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INTERNACIONAL:  Venezuela: La generación extranjera

John Manuel Silva | 01.12.2017
INTERNACIONAL:  Venezuela: La generación extranjera

Una imagen: en una tarde de octubre del 2017, en el Museo de Antropología de la Ciudad de México, un joven viste playera con imagen del Che Guevara y gorra verde con la bandera de Cuba y una estrella roja estampada en el frente, mientras, con su iPhone, toma fotos de algunas de las piezas prehispánicas que se exhiben en el imponente recinto. Conversa con su amigo, más sobrio en el vestir, sobre la colonización, la unidad latinoamericana y el sueño de una revolución.

Otra imagen: en un país democrático, asolado por una escandalosa corrupción y por unos crecientes niveles de pobreza, una familia de clase media celebra los carnavales de 1992 disfrazando a su pequeño hijo de “comandante Chávez”, que se ha convertido, por encima de Batman y Superman, en el disfraz más popular de los pequeños en la temporada carnavalesca. Semanas antes ese comandante Chávez intentó un golpe de Estado contra la democracia de Venezuela, y aunque no triunfó militarmente, sí lo hizo políticamente, con una ciudadanía mayormente complacida con la épica de los alzados, como por un corpus intelectual, que apenas días después comenzó a ensalzar al Teniente Coronel Hugo Chávez, quien seis años más tarde lograría por la vía electoral y democrática lo que no consiguió con las armas.

Una imagen más: en el 2012, o el 2015, o este mismo 2017, aquel niño del disfraz ronda o pasa de los 30 años, y luego de vivir más de la mitad de su vida bajo el régimen socialista que el comandante Chávez comenzó a instaurar en Venezuela desde que fuera electo en diciembre de 1998, decide migrar del país.

Entre la segunda y la tercera imagen ha mediado mucha historia y a la vez sólo una: la del chavismo. El régimen político que nació como esperanza de millones de personas, incluida una descontenta clase media, y que se convirtió en la fuente más grande de miseria, atraso y éxodo que haya vivido Venezuela en toda su historia republicana.

 

Una descapitalización premeditada

Basta encender el televisor y sintonizar un noticiario para ver imágenes dramáticas de procesos migratorios que ocurren en otras latitudes del planeta: decenas de africanos asfixiados en un barco, el cadáver de un niño ahogado en la orilla de una playa europea, una madre mexicana destrozada que cuenta cómo la apartaron de su hijo al deportarla. Todas ellas crónicas despiadadas que contrastan con la relativa “normalidad” de la diáspora venezolana.

En Venezuela, las imágenes son fotos de quienes se van sobre la obra que Carlos Cruz-Diez hizo en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar y que es símbolo de la terminal aérea; selfies en el aeropuerto o en un abastecido supermercado extranjero; “cartas abiertas” al país y sus habitantes exponiendo las razones de la partida, publicadas en blogs y viralizadas por redes sociales. Vistas así, parecieran no lucir como argumentos lo suficientemente contundentes para hablar de una crisis migratoria en el contexto venezolano.

Esa situación lleva al gobierno a aducir que quienes migran son personas pertenecientes a las clases pudientes y “sifrinas” (equivalente venezolano del “fresas” mexicano con el que se define a alguien de clase alta, lleno de amaneramientos propios de su condición burguesa). Un prejuicio del que no escapan otros sectores que, aún enfrentados a la verdad oficial, también parecen desestimar a quienes se van, creyendo que son parte de clases económicas privilegiadas.

Sin embargo, en los últimos meses las imágenes son otras: miles de personas cruzando a pie las fronteras de Colombia y Brasil, cargando sólo una mochila con cambios de ropa y llevando en los bolsillos cantidades que no superan los 500 dólares estadounidenses, y que hacen patente la precariedad de la situación actual: de una migración estigmatizada constantemente como delirio persecutorio de una clase media que se negaba a entender “el proceso revolucionario”, a miles de personas pobres, que ya cruzan la frontera para salvar sus vidas, ejercer trabajos frágiles en el extranjero y, en muchos casos, hasta para mendigar en otros países, ante la recia y salvaje escasez de alimentos, hiperinflación y violencia criminal que han llevado a Venezuela a una crisis humanitaria sin precedentes en su historia.

“El Estado ha hecho muy poco para elaborar políticas hacia los emigrantes, probablemente porque no le interesa. Como evalúan su mundo en clave de la Cuba de los sesenta, puede que estén evaluando el tema con la misma mentalidad y los agentes del Estado piensen que los que están yéndose son simplemente gusanos”, observa el historiador venezolano Tomás Straka.

