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Fragmentos de un diario

María Luisa Puga | 01.12.2017
Fragmentos de un diario
Este mes se cumplen trece años de la muerte de María Luisa Puga (1944-2004), quien a lo largo de su vida adulta escribió un diario personal con el que llenó 327 cuadernos que van del año 1972 al 2004. Éstos fueron donados por su hermana Patricia a la Universidad de Texas, en Austin, a inicios de este año, y se encuentran ahora disponibles en la Sala de libros raros y manuscritos de la Colección Latinoamericana Nettie Lee Benson. Presentamos aquí dos fragmentos que corresponden a la época en que la escritora vivió en Zirahuén, Michoacán. En aquel entonces impartía talleres en El Molino, en Erongarícuaro, y ocasionalmente daba conferencias y cursos en ciudades de otros estados del país.  ADRIANA SANDOVAL

Del cuaderno número 211

5 de marzo de 1992 [de visita en la Ciudad de México]

Cosas que van de salida. Formas que se imponen. Que nos rebasan. Ritmos que nos dejan atrás. Lenguajes impersonales; metodologías que son maneras de no dejar que la gente piense.

Este curso me ha hecho ver hasta qué punto es difícil luchar en contra de lo que se impone. En contra del presente. En contra de las corrientes que adquieren fuerza como modas porque son resultado de intereses.

Veo, pues, la deshumanización de la vida y cómo va dejando al ser humano sin lenguaje, o con un lenguaje cada vez más mecánico. No tener lenguaje es no tener armas para reaccionar ante las modas. Usar el lenguaje con claridad, con precisión, es la única forma de defensa que tiene el individuo ante sistemas de información cada vez más arrolladores. Y no es conociendo las reglas del lenguaje como se conoce el lenguaje; como se apropia uno de él. Es viéndolo. Es viéndose en él. Viendo las palabras propias.

Sí, gentes formadas de otras maneras reaccionan ante lo que sucede y puede ser que sus reacciones sean de horror ante lo moderno. Reacciones conservadoras. Pero lo que no se debe perder de vista es la gente. ¿Qué le ha pasado a la gente en todo esto? ¿Su vida mejora, se enriquece a medida que nuestras sociedades adoptan una modernidad etérea?

Esta Ciudad de México es una de las mejores muestras de que no. De que hay un lenguaje por encima de las cabezas de la gente. Allá abajo la gente lo mira inerte y no tiene cómo alcanzarlo. Por eso es preciso que desarrolle el suyo.

La ciudad me obliga a defenderme con lenguaje. Son tan múltiples sus signos, que si no antepongo los míos, me traga. Y es difícil. Se requiere de una enorme fuerza de voluntad para no dejarse ir en el ritmo que impone la ciudad. Hay que detener el aturdimiento con las palabras propias. Hay que decirse cosas para tener un reflejo en la realidad. Dentro del tráfico, entre la multitud, en medio del ruido darle cuerpo a la realidad propia; romper el silencio del enajenamiento. (Eso, entre otras cosas, es el registro; la mirada oblicua. La próxima novela).

• La voz de las recepcionistas: tonos aflautados, impersonales.

• Los rostros de los conductores contagian la tensión.

 

Del cuaderno número 215

11 de junio de 1992 [de vuelta en Zirahuén]

Comenzar el día de hoy como si fuera el único, el más importante, el último. Sí me voy a llevar la computadora y voy a terminar con ellos el cuento [en el taller]. Si no se les va a quedar trunco. De manera que lo de Arredondo ahorita, para pasarlo y transmitirlo mañana.

Creo que ahí termino. Mañana paso y lo mando. Y ahora Stendhal.

Como en una ciudad ahora. Un tiempo más estructurado desde afuera. Horarios. El marido va y viene. Tiene sus ventajas y desventajas. Pero ahora quiero ver más sus ventajas: comemos más regularmente; estamos en contacto con el pueblo, más. Somos más parte. Y yo puedo trabajar mejor. Apenas estoy comenzando, pero hoy terminaron los talleres, hasta el 6 de julio. Casi un mes. Un tiempo para dedicarme a estructuras, un tiempo de trabajo por las tardes.

