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POLÍTICA:  Y los de atrás no deberían quedarse

Entrevista con Carlos Elizondo Mayer-Serra (segunda parte)

| 01.02.2018
POLÍTICA:  Y los de atrás no deberían quedarse
Presentamos a nuestros lectores la segunda parte de la entrevista que el politólogo nos concedió a propósito de la reciente publicación de su libro Los de adelante corren mucho. Desigualdad, privilegios y democracia (Debate, 2017). Éste es el tratado más completo que hemos leído sobre las distintas velocidades a las que progresan las bases y las élites en nuestro continente y las implicaciones de esta disparidad.

Este país: ¿Te parece que, al contrario de los Estados europeos, el Estado mexicano es similar al estadounidense en el sentido de que simbólicamente crea una tolerancia a la desigualdad? Y si es así, ¿crees necesario repensar nuestras instituciones para que no reproduzcan nuestra tolerancia a la desigualdad?

Carlos Elizondo Mayer-Serra: Creo que es una pregunta bien compleja, y no sé si la pueda responder adecuadamente. Quizá yo la plantearía un poco distinto: en Estados Unidos (EU), el Estado es el reflejo de una sociedad que cree en la idea de que el mérito es el mecanismo central para explicar el éxito o fracaso de los individuos, lo cual lleva a un Estado menos interventor. Es una sociedad que, debido a dicha creencia, avala el hecho de que el dinero bien habido, producto del mérito, te permita comprar servicios como la salud, la educación, etcétera, lo que en Europa sería impensable. Hay un cierto vínculo entre la legitimidad de lo ganado en el mercado —mucho más sólida que en Europa— y una mayor tolerancia a la desigualdad. No sé muy bien cómo se relacionan, pero eso permite entender al Estado estadounidense, el cual simbólicamente va reproduciendo esta tolerancia a la desigualdad y esa reverencia al mérito.

En el caso mexicano, o de América Latina en general, es más complicado entenderlo porque, en principio, en oposición a lo que se plantea en la pregunta, nuestros Estados siempre están manifiestamente a favor de la igualdad. Desde el punto de vista discursivo son Estados europeos, algunos de ellos incluso socialdemócratas. Basta observar los derechos que tenemos constitucionalmente; por ejemplo, el derecho del trabajador en México se parece mucho más al de Francia que al de EU, donde expresamente las leyes laborales prohíben la huelga colectiva, porque eso iría contra el derecho de otros al trabajo. Es una concepción liberal, como la que teníamos nosotros en la Constitución del 57. La actual Constitución —a través del artículo 123— implica la idea de que el Estado debe buscar la equidad en las relaciones entre capital y trabajo. Ciertamente no ha logrado generar ese mayor equilibrio, pero no por falta de buenos deseos en la Constitución. No funciona porque ha generado incentivos perversos, como hacer del despido un buen negocio, y por la existencia de un Estado débil que siempre es aprovechable por quienes tienen más dinero. La lógica del amparo, los derechos, la libertad, etcétera, con la que está construido nuestro Estado, hace que las élites se puedan defender muy bien de cualquier intromisión del Estado. La gran diferencia entre EU y México es que, cuando allá las élites traspasan un cierto límite, el Estado sí les impone un costo. Si, por ejemplo, estás lavando dinero para un narco, es muy probable que el fbi empiece a investigar, y si lo hace, hay una muy baja probabilidad de salir bien librado. En México, por el contrario, el Estado es tan débil que ciertos individuos abusivos pueden vivir en la impunidad, y aun si los llegaran a encontrar violando la ley, existe todo este aparato de derechos como el amparo —diseñado, en un principio, para que el Estado no abuse de los ciudadanos— que hoy en día está muchas veces capturado por quienes tienen más dinero, conexiones y capacidad de contratar abogados. Así, a través del amparo, un individuo poderoso puede ir posponiendo la acción de la justicia. Es ahí donde un Estado fuerte, como el de EU, es capaz de limitar ciertos privilegios o ventajas abusivas que el Estado mexicano no ha sido capaz de evitar.

