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Ocios y letras: Abatir / ¿Habrá choferas? / Cita previa, pleonasmo

Miguel Ángel Castro | 01.08.2015

“La muerte de su hijo mayor y la determinación de Agustín de hacerse cura, fraile o cenobita le tienen muy abatido y en extremo melancólico...” narra Benito Pérez Galdós en alguna parte de su novela Zaragoza, y no se refiere a que el personaje estuviera muy muerto, aunque casi.

En 2010 la Fundéu BBVA emitió una recomendación que señalaba que abatir no es sinónimo de matar, asesinar, disparar o tirotear, aunque pueda usarse en sentido figurado con ese fatal significado. Advertía que en los medios se empleaban el verbo y su participio con frecuencia, quizá para no repetir matar o asesinar ni muertos o asesinados, con lo que se daba lugar a una interpretación equivocada o, en todo caso, a imprecisión en la información.

Las notas recientes sobre la investigación de los sucesos del llamado caso Tlatlaya en nuestro país revelan que era pertinente la recomendación de la Fundéu, que la llamada de atención era necesaria porque comenzaba a extenderse el significado de abatir como matar. Lo anterior nos lleva a considerar que pueden tener razón las partes involucradas en el diferendo entre el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez y la Subsecretaría de Derechos Humanos de la Secretaría de Gobernación, sobre el sentido de la orden castrense de que “las tropas deberán operar en la noche en forma masiva y en el día reducir la actividad a fin de abatir delincuentes” (Reforma, 04 de julio de 2015, Nacional, pp. 7 y 9). Para uno se trataba de matar o ejecutar, para otro de derribar o desarmar. Lo que interesa saber ahora es cómo comprendieron los subordinados el verbo y el mandato.

En general, en las lecturas escolares uno asociaba el uso del adjetivo abatido en situaciones relacionadas con el ánimo o el espíritu de una persona vencida o derrotada, y por esa vía era fácil comprender que cuando un ejército, un soldado, un enemigo, un bandido o un policía era abatido significaba que habían sido vencidos o derrotados, y no necesariamente pensaba uno en que todo el ejército, el soldado, el enemigo, el bandido o el policía habían sido matados o aniquilados, al menos no todos y no siempre.

Por el bien del idioma y de todos conviene recordar las acepciones de abatir que el diccionario académico ofrece: 1) ‘derribar, derrocar, echar por tierra’; 2) ‘hacer que algo caiga o descienda’ (en forma recta: ‘abatir las velas de una embarcación’, o en sentido figurado: Roma abatió el poder de Cartago’); 3) ‘inclinar, tumbar, poner tendido lo que estaba vertical’; 4) ‘humillar’; 5) ‘hacer perder el ánimo, las fuerzas, el vigor’; 6) ‘desarmar o descomponer algo, especialmente una tienda de campaña y, en la Marina, la pipería y los camarotes’; 7) ‘dicho de un jugador: En determinados juegos de naipes, conseguir la jugada máxima y descubrir sus cartas, generalmente en forma de abanico sobre la mesa’; 8) en Geometría ‘hacer girar alrededor de su traza un plano secante a otro, hasta superponerlo a este’; 9) ‘dicho de un buque: Desviarse de su rumbo a impulso del viento o de una corriente’; 10) ‘dicho de un ave, de un avión, etc.: Descender, precipitarse a tierra o sobre una presa’ (en forma recta: ‘el halcón se abatió sobre los ratones’, en sentido figurado: ‘la desgracia se abatió sobre la familia’).

Es evidente que abatir procede de batir, así que vale citar los significados que este verbo tiene: 1) ‘golpear’; 2) ‘golpear para destruir o derribar, arruinar o echar por tierra alguna pared, edificio, etc.’; 3) ‘recoger o desarmar una tienda o un toldo’; 4) ‘atacar y derruir con la artillería’; 5) ‘dominar con armas de fuego un terreno, una posición, etc.’; 6) ‘dicho del sol, del agua o del viento: Dar en una parte sin estorbo alguno’; 7) ‘mover con ímpetu y fuerza algo: batir las alas’; 8) ‘mover y revolver alguna sustancia para que se condense o trabe, o para que se licue o disuelva’; 9) ‘martillar una pieza de metal hasta reducirla a chapa’; 10) ‘derrotar al enemigo’; 11) ‘acuñar moneda’.

