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Más vale tarde que nunca

Verónica Murguía | 01.12.2017
Más vale tarde que nunca

Fuimos a cenar y a la vuelta paramos en el Starbucks. Ordené y cuando me preguntaron mi nombre dije “Voldemort”. Cuando me llamaron, te lo juro, la señorita gritó: “Un frappuccino de vainilla para el Señor Oscuro”.

Anónimo en internet

 

El epílogo del libro séptimo y último de la serie Harry Potter nos muestra a los personajes en el futuro. Un después, un equivalente del “felices para siempre”; un escenario feliz, sí. Cotidiano. El día es el 1 de septiembre de 2017. Una fecha que nos pareció, quizás, un tanto lejana hace poco más de diez años, cuando la leímos en 2007. Ahora ya pasó, porque no hay plazo que no se cumpla. Pero el encanto de los libros permanece. Miro con envidia a quienes, niños o adultos, los abren por primera vez.

 

I

Quién sabe por qué uno se convierte en lector. A veces porque una es torpe, distraída, fantasiosa. Porque se tuvo mala salud en la infancia. Porque, una vez revelado el secreto (que las vidas encontradas en los libros suelen ser más emocionantes que la propia y que el mundo entero está ahí) es difícil olvidarlo. Por la azarosa combinación de circunstancias y talante que forma nuestras vidas.

Yo fui una niña común y corriente, sin un solo rasgo excepcional, como no fuera mi voracidad lectora. Alumna menos que mediocre, a pesar de poseer una capacidad insólita para detectar faltas de ortografía y tener buena memoria. La aritmética y luego las matemáticas me atormentaron siempre. Falté el día que explicaron la división. De ahí pa’l real. Cuando la cosa se complicó para los demás con la llegada del álgebra, yo ya llevaba años hundida en la confusión, sudando ante la aparición de los quebrados. La cara de al-Juarismi en la portada del Baldor me provocaba una tirria horrenda: ¿qué hacía un señor con facha de mago de Las mil y una noches en ese libro infame?

Además, usaba un aparato ortopédico que me impedía jugar bote pateado, ser elegida por mis amigas para los equipos y cualquier actividad que exigiera un mínimo de aptitud deportiva. Los libros me recibieron; lamentablemente no eran los que me correspondía leer por mi edad.

En casa de mis padres se compró puntualmente una colección de editorial Bruguera que trataba de todos los temas imaginables. Los devoré. Me hice de un montón de libros de tema medieval. Leí y leí, en la mesa, para desesperación de mis padres, que no se explicaban cómo podía leer y leer y reprobar el año; en la escuela, bajo el pupitre, mientras los demás estudiaban lo que debían; en el recreo; en las vacaciones. Ay, fueron pocos títulos infantiles.

En unos meses leí las Aventuras de Sandokan, de Salgari, pero también leí Los cuentos de Canterbury, de Chaucer. Leí Tom Sawyer, de Twain, y leí Salambó, de Flaubert. Y claro, lo que más se me grabó fue Salambó. De memoria, sin tocar el libro (conservo mi ejemplar, adornado con una calcomanía), recuerdo el banquete salvaje de los mercenarios en casa de la familia Barca; el sacrificio de niños a Moloch; los elefantes furiosos en la batalla cayendo sobre los honderos; al sufete Hanno rascándose el agujero que le había dejado la lepra en la cara con una cucharilla de plata; los leones crucificados. Todo dejó una huella resplandeciente y terrible: no podía dormir, me daba vueltas en la cama, se me aparecían Matho, desollado, Salambó agonizante. Me iba al cuarto de mis padres:

 

—¿Puedo dormir con ustedes? Tengo miedo.

—Mmmnj.

—Leí un libro.

—Qué libro…

Salambó. Se mueren los leones. Los cartagineses los crucificaron (llanto).

—Psssuuuu. Vete a tu cuarto si no quieres que te dé un cintarazo…

 

Seguí, a lo largo de la infancia y con interrupciones en la adolescencia —las hormonas trastornan a todos—, leyendo insaciablemente. Cómics, diccionarios, revistas de modas, enciclopedias, recetarios, libros, libros. Todo papel impreso que se atravesara en mi camino. Mis ideas políticas, si a las ideas que una niña tenga sobre las peripecias de la humanidad se les puede llamar así, eran un merequetengue. Por ejemplo, leí La Pimpinela Escarlata de la baronesa Orczy y me convertí, claro, en una reaccionaria monárquica. Pobres aristócratas franceses, me decía, pobrecitos. Morir en la guillotina, qué gacho. Con el populacho cantando y escupiendo a los pobres condenados. Los citoyens, en mi imaginación, iban con el tricornio hecho una porquería y la levita llena de grasa. Seguro olían a ajo y tenían cuatro dientes, los cuatro, verdes.

