejo que da Perón a su amigo no sólo no es bueno, sino que más bien es fatal. De cualquier forma, los populistas, como regla general, no hacen caso de los principios esenciales de la economía, e intentan usar copiosamente esa elasticidad de la que Perón era todo un entusiasta y un creyente.

Se han escrito volúmenes sobre las consecuencias económicas del populismo en América Latina y lógicamente éste no es el momento ni el lugar para presentar toda la evidencia allí contenida. Es posible, sin embargo, señalar categóricamente que, casi como una ley, todos los gobiernos y líderes populistas han fracasado en América Latina. Tal vez hayan tenido periodos de aparente éxito, explicados, irónicamente, en su mayor parte por condiciones internacionales temporales que les fueron favorables, pero invariablemente sus historias económica y política han tenido un final trágico.

Los experimentos de los populistas para estimular la economía, redistribuir ingresos con excesivos déficits fiscales, y decretar y controlar políticas intervencionistas y proteccionistas, en muchos casos, han terminado en catástrofes económicas en las que los segmentos más pobres de la población han sufrido las consecuencias más devastadoras.

Cuando ha sido ejercido en la región, el populismo económico desenfrenado ha resultado en una profunda recesión, un alto índice de desempleo, una inflación fuera de control, una crisis de la balanza de pagos, un aumento de la pobreza y una peor distribución de los ingresos.

En una paradoja cruel, los gobiernos populistas prometen que sus países serán más independientes, pero todos acaban haciéndolos más dependientes de o vulnerables ante los poderes extranjeros.

Hablar de tragedia no es una descripción metafórica de cómo ha sido el final de varios gobiernos populistas en América Latina. Una tragedia para el pueblo y también para los líderes populistas ha sido el final concreto recurrente de esos tristes episodios de nuestra historia.

Hacer una adecuada rememoración de esta historia —desde luego de forma más reflexiva y analítica que lo que yo he hecho durante estos cuantos minutos— es pertinente al menos por dos razones importantes. Primero, deberíamos desear que aquellos que actualmente juegan con sus propios experimentos populistas aprendan de nuestros bien documentados fracasos en América Latina. Desafortunadamente nuestra región ha sido zona de impacto del populismo y la demagogia, y hemos pagado consecuencias sumamente dolorosas. Es necesario que la gente de diversas naciones, incluyendo a las desarrolladas, sepa lo que nos sucedió cuando le hicimos caso a los seductores cantos de los demagogos.

En segundo lugar, y más cerca de nuestro corazón, queremos evitar otra repetición de la historia en nuestros propios cuadrantes. Como todos sabemos, tras la euforia de los buenos años, que se sostuvieron gracias al súper-ciclo de commodities y a la resiliencia manifestada durante la peor fase de la Gran Crisis, la mayoría de nuestras economías han estado padeciendo un crecimiento mucho más lento —incluso recesiones sin precedentes como la de Brasil—, lo cual representa la amenaza de sufrir un revés en los significativos triunfos en la reducción de pobreza y en el mejoramiento de la distribución de ingresos alcanzados en la primera década y media de este siglo.

Como lo confirmó la base de datos del World Economic Outlook (weo) del Fondo Monetario Internacional (FMI) que se dio a conocer esta semana, mientras que la economía global parece estar ganando ímpetu al hacer que la institución eleve su pronóstico para el crecimiento de la producción mundial en el 2017, lo opuesto aplica a la región de América Latina, donde la previsión del pib, tanto para el 2017 como para el 2018, ha sido ajustada a la baja otra vez (1.1 y 2.0%, respectivamente).

Éste será el cuarto año consecutivo en que la región tendrá un desempeño económico mediocre, no sólo en comparación con otras regiones emergentes, como ha sido el caso ya por mucho tiempo, sino también en comparación con su propio pasado inmediato.

El crecimiento del pib, que había promediado cerca de 4% en los diez años anteriores al 2014, habrá promediado entre ese año y el 2017 sólo 0.3%. No hace falta decir que la preocupación más grande en cuanto al mediocre desempeño de la región tiene que ver con sus efectos en la reducción de la pobreza y la desigualdad de ingresos.

Como lo reportó la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) en su Panorama Social de América Latina publicado en febrero, el progreso en la reducción de los índices promedio de pobreza simplemente se detuvo en el 2014 y, de hecho, pudo haber retrocedido en el 2015. A pesar de que la desigualdad promedio en los ingresos todavía disminuyó en el 2014, es dudoso que la tendencia hacia una menor desigualdad se haya mantenido en el 2015.

Dado el decepcionante desempeño económico general de la región en los últimos cuatro años, el 2015 bien podría ser señalado, cuando las estadísticas pertinentes estén disponibles, como un punto de inflexión para mal en la lucha por reducir la pobreza y la desigualdad.

¿Podrían estos desafortunados acontecimientos, junto con la ola de populismo en algunas partes del mundo desarrollado, constituir fuertes vientos a favor de su resurgimiento en América Latina? Es posible, pero espero que de ninguna manera sea el caso.