En el libro hay un par de párrafos en donde comparo cuántos empresarios estadounidenses han acabado en la cárcel. Son muchísimos. En México, casi ninguno. Ahora bien, en la crisis del 2008 esto cambió, lo cual explica en buena medida el enojo populista del que bien se aprovechó Donald Trump. La mayoría de quienes abusaron del sistema y provocaron la crisis —la élite financiera— quedaron impunes. En ese sentido, se pareció más a una crisis tradicional de América Latina donde no hay consecuencias para el privilegiado que abusa, que a una crisis de un Estado más competente.

 

Insistes mucho en el hecho de que necesitamos instituciones fuertes, pero también sabes ver los riesgos de esas instituciones fuertes. Por ejemplo, las instituciones de seguridad y justicia de EU que son claramente usadas contra la minoría afroamericana. Así que planteas al menos dos retos muy complicados: por un lado, la necesidad de contar con instituciones fuertes, pero que no abusen de los ciudadanos; y por otro, la necesidad de contar con políticas redistributivas del ingreso, pero que no sean contraproducentes para el crecimiento económico. Entonces ¿cómo tener instituciones fuertes que realmente nos beneficien y que no acaben abusando de los débiles, y cómo tener políticas de redistribución que no resulten, en el largo plazo, un lastre para el crecimiento y la prosperidad?

Sí, en efecto es un problema de una enorme complejidad, y lo que más me dejó insatisfecho de este libro es que no tengo una respuesta sencilla a esas preguntas. En los capítulos finales del libro muestro qué no ha funcionado. Pero no tengo una receta fácil porque creo que tal cosa no existe. Incluso hago una distinción entre aquellas democracias que llegaron a ese estadio de desarrollo político con Estados ya competentes (el grueso de los países europeos y Japón), y aquellos países (los latinoamericanos, EU y probablemente el Reino Unido) que primero fueron democracias y luego fueron construyendo burocracias más o menos competentes. Esto último es muy difícil y no lo hemos logrado en nuestra región.

Ahora bien, como mencionan, existe el riesgo de que ese Estado fuerte acabe siendo perjudicial, ya sea porque resulte muy costoso financiarlo o porque dificulta una buena asignación de los recursos o porque viole los derechos de sus ciudadanos. Pero hay otro efecto negativo que tiene que ver con esto y hay que hacerlo explícito: el hecho de que los trabajadores y los administradores de esas instituciones del Estado son, a su vez, actores privilegiados que explotan al resto de la sociedad; esto porque nos cuesta fiscalmente pagarles sueldos y pensiones que no se tienen en el sector privado
y porque no nos proveen los servicios que supuestamente deberían darnos. Pocas instituciones públicas mexicanas funcionan, y las que lo hacen son, en general, las pequeñas. Son aquellas en las que el sindicato no se ha vuelto un factor de poder tal que se convierte en el primer obstáculo para proveer esos servicios públicos.

Estamos atrapados entre esas dos tensiones: la de las instituciones que, por ser fuertes, abusan, y el costo fiscal que la redistribución puede generar; pero lo que sabemos es que, pese a estas dificultades, hay países que han podido lograr Estados fuertes, que no atropellan a sus ciudadanos, y que ayudan a redistribuir el ingreso. ¿Cómo lo hicieron? Primero, limitando a quienes trabajan en el sector público, para que su posición no se convierta en una fuente de abuso, y con una sociedad muy sensible a dichos abusos y que esté constantemente protestando contra ellos.