Nada. Solita me compuse cuando me cayó en las manos Los miserables. Ándale. Errar es humano y no hay que dejarse llevar por las narices.

Sólo hubo una consecuencia negativa: no tuve mucha infancia que digamos. No creí en la bondad de las princesas, pues supe quién era Erzsébet Báthory, ni en los príncipes, porque leí sobre Calígula. Leí Robin Hood (que unas monjas fueran las culpables de la muerte de un tipo tan justo y bondadoso me hizo chiras la cabeza) y me enteré de las maldades del rey Juan.

No creía en la magia, me aburrían las muñecas y ni mis padres ni mis maestros me daban seguridad. Me convertí en una sacada de onda. Yo aspiraba a ser Athos: un mosquetero borracho, temerario, un poco misógino, silencioso. A mí, como a Athos, aquello que entusiasmaba a mis amigos me dejaba fría. Era un estado solitario, desconcertante. Se siente uno en falta, un hongo en la periferia de la vida, de la alegría ajena.

No diré mucho más aquí de mi vida interna: baste decir que era un paisaje más abigarrado y contradictorio de lo normal. Fue, hasta cierto punto, un asunto melancólico, pues más tarde descubrí en el mismo estante unos libros sobre la Segunda Guerra Mundial llenos de fotos. Que me asusté es decir poco para describir el horror que me invadió a la vista de los campos de concentración, de las batallas en el Pacífico, de los cuerpos congelados en Rusia. El arroz de mi incipiente recelo se coció: la raza humana era un desastre.

Pero a los dieciocho años, cuando por fin mi cuerpo alcanzó, al menos legalmente, a mi imaginación que ya llevaba años siendo adulta, me cayeron en las manos Tolkien y Ursula K. Le Guin. Dejé la Facultad de Filosofía (burra que soy) porque me dije: “Esto quiero hacer”. Me tardé veinte años en cumplirlo, pero de esos intentos vivo, son mi oficio. El señor de los anillos y Un mago de Terramar me dieron la adolescencia, el mundo que debía amparar mis turbulentos enamoramientos juveniles. Pero seguí sin infancia. Ni C. S. Lewis, ni Michael Ende, ni Mark Twain me la dieron. Me concedieron, sí, una nostalgia imprecisa por algo que no conocía, la sospecha de que había un estadio de la imaginación donde todo era más vívido. La infancia de la mente. Ésa llegó con Harry Potter.

 

 

 

II

Un año después de la muerte de Octavio Paz, acaecida en abril de 1998, hubo un congreso en que se abordaron distintos aspectos de su obra. Fue en Washington. Yo había leído ya algunas notas desvaídas y norteadas acerca de una novela para niños que había despertado furor. También vi una foto de J. K. Rowling en el Time, pero no me acordaba de nada de eso cuando acompañé a mi marido al congreso mencionado. En esos tiempos, Pikachu reinaba sobre el mundo. Todos los niños querían pokebolas y no había forma de despegarlos de la tele. Ni siquiera las noticias de convulsiones colectivas en Japón debido a las luces emitidas por los aparatos en el episodio titulado “Electric Soldier Porygon” los disuadían mínimamente. Todos los niños que yo conocía, mi sobrino incluido, estaban pendientes de lo que Pikachu hacía o dejaba de hacer. Y si no eran los pokemones, era Dragon Ball Z. También los carísimos (compré a Cisne y a Escorpión para el sobrino mencionado) Caballeros del Zodiaco.

Camino al congreso padecimos una escala larguísima en Dallas. Me separé del grupo, buscando alguna librería. Me metí a un Waldenbooks y descubrí a un montón de niños sentados en el suelo escuchando a uno que les leía. Una escena entrañable y rara. El niño leía de un libro. Un libro —ya me había acercado lo suficiente— sin ilustraciones. ¡Sin pokemones! Les pregunté qué era aquello y se entusiasmaron muchísimo: un niño mago, una escuela encantada, un tren, un sombrero que hablaba, unas ranas de chocolate con estampitas. Lo compré, convencida por los términos de la sugerencia y, sobre todo, por los recomendantes.

