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La cicatriz de la memoria (Fragmento de Venimos del temblor, crónica inédita)

Mónica Lavín | 01.11.2017
La cicatriz de la memoria (Fragmento de Venimos del temblor, crónica inédita)

¿Cuál es el aspecto de la cicatriz de la memoria? Será también una raya de algún grosor, como lo son casi todas. Una evidencia de que un continuo fue interrumpido, roto, cortado, y que fue unido, y que cerró, pero no desapareció. Las cicatrices son evidencias de una agresión. La sutura es elocuente en la marca. A veces la piel reacciona violenta, queloide, le dicen. La cicatriz es entonces un gusano rugoso, tiene bordes, ondulaciones. Hay cicatrices que son marcas de quemazones, raspones. Son siempre recordatorios.

Yo llevo la cicatriz de las cesáreas, la marca del corte que me fue hecho un 28 de septiembre del 85 en la madrugada y que volvió a ser hendidura, ojal, tres años después, el 10 de diciembre del 88. Es una línea muy tenue, de color rosado fuerte. Un acto de discreción que es techo del pubis, se confunde con el vello a veces, pero si jalo la piel de mi vientre la encuentro. La raya rosa de los nacimientos de mis hijas. Llevo esa cicatriz evidente en mi desnudez. La marca de la maternidad que se estrenó cuando nació Emilia. Le puedo calcular la edad. Lleva treinta y dos años en mi cuerpo y doble uso. María nació también por allí.

¿Cómo es la cicatriz de la memoria del temblor? ¿Es herida aún? La toco con palabras, la rozo, la intento abrir porque no sé cuándo ni cómo cerró. Es de esas heridas de dudosa asepsia. Se quedaron ladrillos, y voces fantasma, y un regadero sin concierto. Las fotos de los periódicos, las que todavía veo, intentan expulsar lo que no fue debidamente aseado en su momento. Se quedó la emoción ahogada, un miedo que no había nombrado antes, allí entre las volutas, en lo superficial y lo profundo de una corteza cerebral por donde registramos el mundo, lo conversamos y lo compartimos.

Es una cicatriz grotesca, no planeada por manos maestras como la que está en mi bajo vientre. Es una cicatriz monstruosa, producto de la improvisación, de un cierre forzado por el tiempo, por la supervivencia, pero sin guía, sin ton ni son. Es una cicatriz como las puertas que hicieron de casa provisional al desaparecido edificio Toledo, junto al nuestro. Abre y cierra por todas partes y amenaza con abrirse de nuevo en cualquier momento. He separado sus bordes con cierta delicadeza, pero de pronto se ha rasgado imperiosa para que me asome a los registros antiguos de mi sálvese quien pueda, casi me muero, otros se murieron al lado, no existe la calma. Encontré un hueco lleno de polvo; hubo que aspirarlo con palabras y cariño, descorrer el polvo turbio enrojecido por la confusión y la sangre, y la bata oscura colgada en un edificio desgarrado como un condenado, como una prenda sin dueño. Por más precauciones que he tomado para acercarme despacio, tanteando, descifrando lo que fue y lo que es aquella mañana del 85 en mi memoria, no he podido evitar los coágulos y las imprecisiones de lo que vi y no vi. La cicatriz ha protegido de alguna manera el abrupto trance de ese despertar de jueves. A tal grado que a veces me parece que no lo habité, que es el cuento de alguien más, esa amnesia voluntaria quizá de la que habla Nacho Padilla en su ensayo Arte y olvido del terremoto. Las cicatrices son vestigios de lo que fue. Por eso preguntamos ante las marcas: ¿qué te pasó?

¿Qué me pasó?, ¿qué nos pasó el 19 de septiembre de 1985 en el peor desastre en siglos en nuestra ciudad? Nos pasó la muerte, y la rabia de las corruptelas en la construcción, y el menosprecio al sustrato lodoso y la historia antigua, la incapacidad de reaccionar rápido por parte de las autoridades y la evidencia de dónde andamos parados. Y nos pasó la fuerza de las voluntades, ese ser algo más de lo que uno es todos los días. Como cuando uno da a luz, en esa soledad biológica, en ese misterio ancestral. Dejamos de ser las que fuimos, por ser madres. En ese instante de todos reconocimos la capacidad de dejarlo todo por asistir a la desgracia, por rescatarnos de nuestro propio naufragio.

Pero nada nos quita la cicatriz. La que oculta a los diez mil muertos, o los cuatro mil que dijeron en su momento, los muchos muertos oficiales o reales o anónimos. Nadie me quita el fantasma de las voces vecinas. Porque la cicatriz es la línea fina entre los que murieron y los que sobrevivimos; entre los que no reaccionaron a tiempo y los de a pie que ayudaron sin más. Es la línea apenas borde rosado en el cuerpo de una mujer de treinta años, pongamos yo, que desde entonces lleva esa doble cicatriz: la de la vida y la de la muerte. Es la fisura en nuestra historia, la hendedura en el espacio, como si del sacrificio de los otros surgiera nuestra voz: la voz de los escombros. El corazón quedó en medio.  EP

 

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Mónica Lavín es autora de libros de cuentos, novelas y ensayos. Ha obtenido el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, el de Narrativa de Colima y el Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska. Su libro más reciente es Mexicontemporáneo: Panorama de creadores. Es columnista de El Universal y profesora-investigadora en la Academia de Creación Literaria de la UACM. Pertenece al Sistema Nacional de Creadores.