 

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Un conductor es el que conduce un vehículo. Un chofer (chófer para España y otros países de lengua española), del francés chauffeur, es el que conduce un automóvil por oficio y un operador es profesional que maneja aparatos técnicos. El nombre más adecuado es, por tanto, el de conductor. El uso que se prefiere para las mujeres que desempeñan en nuestros días el oficio o trabajo es el de conductora y en algunos casos operadora, lo cual no nos “suena” mal aunque estas palabras ya designan otras ocupaciones, la primera, la de responder el teléfono, y la segunda, la de conducir un programa de radio o televisión. Por ahora, y por suerte, no ha tenido lugar la voz de “chofera” de microbús, porque para la mujer que conduce un taxi, la distinción se expresa mediante el artículo la, por lo tanto decimos “la taxista”, pero el caso se complica cuando, como ya sucede, sea una mujer la que conduce un microbús, pues podríamos referirnos a ella como “la chofer”, a menos que se extienda microbusero y dé lugar a microbusera. La solución “la chofera” no aparece todavía como deseable como tampoco “bolera”, aunque ya encontramos mujeres que desempeñan este oficio, antes reservado al bolero nuestro, ‘limpiador y lustrador de calzado’, de modo que, en atención a esta definición, resultaría preferible “lustradora” o la limpiabotas, voz de uso más extendido en otros países hispanohablantes para referirse a quien hace ese trabajo.

El campeonato mundial femenil de futbol que se llevó a cabo en Canadá este verano, y que ganó la selección de Estados Unidos, favoreció el uso de formas femeninas de sustantivos y su fijación, que tal vez hubiera sido más importante y significativa si los organizadores hubieran logrado que fuera transmitido un mayor número de partidos. Los interesados pudimos ver cuando más tres o cuatro juegos, uno de ellos para lamentar la eliminación de las mexicanas del torneo. Algunas de las palabras que los comentaristas usaron sin mayor dificultad son: capitana, portera o guardameta o arquera, incluso cancerbera; la defensa, la atacante y la mediocampista, que exigen la marca del artículo porque la voz es la misma para el género masculino. Observamos vacilación para referirse a quien juega en las orillas de la cancha a la ofensiva, de modo que la forma preferible es la extremo izquierda/derecha ante la extremo izquierdo/derecho o la extrema izquierda/derecha. Asimismo nos familiarizamos más con árbitra y jueza de línea.

 

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Álex Grijelmo, siempre atento al buen uso del español, denuncia (El País, 05 de julio de 2015) el aumento del uso de la frase previa cita, pues toda cita se hace con antelación, nada sería más extraño que citarse para ayer o para el mes pasado, y con humor da ejemplos del disparate, nadie dice “casa de citas previas”, “cita previa a ciegas” y nunca cantaría Miguel Ríos: “dame una cita previa, vamos al parque, entra en mi vida, sin anunciarte”. Grijelmo concluye que “cita previa es un pleonasmo como libro con páginas o cadáver muerto: y el pleonasmo suele sugerir que quien cae en él ha perdido el verdadero valor de una palabra”. Y si no es para tanto, conviene, sin duda, estar atentos para evitar estas frases, que a fuerza de repetirse llegan a fijarse en el habla cotidiana y cuando menos lo esperamos escapan de nuestra boca.

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MIGUEL ÁNGEL CASTRO estudió Lengua y Literaturas Hispánicas. Ha sido profesor de literatura en diversas instituciones y es profesor de español en el CEPE. Especialista en cultura escrita del siglo XIX, es parte del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM. Investiga y rescata la obra de Ángel de Campo, publicó Pueblo y canto: La ciudad de Ángel de Campo, Micrós y Tick-Tack.

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