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Tráfico

Homero Aridjis | 01.01.2018
Tráfico

El tráfico de las 6 de la tarde es una alucinación, un cuento contado por un idiota fascinado por la nada, dijo el poeta.

El tráfico de las 6 de la tarde es el grito de la Naturaleza en agonía. El alma del hombre atrapada en una máquina, mientras un motorista, teléfono en mano, busca interlocutores en el vacío, dijo el pintor.

 

Cucarachas mecánicas surgen de todas partes, se atascan en todas partes, a la par que cláxones rabiosos disparando a las cinco direcciones del espacio y del tiempo componen una sinfonía cacofónica, dijo el músico.

 

El tráfico de las 6 de la tarde es una mujer maquillándose delante de un espejo retrovisor, hasta que cambia la luz del semáforo, y aunque esté en verde, su auto no se mueve, permanece en el mismo lugar, mientras rostros furibundos asomados a las ventanas de otros autos la increpan queriendo matarla, dijo el agente de tránsito.

A las 6 de la tarde, todo parece inmóvil, pero el tiempo se mueve; el aire es amargo, el movimiento llega a su parálisis, y, apenas visibles en el neblumo, las calaveras rojas parpadean. En las aguas color chocolate del río embotellado, el anhelo fallece, dijo el médico.

A través de sombras virtuales y ruinas palpables, el motorista con los ojos llenos de ruido busca salidas en sí mismo como si fuera un perro feral con un hueso en el hocico trotando por la calle, sin saber de dónde viene ni adónde va, dijo la maestra.

 

A la salida del viaducto, a la entrada del periférico, una lluvia de lágrimas sucias obnubila la mirada, mancha los cristales, hace rechinar los limpiadores que entre más quieren limpiar más embarran, y todo eso desestabiliza el espíritu, dijo el médico.

 

Quisiera pintarme a mí mismo fascinado por la nada, si sólo tuviera los colores apropiados para plasmar mi propio rostro flotando en el neblumo, dijo el pintor.

Los autos surgen del laberinto urbano, ascienden barrancas, bajan lomas, se precipitan en fosas, bloquean salidas de túneles, trastornan los cruceros; los atajos que tomamos tú y yo al Inframundo son vanos, los llevamos con nosotros adonde vamos. Bajo la dirección de asnos uniformados volvemos al mismo sitio. Después de muchos rodeos acabamos en un charco de asfalto, dijo el poeta.

 

La contaminación es la cosa mejor distribuida del mundo, se mete en el cuerpo como un escorpión por la boca y el ano. El tráfico resuella como un cerdo que van a degollar. El chorizo de coches que ocupa varios kilómetros de largo se expande, se extiende y se exaspera como una hidra de siete cabezas: fumiga al prójimo con sonido y furia, dijo el médico.

 

Asomado a la ventana de su coche, un conductor energúmeno quisiera asesinar a la criatura más cercana a su cólera, comenzando con la niña que saborea un helado de sabores y colores artificiales como si lamiera su pobreza, dijo la maestra.

 

“Avance, avance, la tarde acaba”. Una voz anónima impele a la masa varada a romper el atasco. Pero nadie se mueve, atrapados los automovilistas en un letargo semejante a una pequeña muerte.

Todo está inmóvil, pero el tiempo pasa como si no pasara y los colores opacos del instante anticipan los tonos del cielo (o del infierno) eterno. Aquí la nada no es abstracta, es de granito, es de gasolina, es de insectos en dos patas, dijo el pintor.

 

Fascinados por la nada, los ciudadanos de la era electrónica, hechizados por los periféricos y los semáforos y los segundos pisos, van por el túnel al aire libre más largo del mundo, con cara de estar chillando entre orines y heces, como en el momento de nacer, dijo el médico.

 

En esta hora cualquiera de un día cualquiera hasta los muertos andan en el tráfico, en este chorizo de ruedas los motoristas regresan al punto cero de donde partieron y adonde se precipitarán ciegamente, pues no hay peor abismo que uno mismo, dijo el poeta.

 

A unos metros del hospital, entre cláxones rabiosos una mujer da a luz y una cabeza breve emerge de su entrepierna como una Medusa o un extraterrestre con el cuerpo de plomo y los ojos enrojecidos, dijo la maestra.

 

“Avance, avance”, vocifera el agente de tránsito envuelto en el neblumo. Pero nadie avanza, el hijo putativo de la ciudad sin aire y sin agua, que duerme pero no sueña, fenece atrapado en una ecolalia de motores, dijo el músico.

 

Al contrario del hombre medieval, arrebatado por la muerte danzante, el hombre actual sucumbe en el rigor mortis de una velocidad que se desplaza de una nada a otra nada, y todos felices, dijo el pintor.

 

Los coches, como los Escila y Caribdis de nuestra mitología de trivialidades, cierran el paso a la ambulancia urgente, y para el herido, entre confesión, contrición y exhalación hay tiempo para todo un examen de conciencia, dijo el poeta. EP

 

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La obra de Homero Aridjis incluye poesía, narrativa, ensayo, dramaturgia y literatura infantil. Ha recibido premios como el Xavier Villaurrutia y el Roger Caillois, entre otros. Fue embajador de México en los Países Bajos, Suiza y la UNESCO, y presidente de PEN International. Es fundador del Grupo de los Cien. Su libro más reciente es Carne de Dios (2015).

 

 

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