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Día de Muertos

Homero Aridjis | 01.11.2017
Día de Muertos

En el México antiguo se creía que los ahogados iban al paraíso de Tláloc, dios de la lluvia, que el guerrero caído en combate, o en altar sacrificial, se integraba al sol de Oriente; que las almas de las parturientas se reunían con el sol en su cenit y moraban con las diosas terrestres en el Occidente; que al mediodía habían ido los dioses Centzonhuitznahua, los cuatrocientos hermanos astrales del dios guerrero Huitzilopochtli; que el Norte era regido por Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, los señores de la Muerte. En esta geografía funeraria, las direcciones del espacio eran los lugares de destino de los muertos, los puntos hacia los que soplaba la serpiente emplumada, Quetzalcóatl. Pero la muerte no sólo era mito y rito para los antiguos mexicanos, era vida cotidiana y tenía cuerpo plástico, adornaba templos y tumbas, tenía nombres y formas, materiales y usos, era vasija de barro o de piedra, olía a fuego y a copal, a agua y a sangre. El tiempo tenía su tumba de años. El día del nacimiento de un Sol era el mismo día de su muerte.

En las invasiones de México en el siglo xvi, los conquistadores, los evangelizadores y los pobladores trajeron su propia muerte, el concepto europeo de morir. Más bien trajeron dos muertes: una corporal, producto de la enfermedad y la violencia —viruela, sarampión y tifo—, y otra espiritual, la que sigue al muerto hasta el más allá y lo conduce al infierno o al cielo. Esta última fue predicada por los franciscanos, los dominicos y los agustinos, herederos del terror medieval a la peste. Los frailes, en la conquista espiritual de México, que siguió a la armada de Cortés, propagaron las imágenes de la Danza de la Muerte. Nosotros somos hijos de estas dos muertes, la mexicana y la europea: la de los lapidarios aztecas y la de los grabadores Holbein y Dürer, y de los artistas del tzompantli (la macabra empalizada donde los aztecas exhibían los cráneos de los sacrificados) y de los escultores de los capiteles de las iglesias románicas, maestros del memento mori. En La leyenda dorada, Santiago de la Vorágine dice que la fiesta de los muertos fue instituida por los romanos para la dedicación de un templo propio para los difuntos y para ser honrados juntos. Así, la fiesta cristiana de todos los santos se instituyó para honrar en un sólo día a los santos menores o negligidos, pues por ser tantos no podían tener su fiesta propia en el calendario religioso. Nosotros, hombres mortales, al honrar a los difuntos nos estamos honrando en nuestra condición futura.

En la Edad Media, la veneración de los despojos corporales de los santos llegó a convertirse en una necrofilia sacralizada. El papa Pablo I (757-767) mandó abrir en Roma muchas tumbas para distribuir los restos humanos en iglesias, y la Iglesia católica comenzó a permitir en las fiestas de los mártires ofrendas de comida. “No eran sólo los banquetes que había buscado tolerar, sino también la costumbre de llevar a los cementerios pan, vino y alimentos”. Odilón (c. 962-1048), quinto abad del monasterio benedictino de Cluny, introdujo en la liturgia una celebración anual dedicada a los muertos (el 2 de noviembre). Santiago de la Vorágine describe: “Enterado Odilón que en los alrededores de un volcán de Sicilia a menudo oíanse grandes voces y alaridos de los demonios quejándose de que los vivos con sus limosnas y oraciones les arrebataban las almas de los muertos, dispuso que en los monasterios dependientes de su jurisdicción se celebrase anualmente la conmemoración de los fieles difuntos después de la fiesta de Todos los Santos. Esta práctica, según Pedro Damiano, se extendió a la Iglesia universal”.

El calendario ritual mexicano estaba asociado con la muerte. Fray Diego Durán refiere en su “Calendario antiguo” (1579) que se celebraba una Fiesta Pequeña de los Muertos (o fiesta de los muertitos) llamada Miccailhuitontli, que correspondía al mes Tlaxochimaco, y el 8 de agosto se hacían ofrendas y honras a los niños difuntos (“cacao, cera, aves, fruta y semillas en cantidad y cosas de comida”), a diferencia de otra que llamaban la Fiesta Grande de los Muertos, celebrada el 28 de agosto. “Si era hombre, le hablaban. Lo invocaban como ser divino, con el nombre de faisán. Si era mujer, con el nombre de lechuza: Despierta, el cielo ya enrojece, ya se presentó la aurora, cantan los faisanes color de llama, las golondrinas color de fuego, vuelan las mariposas”. Por eso decían los viejos: “Quien ha muerto, se ha vuelto un dios”. “Se hizo dios allí”. EP

 

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La obra de Homero Aridjis incluye poesía, narrativa, ensayo, dramaturgia y literatura infantil. Ha obtenido premios literarios como el Xavier Villaurrutia y el Roger Caillois, entre otros. Fue embajador de México en los Países Bajos, Suiza y la UNESCO, y fue presidente de PEN International. Fundador del Grupo de los Cien, por su labor ambientalista ha recibido varios reconocimientos como el Global 500 y el Premio del Milenio por Liderazgo Internacional en el Medio Ambiente. Sus libros más recientes son Carne de Dios (2015) y María la Monarca (2014).