Les daré un ejemplo que me sorprende: la unam. Se trata de una institución que tendría que ser la mejor universidad de América Latina y una de las mejores del mundo, por su historia, su prestigio, la cantidad de recursos fiscales que recibe, etcétera. La realidad es muy distinta debido a un arreglo sindical que les vende paz a sus administradores a cambio de que no les modifiquen sus privilegios que implican no hacer bien el trabajo para el que se les paga. Cuando yo voy a la unam me sorprende la suciedad, y estudiantes y profesores que conozco dan cuenta de la incapacidad de proveerle a los estudiantes servicios básicos de comedor, de baños limpios, de tener las instalaciones libres
de ambulantes; en la unam los trabajadores académicos no cuentan con los apoyos que tienen sus equivalentes en otras universidades porque muchos servicios académicos no funcionan.

Ahora bien ¿por qué ciudadanos tan críticos de cualquier cosa que hace el Estado mexicano, como son los integrantes de la comunidad universitaria, han tolerado en su propio espacio inmediato esos abusos y esos privilegios? Pues porque se han acostumbrado a ellos. Hay que desacostumbrarnos. Un trabajador del sector público debería estar a nuestro servicio, pero creemos que tenemos que ir a pedir un favor, porque a eso nos han acostumbrado nuestras instituciones. Romper esta costumbre es sumamente difícil, pero por lo menos debemos tener conciencia de ello.

 

Como ya se ha platicado aquí, hay algunos pequeños pasajes de tu libro donde hablas en primera persona. Regresando a ellos, hay una parte muy reveladora donde hablas de lo que sientes cuando ves pasar un camión con militares y miras sus rostros morenos, y te preguntas por el desprecio que tiene la clase media por aquellos que nos protegen de los peores criminales y narcotraficantes. ¿Qué tanto te han empujado tu propia historia y tus sentimientos a escribir este libro? Es decir, a una inteligencia tan penetrante y tan sensata como la tuya, ¿qué tanto la mueven las inquietudes de su alma? O ¿qué tanto ayudan —o estorban— al estudioso social sus propias emociones?

Antes que nada, gracias por esos adjetivos. Algo que ya no desarrollé en el libro —no me quedó bien y al final lo dejé fuera— era una discusión sobre la desigualdad desde el marxismo, es decir, ¿cuáles serían las implicaciones de que el paraíso marxista fuera cierto, y cuáles son las implicaciones de lo que realmente resultó de su aplicación?

Pondré un poco de contexto. Cuando yo era niño, mi padre, si bien no era una activista político, era un gran admirador de la Unión Soviética. Así que recibíamos en casa, en lugar del Reader’s Digest, publicaciones como Novedades de Moscú, la revista Unión Soviética, La urss hoy; toda una serie de literatura que ponía a la urss como el paraíso en la tierra. Yo vengo, entonces, de una casa y de un entorno familiar a favor de la igualdad. A mí la desigualdad, esto es, el hecho de que no haya un trato parejo entre los individuos, me ofende. Pero luego puse mucho más énfasis, en mi carrera profesional, en el gran reto del crecimiento, porque si no aumentas el pastel, ¿cómo repartes?

Ahora bien, este último libro es un regreso a aquella primera preocupación porque, según la evidencia empírica que tenemos, el pastel ha crecido, pero los de adelante siguen corriendo mucho y se quedan con una porción muy importante del pastel. El crecimiento de EU, desde los setenta a la fecha, se lo ha quedado el 5% con más ingresos. Es decir, ha crecido la economía, pero se lo ha quedado una pequeña parte de la sociedad. Hay que reconocerlo y pensar cómo lo podemos confrontar.

Ahora bien, me parece que es en materia de seguridad donde la sociedad mexicana sufre una de sus peores incongruencias. Primero, a diferencia
de las sociedades europeas, éste ha sido un continente prácticamente sin guerras internacionales, por lo que nunca nos hemos sentido parte de la defensa de nuestra integridad territorial. No es un hecho trivial, ya que los ejércitos pueden ser los grandes igualadores: estás con tu bayoneta junto al hijo del campesino y estás en el mismo lugar. Hasta hace muy poco, por ejemplo, en el continente europeo había conscripción universal. En México y en América Latina ese espacio igualador no existe.

