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El fracaso de las Revoluciones

José Ramón López Rubí C. | 23.11.2017
El fracaso de las Revoluciones

Para evaluar a los revolucionarios y sus Revoluciones –con mayúscula– no basta recordar las causas-principios e ideología de unos y las causas-orígenes y antecedentes de las otras. Hay que ver y reconocer las consecuencias. ¿Qué vemos si nos preguntamos por las grandes consecuencias de las grandes Revoluciones? Esto: Revolución rusa: Stalin y el totalitarismo soviético. Revolución china: Mao y su fúnebre “revolución cultural”. Revolución cubana: Fidel y su dictadura. Revolución camboyana: Pol Pot y el genocidio del “año cero”. Revolución nicaragüense: Ortega y la corrupta “piñata” que formó el “bloque de empresarios sandinistas”. Revolución mexicana: el “maximato” y la hegemonía del priismo, el autoritarismo del priato. Revolución francesa: Robespierre, la guillotina, el Terror, y hasta Napoleón emperador. Ni muerte total y definitiva del capitalismo ni democracias “verdaderas” (u otra clase cualquiera) ni realización cabal de ideas e ideales del liberalismo. No todas las consecuencias son negativas pero la mayoría son errores, contradicciones, traiciones, sangrados, continuidades, más problemas y promesas incumplidas, como lo muestra ese mural que he dibujado.

Mi crítica es objetiva. Soy liberal y no defiendo el caso francés, la Revolución nacida e impulsada con liberalismo. No lo defiendo como Revolución. Es decir, me gustan las ideas involucradas, y me disgusta el antiguo régimen, pero exactamente por lo mismo no puedo defender a “la revolución” como revolución. El problema es el mecanismo revolucionario, el proceso básico y esencial de la Revolución como tal, independientemente de las ideas particulares (puede haber Revolución sin marxismo y marxismo sin Revolución). Por eso, causalmente, el mural histórico de arriba. No es una conclusión del antimarxismo sino de la observación histórica y el análisis de lo observado. Pintemos así otro cuadro de la Revolución francesa: inicia en 1789 y apenas diez años después y muchos muertos más quien está en el poder es Napoleón, que poco después se convierte en emperador, servido por revolucionarios sobrevivientes como Fouché, quien de ser el primer comunista de la Historia –según Stefan Zweig– pasa a temible ministro de policía posrevolucionario y termina sus días como duque de Otranto. Diez años de Revolución, diez años de imperio napoleónico, y luego Luis XVIII, Carlos X y Luis Felipe de Orleans. Revolución, Napoleón, el Imperio, La Restauración.

Por el propio mecanismo de Revolución, o el intento de transformación radical, rápida y relativamente violenta (a veces más, a veces menos) del total social, todas las Revoluciones han producido un regreso a un estado similar al que les sirvió de punto de partida. No sólo en lo político, también en lo económico. Prometen y buscan Progreso pero encuentran y entregan, sobre todo, Regreso. Es, repito, mi conclusión como analista, no como individuo liberal y no comunista. Y es lo que llamaría “ley suave de la Revolución”. “Suave” porque ha pasado en todos los casos desde la Revolución francesa pero no me atrevería a predecir que se repetirá por siempre y para siempre. Es una “ley” histórica en todos los sentidos más humildes y acotados de lo histórico. Sintetizando de otro modo, las Revoluciones no han dejado todas las cosas tal cual estaban pero sus transformaciones terminaron llevando a una situación de “equivalente funcional”, a favor del poder mismo y de los pocos que lo detentaron. No se puede decir que las Revoluciones hayan sido un gran beneficio para las mayorías, y ésa es una gran lección.

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