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SOMOS LO QUE DECIMOS: “Su madre la pega”. Españolismos en el español

Ricardo Ancira | 01.01.2018
SOMOS LO QUE DECIMOS: “Su madre la pega”. Españolismos en el español

Para que el título de esta columna fuera semánticamente aceptable sería necesario que la mamá embadurnara a su hija con pegamento y la adhiriera a alguna superficie, tal vez la pared.

Entre los —simplifiquemos— españoles del medioevo, tomaron forma varias lenguas romances. Una vez relativamente estabilizada una de ellas, el castellano, fue impuesta en sus colonias, entre otras lo que hoy es México. Siglos después sufrió transformaciones en la península ibérica, no siempre para mejorar, que jamás llegaron a América.

El hecho de que en el París de los setenta circularan por los barrios marginados vagones del metro con asientos de madera enviaba, semióticamente, un silencioso, implícito, mensaje: para el gobierno había pasajeros de primera clase y de segunda. Mutatis mutandis, cuando el Drae incluye la entrada michelín, sea por caso, presentándola como parte de la lengua general, y a llanta como americanismo,[1] deja en claro que hay dialectos del español de primera y de segunda categoría. Poco importa que sólo el diez por ciento de los hablantes se refiera, como en el ejemplo, a una marca específica, francesa, de neumáticos.[2]

Para el lexicón existen los mexicanismos, cubanismos, argentinismos…, pero “son” muy escasos los españolismos. La Academia Mexicana de la Lengua ha lamentado insistentemente esta situación irregular porque el español de España es sólo una más entre las diversas variantes actuales de la lengua.[3]

En el terreno gramatical, la cada vez más frecuente preferencia del antepresente de indicativo en detrimento del pretérito[4] da lugar a enunciados extraños, como “ayer he comido paella” o, peor aún, “ella ha nacido en Madrid”.[5] Y es que no es lo mismo que una persona le diga a su pareja “yo te he querido mucho” que “yo te quise mucho”. En el primer caso el amor permanece, en el segundo ya se extinguió. Se pierde aquí un matiz esencial.

Desde la escuela aprendemos que hay complementos de objeto directo (cod) e indirecto (coi). Los pronombres correspondientes al primero son lo, la, los, las; del segundo, le o les. Así, al decir “lo conozco” nos estamos refiriendo a un hombre o a un objeto masculino (en “la conozco” cambia el género). Cuando, en lugar de lo anterior, un español enuncia “le conozco”, podríamos preguntarle ¿qué le conoces?, ¿acaso un secreto? Este fenómeno, llamado leísmo, consiste en confundir el coi con el cod. Existen dos extravíos en sentido contrario, el laísmo y el loísmo, que transforman erróneamente en transitivos verbos que son intransitivos, como en el título de esta columna (si la víctima fuera varón se diría “lo pega”). “Pegar algo” significa ‘adherir con pegamento’, mientras que “pegar a algo” quiere decir ‘golpear’. El español peninsular adolece de los tres yerros —algunas hablas americanas en especial del primero (“se le recuerda con cariño” en vez de “se lo/la recuerda”)—. En su bibliografía, la Real Academia considera aceptables leísmo, laísmo y loísmo; es como si un árbitro de futbol tolerara que uno de los equipos jugara con las manos.

Otros españolismos, en cambio, enriquecen la lengua: el pronombre vosotros (plural del familiar ) es inexistente en América, donde priva ustedes,[6] palabra emparentada con el cortés usted.[7] Otra ventaja del castellano, en lo fonológico, es el carácter no seseante de la zeta y de la ce seguida de e o de i, lo que ayuda a la ortografía: zapato únicamente puede escribirse así, mientras que en México, en especial en los puestos callejeros, alternan tres grafías: tacos de *cesina, *cezina y cecina.

Pluscuamperfecto y condicional son términos metalingüísticos calcados de los franceses. Ahora bien, ese “condicional”, en rigor, no es condicional: en el enunciado “si fuera millonario viajaría mucho”, la condición es ser rico, no viajero.

Existen galicismos muy extendidos en ambos continentes (chef, menú, hotel, paté, buró, entremés). Otros pueden considerarse como privativos del habla castellana: moqueta, bricolaje, carné, dosier, permiso de conducir, epatante, ordenador…

Un tío y una tía no necesariamente son hermanos de alguno de nuestros padres. Cualquier hijo de vecino puede “formar parte” de esa peculiar y extensísima familia.  EP

 

[1]      Ambos términos equivalen a lorza, ‘pliegue de gordura’.

 

[2]      Situación distinta a clínex, préstamo utilizado universalmente.

 

[3]      Aunque en las ediciones del diccionario han ido aumentando las entradas con la mención Esp., es decir españolismo, como fardar, siguen siendo escasas: se insiste en considerar como de uso general las que en realidad únicamente se emplean en España, como tebeos, judías, paletos o jerséis. “Tener perras”, con el sentido de riqueza, ha sobrevivido a sus antecesoras: las difuntas pelas, es decir pesetas.

 

[4]      Que en el francés es irreversible.

 

[5]      En efecto, ni ese parto continúa ni ha ocurrido varias veces.

 

[6]      Que también se utiliza en España al dirigirse a un grupo de interlocutores desconocidos.

 

[7]      Su probable genealogía: Vuestra merced → vuesasted → vuested → usted.

 

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Profesor de Literatura Francesa en la FFyL y de Español Superior en el CEPE de la UNAM, Ricardo Ancira obtuvo un premio en el Concurso Internacional de Cuento Juan Rulfo 2001 por “...y Dios creó los USATM”. Es autor del libro de relatos Agosto tiene la culpa   (El tapiz del unicornio, 2015).

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