He estado sacando películas, pero ya no creo que mañana lo haga. Todavía voy a ir a Pátzcuaro mañana, pero ya serán mis vueltas de cotidianeidad.

Leo, pues, a Stendhal y me conmociono un poco. Encararon la vida vivida. Cómo tiene uno siempre la tentación de estar escribiendo la autobiografía. Desde el primer deseo de escribir, y a lo mejor será hasta el último (Carmen Boullosa me dijo que ya no mire hacia mí. Que mire hacia fuera), pero yo cada vez me conozco menos, sé menos lo que me está pasando. Cada vez me doy más curiosidad. Y tal vez por eso voy a aceptar la propuesta de Berta Hiriart. Escribir sobre el mar.

Ayer se me ocurrió la idea. La terraza de mi abue. El tiempo de la espera. La presencia de la muerte.

Esta lectura me remueve muchísimas cosas. Me da ideas. Me da ganas.

Traigo un monólogo interno desatado ―por tanto manejar, yo creo, pero también por la ferretería―. Y ese monólogo es idéntico al que tenía de niña. ¿Cómo empezó? Era medio amorfo en casa de mi abuela, pero a lo mejor ahí fue donde comenzó: en esa terraza. Y evidentemente se fue estructurando a medida que crecía. Brulard dice: cuando entendí que la enterraban perdí la posibilidad de ser feliz.

¿Cómo ha sido mi manera de amar?

¿O mi manera de entusiasmo?

¿Vencí alguna vez el sentimiento de rechazo que veía en los demás hacia mí? ¿O el horror que me producía la pobreza en torno a mí? En Acapulco, en Mazatlán, en el D.F., y ahora aquí, en Zirahuén.

No sé nada más que lo que yo he escrito y algo me sigue jalando para que llegue más y más a fondo.

Se está produciendo esta confrontación con uno mismo.

Siempre quise ser otra persona.

Quisiera poder entender mejor. Y por eso creo que hay que volver la mirada a la autobiografía, para tratar de indagar más a fondo qué le pasa a un ser humano en la vida. Mi visión de mí se mueve como loquita. Se detiene en un punto y en otro y en otro. Y son como mil vericuetos por donde uno quisiera irse y sentir que escribe. De lo que veo todo puede ser posible. Todo tiene explicación. Todo tiene razón.

Mis tonos auto-afirmativos se han ido desgastando. La duda me jalonea por todos lados. Y oigo frases, tonos, existencias.

Como que tengo ganas de soltar una conciencia sociológica del asunto. Hasta de la escritura. Pero no sé cómo hacer nada.

No, no es para contar mi historia. Mi historia no tiene nada que ver y es de ahí de donde nace todo. No es de las circunstancias, sino de una experiencia humana que se estuvo fijando. Que no vivió como los demás viven, sino que vivió diciéndoselo todo. Porque me quedé sin madre. Aunque creo que a mí me daba mucha ilusión, mucho más, mi padre.

Decir: yo lo escribí.

Pero no. Uno repite y repite hasta llegar al fondo.

Inventar ciudades.

Todo lo que hago parece juego. Y es juego y no.

Yo no sé qué lío me traigo con mis cuadernos. Revisarlos, no sé. A lo mejor quemarlos.  EP

 

 

 

Agradecemos a Patricia Puga su autorización para reproducir estos fragmentos en nuestras páginas.

 

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La escritora y ensayista mexicana María Luisa Puga fue colaboradora de El Universal, La Jornada, La Plaza y Unomásuno. En 1983 recibió el Premio “Xavier Villaurrutia” por su libro Pánico o peligro, y en 1996 el “Juan Ruiz de Alarcón” por el conjunto de su obra publicada. Algunos de sus libros son Las posibilidades del odio, La forma del silencio, Antonia, Intentos y Diario del dolor.

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Adriana Sandoval estudió Literatura Inglesa y tiene posgrados por la UNAM y la Universidad de Cambridge, Inglaterra. Es profesora e investigadora del Centro de Estudios Literarios del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. También es traductora y ha escrito guiones para televisión. Su libro más reciente es Los novelistas sociales.