 

Breve paréntesis: hay quienes proponen que la democracia griega surgió del hecho de que los hoplitas peleaban juntos, en una formación en la que tu vida dependía de tus compañeros.

Exactamente: el éxito militar de los griegos frente a los persas se explicaba por eso. El rey Darío estaba aislado en una atalaya viendo a lo lejos la batalla, nadie se atrevía a llevarle las malas noticias, mientras que los griegos, en esa formación democrática donde el general estaba en el campo de batalla, se transmitían mejor la información de cómo iba ésta. Así, volviendo a mi argumento, en general en nuestra región no hemos puesto como sociedad la cuota de sangre para sobrevivir en conjunto como nación. Nunca hemos tenido una verdadera conscripción universal en la que todos vayamos “gozosos en la búsqueda de la gloria” o defendamos juntos la vida de nuestras familias. Y por eso no nos damos cuenta de que alguien está haciendo esta tarea.

El crimen organizado es una de las grandes amenazas para la estabilidad de nuestro país, además de ser una de las que más desigualdad genera porque azota más a las zonas más pobres y más aisladas. No nos percatamos de que este fenómeno no ha llegado a donde vivimos gracias a esos militares, esos soldados. No les agradecemos como deberíamos de agradecerles, no les pagamos como deberíamos de pagarles, y tampoco los apreciamos como deberíamos de apreciarlos. En parte porque la élite más rica cree que su seguridad se la debe a sus guardias privadas, y en parte porque la clase media, que sigue siendo una privilegiada frente a las tropas y los elementos de a pie, de lo que se entera es del policía corrupto, del militar que estuvo involucrado en alguna cosa ilegal; pero son esas corporaciones —a pesar de que puedan tener alguna fruta podrida al interior— las que permiten que podamos salir a la calle sin que nos asalten todos los días.

Mientras no reconozcamos lo que hacen los otros, es mucho más difícil sacrificar un ingreso —los impuestos— para que esos otros puedan estar mejor y al final de cuentas todos vivamos en una sociedad más justa y de menor incertidumbre que la que hoy tenemos. Nuestras sociedades están rotas por un racismo brutal.

Por lo general estamos gobernados por una élite blanca de origen europeo. En el libro pongo los datos de cuántos empresarios mexicanos tienen abuelos o padres extranjeros, así como los porcentajes de las personas que aparecen en la prensa de sociales, según su color de piel. Esa élite ve al otro como un estorbo. Y además, en esta estructura social, la élite tiene a su servicio un “ejército de nativos”, digámoslo así. Los datos sobre el número de gente que presta servicio doméstico en América Latina son brutalmente altos.

Al mismo tiempo, según algunos indicadores, existen más guardias privadas que elementos de seguridad del Estado. Si bien no hay un censo bien hecho, ésa es la evidencia que arrojan ciertos estudios.

 

En física puedes aislar una variable de todas las demás y estudiarla a fondo. Es lo que hizo Galileo al eliminar la resistencia del aire, por ejemplo. En las ciencias sociales esto es casi siempre imposible. Lo menciono porque dices que la disminución de la desigualdad que experimentó Europa en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, con el llamado Estado de bienestar, se debió, sobre todo, a la fortaleza de sus instituciones. Es decir, tú haces mucho énfasis en la importancia de contar con instituciones fuertes para disminuir la desigualdad. ¿Por qué estás tan convencido de esto si es tan difícil aislar esta variable de otras?

Mira, ciertamente algunos de mis amigos politólogos, rigurosos, con modelos econométricos, me preguntarían ¿dónde está la prueba de la causalidad? Ese modelo no lo tengo. Y de hecho, como cito en el libro, Thomas Piketty tiene otra visión. Él dice que no es el Estado socialdemócrata lo que explica el descenso de la desigualdad, sino que la destrucción que trajo la guerra destruyó tanto capital que generó un espejismo de igualdad y, luego, la desigualdad histórica regresó a sus mismos niveles y se quedará ahí per saecula saeculorum, o peor aún seguirá incrementándose la desigualdad.

