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#Deslinde: Sobre Omega

Christian Barragán | 08.12.2017
#Deslinde: Sobre Omega

Por  su lengua habla la naturaleza vencida.

[...] Lo que escribimos resulta provisional como

lo que hace el lápiz. El signo de las cosas es gastarse.

 

José Emilio Pacheco, Los días que no se nombran.

 

 

En el breve ensayo Naturaleza, Abstracción. Tiempo, Octavio Paz refiere que es posible titular la historia del arte occidental bajo el enunciado: “De la imitación de la naturaleza a su destrucción”.1 Con ello, Paz condensa dos grandes estados de la estética, desde la estatuaria precolombina (la Coatlicue es “un concepto pétreo, una idea terrible”2) hasta la poesía vanguardista de Stéphane Mallarmé y los ejercicios experimentales dadaístas, así como la pintura antisolmene de Pablo Picasso y las inesperadas yuxtaposiciones conseguidas a través del collage con Kurt Schwitters al frente; se trata del arte en cuanto vía de representación contrapuesto al arte en tanto asedio de la presencia.

A su vez, estas dos concepciones desglosan respectivamente un cuarteto de ideales y procesos antagónicos persistentes en el devenir humano: la belleza versus la fealdad y la creación versus la destrucción. En unos y otros, no obstante, subsiste un sentido narrativo, cierta naturaleza de contar las cosas, de entender la realidad y exponerla en términos estrictos de una duración, sea de forma clásica con un principio claro y un desarrollo consecuente (Alfa), o de manera moderna, sin un comienzo evidente, con un avance simultáneo en diversos planos espacio-temporales y un desenlace en constante dilación y azoro (Omega).

Entre la representación de la naturaleza, que es imagen y no la cosa, que es búsqueda y creación de la belleza, y la destrucción de la naturaleza, que es la expresión de la presencia a través de su ausencia, de la pérdida y el desgaste de la cosa, sucede un tipo de arte más complejo y contradictorio, en suspenso, en el cual la pintura y la poesía configuran un relato como si de un paisaje se discurriera. Pero de un paisaje, según lo señaló Octavio Paz, que “no es la descripción, más o menos acertada, de lo que ven nuestros ojos sino la revelación de lo que está atrás de las apariencias visuales. Un paisaje nunca está referido a sí mismo sino a otra cosa, a un más allá. Es una metafísica, una religión, una idea del hombre y el cosmos”.3 En consecuencia, siguiendo las implicaciones de este bosquejo, en la historia del arte la realización de una obra ha representado la conclusión de la labor del autor. Sin embargo, existen obras que escapan a este criterio. Obras que no significan el final del ejercicio estético, sino, por el contrario, el comienzo de un discurso que sobreviene a la culminación del objeto artístico o que, como es el caso de la pintura del artista Gustavo Villegas (Ciudad de México, 1976), proviene de un final incierto e intenta remontar hacia un origen ignoto.

Aún antes de existir el alfabeto griego, Omega (Ω) es el símbolo que denota el fin, mientras que Alfa (Α) ha sido desde entonces la figura opuesta que supone la iniciación de todo acto. En el capítulo veintidós del Libro de las revelaciones se lee: “Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin." En cambio, al titular Omega4 a su más reciente exhibición individual, Gustavo Villegas pretende explorar una variante distinta de esta misma expresión retórica. Al declarar recientemente en una entrevista que su pintura intenta ser “un ensayo sobre la memoria”, “siempre esa oportunidad de nombrar”,5 Villegas expresa su intención por suspender el tiempo, detener el flujo del río de los sucesos y aprehender de éste un instante: hacer de cada obra la estampa que capture el principio del final.

Acorde con este presupuesto, Villegas eligió el automóvil como motivo medular de sus intereses pictóricos, puesto que la impresión visual y conceptual que genera está relacionada con la velocidad, el ruido y el deseo. En contraposición, las obras resultantes de este proceso, sustentado a su vez en la tensión y enfrentamiento de campos semánticos opuestos, exponen sentidos no contemplados previamente: la quietud, el silencio y la destrucción. De dicho choque de significados deviene una narrativa visual que aborda la colisión entre dos automóviles anónimos sobre las avenidas cualesquiera de una ciudad contemporánea, o, como ha dicho el artista, ese “gesto terriblemente bello”, “el sino del ser humano, que estando inmerso en la vorágine de la vida cotidiana se autodestruye sin siquiera percatarse.”

Semejante al curso natural de las cosas, la pintura de Gustavo Villegas versa sobre la imperfecta belleza surgida del azar. Del inusitado contraste entre la superficie y el volumen, al accidentado doblez de una lámina metálica o una hoja de papel y la real o ficticia destrucción de los materiales empleados, la obra de Villegas arroja algunas certidumbres para su cuestionamiento, proposiciones que atentan contra nuestra visión y convención del mundo. Así, cada pintura suya es semejante al tañido de los metales al estrellarse, anunciando una puesta en escena efímera y trágica, cierto paisaje desierto del hombre y el cosmos.     

Con Omega, tanto en la pintura bidimensional de gran formato como en aquella que experimenta con el volumen en pequeña y mediana escala, Gustavo Villegas persiste en el afán de mostrar el relato visual del instante posterior al golpe metálico de las carrocerías, el relámpago producido por dos trayectorias enfrentadas que, una vez traspuesto el encuentro, se trastoca en la mayor calma. El terrible y bello gesto en el cual el orden muda en azar propiciando que las formas se multipliquen en imprevistas configuraciones y que sobre la superficie límpida del tiempo surja una grieta, semejante a un tempo largo. Es ahí, entonces, que Villegas fija su atención, pendiente de esa breve hendidura, hasta hacer aparecer sobre el lienzo o el papel la imagen entrevista. Acaso el principio y el fin disueltos en un mismo gesto, ni abstracción ni figuración, que ha sido traducido en el juego de dualidades compuesto por la luz y la sombra, la figura y lo informe, el ruido y el silencio. Yo soy ―reclama el tiempo―, lo frágil y lo duradero, la raíz y su descendencia, la creación y la pérdida. Mi nombre es Omega ―resuena en la obra de Gustavo Villegas―, soy la destrucción y la impermanencia: la cifra que nombra el acontecer humano. ~

 

Gustavo Villegas, Omega 3, Óleo sobre papel, 45 x 45 x 10 cm. Cortesía del artista

 

 

NOTAS

1. Octavio Paz. Corriente alterna, Siglo Veintiuno Editores, colección La Creación Literaria / Ensayo, 1971, Quinta edición, 223 pp.

2. Ibíd., pp. 30.

3. Ibíd., pp. 17.

4. Gustavo Villegas. Omega, Heart Ego Arte Contemporáneo, Lázaro Garza Ayala #511, Centro, San Pedro Garza García, Nuevo León. De diciembre 7 de 2017 a enero 19 de 2018. 

5. En adelante, las citas referidas a Gustavo Villegas provienen de la entrevista sostenida con el autor de este texto e incluida en la monografía Sobre la pérdida, Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, 2017, pp. 204-218.

 

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