Bastaron cinco páginas para que yo cayera bajo el hechizo formidable de esa mezcla de prosa simpática, hospitalaria y descarada, plena de imaginación, humor y trivio medieval. Para la mitad del libro había enloquecido de alegría. Además, era septiembre. El paisaje otoñal de Washington, la parafernalia de Halloween en las librerías, todo contribuyó a que mi primera impresión fuera tan poderosa. Los libros, y esto a veces no lo percibe el lector infantil, están llenos de guiños literarios e históricos. En el primero, la aparición deliciosa del mago Nicolas Flamel. ¿Quién es este señor? Para los aficionados a la historia de la magia o de la Edad Media, es el único que, según la tradición hermética, “terminó la obra” y supo hallar la piedra filosofal, esa partícula milagrosa que convierte el plomo vil o la escoria en oro puro. El mismo rey Carlos vi le sugirió que beneficiara al reino trasmutando en oro el metal de las arcas francesas empobrecidas por la guerra contra Inglaterra.

Flamel era un librero, copista, polígrafo y alquimista de origen judío, hijo de un sabio cabalista que se vio obligado a convertirse al cristianismo. Nicolas Flamel estuvo enterrado en París y su lápida se exhibe en el Musée de Cluny, el museo medieval de Francia. El misterio de su tumba vacía en Saint Jacques de la Boucherie —tal vez saqueada, pero hueca— añade a la leyenda de su inmortalidad.

Es decir, la leyenda afirma que es el único que supo descifrar el misterio de la piedra filosofal, que da vida eterna y puede cambiar cualquier metal en oro. En Harry Potter, Flamel y su mujer, Perenelle (¡ése es el nombre verdadero!), son amigos de Dumbledore, el director de la escuela Hogwarts, avatar de Merlín.

No se crea que estas menudencias eruditas entorpecen la lectura. El niño se entera como lo haría un alumno de Hogwarts por medio de diálogos divertidos, clases con maestros enojones y monografías en las estampitas coleccionables de los dulces. El final es un triunfo.

“Esto”, le dije a mi esposo con el libro hecho un buñuelo de tantas hojas marcadas y llenas de subrayados, “va a cambiar todo. Es excepcional”. Estaba segura. Había leído algo nuevo y, al mismo tiempo, familiar. Lleno de guiños para el lector adulto, prendidos como hilos de distinto grosor en la urdimbre de una trama multicolor y diáfana; gracioso y profundo. A lo largo del tiempo que duró la lectura estuve en ese espacio mental que no experimenté cuando me tocaba hacerlo: la infancia.

Mi esposo, quien lee todo, lo devoró en dos días y también quedó encantado. Cuando volvimos a México me empeñé en dar la noticia a quien se me pusiera enfrente. Casi nadie me hizo caso porque mis amigos, en su mayoría, son adultos. Ofrecí reseñas por todas partes. Igual. A ninguna revista o suplemento le interesaba el tema.

¡Cómo cambiaría la cosa unos años después!

Gracias a estos libros, las puertas de las editoriales se abrieron a los escritores de literatura infantil y juvenil. En este boom, como en todos los booms, hay de chile, de dulce y de manteca: esperpentos que no valen el papel en el que fueron impresos, como el ya olvidado Crepúsculo, de Stephenie Meyer, y maravillas como Jonathan Strange & Mr. Norrell, de Susanna Clarke.

Pero vuelvo al lejano 1999: ya los niños se comenzaban a enterar, algunos a leerlo directamente en inglés. Todavía no se filmaban las películas, ni podía una obtener el Harry-vaso-mágico a cambio de seis corcholatas y diez pesos. Sólo los libros, que se iban abriendo paso como un talismán secreto que alejaba a los niños de la tele y relegaba a Pikachu al olvido. En las giras, miles, literalmente decenas de miles esperaban a J. K. Rowling a las puertas de las librerías y los periodistas no sabían ni qué preguntarle, pues pocos adultos la leían. Algo se confirmaba, se consolidaba y adquiría mayor brillo con cada libro, hasta que el tercero, El prisionero de Azkaban, obtuvo el premio Whitbread el mismo año en que la fabulosa versión de Beowulf de Seamus Heaney lo ganó en poesía. Y la categoría infantil del Whitbread no existía antes de este libro. Se creó expresamente para premiarlo, al lado de un poeta formidable que también era ya Premio Nobel.

