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#LoboConCaperuza: Un silencio que no lo es

Luis Téllez-Tejeda | 21.11.2017
#LoboConCaperuza: Un silencio que no lo es

 Es difícil precisar a partir de qué momento comenzamos a narrarnos nuestra propia vida o desde qué instante nuestra mente comienza a poblarse de palabras que se apoderan de nuestro pensamiento y de nuestras acciones. Desde que adquirimos el lenguaje, éste se convierte fatalmente en nuestra principal forma de comunicarnos con el resto del mundo e intentar explicarnos a nosotros mismos. La lengua nos estructura, pero también nos encierra, difícilmente podemos huir de ella, aunque podamos huir con ella.

Pienso todo esto después de escuchar a una maestra de primaria pedirle a sus alumnos guardar silencio y poner su mente en blanco para poder escuchar y comprender una historia que están a punto de contarles. Después del suspiro de incredulidad, vienen las preguntas a mi mente, ¿cómo van a comprender, los pupilos de la profesora, la historia, si tienen la mente en blanco y no pueden relacionarla con nada?, ¿cómo van a estructurar la narración y darle sentido, si las palabras no tienen referente?

Es una hazaña prescindir de las palabras, no narrarnos, no decirnos lo que hemos de hacer, lo que vemos o lo que deseamos. Y es un despropósito pedirles a los niños que pongan su mente en blanco, justo cuando lo que deberíamos pedirles es que la llenen de colores, sonidos y otras sensaciones para comenzar a tejer entre ellas el conocimiento y las ideas propias que vayan creando sobre el mundo.

Y no es que deban vivir con estruendosos estímulos a cada momento, sino que deberíamos permitirles y provocarles silencios más constructivos, que aquellos en los que se les pide únicamente prestar atención para escuchar a un adulto o aprender algo dado.

Hay silencios que permiten hilar conceptos, establecer entramados de ideas, comenzar a narrar la propia historia a partir de otra. El cine mudo, por ejemplo da la posibilidad a los espectadores de formular en su mente la dimensión sonora que pareciera faltar a la obra y que, sin embargo, no es necesaria para transmitir una historia.

No es casual que sea en los terrenos del arte en donde sucedan estas contemplaciones activas en las que, no obstante el silencio, se profundiza en el lenguaje y en la construcción del pensamiento. El arte nos enfrenta a los límites de las palabras y, paradójicamente, amplía sus significados y sus posibilidades.

Los libros para niños tienen ejemplos a pasto de silencios que desatan palabras, narraciones y diálogos, tanto así, que hay distintos nombres para clasificarlos: libros silentes, libros mudos, libros sin palabras. libros de imágenes. Cada término tiene sus propias implicaciones, aunque en realidad lo que importa es que este formato hace que los lectores no pongan su mente en blanco, sino que guarden silencio para construir una historia única a partir de un contenido que es igual para todos los lectores-espectadores.

Y aunque son libros en los que únicamente hay imágenes, es falso que no contengan palabras, muy por el contrario, a cada página, las palabras se desbordan y cada persona que los abra encontrará las propias para narrar o explicarse lo que sucede.

Cuando éramos niños, mis hermanos y yo pasábamos horas viendo/leyendo La gran carrera de Noboru Baba, un libro acordeón que desplegábamos en el suelo. Las ilustraciones contienen a miles de gatos humanizados que participan en un maratón, el cual pierde relevancia frente a las decenas de pequeñas historias que se sugieren a lo largo, literalmente, de la obra. A veces platicábamos de nuestros hallazgos, pero casi siempre era el silencio de la introspección lo que reinaba en la habitación; cada uno de los tres se estaba contando a sí mismo su historia.

 

Portada e ilustración interior de La gran carrera, de Noboru Baba

 

Hace algunos años, volví a experimentar aquella sensación de poder ponerle mis propias palabras a una historia sugerida por alguien más cuando tuve entre mis manos por primera vez Emigrantes de Shaun Tan, publicado por Barbara Fiore. Los cientos de cuadros que se suceden a través de las páginas, sólo cobran sentido en la medida en que cada lector le ofrece sus palabras, le brinda su propia experiencia y mundo interior para terminar de dotar de significado a los personajes y acciones que el autor ilustró para él.

 

Ilustración interior de Emigrantes, de Shaun Tan

 

Muchos adultos siguen viendo a la ilustración como un recurso que cuarta la imaginación de los niños, prefiero pensarla como una puerta que amplía el lenguaje, no sólo por su posibilidad de ampliar el vocabulario, sino por su poder para hacernos habitar, con la mirada y el pensamiento que la acompaña, otros mundos.

 

 

 

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