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Desde el fondo oscuro de la poesía

Entrevista con Raúl Zurita

José Ángel Leyva | 01.12.2017
Desde el fondo oscuro de la poesía
En la actual nómina de poetas más relevantes de Chile, con certeza el nombre de Raúl Zurita es un referente obligado. Nacido en la capital del país, Santiago, en 1950, le tocó vivir la euforia socialista de Allende, la traición y la dictadura de Pinochet, el exilio y el retorno, no sólo a la patria, sino a la utopía y la militancia política como una forma de vivir los cambios sin perder el pulso de la memoria. Entre sus premios más importantes están el Nacional de Literatura y el Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda. La Divina comedia es una obra esencial no sólo de su vida literaria, sino de su infancia y sus orígenes italianos, de su visión de lo humano, de su imaginario.  JAL

José Ángel Leyva: ¿Cómo funciona en ti esa memoria o esa presencia del italiano en el español de tu escritura poética?

Raúl Zurita: El primer idioma que escuché no fue el italiano sino el genovés. Es la lengua con la que mi abuela hablaba con mi madre, pero a mí y a mi hermana nos hablaban en italiano. Italia era para mí un lugar de cuentos, como el País de Nunca Jamás, del cual mi abuela, que pasaba todo el día con nosotros mientras mi madre trabajaba, nos hablaba. Había sido una mujer rica, pero mi abuelo se arruinó en la bolsa y por mil razones terminaron parando en Chile con mi madre aún niña. En sus últimos años, arrasada por la nostalgia, mi abuela olvidó el poco castellano que había aprendido, luego olvidó el italiano para quedarse al final sólo con la lengua del tiempo en que había sido feliz en un monólogo donde me confundía con su padre o a veces con mi abuelo, y me decía que fuéramos a dar una vuelta en barca. Son cosas que marcaron mi vida e imagino que también mi escritura.

 

La Divina comedia. Es curioso que esa obra capital de Dante y de la cultura universal te haya tocado tan temprano, cuando para la mayoría de los lectores fue y es de difícil acceso, ya no se diga en la infancia, sino en la adolescencia, cuando domina en uno la sensación de eternidad. ¿Cómo entiende un niño esa primera línea para abrir las puertas a la dimensión del poema: “En medio del camino de nuestra vida me encontré por una selva oscura, porque la recta vía era perdida”?

No, no fui un niñito que a los dos meses ya estaba con una corona de laurel en la cabeza y una Divina comedia a los pies de su cuna. Es sólo la historia de un hermano y una hermana aún pequeños a los que se les había muerto el padre, y de esa abuela italiana que había quedado viuda un día después de que enviudara su hija, y que pasaba todo el día con ésta y sus hijos. Mucho antes de ser un libro, la Divina comedia fue esa abuela a la que mi hermana y yo nos abrazábamos mientras aquélla nos contaba de dos jóvenes que van tomados de la mano en medio de la muchedumbre que rueda sin detenerse empujada por el viento infernal. Después nos separamos, a los dieciséis me fui de la casa para estudiar Ingeniería en Valparaíso, entré de lleno en las juventudes comunistas, lo que a mi abuela le resultó intolerable, y después vino la dictadura. Por años la vi esporádicamente. Cuando quise retomar la relación, su mente ya había comenzado a apagarse y no pude decirle que todo lo que buena o malamente hacía, tenía que ver con la imagen de esos dos amantes que iban tomados de la mano empujados por el viento. Mi abuela murió en 1986. Cuatro años después llegué yo a Italia, donde viví por un lustro. Al ver Rapallo supe que me había tocado a mí pagar la deuda de su nostalgia. Ésa es la Divina comedia que yo he leído.

 

Purgatorio, de 1979, tu primer libro de poemas, y tres años después Anteparaíso, y en 1994, La vida nueva. ¿En dónde quedaron el Infierno y la Gloria en tu necesidad expresiva o en tu visión de la existencia?