Mi sobrino, a quien no le importaba nada más que los pokemones, cayó bajo el hechizo de Harry Potter, y por contagio, bajo el de Las crónicas de Narnia y otras series. Impacientes, algunos niños intentaron leer en inglés los libros debido a que la curiosidad les impedía esperar la aparición de la traducción al español. Por primera vez surgieron los foros de fanfic, donde los niños escribían teorías, sospechas, continuaciones y peripecias de los personajes secundarios para hacer tiempo mientras la escritora publicaba el próximo.

Han corrido ríos de tinta sobre los méritos literarios de la serie, sobre las influencias de Rowling, sobre la ya famosa sugerencia de que usara el J. K. en lugar de Joanne Kathleen para “atraer al público masculino”, pues éste no se acerca a lo escrito por mujeres. Escritoras que amo, como Ursula K. Le Guin y A. S. Byatt, han rechazado la serie, aunque nombres ilustres le han dado su aprobación. Mientras escribo estas líneas, los libros están en los primeros lugares de ventas en Amazon, a diez años de su culminación. Se han vendido más de quinientos millones de ejemplares y han sido traducidos a cuarenta y siete idiomas.

Sinceramente, además, todo esto me importa un pepino. Me gustarían igual si sólo tuvieran una edición. Así pasa con algunos libros. Cuando Harold Bloom escribió su horrenda e insultante crítica contra Harry Potter, la leí porque me interesaba saber lo que el autor de El canon occidental diría, pues en esos años yo daba clases de literatura infantil y juvenil. Pero no me movió un pelo. Me encogí de hombros y me froté las manos, muerta de impaciencia porque saliera el siguiente volumen.

 

 

 

III

Cuando se es un niño de clase media católica en México no hay nada como la Navidad. La Navidad es sinónimo de vacaciones, fiestas, piñatas, dulces, intercambios de regalos, amigos secretos y juguetes bajo el árbol. Por supuesto, a la mayoría de los niños la parte religiosa les pasa de noche, así como la búsqueda espiritual que debería acompañarla. Es natural.

Los libros para niños tienen una franqueza respecto de este asunto que, generalmente, supera la actitud de sus padres ante las diversas emociones que la fiesta produce. Un clásico reciente que se ha incorporado a nuestra cultura popular es el célebre De cómo el Grinch se robó la Navidad, escrito e ilustrado por el Dr. Seuss en 1957. Como recordará el lector, el Grinch odia la Navidad y no es sino hasta el final que recuerda por qué se celebra. Y los niños lo adoran.

Los libros de J. K. Rowling comparten con muchos libros ingleses una particular destreza para describir esta época: el contraste —entre el frío y las luces, la pobreza y la opulencia, la soledad y la felicidad familiar, la ciudad engalanada que contrasta con la pobreza que tiembla en la nieve— es uno de los motivos más populares de la literatura europea del siglo xix. Pero la inglesa, como afirmaba Arthur Machen, se deleita con especial énfasis en las alegrías corporales de esos días, por humildes que éstas sean. Sólo hay que pensar en la modesta y alegre cena de los Cratchit observada por el espíritu del avaro Scrooge en Cuento de Navidad, la obra maestra de Dickens; en El gigante egoísta, de Wilde; en La máscara robada, de Wilkie Collins; y en “La tienda de los fantasmas”, de Chesterton. Estos títulos pertenecen a la larga lista de novelas y cuentos ingleses en los que la Navidad es el momento en que se revela la verdadera naturaleza de las cosas y los afectos.

Dice C. S. Lewis en la primera crónica de Narnia, El león, la bruja y el armario, que lo más triste de que la Bruja Blanca gobierne con hechizos oscuros esas tierras es que condenó a todos a “vivir siempre en invierno sin que haya Navidad”.