Es cierto que cuando la economía tiene un muy mal desempeño y las expectativas de progreso de la gente son negativas, se dan las condiciones para que los demagogos intenten ganar el poder prometiendo resolver las aflicciones de la población con medidas maniqueas, rápidas e indoloras.

Los políticos populistas recuperarán, y de ser conveniente actualizarán, sus viejos manuales, los cuales resumí hace unos momentos. También sabrán que la retórica agresiva de los populistas del norte hará a su vez que sea más fácil despertar sentimientos nacionalistas, xenófobos y aislacionistas entre sus electores en América Latina.

Sin embargo, estoy seguro de que un posible renacimiento del populismo en Latinoamérica sería mitigado. Baso mi modesta opinión en tres conjuntos de consideraciones.

Primero, nuestros electorados no tendrán que regresar mucho en la historia para visualizar las falacias y fracasos del populismo en nuestras tierras. De hecho, la peor calamidad ocasionada por éste en nuestra región está ocurriendo justo ahora. Estamos viendo en tiempo real las catastróficas consecuencias económicas, políticas y sociales de una “revolución” populista que ha aplicado con asiduidad cada política, artificio y truco contenido en el más completo manual de populismo latinoamericano.

El hecho de que un país que por varios años disfrutó de un impacto exterior inmensamente favorable debido a los altos precios de su principal producto de exportación, lo que se tradujo en enormes ingresos, haya podido, en el mismo periodo, empobrecerse, ver diezmado su capital físico y humano, volverse prácticamente insolvente y arreglárselas para convertirse en un arquetipo de represión política y de destrucción de las instituciones democráticas, es algo prácticamente sin precedentes en la historia moderna mundial.

Lamentablemente, aunque con seguridad es el peor caso, éste no es el único ejemplo vivo de las tribulaciones populistas de América Latina. Calamitosas experiencias pasadas y presentes deberían proporcionar a nuestros electorados algo para reflexionar en los próximos años.

En segundo lugar, tomemos en cuenta que mitigar el riesgo de un resurgimiento populista también debería depender de la calidad de las alternativas verdaderamente democráticas para el liderazgo político en nuestros países. En el presente contexto de electorados malhumorados y resentidos, los competidores políticos con puntos débiles —incluso si son verdaderos creyentes en la democracia— serían una presa fácil para los demagogos populistas.

Algo que los políticos democráticos realmente no deberían de hacer es competir con populistas en sus términos, es decir, haciendo promesas irresponsables. Nuestros electorados deben ser tratados con respeto, ofreciéndoles diagnósticos francos de nuestros problemas y soluciones realistas a éstos.

La integridad es el mejor antídoto contra la demagogia. La integridad no es sólo un asunto de honestidad personal; en política también se trata de proponer con claridad a los ciudadanos lo que se debería hacer junto con el cómo se haría. Requiere, además, que se le hable al pueblo con la verdad sobre los retos que se vienen para hacer que el desarrollo de nuestros países converja al fin con aquellos países con los que preferimos compararnos.

La integridad política comprende, desde luego, el reconocimiento del progreso hecho en nuestros países desde la década perdida de l980, pero, lo que es más importante, el admitir que las tareas todavía pendientes —para alcanzar un crecimiento más alto y un desarrollo verdaderamente inclusivo— son numerosas y sumamente exigentes.

Informar a los ciudadanos y deliberar francamente con ellos sobre esas tareas pendientes será de primordial importancia para alcanzar el consenso político y social sin el cual un progreso significativo sería imposible.

En tercer lugar, espero que, irónicamente, el recién revitalizado populismo no tropical del hemisferio norte también sirva para vacunarnos contra una recaída en la enfermedad del populismo latinoamericano.

Por un lado, confío en que los populistas del norte pronto serán desacreditados gracias a las incongruencias flagrantes —que lindan con lo absurdo— de sus políticas y acciones. Por otro, tengo mucha seguridad en que los controles y contrapesos de reconocido prestigio —ciertamente construidos más sólidamente que aquéllos en nuestros sistemas políticos latinoamericanos— no sólo limitarán el daño hecho por los populistas no tropicales, sino que, además, serán capaces de aplicar correctivos ejemplares a sus comportamientos desviados, correctivos que deberían servir para fortalecer nuestras propias convicciones y prácticas democráticas. 

En última instancia, el mensaje es que no debemos imitar a aquellos que ahora tristemente están, a su vez, siguiendo los pasos que algunos de nuestros países latinoamericanos dieron en el pasado y que lamentablemente algunos continúan dando en el presente.

Latinoamericanos, permitámonos sentir pena por nuestros amigos del norte, mientras nosotros seguimos tratando de hacer lo correcto por nuestro propio desarrollo, sin olvidar nunca que la coordinación, interdependencia, cooperación y solidaridad internacionales están en nuestro propio interés nacional y regional.

Muchas gracias. EP

 

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El expresidente Ernesto Zedillo es director del Centro de Estudios para la Globalización en Yale, universidad donde también es profesor en el campo de política y economía internacional, en estudios internacionales y regionales, y profesor adjunto de Estudios Forestales y Medioambientales. Asimismo, es miembro de la Comisión Mundial para las Políticas Públicas sobre las Drogas y del grupo The Elders. Traducción de Claudia Benítez.

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