Tanto el infinito horror como el amor infinito son zonas mudas, no entra allí el lenguaje. Es algo concreto: cualquier persona que haya experimentado un sentimiento extremo de dolor sabe que hay cosas que jamás podrán ser dichas. El sufrimiento nos expulsa del mundo y el grito de esa mujer a la que una bomba le acaba de despedazar al hijo es el hoyo negro por el que se desfondan todas las palabras. Ese hueco ciego, que nunca alcanzará el umbral de lo dicho, es el Infierno de la poesía. Pero también quienquiera que haya tenido una experiencia radical de amor sabe igualmente que cualquier cosa que se diga en ese instante, los “te amo” o “te adoro”, lo único que haría sería retrotraernos a un estado de comunicación lamentable y precario en el que jamás seremos felices. Aquello que excede para siempre a las palabras; ese amor que no cabe en la palabra amor, eso es el Paraíso, el Paraíso de toda poesía. Entre ambos silencios se tiende el Purgatorio de las palabras, que es donde nos vemos vivir y morir.

 

Hablas de una pobreza ilustrada en tu infancia y no de una pobreza proletaria. ¿Has reflexionado sobre la pobreza de otros poetas como César Vallejo, Miguel Hernández, Antonio Gamoneda y el propio Carlos Pezoa Véliz, y sobre la pobreza como tema en la poesía?

El Cancionero y romancero de ausencias, de Hernández, Trilce, de Vallejo, y más recientemente los entrañables, extraordinarios poemas de Gamoneda, han sido y son grandes referentes. Es tan fácil equivocarse sobre sí mismo, pero siento que la pobreza es el tema central de Anteparaíso y de todo lo que buena o malamente yo haya podido escribir o hacer. Haciendo memoria, me llama la atención que cuando se habla del Chile bajo Pinochet se mencionan los crímenes, el terror, la inseguridad, pero nadie se refiere a la pobreza. Y hablo de una pobreza desesperada, impotente. Yo tenía hijos, estaba separado, y necesitaba con desesperación encontrar un trabajo, algo. La poesía no podía importarme menos, pero, tal vez para no volverme loco de angustia, me evadía imaginándome poemas infinitos de los que me quedaban apenas algunos retazos, con aviones escribiendo en el cielo y frases en los desiertos, mientras sobrevivía delincuencialmente robándome libros caros de las librerías, libros de medicina, arquitectura y esas cosas, para poder venderlos. Finalmente me pillaron, pero el gerente de la librería me salvó la vida; no me denunció, pero por años no pude entrar a librería alguna de Chile, en todas me identificaban. En esas circunstancias escribí mis dos primeros libros: Purgatorio y Anteparaíso. Cuando salieron, en 1979 y 1982, estaban en las vitrinas de las librerías, pero yo no podía entrar.

 

Fuiste encarcelado y torturado por la dictadura a causa de tu ideología y de una utopía social, a causa de tu militancia comunista. Pero en estos tiempos parece que la mayoría de los poetas se distancian de los riesgos de contaminación política, sobre todo de ésa que nos coloca frente a los errores y horrores cometidos por el estalinismo y el realismo socialista, la persecución y represión de grandes poetas. ¿Qué te persuade a seguir fiel a esa militancia comunista casi del mismo modo que a la poesía?

