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PERFIL: Miguel Mancera Aguayo

Agustín Carstens | 01.11.2017
PERFIL: Miguel Mancera Aguayo
Reflexión leída el 6 de octubre de 2017 en el Antiguo Convento de los Betelmitas en el marco del homenaje a Miguel Mancera Aguayo

Estoy convencido de que en México nos hace falta impulsar mucho más una cultura de exaltación para las personalidades constructivas y ejemplares que ha tenido el país. Darles el reconocimiento merecido y, sobre todo, darles las gracias a tiempo. Hay casos, como el que hoy nos convoca, en los que personajes emprendieron acciones que pudieran haber sido controvertidas en su momento, y cuyos resultados no hayan sido obvios ni inmediatos, pero que la convicción de que dichas acciones eran por el bien de México los motivaron a actuar, a pesar de las críticas, los costos políticos o, simplemente, la indiferencia de la sociedad. Sembrar hoy para que otros cosechen mañana. Esta actitud es la que caracterizó a nuestro homenajeado, Miguel Mancera Aguayo, director general del Banco de México por más de 12 años, primer gobernador del Banco autónomo, y que ingresó a la institución hace casi 60 años. Hoy son más que patentes los grandes beneficios que han traído al país las acciones que Miguel Mancera impulsó y el gran legado que nos ha dejado. Por eso hoy lo estamos celebrando, cosa que deberíamos haber hecho hace varios años. Éste es un homenaje a una figura señera del Banco de México.

 

 

En su trayectoria profesional, Miguel Mancera se nos presenta como una persona polifacética. Puedo pensar en cuando menos 11 características que lo describen: (1) hombre innovador y reformista, (2) estupenda formación profesional, (3) banquero central pragmático, con inclinación a la solución de problemas, (4) hombre de principios, (5) capacidad didáctica para explicar problemas complejos, (6) gran habilidad retórica para ganar discusiones y convencer a audiencias, (7) liderazgo moral e intelectual de inmensa valía, (8) resistencia y templanza para enfrentar situaciones de crisis intensa, (9) hombre de lucha perseverante, de esfuerzos contra corriente, (10) certera visión institucional con respeto a la fortaleza del Banco de México, y (11) ejemplar jefe de familia.

Quisiera ahora presentar la evidencia de algunas de estas características con ejemplos de acciones que promovió Miguel Mancera a lo largo de su trayectoria profesional.

En los albores de su carrera, diseñó un mecanismo institucional para el financiamiento y aseguramiento de exportaciones manufactureras. De aquí emanó el fideicomiso Fomex, que el entonces joven economista dirigiría desde su creación en 1962 hasta 1967, año en fue ascendido al importante puesto de gerente internacional en el Banco de México. Ya para entonces Miguel formaba parte del círculo cercano de colaboradores de don Rodrigo Gómez.

Más adelante, ya como subdirector general de 1972 a 1982, simplificó el esquema de encaje legal, el cual era tan complejo que llevaba dos años para determinar si un banco había cumplido cabalmente con las disposiciones. En 1974, propuso la creación de la banca múltiple e impulsó la Ley de Mercado de Valores en 1975. Sin duda, su mayor aportación en esa época fue la creación de los Certificados de Tesorería (Cetes), en 1977.

Junto con la promulgación de la Ley de Mercado de Valores, la creación de los Cetes permitió el despegue definitivo en México del mercado de dinero y de valores, que había estado estancado por décadas. Asimismo, la creación de los Cetes fue lo que hizo posible por primera vez que en su historia el Banco de México empezara a recurrir a las operaciones de mercado abierto como mecanismo de regulación monetaria.

Brincando en el tiempo, a partir de 1983, ya como director general del Banco Emisor, creó el Ficorca, en medio de una de las crisis financieras más profundas que haya enfrentado el país. En ausencia de ese mecanismo, la gran mayoría de las grandes empresas mexicanas se hubieran ido a la bancarrota, con el consecuente costo en términos de desempleo y caída de la actividad económica. Habría sido una verdadera debacle. No sólo Ficorca permitió a las empresas solucionar su problema de sobreendeudamiento externo, sino que terminó generando cuantiosas utilidades al erario público.