Según el informe La emigración desde Venezuela durante la última década: “Considerando el conjunto de los países de la ocde, el porcentaje promedio de originarios de Venezuela que han completado la educación universitaria se ha estimado en el orden de 37% a comienzos de la década 2000, valor que triplica al promedio de América Latina”. Esto parece confirmar la teoría según la cual la mayoría de los venezolanos que emigran pertenecen a las clases profesionales, que partirían a otras latitudes con el objetivo de mejorar sus condiciones de vida.

El rector de la Universidad Metropolitana, Benjamín Scharifker, comparte una tesis similar: “Realmente tenemos un porcentaje de estudiantes muy elevado, alrededor del 80% más o menos de los alumnos, que apenas obtienen su título de graduación se van al exterior. Esto sucede porque no consiguen oportunidades, porque los salarios de Venezuela no están acordes al costo de la vida. Es una fuga de talentos que desangra a la sociedad venezolana”, apunta.

Mejores oportunidades para vivir, seguridad, fin de la democracia. Las razones que unen a la migración venezolana podrían resumirse en una enorme decadencia social que ha depauperado la calidad de vida. El que no argumenta que se va porque siente que en Venezuela no podrá capitalizarse para adquirir una vivienda, un vehículo o unas condiciones económicas que permitan al menos proyectar a futuro la posibilidad de formar una familia, arguye entonces razones de seguridad personal.

Straka cree que esto viene como correlato del ocaso de la clase media, que el historiador considera no sólo económico, sino también de valores:

 

 

Hugo Chávez llega al poder gracias a la clase media. Es una clase media muy decepcionada e indignada por lo que había sido un sistemático descenso de su calidad de vida durante unos quince años. En el ínterin, Chávez da un viraje y decide que el camino es el socialismo. Esta gente que vota con la esperanza de que Hugo Chávez les devuelva su calidad de vida se da cuenta no sólo de que no es Chávez quien les devolverá el estatus perdido, sino que al contrario, está en la disposición de destruirlos. El cortocircuito de la clase media con el chavismo no es de carácter económico, sino político; por una parte, él no tenía cómo hacer que la clase media recuperara lo que había perdido, aunque hizo algunas cosas en ese sentido como el subsidio a los carros, los dólares para viajar al extranjero, el cupo de dólares subsidiados para comprar a través de internet; y por la otra, la certeza ética y política de que lo que el chavismo propone iba en contra de mi forma de vida y mis expectativas. La clase media se opone a Chávez como sector social y luego de un largo pulseo, es derrotada en 2003 y 2004. Esa derrota política les cierra toda expectativa. pdvsa, como modelo de la Venezuela que debe ser, es destruida y es reconstituida de otra manera que, sin entrar en detalle de quien tiene o no la razón en torno al modelo de la industria, simbólicamente tuvo un peso enorme. La industria petrolera, que era como uno de los orgullos de la clase media, se cierra, y allí la única opción que podía haber, o al menos la opción más férrea para sobrevivir sin renunciar a esos valores, era irse del país.

 

Vanessa Mata, joven maracayera de 25 años, quien vive actualmente en Estados Unidos, lo resume en su experiencia vital:

 

 

La gente se va porque no soporta más tener miedo todo el tiempo, porque quiere sentirse segura en los aspectos más básicos: si tú necesitas o simplemente quieres comprar algo, no tienes por qué preocuparte de si lo van a tener o si el precio subió al doble de lo que estaba la semana pasada; si vas caminando al trabajo a las siete de la mañana, no tienes por qué preocuparte de que al otro lado de la esquina hay alguien que te espera con una navaja para robarte el teléfono o matarte porque no tienes uno. También está el hecho de que mucha gente no quiere vivir en un país en el que hay que depender de la caridad del Estado y agradecerle cada vez que comparte una migaja de todo el dinero que se está robando.

 

En un rapto individualista dice que no siente que deba disculparse o justificarse. “A todo el mundo le resulta ofensiva la idea de que uno puede ponerse a sí mismo por encima de los demás, pero al final, ¿dónde vive Carlos Baute? Lo que yo veo es que a todo el mundo le gusta la idea de ser un mártir, pero al final nos damos cuenta de que es muy poco lo que podemos hacer para cambiar el sistema cuando nadie se pone de acuerdo y por eso hay gente que decide comprarse un pasaje y dejar que alguien más resuelva ese desastre”. Aunque en su caso particular, las recriminaciones no han existido en su círculo íntimo y, más bien, ha encontrado apoyo en familiares: “Absolutamente nadie me ha recriminado nada. A mi familia le parece muy bien que yo me haya ido cuando tuve la oportunidad. Por supuesto que les gustaría hacer lo mismo, pero también es difícil para ellos porque entre otras cosas hay que tener cierto nivel de desapego para abandonar la vida que has construido y empezar de cero en otra parte”.