Qué otra cosa puedo ser. Te remarco, sí, que mi fidelidad más que al Partido Comunista de Chile es a una historia y una consecuencia que respeto profundamente, es el partido de Pablo Neruda, y que la mía, más que una militancia es una adhesión, porque mi única militancia es la poesía. Y es la poesía la que me devuelve permanentemente a una realidad que no puede medirse por lo bien que están los que están bien, sino por lo mal que están los que están mal, y los que están mal están demasiado mal. Es así y lo único de ellos que puedo afirmar con certeza absoluta es que no son culpables de los asesinatos de Stalin. Millones de millones de personas no pueden acceder sino al horror, y la pregunta es simple: ¿por qué no se matan? ¿Por qué esa mujer a la que una bomba le trituró a sus hijos no se suicida? ¿Qué será aquello que hace que, salvo muy pocos, la gente que padece de esa manera, y que son millones, no se elimine a sí misma? Sea cual sea la respuesta, si sumáramos una a una las razones, casi inaudibles, mínimas, impensadas, que hacen que estas personas opten por seguir vivas, esa suma formaría la imagen del Paraíso. Allí estaría la mañana soleada, allí estaría jugando el hijo destrozado, allí estaría la casa reconstruida, allí estaría la leche, el pan, la tibieza de la cama cuyo colchón intacto se asoma entre los escombros. Un mundo bueno para todos está allí, es algo tan próximo que llega a enloquecer. Bueno, sigo siendo comunista porque quiero que un día esas imágenes cubran el mundo en lugar de los alaridos desesperados que las crearon. En un mundo de víctimas y victimarios la poesía es la esperanza de lo que no tiene esperanza, es la posibilidad de lo que no tiene absolutamente ninguna posibilidad, es el amor de lo que carece de amor. Podemos sobrevivir setenta y dos horas sin agua, pero si la poesía renuncia a lo imposible, a ser la esperanza de eso que no tiene esperanza, la humanidad desaparece ―literalmente, no es metáfora― en los próximos cinco minutos.

 

En el encuentro de Chile Poesía entre Perú y tu país me parece que se desató un escándalo porque algunos poetas fueron a leer a los cuarteles militares y varios poetas invitados lo vieron como un agravio a la memoria de las víctimas de la dictadura militar. El conflicto de siempre entre el pasado y el porvenir, incluso con el presente. ¿Cómo deberían responder la poesía y los poetas ante ese dilema a la vez ético y pragmático?

Ama y haz lo que quieras, dice San Agustín. Pero ¿por qué dilema ético? ¿O es dilema épico? Porque dilemas épicos sí que los he tenido, pero en países como los nuestros, que entre las dictaduras, los escuadrones de la muerte, los paramilitares, los narcos y las mafias norteamericanas han degollado y masacrado a cientos de miles de personas, hablar de “dilemas éticos” es tan poco hoy: es rebuscado; frente a la memoria de las víctimas no hay dilemas éticos, sólo hay espanto y dolor. Yo leí en la Escuela militar, donde se secuestró, se torturó y se mató, frente a dos mil cadetes, oficiales y la plana mayor del Ejército, pero no leí un poema a los arbolitos, sino “Canto a su amor desaparecido”, uno de cuyos versos encabeza el Memorial de detenidos desaparecidos de Chile. Sólo le avisé a José María Memet, que era quien nos había invitado, y el único dilema que tuve no fue entregarles a los militares un poema distinto al que iba a leer, sino si leería sentado para disimular el temblor de mis piernas o de pie, con lo que no podría ocultarlo. Leí de pie, con todo lo que me daba la voz, y en un momento me di cuenta de que las piernas habían dejado de temblarme. Cuando terminé el silencio fue glacial, ni un silbido, nada. Fue en el marco del encuentro al que te refieres y no me enteré de esa indignación. Al otro día leímos con mis amigos Jorge Boccanera y Eduardo Milán en una población periférica de Santiago. Lo que sí conocí fue la carta de un actor al que respeto en la que nos preguntaba si también leeríamos poemas en el buque escuela Esmeralda de la Marina chilena, que es uno de los símbolos máximos del fascismo en Chile y donde murieron compañeros míos. Mira, yo me quedé en Chile y tengo para curarme de cualquier juicio o “dilema ético” que me impongan los demás los diecisiete años que luché desde la poesía y las palabras contra la dictadura. El buque Maipo, donde yo estuve junto a cientos, fue desmantelado, pero en todo caso mi respuesta a la pregunta de si leería en el Esmeralda es sí, es absolutamente sí, es sí para siempre.