Pero en su faceta reformista hacia el progreso de la banca central, Miguel Mancera alcanzó el pináculo con la autonomía de este instituto central. En efecto, Miguel Mancera, junto con el secretario de Hacienda Pedro Aspe, encabezó el proceso para lograr la autonomía constitucional del Banco de México en 1993. Con la venia del presidente Salinas, Pedro y Miguel aprovecharon el hartazgo social con altas y lacerantes inflaciones, precisamente para que hubiera una institución dentro del Estado cuyo objetivo prioritario fuera la de procurar la estabilidad de precios. Para que la autonomía funcionara, se le dieron dos instrumentos esenciales a la institución: primero, autonomía en su administración, es decir, que fuera autosuficiente presupuestalmente; y segundo, y más importante, que ninguna autoridad le pudiera ordenar el otorgamiento de financiamiento. Después de 23 años de su implementación, podemos decir que el hacer autónomo a este instituto central ha sido quizá la reforma estructural más exitosa que se ha implementado en México: se ha logrado reducir sustancialmente la tasa de inflación promedio del país a niveles cercanos al 3.0%, lo cual ha prácticamente eliminado el impuesto más regresivo sobre la población, a la vez que se han establecido bases para un crecimiento económico y para la creación de empleos más acelerados y sostenibles.

El gobernador Mancera, a partir de 1994, se concentró en el mejor ejercicio posible de la autonomía. En particular, nuestro gobernador entonces nos expresaba a sus colaboradores que no era conveniente que se formara un mito sobre el alcance de la autonomía, asignándole al banco central poderes que no podía tener, tales como la capacidad de decidir discrecionalmente el nivel del tipo de cambio y de toda la estructura de las tasas de interés. En ese mismo orden de ideas, no por contar con autonomía, el banco central dejaría de ser parte del Estado. Esto lo obliga a colaborar con el gobierno federal, una vez asegurado el cumplimiento de su mandato prioritario. Miguel Mancera siempre fue muy enfático de que esto se entendiera con toda puntualidad.

 

 

Como colaborador de Miguel Mancera, puedo decir que utilizaba su claridad intelectual para dos fines: primero, para explicar —y que el resto de los mortales entendiéramos—; y segundo, para convencer y, consecuentemente, ganar discusiones.

Un caso claro de lo anterior fue el de la polémica de la inconveniencia del control de cambios. Sus puntos de vista, plasmados en un folleto publicado al inicio de 1982, resultaron ser proféticos. Afortunadamente, a partir de diciembre de ese año, contaríamos nuevamente con Miguel para sacarnos del atolladero en que nos metieron decisiones apresuradas y patentemente equivocadas tomadas por otras ramas de gobierno.

Muchas de las batallas programáticas de Miguel Mancera se dieron en espacios cerrados, sin ventanas hacia la opinión pública. Se tiene referencia de que ése fue el caso de las discusiones que se dieron en el gabinete económico del presidente de la Madrid con respecto al proteccionismo en México y la necesidad de removerlo. Esas discusiones llevaron a que unilateralmente México se afiliara al GATT en 1985.

Pero Miguel Mancera se pulió en el caso de su capacidad didáctica en su esfuerzo sin descanso para refutar de manera muy bien fundamentada los argumentos proinflacionistas y en paralelo impulsaba la causa de la estabilidad. El gobernador Mancera nos enseñó que nunca podemos bajar la guardia a este respecto y que teníamos la obligación de ser muy tenaces en exaltar las bondades de inflaciones bajas, no como un fin en sí mismo, sino como una precondición para aspirar a objetivos más altos, como un mayor empleo, un crecimiento económico más acelerado y una mejor distribución del ingreso.

Por último, me gustaría hablar del esfuerzo incansable de Miguel en favor de la fortaleza institucional del Banco de México.

Miguel acertó en identificar que la clave radicaba en la formación del capital humano indispensable para la institución y de la apropiada valoración del mismo. Como corolario, siempre impulsó una meritocracia con vistas a promover la excelencia. El Banco tiene que velar por sus empleados, para que ellos, nosotros, velemos por él. Eso sí, siempre bajo el principio de que “el Banco de México es pan duro, pero seguro”.

 

 

En lo personal, afirmo que Miguel Mancera seguirá siendo una referencia de inmenso valor para guiar al Banco hacia el futuro con base en los legados que nos ha dejado: una consistencia moral a toda prueba, una actitud prudente y decidida para introducir innovaciones y un compromiso indudable con el servicio público.

Todo esto nos ha inspirado para fortalecer la credibilidad y la reputación del banco central. Todo esto le ha dado grandes beneficios al país, y hay mucho más por venir.

Por tanto, Miguel, te honramos hoy y te exaltamos como una de las grandes personalidades que ha producido nuestro país.

Muchas gracias.  EP

 

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Agustín Carstens, gobernador del Banco de México.