La razón por la que creo que las instituciones fuertes permiten paliar la desigualdad es por lo que se concluye al observar el comportamiento de las sociedades donde éstas funcionan. Cierto, quizá no es posible probar claramente que la disminución del coeficiente de Gini sea resultado de eso, pero en esos países sí encuentras muchos ejemplos de que los que abusan y los que tienen privilegios mal habidos son sancionados, lo cual no ocurre en nuestra región del mundo. También, hay que decirlo, es claro que el trato desigual a las minorías afroamericanas (y también a las hispanas) en EU tiene que ver con instituciones muy eficaces utilizadas con ese perverso objetivo: el de contener a los potenciales criminales negros, asunto que genera una reproducción de la desigualdad de estas minorías.

Hay numerosos ejemplos específicos de cómo cuando ciertas instituciones funcionan, logran ese objetivo del Estado de bienestar que es combatir la desigualdad (y también hay ejemplos claros de cómo, cuando las instituciones no son funcionales, contribuyen más bien a aumentar la desigualdad que a paliarla). Por ejemplo, el sistema de salud español sí logra el objetivo de hacer de ésta un bien menos desigual que lo que se tiene en América Latina, en México o en EU.

 

Por cierto, en España no están tan preocupados de que el servicio de salud pública atienda a migrantes, o al menos, el que lo haga no es un escándalo social como en EU.

De hecho, al contrario, el escándalo social es ver al migrante desamparado en la calle. Retomando un tema que ya tocamos: ¿cuál es el umbral de tolerancia de una sociedad al desamparo de ciertos individuos? En México somos terriblemente tolerantes a ver niños en situación de calle.

 

Se ha dicho incluso que la explicación de nuestra tolerancia hacia la desigualdad es el catolicismo: “De los pobres será el reino de los cielos”.

Sí, eso se ha dicho, pero no lo explica realmente. España era tan católica como México, y sin embargo lograron construir instituciones mucho más eficientes para combatir los privilegios que las nuestras y a escandalizarse por la falta de un piso parejo.

 

Tu libro fluye muy bien y logra darnos, a quienes no somos expertos en el tema, un panorama muy certero y equilibrado de la desigualdad en México y EU. De ahí que la lectura sea, por momentos, sí, impactante y triste, pero también nos hace ver que el problema ha sido enfrentado, en algunos casos, con éxito, y que tampoco estamos en el peor momento. Basta leer las primeras líneas en donde relatas la situación de las mujeres en el Imperio inca.

Por eso utilizo ese primer capítulo para tratar de demostrar que, con todo, por lo menos hoy la desigualdad nos preocupa. Lo mismo puede decirse de la corrupción: antes ni nos preocupaba ni nos molestaba. Ahora sí.

Me gustaría añadir que, como autor, fue decepcionante no tener más claro cuáles son las vías para combatir el problema. En Por eso estamos como estamos, por ejemplo, cierro con un decálogo de acciones posibles para crecer más. No lo logré en este libro. Pero me parece que la desigualdad tiene que irse resolviendo primero por las instituciones específicas correspondientes. Digamos, hay que mejorar la ley laboral, sí, pero de forma muy puntual y específica. En materia de salud, en materia de seguridad, lo mismo. Y cuando sumes todos los ámbitos en que actúan las instituciones, vas a tener un país menos desigual. No, tal vez, en términos del coeficiente Gini. Probablemente lo último en igualarse serán el ingreso y la riqueza, pero puedes empezar por ir mejorando otro tipo de desigualdades que competen directamente al Estado y afectan a amplias capas de la población. EP

 

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Carlos Elizondo Mayer-Serra es maestro y doctor en Ciencia Política por la Universidad de Oxford, Reino Unido. Profesor de la Escuela de Gobierno y Transformación Pública del Tecnológico de Monterrey.

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