 

Pensando en tu idea de que la poesía no puede ser socialdemócrata sino radical, ¿qué es jugársela en la poesía?

Alguien, creo que fue un poeta español, dijo hace no mucho tiempo que quien no era capaz de escribir un soneto no era poeta. Seguro que él lo ha hecho; yo no, pero aun así me temo que su requisito no es suficiente. No se trata de escribir o no un soneto, se trata de si eres o no capaz de matar a un hombre. Exactamente eso. Quien no es capaz de hacerlo no será nunca un poeta, pero quien lo hace es el más miserable de los seres: es un asesino. En ese borde habita el arte. En un mundo de víctimas y victimarios le ha correspondido al poeta ser la primera víctima, pero también el más cruel de los victimarios. Sin tocar esa reserva de criminalidad no hay arte. Sólo reconociendo ese fondo oscuro es posible comenzar de nuevo e intentar otra vez la demente pasión de la esperanza.

 

Tu poesía tiende a lo monumental, al menos en un libro como Zurita, al cielo de Nueva York o a los acantilados chilenos donde la poesía debe leerse desde una distancia no próxima. ¿Cómo concibes lo breve y lo sucinto en tu mirada estética del mundo?

No creo que exista un gran poema que no sea monumental. Cito de memoria: “Hoy es todavía ayer y yo no quiero que sea también mañana”, una línea, Ungaretti. “Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra / traspasado por un rayo de sol: / pronto la noche llega”, tres líneas, Salvatore Quasimodo. “Me arrodillé frente a ti como ante un altar / todas las promesas que hice antes / las rompí al verte”, un poema sufí, tres líneas. “Mis brazos y mis piernas están rojos / con mi sangre y las quemaduras surcan mi piel. / Dime: ¿me atreví acaso a decirte que sufría?”, tres líneas. ¿Me entiendes? No es un asunto de dimensiones. Al contrario de lo que suele afirmarse, mis poemas en el cielo y en el desierto son mis poemas más íntimos.

 

Tu vida parece debatirse desde niño entre la belleza y la carencia, luego entre la belleza y la violencia, y finalmente entre la belleza y la enfermedad, pero la belleza y el amor parecen ser siempre los catalizadores de tu escritura, de tu optimismo, de tu acción. En tu caso, ¿son siempre aliados la belleza y el amor, entre ellos y contra los otros elementos?

Me acordé de una frase: “sólo es bello lo que puede traicionarte”. Esta frase se refería a una de las apariciones de Helena en la Ilíada. Leí y releí el poema para cotejar la escena exacta, pero no logré dar con ella, así que tal vez fue un sueño; sin embargo, contiene la descripción de la belleza más poderosa que yo jamás haya visto, escuchado o leído. La escena es ésta: empinada sobre los muros de Troya, una multitud de mujeres, ancianos y niños grita y solloza horrorizada al ver cómo apenas unos metros más abajo de donde están los griegos masacran a sus esposos, a sus hijos, a sus padres. En eso hace su aparición Helena, y el poema (o el sueño) dice que aunque abajo les estaban matando a sus seres más queridos, era tal su belleza que todos levantaron los ojos para mirarla. Eso es para mí la poesía, esa locura de las comparaciones que te hace estallar lo real, esa fuerza que te devuelve de nuevo a la desmesura de nuestros gestos, de nuestra desesperación, de nuestra belleza. Un poema puede tener una línea pero en ella debe tener esa fuerza y esa finura, debe ser vasto y a la vez íntimo, pues sino para qué. Un poema no existe si no puede ser leído en voz alta frente al mar.  EP

 

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José Ángel Leyva es poeta, narrador, periodista, editor y promotor cultural. Ha publicado varios libros de poesía, entre ellos Duranguraños (2007) y En el doblez del verbo (2013). También ha publicado novela, ensayo, periodismo cultural, crítica literaria y de artes visuales. Su obra más reciente es Lectura y futuro (2015). Algunos de sus libros han sido traducidos a otros idiomas.

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