Ese desapego puede traducirse en otra cosa. Una crisis de identidad, el sentimiento de una parte de los venezolanos de que el proyecto político y económico que actualmente rige en el país no los incluye, e incluso no los necesita. Algo que no sólo se puede desprender fácilmente del discurso oficial que condena a las personas de clase media bajo insultos como: “burguesía parasitaria”, “pelucones”, “sifrinos”.

Sea cual sea el caso, lo cierto es que Venezuela está viviendo una grave descapitalización intelectual y profesional. Hundidos en el atraso, la nación se está quedando atrás en los campos de la modernidad, el desarrollo tecnológico, la industria cultural y, en meses recientes, ya incluso en ámbitos como la medicina y la educación, en donde ha comenzado a sufrirse una masiva migración de médicos, maestros y estudiantes, que ya ni esperan a graduarse, sino que simplemente se van en tanto tienen la oportunidad de hacerlo.

Las consecuencias que esto tendrá a largo plazo apenas se avizoran ahora, pero probablemente al país le tome unos 30 años recuperarse y volver a la senda de eso que comúnmente se conoce como “países en desarrollo”, y de la cual Venezuela fue un ejemplo a seguir en algún momento no muy lejano en el tiempo, pero que a la luz del actual sufrimiento venezolano parece estar a años luz de distancia.

 

¿Una lección para México?

Es fácil y de alguna manera tendencioso comparar al joven de la primera imagen con lo que ocurre en Venezuela. Sé que México tiene en el mito revolucionario una de sus principales fuentes de imaginarios culturales, sin que por ello quiera estar necesariamente cerca de un proceso así.

También se sabe que así como en Venezuela se afirmaba a principios de 1999 que “Venezuela no es Cuba”, hoy puede afirmarse que “México no es Venezuela”. Y no se trata, como en el caso de la primera aseveración, de una frase optimista dicha sin sustento: varias evidencias permiten darle validez a la sospecha.

En primer lugar, uno de los éxitos del chavismo fue acabar con un sector privado que siempre ha sido endeble en el país sudamericano, y que ha estado indefectiblemente ligado al monopolio que sobre la industria petrolera ha tenido el Estado venezolano a lo largo de su historia democrática. La democracia venezolana, tan valiosa para lograr niveles de convivencia pacífica entre factores de diverso signo ideológico, tuvo sus méritos, pero venía herida de muerte, ya que se constituyó sobre un Estado que monopolizó las riquezas naturales, generando un sector privado profundamente clientelar y corporativista, al que fue relativamente fácil aniquilar con apenas unas miles de expropiaciones.

En el caso mexicano, y sobre todo luego de la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, pareciera no ser tan sencillo expropiar a millones de empresarios, terratenientes, emprendedores, pequeños comerciantes y, en general, a millones de ciudadanos que, con limitaciones, tienen sin embargo un poder económico del que siempre carecieron los venezolanos, más tendentes a depender de las migajas de la renta petrolera que el Estado venezolano repartía en tiempos de abundancia.

En segundo lugar, el riesgo de un “chavismo mexicano” está constreñido en las expresiones de una izquierda radical, de mucha fuerza a nivel cultural, pero escaso poder político real, como atestiguan las elecciones que se han dado en este país desde el año 2000 en adelante. El pri, actualmente en el gobierno, se parece más a Acción Democrática —partido de centro izquierda que gobernó Venezuela durante la mayor parte de los años transcurridos entre 1958 y 1999— que a un doctrinario partido socialista.

El riesgo de un Chávez mexicano, el temor, de hecho, parece encarnarlo la figura de Andrés Manuel López Obrador, político de indiscutible discurso populista, al que, no obstante, sería injusto negarle las obvias diferencias que tiene con el fallecido Hugo Chávez o con su siniestro sucesor, Nicolás Maduro. En principio, no es militar y no se hizo popular luego de dar un golpe de Estado. Parece tener una sólida formación intelectual y ciertos valores democráticos y cívicos, luego de varios años gobernando la ciudad capital. Del mismo modo, ha intentado moderarse y distanciarse en su discurso del radicalismo chavista.