A Harry no le gusta mucho la Navidad porque sus tíos no lo quieren y hacen lo posible por excluirlo de las celebraciones. El primo Dudley, es, además, un niño insaciable que anhela todos los juguetes del mundo para aburrirse de ellos en cuanto les quita el papel de envolver. Dudley, retrato del niño materialista, no disfruta jugar pues no puede dejar de ver la tele un segundo. Oscila incansablemente entre el aburrimiento y la irritación; no lee; es impaciente con sus padres y un bully apabullante con los niños más pequeños o más débiles que él. Harry le tiene mucho miedo (Dudley le pega cada vez que puede y es gordo y alto, mientras que Harry es pequeño y flaco) y una vaga envidia, pero no se deja. En las primeras páginas llama a su primo “un puerco con peluca”. El descarado favoritismo de sus tíos hace que Harry vea la Navidad como otra fiesta en la que será un Ceniciento.

Harry, como muchos niños con infancias anómalas —aunque casi no conozco a nadie que haya tenido una infancia perfecta—, se sentía un extraño en las márgenes de la alegría ajena. Es hasta que llega a Hogwarts y se le revela el milagro de la amistad que aprende a disfrutarla, que recibe cariño y regalos que lo alegran muchísimo (uno, en especial, es necesario y misterioso). Todo es descrito hábilmente: la decoración mágica, el árbol que toca el techo, los festones y guirnaldas, el jugo de calabaza, las tartas, el pudding, la excitación de los niños sin nada de la lacrimosa culpa que debía sacudir a los lectores de, por ejemplo, La cerillera, de Hans Christian Andersen.

Estas descripciones endulzaron el recuerdo de mis agrias navidades adolescentes. Como corresponde al héroe, Harry Potter es un desarraigado que no se siente a gusto en ninguna parte, pero que disfruta más con los sencillos rituales domésticos de su familia elegida (cada Navidad, la madre de su mejor amigo, Ron, le teje un suéter horrible y se lo da de regalo) que quienes nacieron en ella.

Otra singularidad es que en las vacaciones invernales, así como en verano, Harry queda más vulnerable y expuesto al poder de Voldemort debido a su alejamiento físico de los maestros que lo protegen y porque sale del amparo que le dan las paredes de la escuela, que están hechizadas para impedir que la magia negra opere dentro del recinto.

Se dice mucho que en las fiestas navideñas la gente se deprime. A mí me pasa. El origen de la celebración: el niño en el pesebre, los pastores, la Nochebuena, está en flagrante desventaja con las formas contemporáneas en las que todo, todo se vende. Los anuncios de familias blancas, guapas y ricas se contraponen con la realidad mexicana, en la que el dinero no abunda en la casa de las mayorías y en donde hay millones de familias monoparentales. Esa contradicción es un incordio que entristece.

Los libros en general, y los de Harry Potter en particular, sobre todo antes de que concluyera la serie, son mi cura contra la melancolía, mi ámbito navideño privado.

A mediados de noviembre me armaba con lo que había leído y lo releía con fruición, calculando que me duraría hasta después del 25 de diciembre. Si era necesario, volvía sobre las páginas de mis favoritos: El prisionero de Azkaban y La Orden del Fénix.

Pasados la fiesta y el recalentado, la mañana del 26, sacaba del librero un montón de libros sobre China. Sobre todo me consolaban algunas autobiografías espeluznantes (Cisnes salvajes, de Jung Chang; Azalea roja, de Anchee Min; El camino de la vida, de Zhu Lin) en las que estas escritoras cuentan sus peripecias durante la Revolución cultural.

En China, como el lector sabe, vive la cuarta parte de la población mundial. Y no celebran la Navidad, aunque sí leen Harry Potter y lo reinterpretan, como hacen con todo. Harry Potter y el estudiante chino que llegó de intercambio fue un éxito en algunas zonas del país, ya que el niño chino es más inteligente y diestro que ningún alumno de Hogwarts.

En resumen, Harry Potter es un buen libro para sobrellevar la Navidad. Y si me apuran, la serie ayuda a sobrellevar la vida. No exagero.  EP

 

 

 

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Verónica Murguía es autora de novelas, cuentos y libros para niños. Su novela Auliya fue finalista en el Premio Rattenfänger que otorga la ciudad de Hamelin a la mejor fábula con tema medieval publicada en alemán. Con la traducción al italiano de El ángel de Nicolás obtuvo un sello de calidad literaria en Italia, y su novela Loba ganó el Gran Angular en España. También es traductora y desde 1999 escribe la columna “Las rayas de la cebra” para La Jornada Semanal.