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COLUMNAS: Libros para aprender

Politólogos y universitarios: cinco indispensables*

Fernando Escalante Gonzalbo | 01.02.2018
COLUMNAS: Libros para aprender

Me pidieron una lista con los cinco títulos que todo estudiante de ciencia política debería haber leído antes de titularse. Me resulta imposible responder: nunca había pensado en ello y, de algún modo, pienso en ello desde hace más de 20 años cada vez que doy clases. A ver si puedo aclararme un poco…

El primer título no ofrece duda ninguna: Max Weber, La política como vocación. A partir de ahí, todo es dudoso, discutible, difícil de establecer. Yo diría que es importante haber leído algo de Hannah Arendt, pero no de sus obras mayores, sino de sus intervenciones puntuales, en particular las que se refieren a asuntos de coyuntura; en realidad, no dudaría en recomendar el volumen titulado Crisis en la República, que incluye sus ensayos sobre la desobediencia civil, sobre la violencia y sobre la mentira en política. También creo que es indispensable leer a Raymond Aron, pero me resulta endiabladamente difícil escoger alguno de sus libros: Dieciocho lecciones sobre la sociedad industrial, Democracia y totalitarismo, El opio de los intelectuales; en la duda, casi soy partidario de recomendar la lectura de sus memorias, extraordinarias desde todo punto de vista, o bien, esa breve obra de postrimerías que es El espectador comprometido. Para entender las discusiones ideológicas del siglo XX, que todavía tienen vigencia, y que contribuyeron en mucho a formar nuestro mundo, hace falta leer a Isaiah Berlin: dudaría entre Cuatro ensayos sobre la libertad y Árbol que crece torcido. Finalmente, una opción mucho más comprometida, creo, pero también defendible: una buena colección de ensayos de George Orwell, que incluya “La política y el idioma inglés” y “Disparar a un elefante”.

Ya está. Sencillo, breve, claro. Pero no. Las recomendaciones anteriores sirven como una primera orientación, siempre y cuando se haya leído a unos cuantos de nuestros clásicos. Cinco nombres: Maquiavelo, Burke, Tocqueville, Constant, Veblen.

Listo: cinco y cinco. Nuevamente, me viene un reparo. Siempre pienso que hay mucho que aprender todavía en los clásicos absolutos. No sé si me parece indispensable leer a Platón o Aristóteles (me parece indispensable El banquete, de Platón, no para la ciencia política, para la vida). Pero sí es una experiencia decisiva la lectura de algunos libros: Tucídides, Historia de las guerras del Peloponeso; Jenofonte, Ciropedia; Cicerón, En defensa de Murena; Suetonio, Los doce césares; Salustio, La conjuración de Catilina.

Otra vez son cinco títulos, es una suerte. Pero me queda la sensación de que eso es sólo el principio. Yo no querría que ningún estudiante concluyese sus estudios, a estas alturas, sin haber leído algo de lo más original que se ha escrito en los últimos 30 años. Significa haber leído todos los títulos de la colección Umbrales, del Fondo de Cultura Económica, que hemos diseñado precisamente con ese propósito. Si tuviese que escoger entre ellos, diría que para tener una idea de la evolución reciente del pensamiento social es indispensable leer a Joel S. Migdal, Estados débiles, Estados fuertes; a Jean-François Bayart, África en el espejo; a Béatrice Hibou, La privatización del Estado; a Ashis Nandy, Imágenes del Estado: cultura, violencia y desarrollo; y a Michael Warner, Públicos y contrapúblicos. Son cinco.

 

             

 

 

Pero estamos pensando en estudiantes de ciencia política en México. No basta con haber leído a los clásicos, ni a los modernos. Para entender la política no hay otro camino sino el trabajo empírico. Nada más importante para entender la cultura política mexicana que La politización del niño mexicano, de Rafael Segovia. Para explorar las infinitas variaciones de la ilegalidad, la informalidad, la corrupción y el orden, el mejor punto de partida es La ciudad, la propiedad privada y el derecho, de Antonio Azuela. La densidad de la Ciudad de México, y de nuestra complicadísima relación con Estados Unidos, con la modernidad, con la tradición, pocas veces se habrá visto mejor que en Hablo de la ciudad, de Mauricio Tenorio Trillo. Nadie debería tampoco terminar una carrera de ciencias sociales en México sin haber leído la Modernidad indiana, de Claudio Lomnitz, ni Los indígenas chiapanecos y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional: siete microhistorias políticas, de Juan Pedro Viqueira y Marco Estrada Saavedra: a quien no los conozca sólo hay que decirle que los lea, a quien los haya leído no hace falta decirle más.

De nuevo, son cinco títulos. Y además tengo ahora cinco categorías. Pero no me resisto a añadir otro renglón: crónicas, memorias, reportajes, sobre la política tal como se vive en la calle. Ejemplar, Josep Pla, Madrid, el advenimiento de la República, para ver el cambio, un cataclismo en dos días, nada más elocuente y divertido. Para ver la estabilidad, en cambio, pocos textos más elocuentes que La jornada de un escrutador electoral, de Italo Calvino. Acaso la mejor reflexión personal sobre la experiencia del comunismo, es decir, sobre la experiencia política fundamental del siglo XX, la Autobiografía de Federico Sánchez, de Jorge Semprún. Para entender la violencia política, en sus infinitas variaciones, sin duda hace falta leer las crónicas de Germán Castro Caycedo, en Con las manos en alto, por ejemplo; pero también se podría leer la vieja, conmovedora crónica de Ramón J. Sender, Casas Viejas. Y, desde luego, algo para entender la violencia sectaria, la militancia religiosa, las guerras “civilizatorias”: lo mejor, seguramente, Euclides da Cunha, Los sertones; pero también serviría el Tomóchic, de Heriberto Frías.

 

          

 

¿Algo más? Sí, por supuesto. A nadie que quiera dedicarse a estudiar la política deberían dejarle indiferente algunas novelas. Cinco: Martín Luis Guzmán, La sombra del caudillo; Leonardo Sciascia, El contexto; Vasili Grossman, Vida y destino; Doris Lessing, El cuaderno dorado; Rubem Fonseca, Agosto.

Ahora sí me siento más o menos tranquilo. No son cinco títulos, pero es una recomendación honesta, a partir de mi propia experiencia como lector. EP

 

* Texto escrito para un proyecto de continuación del libro Cartas a los estudiantes de ciencia política (Miguel Ángel Porrúa, 2 volúmenes), coordinado por José Ramón López Rubí C. y Jorge Cortés.

 

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Fernando Escalante Gonzalbo es profesor e investigador de El Colegio de México, autor de libros clave como Ciudadanos imaginarios y A la sombra de los libros.