Sin embargo, no deja de ser inquietante el parecido de muchas de sus propuestas con las ideas que llevaron a la destrucción de Venezuela: aumentar salarios por decreto; fomentar el consumo con dinero inorgánico; un programa para la incorporación de los jóvenes al mercado laboral, sospechosamente parecido al “chamba juvenil” impulsado por Maduro y que sólo ha servido para crear puestos ficticios en empresas estatales quebradas; eliminación de los exámenes de admisión en las universidades; una demagógica propuesta de “revocatorias de mandatos” que pudiera ser, como en Venezuela, el preludio para justificar la reelección indefinida; y una promesa vaga de “redistribuir la riqueza”, entre otras. De igual modo, expresiones como las de Yeidckol Polevnsky, secretaria general de Morena, quien recientemente alabó el modelo venezolano, o la cercanía del Peje con el radical Camilo Valenzuela, admirador confeso de Chávez y de los Castro, hielan la sangre y hacen prender las alarmas en torno a que un país como México pueda optar en el 2018, cuando celebrará elecciones presidenciales, por emular el desastre venezolano que ha servido para que incluso países que siguieron esa senda, como Argentina y Ecuador, vayan más bien optando por opciones menos hostiles al mercado, la libertad individual y la globalización.

Provoca volver entonces al chico de la primera imagen de este artículo, acercarse a él, como en las películas de ciencia ficción, y decirle: “Vengo del futuro, no arruines tu país, no tienes idea de lo que realmente representan esos símbolos que portas orgulloso y que para ti sólo significan una revolución utópica contra quienes crees culpables de la pobreza y miseria en el mundo. Pero no es así, te arrepentirás, terminarás migrando, verás a tus amigos ser reprimidos, verás el hambre, la destrucción, nunca estarás tranquilo con tu conciencia”.

No lo hice en aquel momento, no sólo porque estaba pendiente de ver las obras y recorrer ese maravilloso museo, sino también porque tengo fe en que todo el dolor de la diáspora venezolana ha servido, al menos, para que en cada país haya testimonios vivos de lo que hemos sufrido, del error de entregarse al socialismo. En México hay una creciente comunidad de venezolanos que pueden testificar que gracias al chavismo hay una generación de jóvenes que nacieron siendo extranjeros, porque su país les fue arrebatado. EP

 

NOTAS

1. <http://www.infodiez.com/30-inmigrantes-africanos-mueren-asfixiados-en-un-barco-cerca-de-italia/>.

2. Terry Glavin, “Alan Kurdi Drowned Off the Shores of Turkey. His Family Was Trying to Reach Canada”, National Post, Ontario, 3 de septiembre del 2015.

3. José Pedro Martínez y Celia Zaragoza, “Expulsadas de EEUU y separadas de sus hijos por una frontera”, El Diario, Madrid, 9 de noviembre del 2014.

4. Término usado por la dictadura cubana para definir a los millones de ciudadanos antillanos que se fueron del país a raíz de la instauración de la revolución comunista. Este término es especialmente aplicado a los cubanos que viven en Miami, Estados Unidos.

5. Anitza Freitez, La emigración desde Venezuela durante la última década, Publicaciones UCAB, Caracas, 2016, p. 27.

6. Cantante venezolano de música folclórica que se hizo popular en el país en 1995 por la canción Yo me quedo en Venezuela, cuyo coro rezaba: “No hay mal que dure mil años ni cuerpo que lo resista, yo me quedo en Venezuela porque yo soy optimista”. Luego, en 1998, su carrera dio un vuelco hacia la música pop y el intérprete salió de Venezuela rumbo a España, donde actualmente reside y donde goza de enorme popularidad. Cuestionado por haber traicionado su propia canción, el cantante declaró en el 2012 a El Universal (Lorena Tasca, 6 de noviembre del 2012): “Me gustaría reclamar algo, porque ya la cosa está bastante fuerte por las redes sociales, me insultan horrible por haber cantado Yo me quedo en Venezuela; esa canción es una cruz para mí. Soy autor de mis canciones desde 1998, y esa canción es de 1995 y fue escrita por Yasmil Marrufo, así que reclámenle a él, quien también tiene más de una década fuera”.

 

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John Manuel Silva (Caracas, 1984) es escritor y entrepreneur. Director de la agencia Espacio Duida. Es autor de los libros: Afrodita, C. A. y otras empresas fracasadas y La rocola del oeste.