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#CuotaDeGénero: El Duende

Abril Castillo | 30.01.2018
#CuotaDeGénero: El Duende

La Navidad del año antepasado la festejamos en Mazatlán. En el intercambio, mi prima menor, a quien le toqué en la rifa, había olvidado comprar mi regalo.

A los pocos días de vuelta en México recibí un sobre con mi nombre escrito a mano y un mensaje que decía: Te quiero mucho. Y dinero adentro.

El dinero es muy genérico, pero su caligrafía me conmovió. Que alguien te escriba de puño y letra algo dota de alma un regalo, una carta, una lista del súper. Deja impreso algo esencial de la persona.

Quizá por eso no me gustan tanto los intercambios. Me gusta que un regalo sea sorpresa y un impulso sincero.

Cuando le mandé un mensaje para agradecerle, acompañada de una foto del sobre, me dijo que no había sido ella. Y que ésa no era su letra.

 

***

 

De niña, yo no recibía dinero del Ratón de los Dientes, sino juguetes de la Rata. No me traían regalos Santa Clos o Los Reyes Magos, sino el Duende.

Del Ratón fue un extraño desengaño. Porque en mi casa sí me decían que dejara los dientes que se me caían bajo la almohada y que él vendría por ellos. A la mañana siguiente encontraba al lado de mi cama juguetes educativos o para hacer manualidades.

Cuando a mi amigo Miguelito, compañero de kínder dos, se le cayó un diente en clase, le conté del Ratón y de los juguetes que a mí me había traído. Estuvimos todo el día hablando de eso.

A la mañana siguiente llegó ofendido y me dijo: A ti te ha de traer la Rata, porque el Ratón trae dinero. Estaba triste porque, me imagino, un niño prefiere juguetes que dinero. Y porque creyó que le había mentido.

No entendí cómo había pasado eso. Le pregunté a mi papá y me dijo: ¿Qué esperas de un niño que cree que la Cigüeña trae a los bebés?

Y es que la mamá de Miguelito estaba sumamente embarazada, pero él se rehusaba a creer que los niños salían de la panza de las mujeres, como a mí se me había informado.

Después del episodio de la Rata perdí completa la credibilidad de Miguelito. Pero me pasaba algo parecido que a él con la Cigüeña cuando yo hablaba del Duende. Mientras que a todos mis primos, vecinos, amigos, compañeros les traía regalos Santa Clos el 25 de diciembre o Los Reyes el 6 de enero, a mi hermano y a mí el Duende nos traía cosas inesperadas el primer día del año nuevo.

Una tele para toda la familia. Nuestras primeras bicicletas. Una muñeca por año de ésas que se les cierran y abren los ojos. Peluches. Libros. Ropa. Dulces.

El Duende también estaba encargado de llevarse los juguetes que ya no usábamos. La ropa que ya no nos quedaba. Y le encomendó a mi papá cambiar la primera bici de mi hermano por una de una rodada más pequeña porque la que le trajo era demasiado grande para él aún.

A la vuelta de vacaciones de fin de año, en la escuela todos se preguntaban: ¿Qué te trajo Santa Clos? o ¿Qué le pediste a los Reyes?

Mi hermano y yo aprendimos a decir entre dientes: Nada. A mí me trae el Duende.

¿Quién!

El Duende.

¿Un duende que trabaja con Santa?

No, ningún duende que trabaja con Santa. Me trae el Duende.

Ah. ¿Y qué te trae?

Una tele para toda la familia. Nuestras primeras bicicletas. Una muñeca por año de ésas que se les cierran y abren los ojos. Peluches. Libros. Ropa. Dulces.

¿Todo a la vez?

No. Una cosa por año.

Pero lo cierto es que tampoco llegaba siempre forzosamente el primero de enero. Ni únicamente una vez al año. Esa vez de la tele, Tomás y yo jugábamos en casa de mis primos y mis papás nos llamaron para que fuéramos a descubrir algo que había traído el Duende. Como en un rally, nos entretuvimos toda la tarde hasta que encontramos la nueva televisión.

No tardamos mucho en saber que ni Santa, Los Reyes, el Ratón ni la Rata existían. Y a pesar de que era muy claro que el Duende era más mi mamá que mi papá, y que en algún momento preferí dejar de hablar de él, como quien niega un amigo imaginario o una voz esquizofrénica, nunca lo dejé ir.

Más chica le preguntaba a mi mamá por el Duende. Para conocerlo. Para entenderlo.

Es como tú te lo imagines, me decía.

Yo trataba de adivinar: Es un bebé güero.

.

Mejor con el pelo negro.

Ajá.

¿Cómo puede tener el pelo de dos colores?

Es como tú te lo imagines, me repetía.

Tiene un mameluco rojo.

.

Ahora un overol amarillo.

También.

Y entonces yo aprendí a entender: O sea que si empiezo a imaginarlo de muchas formas, ¿su ropa cambia al instante?

Es correcto.

Y veía ante mis ojos al Duende con vestido, con pantalones, sin ropa, pelirrojo, de pelo corto, largo, ojos verdes, azules, morados.

Pero siempre siempre siempre el Duende era un bebé.

Tal como lo imagino hoy. Con el pelo casi blanco. Vestido con un overol amarillo.

 

***

Cuando mi prima me dijo que ella no me había mandado ningún regalo, pude haberme enojado. En general nos han educado para que las mentiras nos molesten. Pero luego de la confusión, era obvio de quién era el regalo. Y era claro que además era un gran regalo: sorpresivo e inesperado. El mejor regalo.

Dentro de ese sobre turquesa hecho de papel de china que me mandó el Duende, había un billete. Con él me compré una pluma fuente. La primera. Color amarillo. Como el mameluco que siempre trae.

 

***

A veces, detrás de una máscara se esconde la verdadera persona. Más verdadera que si no trajera máscara.

Ponte una máscara y confiésate, decía Gonzalo Moure.

Y así, detrás de esta máscara hay una madre que te cuida, la mano de quien te alimenta.

Santa Clos sí existe. También los Reyes Magos, el Ratón, la Rata y el Duende. Y enterarte de que son tus papás dota de un calor más profundo esas máscaras. Quien las porta inventa una ficción en un mundo donde ya no creemos en nada. Y así los padres hacen alegoría de ese cuidado tierno.

En el fondo se dan cuenta de que, al nombrar al cuidador fuera de ellos, lo vuelven inmortal. Saben bien que aunque ellos tarde o temprano terminarán por dejarnos, sus máscaras nos acompañarán para siempre.

 

Fototaxia, Armando Fonseca.

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